ARTÍCULO

Muñecas rusas

Celeste, Madrid
248 págs. 9 €
 

La última novela del escritor y periodista Sabas Martín, La nocheenterrada, sorprende, en sus primeros acordes, por una estructura fragmentaria, en virtud de la cual el conjunto de la materia narrativa equivale a la suma de tres historias y tres momentos históricos muy diversos: de un lado, el presente encarnado por Ricardo Reyes, profesor universitario que, hastiado por una existencia basada en la competencia desleal y en una vida universitaria sin alicientes, decide recluirse en su pequeña villa con el objeto de reencontrarse con sus fantasmas; de otro, una amalgama de documentos –supuestamente históricos-en torno a los intentos de asesinato padecidos por Franco en los momentos inmediatamente anteriores y posteriores a la sublevación militar de julio de 1936; por último, un documento, de controvertida autoría –aunque, muy posiblemente, de fray Bartolomé de las Casas– que versa sobre la explotación a la que los españoles del siglo XVI sometieron a la población indígena de las islas Canarias. Ingredientes tan heterogéneos pivotan alrededor de un personaje, Ricardo Reyes, que actúa como elemento aglutinador, de forma tal que entre su propia existencia y los diversos documentos históricos va estableciéndose una red de relaciones ciertamente atractiva. Por el contrario, esta sugerente cornice estructural que sirve de marco a La noche enterrada constituye, a la postre, una trampa que esconde –eso sí, con habilidad– las abundantes deficiencias de la novela; deficiencias, en efecto, que comienzan en la asunción del propósito que alienta sus páginas: «Escribo contra la desmemoria, contra las buenas conciencias, contra la claudicación y el olvido» (pág. 184). Y es que objetivo tan, en apariencia, lícito acaba por ser pervertido para convertir la novela en una especie de panfleto antifranquista a mayor gloria de la República. Dicho de modo más explícito: la intención última que nutre la relación entre momentos históricos tan dispares es mostrar cuán pernicioso ha sido el régimen de Franco sobre una generación castrada filosófica y existencialmente por su dictadura. El protagonista de la novela –Ricardo Reyes– y su actividad profesional –profesor de historia– no son, en consecuencia, sino inteligentes excusas para establecer una gratuita relación entre el imperialismo español del Siglo de Oro –de ahí Bartolomé de las Casas–, el más rancio franquismo y sus efectos en el presente. De este modo, el posicionamiento ideológico respecto de la historia se superpone y aplasta los elementos de creación estrictamente literarios.

Íntimamente emparentado con este lastre ideológico está el deseo por parte del narrador de adoctrinar, con pequeñas píldoras de sabiduría popular, al lector. Dicho aspecto evidencia, de una parte, la escasa entidad de los personajes, sobre cuyas voces late, de continuo, imponiéndose a ellas, la del novelista; y de otra, una postura en exceso paternalista y contrapuesta al fluir interno de la propia obra.

Pero sobre todas estas trabas pesa la historia de amor almibarado entre Ricardo y Elvira, elemento espurio donde los haya a la coherencia de la novela. Así las cosas, la novela va perdiendo su inicial interés, ya que incluso la original disposición narrativa se revela, cada vez más nítidamente, como un falso juego de apariencias, hasta el punto de que Sabas Martín ha de inventarse un cuarto elemento –unos artículos periodísticos que relatan el hallazgo de unos cadáveres en un pueblo cercano– que mantenga, siquiera unos instantes, la sensación de unidad entre los diversos bloques.

En conclusión, La noche enterrada evidencia capacidades narrativas que quedan silenciadas, en primer término, por una falta de selección de la materia narrativa y, en segundo lugar, por una instancia ajena o, al menos, subsidaria de la escritura: la ideología histórico-política.

01/03/2003

 
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