ARTÍCULO

Mundo, demonio y... medios

Taurus, Madrid, 1998
Trad. de Ana Díaz Soler
162 págs.
 

Homo videns. La sociedad teledirigida, la última obra del politólogo italiano Giovanni Sartori, es, en muchos sentidos, una provocación. Provocación inteligente, como no cabría esperar de otro modo de su autor, provocación lúcida en algunos aspectos que instituyen diagnósticos no por implacables menos ciertos de la política y la sociedad de nuestros días, y, sin embargo, en mi criterio, provocación en lo sustancial fallida por la endeblez genética del alegato que construye.

Sartori, profesor en Florencia y en Columbia, está desde hace años sujeto a una envidiable experiencia de diversidad entre dos tipos de sociedades, la de su origen italiano, probablemente la politeia estructuralmente más compleja y articulada del viejo Continente, y la de su prolongado ejercicio académico en Estados Unidos, un sistema político mucho más lineal y simple (al menos en un sentido geométrico de la expresión). En los años del compromesso storico, Sartori tuvo la notable valentía de caracterizar al PCI como un «partido antisistema», lo que le costó no pocas incomodidades. Su contribución teórica a la ciencia política, a lo largo de los últimos cuarenta años, es, al menos, tan indiscutible como su valentía y desde luego, comparable a la de los grandes clásicos de la disciplina. En particular, su monumental obra sobre los partidos 1 es el más riguroso y exhaustivo esfuerzo de tematización de los protagonistas colectivos de la vida democrática realizado en la segunda mitad de este siglo.

Ahora nos encontramos frente a un trabajo de muy otra naturaleza, escrito en cierto sentido in partibus infidelium, es decir, a extramuros del territorio de especialización académica de su autor. Un trabajo con mucho más de ensayístico que de investigativo, y un tanto híbrido también en cuanto al tono, ni claramente académico (aunque presenta abundantes referencias bibliográficas), ni abiertamente divulgativo, más bien en esa especie de tierra de nadie que constituye el género que llaman los franceses haute divulgation. Por supuesto, el libro está escrito con elegancia y precisión expresiva, y además la cuidada edición española cuenta con una impecable traducción de Ana Díaz Soler.

La tesis que despliega Sartori a lo largo de las poco más de ciento cincuenta páginas de la obra –y que desarrolla in extenso una temática que ya esbozara in nuce cinco años atrás en su libro La democracia después del comunismo 2 – gira en torno a lo que considera degradación de los estándares cognitivos y culturales de las sociedades contemporáneas occidentales por el efecto de las tecnologías de la información y comunicación, singularmente la televisión, aunque también los ordenadores personales e Internet. Para Sartori, lo que estas tecnologías cambian es ni más ni menos que al hombre, que degenera de homo sapiens en homo insipiens a través del protagonismo en su vida cognitiva de la imagen, de su conversión en homo videns.

Para Sartori, la diferencia entre los distintos modos de aprehensión intelectual que propician la lectura (o, antes que ella, simplemente, la palabra a través de la tradición oral), por un lado, y la imagen por el otro, tiene consecuencias determinantes. Mientras el aprendizaje «tradicional» propiciaba la aprehensión de conceptos, el desarrollo del aparato lógico (conocimiento de las interrelaciones entre los fenómenos y los procesos, leyes de causalidad...), el conocimiento del mundo a través de la imagen incapacita al sujeto para las formas superiores del pensamiento, condiciona su modo de percibir la realidad que llega en el mejor de los casos a ser nocional, pero no alcanza a convertirse en pensamiento conceptual, en capacidad de abstracción, de comprender y elaborar pensamiento abstracto. El paso de la esfera de un mundus intelligibilis (una red de constructos conceptuales) a la de un mundus sensibilis (el mundo aprehendido sensorialmente) es el principal efecto que Sartori atribuye a la televisión, con una conclusión devastadora: «La televisión invierte la evolución de lo sensible en inteligible y lo convierte en ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender» (pág. 47).

A partir de esta tesis, Sartori elabora también una previsión muy sombría acerca del significado que para la cultura pueda tener la incorporación masiva de los ordenadores y, muy especialmente, Internet. No es tanto un argumento sobre su valor instrumental intrínseco, en cuanto herramientas de manejo y difusión de información de muy variada naturaleza (aspecto hacia el que también nuestro autor abriga algunas reservas), sino, fundamentalmente, la idea de que los vídeo-niños (quienes se han socializado con la televisión) están genéticamente incapacitados para hacer un uso de estas posibilidades tecnológicas culturalmente valioso. Para los educados en la paidèia del vídeo, Sartori ve en Internet una especie de perverso remate a cuyo través perfeccionar su analfabetismo cultural: para el usuario socializado en la cultura de la imagen «Internet es sobre todo un terrific way to waste time, un espléndido modo de perder el tiempo, invirtiéndolo en futilidades» (pág. 57).

Pero, además, Sartori despliega ante los ojos del lector la panoplia de consecuencias (políticas, sobre todo) que el advenimiento generalizado del homo videns trae consigo. En este terreno, su preocupación se mueve tanto en el plano del control de los mecanismos de poder mediático (el nuevo Big Brother plurimorfo) como en el de la degeneración del proceso político y electoral, alimentado el primero de estímulos insustanciales o perversos, convertido el segundo en puro espectáculo y/o en competición deportiva, dominados ambos por la banalidad y regidos por estímulos destructivos. Fuera del ámbito político, en el más amplio entorno de la entera conformación social, la situación que Sartori describe aboca al surgimiento de una enfermedad de vacío cultural generalizado, a la aparición de insapientes que confundirán el know how con la cultura, de gentes que no sabrán qué hacer con su tiempo y con su vida. El mundo de los hombres bestias, en imagen que toma prestada de Vico, es aquel «incapaz de una reflexión abstracta y analítica [...] pero a la vez fortalecido en el sentido del ver [...] y en el fantasear» (pág. 136).

En passant, Sartori se ocupa también de otra de las patologías que algunos identifican en el proceso político de nuestros días, la excesiva importancia que, a su juicio, se concede a la opinión pública expresada en los sondeos en la agenda de los gobiernos. Pero el argumento es tan lateral y, sobre todo, sería tan justa la imputación de parcialidad de quien esto escribe, que no me ocuparé de comentarlo.

En lo que se refiere a los argumentos centrales propuestos por Sartori, es difícil dejar de sentir una cierta simpatía por la preocupación que constituye el leitmotiv de la obra. Es incluso difícil no compartir la preocupación fundamental que en ella se expresa, a saber, el futuro de la cultura y el conocimiento more gutenbergense en la sociedad de la información. Es, positivamente, un tema serio. Por eso, es decepcionante constatar que el tratamiento no responda enteramente ni a las expectativas ni a la seriedad del tema.

No es, desde luego, nueva la preocupación de los intelectuales por la televisión. Las páginas de esta revista acogían hace poco un análisis de Ramón Ramos y Jorge Lozano a propósito de sendas obras de Pierre Bourdieu y Jean Baudrillard sobre el asunto. Puede decirse que es una temática presente en las ciencias sociales desde que otro compatriota de Sartori, Umberto Eco, escribiera treinta años atrás sus Apocalípticos e integrados... Desde esa lejana fecha han menudeado los playdoyers contra la televisión considerada como una formidable máquina de moldear las sociedades, y, por tanto, sobre todo, como una amenaza, escritos desde posiciones políticas diversas y alentados por preocupaciones variadas, pero en general dotados del rasgo común de un escaso conocimiento del medio a criticar tanto en cuanto a su singularidad comunicativa cuanto en relación a su manejo social.

Sartori cae un tanto en el mismo pecado, pero, sobre todo, describe, en apoyo de su tesis, una realidad que no existe. No es cierto que entre los jóvenes, la televisión esté desplazando a los libros. Nunca los jóvenes han leído tanto como ahora, porque nunca ha habido tantos jóvenes dotados de competencia instrumental para la lectura. No es cierto que los jóvenes vean la televisión más que los mayores. Es, justamente, al contrario: el consumo de la televisión muestra una alta correlación directa con la edad. Llevada la cosa a los extremos, no es cierto que los niños vean mucho la televisión: los niños de 4 a 12 años pasan exactamente la mitad del tiempo ante el televisor que los mayores de 65 años 3 . Estos son los datos españoles, ciertamente, pero las tendencias en otros países son muy similares.

Si el tema importante para Sartori es la socialización con o bajo la televisión, los datos muestran unos comportamientos difícilmente encajables en su tesis: son las cohortes que no se han socializado con la televisión las consumidoras más intensivas de aquel medio, y es también en esas cohortes donde se da una incidencia menor de los hábitos de lectura. Si en lugar de adoptar el punto de vista intuitivo que lleva a Sartori a formular su descripción de la realidad (una mezcla del common sense y sus frecuentes trampas ópticas, y, quizá también del ictu oculi sobre un entorno próximo muy particular), se hubiera dejado guiar por una mirada menos prejuiciosa y más sobria, menos particular y más global, la de los datos que describen los comportamientos de las sociedades, probablemente las conclusiones hubieran sido otras. Tal vez, incluso, no menos inquietantes. Posiblemente, no menos dignas de reflexión. Pero otras.

Porque lo que aquellos datos señalan es que en sociedades que han experimentado en los años de la televisión el mayor empuje educativo de su historia el recurso a las herramientas de la cultura de la imprenta es más amplio que nunca. Y que la supuesta competencia de la televisión (como si la letra impresa y la imagen se excluyeran mutuamente) no describe una situación real, la de la concurrencia de los distintos vehículos de comunicación, más amplia y diversificada cuanto más elevada la formación de quienes los utilizan.

Desde este punto de vista es falsa la premisa mayor. Empíricamente no parece que la televisión (y, extensivamente, el uso de los ordenadores e Internet) sean incompatibles con el recurso a los soportes de cultura tradicionales, sino más bien sucede que las cohortes socializadas en entornos en los que ya estaba presente la televisión hacen un uso mucho más amplio, distributivamente hablando, de tales recursos que aquellas que se socializaron en un mundo sin televisión.

Y tampoco parece cierto que se esté produciendo una mutación genética en la sociología del aprendizaje. Una cosa es el debilitamiento de ciertas exigencias curriculares y otra el debilitamiento de la capacidad de adquisición del utillaje intelectual complejo. Se hace difícil de sostener, acudiendo a la observación del entorno, que la sociedad que es capaz de la más impresionante acumulación de innovación científica y tecnológica lo sea en medio del deterioro de la capacidad intelectual de los operadores de ese progreso.

Sin embargo, sería insensato negar que gran parte de los fenómenos de degradación aparente de los estándares culturales de las sociedades de hoy que describe Sartori son reales. El triunfo del emotivismo, el imperio de la banalidad, la reducción de la política a imaginería vacía están ahí, y el papel de mediación que aparentemente desempeña la televisión en esos fenómenos se diría incuestionable.

No es forzosamente así. Sartori omite (y en esto su visión parece, irónicamente, teñida del mismo prejuicio visual que él achaca a la televisión como soporte de socialización) un aspecto tan básico y universal como es el de la democratización del acceso a la educación y a los instrumentos de comunicación. A su través, las comparaciones que se establecen entre un hoy aquejado de los males que Sartori describe y un ayer supuestamente libre de aquéllos dejan de tener sentido. Probablemente, la minoría que entonces monopolizaba el uso de los recursos superiores de comunicación y cultura dedicara a aquéllos más tiempo porque no le distraía la televisión. Pero junto a aquella minoría, una amplia proporción de los ciudadanos tenía muy poco acceso al exterior, limitadas sus posibilidades de enriquecimiento de perspectivas vitales o culturales por la inaccesibilidad económica de aquéllas, cuando no por la mera falta de competencia instrumental mínima para manejarlas. Esta absoluta falta de sensibilidad hacia la existencia de estratos educacionales y culturales en las sociedades pre y post-televisión, y, sobre todo, la infinitamente mayor porosidad que la sociedad actual tiene respecto a la anterior desenfoca gravemente la mirada.

Tampoco parecen muy atinadas las observaciones del autor sobre las consecuencias de la generalización del uso de los ordenadores. Según él, las personas meramente poseedoras de destrezas de know how y ayunas de verdaderos conocimientos constituyen un temible ejército de la ignorancia, tanto más temible cuanto más amplio su número y más anchas sus capacidades de intercomunicación. Invoca Sartori los usos «desviados» de Internet (pedofilia, violencia) para extraer de ellos la conclusión de que la marginalidad se ha instalado en el mainstream de la sociedad.

Sinceramente, esta observación no puede entenderse fuera del contexto de un prejuicio antitecnológico muy arraigado. Porque a estas alturas, discutir los efectos que los ordenadores en general e Internet en particular aportan al trabajo intelectual, de cualquier nivel que sea y en cualquier área de conocimiento, es situarse fuera de la realidad que viven día a día investigadores, intelectuales, y público en general. La accesibilidad de materiales (incluidos los bibliográficos), el conocimiento del state of the art en cualquier disciplina, la posibilidad de formular preguntas y obtener respuestas constituyen instrumentos formidables de facilitación del trabajo intelectual. Que esas herramientas sean susceptibles de usos banales o desviados no convierte al instrumento en banal ni a su uso en desviación.

En última instancia, la preocupación de Sartori se relaciona con problemas reales, sobre cuyas causas hace un diagnóstico que me parece a veces reduccionista y a veces desenfocado. El origen de las dificultades de la democracia, de los problemas del directismo, y los de la representación política y el mercado electoral no es la televisión ni son los ordenadores, sino la incapacidad –estrictamente política– de reinventar los mecanismos y cauces de representación y de dar un sentido más moderno a la participación política. El problema del control democrático de la televisión y de los límites de la competencia no se resuelve dándole una patada al invento, sino haciendo marchar la imaginación social a compás del desarrollo tecnológico.

Servatae distantiae, la actitud de fondo de Sartori recuerda a la de los luditas que en la Inglaterra de principios del siglo XIX , ante la aparente evidencia de que el maquinismo perjudicaba a los trabajadores reduciendo los salarios y creando desempleo se aplicaron destrozar las máquinas. Sartori se aparece en esta obra como un neo-ludita escéptico (no se hace ilusiones sobre las posibilidades de detener el avance de la televisión y de los ordenadores), fino y cultivado, que bordea con elegancia posibles imputaciones de elitismo, pero que al cabo resulta poco sensible al tremendo potencial democrático que implica el desarrollo tecnológico. Pese a todo ello, estamos ante una provocación de muy recomendable lectura.

01/08/1998

 
COMENTARIOS

le demonser 06/12/12 21:22
Menudo tocho. Cuando lo escriban de forma más legible, igual vuelvo, lo leo y lo comento.
Gracias por el esfuerzo, aunque el resultado sea tan poco atractivo que tire para atrás.

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