ARTÍCULO

Descartes revisitado

Katz, Madrid
Trad. de Horacio Pons
288 pp. 24 €
 

Harry Frankfurt no es sólo uno de los filósofos norteamericanos más sutiles e interesantes de nuestros días; también es todo un clásico de la filosofía analítica y, en ese sentido, un privilegiado barómetro de la presión intelectual y académica de una de las más ilustres tribus filosóficas contemporáneas. No obstante, la variedad de temas que aborda y la originalidad de su enfoque hacen que su obra sea enormemente atractiva también para los lectores de filosofía no iniciados en los rigores del análisis del lenguaje. De modo que no cabe sino recibir con entusiasmo la reciente publicación de Necesidad, volición y amor, una obra que enriquecerá en una medida nada desdeñable la discusión y el pensamiento filosóficos en nuestro idioma.
Los catorce ensayos que componen este libro pueden reunirse en dos bloques temáticos. En la primera mitad, Frankfurt recupera preocupaciones que encontrábamos ya en sus primeros escritos y a las que debe buena parte de su celebridad: se trata de una original y refinadísima reinterpretación de la metafísica cartesiana. En la otra mitad del libro, sin embargo, Frankfurt aborda otros tópicos también recurrentes en su obra, como son el concepto de persona y de voluntad o la naturaleza de lo que importa, de aquello por lo que nos preocupamos. El capítulo sexto, titulado «Acerca de la libertad y los límites de la voluntad», es un gozne entre las páginas cartesianas y las que se ocupan de filosofía de la acción y de metafísica moral contemporánea, que muestra, además, que no es tanta la distancia que media entre los dos conjuntos de discusiones que componen el libro: precisamente en este capítulo Frankfurt analiza los límites de la voluntad y del libre albedrío en las obras de Descartes y Albritton, tratando a ambos autores prácticamente en pie de igualdad. Su estrategia retórica revela abruptamente una ficción que venía operando en los primeros capítulos y en la que incluso el lector más atento podría no haber reparado: hasta el momento ha estado discutiendo las doctrinas de Descartes como si de un escritor contemporáneo se tratara, como si, al igual que hasta hace poco ocurriría con Rogers Albritton, sus obras y sus personas pudieran coincidir en cualquier seminario, congreso, número de revista o incluso en alguna dependencia universitaria. Podría decirse que en esta quimera, que subraya la condición atemporal del pensamiento, se encuentra tanto la fortaleza como la debilidad de esta primera parte del trabajo: su debilidad, porque al no considerar con detenimiento el trecho histórico que nos separa de los problemas cartesianos se pierden de vista elementos que de alguna forma los determinan y nos permiten entenderlos mejor; pero ese mismo carácter anacrónico (o ucrónico, si se quiere) de su aproximación es lo que hace posible la relectura tan característica de la metafísica cartesiana que emprende Frankfurt, una interpretación filosófica que convierte a Descartes en un autor de inusitado interés también desde un punto de vista estrictamente contemporáneo. Es memorable, por ejemplo, la contraposición que lleva a cabo en los capítulos tercero y cuarto de las concepciones del mundo y de la razón atribuidas a Descartes y Spinoza, donde invierte la imagen que de ambos filósofos nos ha transmitido una historia de la filosofía más convencional y encorsetada, sirviéndose, además, de una argumentación brillante e históricamente verosímil, además de difícilmente rebatible: enseguida sospechamos que esconde algunas trampas, pero está lejos de ser trivial dar con ellas.
La segunda mitad del libro está vertebrada por una reflexión en torno a la naturaleza de la voluntad y por un análisis sistemático de sus objetos y límites. Como ya sostuviera en «La libertad de la voluntad y el concepto de persona», uno de sus artículos más influyentes y citados (y que puede leerse en español en el volumen que Katz publicó en castellano con anterioridad al que es ahora objeto de comentario, La importancia de lo que nos preocupa), a lo largo de este libro Frankfurt considera que existe un nexo entre el concepto de persona y una estructura compartimentada jerárquica o reflexivamente de lo que entendemos como voluntad: se es persona no tanto cuando se tienen deseos o voliciones, sino cuando estas inclinaciones hacen referencia a la propia estructura volitiva del sujeto, es decir, cuando se tienen deseos de segundo orden que hacen que la persona se identifique (o no) con sus deseos más inmediatos, espontáneos o de primer orden. Las personas son aquellos seres que hacen frente a la necesidad de ser quienes son asumiéndola como si esta circunstancia estuviera bajo su control. Es persona quien se identifica decididamente y, por tanto, libremente con quien no puede dejar de ser. De este modo, Frankfurt rompe con dos lugares comunes muy extendidos (y dependientes en buena medida de una concepción política, no metafísica, de la libertad). Uno es aquel que concibe la libertad como la posibilidad de elegir entre múltiples opciones. Sin embargo, Frankfurt muestra que el aumento de alternativas disponibles trae consigo una merma en la libertad del individuo al hacer que crezca su ambivalencia, su indecisión. El otro cliché desbaratado es aquel que concibe la libertad como la ausencia de constricción o necesidad: Frankfurt insiste en que, por el contrario, es libre quien se identifica decididamente con las coacciones volitivas a que está sometido, es decir, quien actúa como lo hace porque no puede hacer otra cosa: porque considera inconcebible dejar de preocuparse por aquello que es objeto de sus desvelos y da sentido a su vida. Y, precisamente por eso, lo que de verdad es propio de una persona no es tanto aquello que está bajo su control cuanto lo que, por la mismísima naturaleza de su voluntad, le resulta impensable dejar de (o llegar a) querer. No lo que se elige: lo que determina la identidad de un sujeto o su catadura personal (y no sólo moral, pues Frankfurt se opone a un cierto imperialismo moral muy en boga en la filosofía práctica contemporá­nea) es algo que no depende de uno. Y eso que irremediablemente amamos es, en definitiva, no tanto lo que importa (que también) sino lo que tiene importancia para nosotros, aquello por lo que nos preocupamos. Es decir: no es que reconozcamos que las cosas que nos importan tienen un valor intrínseco que las hace dignas de amor o de preocupación por sí mismas, sino que configuran con la fuerza de la necesidad toda nuestra vida volitiva y, por tanto, todos nuestros deseos y nuestros fines: importan porque nos preocupan.
Al comienzo de este libro, Harry Frankfurt declara que la brevedad de sus obras es uno de los motivos que, junto con su lucidez estilística y su fama racionalista, explican su preferencia por Descartes. Los mismos calificativos podrían sin duda aplicarse a sus propios escritos, y estas referencias a su estilo no son en absolu­to ornamentales. Esperamos de un buen filósofo analítico que su estilo de escritura y de pensamiento se parezca un poco a algo que es tan característico de Harry Frankfurt: que sus ensayos no sean innecesariamente largos, engolados o tediosos y, sobre todo, que el argumento emerja de forma clara y distinta, libre de toda maleza conceptualEstaba a punto de decir que libre también de ardides retóricos, pero esto no es cierto porque no son pocos los que emplea: valgan de ejemplo el uso de un vocabulario técnico y hasta cierto punto mimético del de las ciencias y, sobre todo, esa misma apariencia desértica que cubre, de un modo un tanto artificioso, la rebuscada simplicidad de su discurso. De manera que Frankfurt no sólo no prescinde del arte del orador, sino que se sirve nada menos que de la más eficaz de las prescripciones retóricas: la dissimulatio artis.. Como los del mismo Descartes, los ensayos que componen este libro son lúcidos, racionales (o, cuando menos, bien argumentados) y breves. Y no podía ser de otra forma, pues se trata de una recopilación de artículos, es decir, una colección de escritos independientesdispuestos según una ordenación temática pero, eso sí, rigurosamente paratáctica. Es decir, en este libro todos los capítulos se yuxtaponen, no se subordinan unos a otros. Y también por eso este libro puede yuxtaponerse a la colección de ensayos ya citada anteriormente: La importancia de lo que nos preocupa. Las recopilaciones de artículos de este tipo son, sin duda, la mejor expresión de una trayectoria intelectual y académica impecable: son resultado de publicaciones y cursos breves pero lúcidos y, por tanto, meritoriamente afines a los filtros que discriminan a intrusos e impostores de los buenos profesionales de la filosofía (no en vano Frankfurt no sólo es un gran filósofo sino también un célebre profesor emérito en Princeton). Sin embargo, esta estructura paractáctica común a muchos libros académicos –y éste es seguramente de los mejores que podemos encontrar– no es sólo la expresión de una brillante carrera universitaria: comporta también una inquietante limitación. Y es que, al reunirse catorce artículos en un único tomo, catorce unidades independientes, el valor del conjunto no supera al de la mera agregación de sus partes. Quizá si el autor prescindiera de la brevedad característica del artículo de revista científica podría haber integrado mejor sus partes de forma que contribuyeran a enriquecerse entre sí y, de ese modo, podría haber escrito un libro con mayor profundidad y espesor: un libro propiamente dicho. No obstante, y con todo su exceso de parataxis, esta recopilación constituye una gran ocasión para que un público filosófico amplio pueda disfrutar, en su propio idioma, de una de las obras más genuinas y sugerentes de uno de los mejores exponentes de la tradición filosófica analítica.

 

01/05/2008

 
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