ARTÍCULO

Negro, que te quiero negro

Alba, Barcelona, 1997
272 págs.
 

Por alguna razón que alguien estudiará y dilucidará alguna vez, el género negro es el favorito de la novela española contemporánea. Mi teoría personal es que se escriben tantas novelas negras porque tenemos el vago presentimiento de que España es un país muy aburrido donde nunca pasa nada; pero sin duda ha de haber una explicación mucho más sofisticada e inteligente, que alguien, insisto, encontrará algún día. España no es un país épico, ni misterioso, ni sexy, y el género negro es todas esas cosas: es épico, es misterioso, es sexy. Entre nosotros todo tiende a la farsa y a la broma. ¿Que esto es un tópico? Probablemente lo sea. Otras literaturas tienen el privilegio de poder tomarse las cosas en broma y también tomarse, a veces, las cosas en serio. Philip Marlowe o Sam Spade son héroes cínicos y desencantados pero son fundamentalmente héroes «serios», es decir, héroes que nos podemos tomar en serio; pero resulta verdaderamente difícil tomarse en serio una novela donde se nos cuenta, por ejemplo, que los nazis estaban construyendo la bomba atómica en una fábrica de galletas de Guadalajara.

Para un novelista, tomarse las cosas en serio quiere decir creer en el mundo que está inventando e intentar que también nosotros creamos en él. Un novelista tiene que documentarse, no sólo por medio de bibliotecas, libros y enciclopedias, sino también por medio de la observación constante de todo aquello sobre lo que desea escribir: profesiones, grupos sociales, estilos de hablar. Es evidente que José Javier Abasolo (Bilbao, 1957), abogado de profesión, ha utilizado extensamente su experiencia como secretario de un juzgado de instrucción y como abogado ante los tribunales para dar verosimilitud a su novela, y difícilmente se encontrarán partes policiales o levantamientos de cadáveres tan «auténticos» como los que encontramos en Lejos de aquel instante. Sin embargo, la necesidad de documentación de un novelista va mucho más allá de la consulta de libros de historia o la reproducción facsimilar de documentos oficiales. Si en una novela hay una secta, por ejemplo, el novelista tiene que saber algo de sectas, haber hablado con personas que están o han estado en una secta o tener, de algún modo, un conocimiento de algún tipo sobre las sectas. Un novelista, a no ser que se dedique a la literatura fantástica (en la que no es que no existan los problemas de verosimilitud, sino que son de otra índole) no puede inventar sobre la nada. Y esto no por ninguna ley «realista» que esté escrita en ningún sitio, sino porque inventar sobre la nada no es interesante ni divertido. Si un personaje es norteamericano, el novelista tiene que intentar que su personaje hable y piense como lo hace un norteamericano.

Lejos de aquel instante, VI Premio de Novela Prensa Canaria, es una primera novela, y tiene todos los inconvenientes que suelen tener las primeras novelas. El autor amontona acontecimiento tras acontecimiento para esconder la debilidad de una trama que es, en el fondo, inexistente. En Lejos de aquel instante hay tres investigaciones paralelas y tres investigadores, pero ninguno de ellos descubre realmente nada: los culpables quedan al descubierto por el curso de los acontecimientos o por los azares de la vida, no como resultado de las acciones de los investigadores, que son casi siempre estériles. Una dificultad añadida es la mala costumbre que tiene el autor de matar a los personajes cuando ya no sabe qué hacer con ellos, práctica que le condena, por otra parte, a seguir añadiendo nuevas líneas narrativas y nuevos personajes (como el episodio de Antoñito, que no tiene función alguna dentro de la novela) en vez de desarrollar los ya existentes.

Lejos de aquel instante es un cúmulo de ingenuidades literarias. El coronel Vonderschmidt, de las SS, quiere conseguir uranio, y la CIA sospecha de inmediato que «el coronel no necesitaba ese producto para su propio uso». ¡Admirable sagacidad! Las conversaciones son increíbles, afectadas y falsas. El inspector Manuel Rojas entra en un bar para recabar información; el camarero, Angelito, intenta hacerse el sueco, Rojas hace una alusión al hecho de que a Angelito le gustan los chicos y Angelito responde: «Vivimos en una democracia, no en un Estado policial, y los derechos a la plena realización sexual están reconocidos y son plenamente respetables». Todos los personajes, incluidos el general Eisenhower y el mencionado coronel de las SS, hablan de la misma manera, con largas y trabadas frases llenas de retintín y observaciones ociosas. En algunos casos, como en la visita de Iñaki Artetxe a la secta de la Casa de la Eterna Luz, los diálogos son realmente dignos de El Capitán Trueno.

La trama es compleja, e incluye a policías torturadores, un atentado de la ETA, millonarios bilbaínos con la piscina llena de chicas desnudas, prostíbulos nazis en el Madrid de la posguerra, yonkies, pijos, ninfómanas y agentes de la CIA. Los alemanes estaban fabricando la bomba atómica en una fábrica de galletas de Guadalajara. Todo está muy liado, pero al final todo tiene relación entre sí, y aunque a esas alturas ya casi todo el mundo está muerto, los culpables finalmente pagan y se hace justicia.

01/09/1997

 
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