ARTÍCULO

Esplendores de Tiziano

 

Si nada se tuerce (uno tiene la sensación de que en nuestra época las cosas pueden torcerse más fácilmente), cuando tenga esta revista en sus manos estará a punto de inaugurarse en el Prado la primera muestra antológica de Tiziano que en él se celebra. Algo extraño, si se tiene en cuenta que el museo alberga posiblemente la mejor colección del mundo de la pintura del maestro veneciano. Pero más vale tarde que nunca. Sobre todo si, tal como anuncian sus responsables, la exposición consigue reunir un total de sesenta y cinco pinturas, algunas procedentes de diversas instituciones europeas y americanas y que nunca antes habían sido admiradas en España.

La esperada muestra es el resultado de la colaboración entre el Prado y la National Gallery de Londres y, además, una prueba irrefutable de que aún son posibles –a pesar de sus costes y del clima de inseguridad global-grandes exposiciones internacionales que consigan atraer a los museos a multitudes que habitualmente no los frecuentan. Lo que ha cambiado, sin embargo, es su concepto: frente a las faraónicas exposiciones de los años ochenta y noventa en las que la exhaustividad era el valor privilegiado, se prefiere un tipo de muestra más limitada y asequible, pero de contenidos más representativos. El curator o comisario es ahora, más que nunca, una especie de metteur en scène. Lo que, desde luego, tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

A estas alturas está claro que no he podido visitar la muestra de Tiziano que albergará nuestro primer museo nacional. Pero estoy seguro de que presentará interesantes diferencias respecto a la que he podido admirar en la National Gallery. Entre otras cosas, por algo tan rotundo como que en el Prado se exhibirán veintidós obras más que en aquélla. Y porque, debido a diversas causas, algunas de las obras que han podido verse allí no viajarán a Madrid. Las dos espacios son bien diferentes, además. Las seis salas en las que se ha mantenido la exposición en la National Gallery se encuentran en el nivel más bajo de la Sainsbury Wing (la ampliación diseñada por Venturi e inaugurada en 1991) y están absolutamente desprovistas de luz natural, lo que obliga a una sobreiluminación artificial que no siempre favorece a las pinturas del veneciano, realizadas para ser contempladas a la luz del día o de lámparas no eléctricas, en espacios menos claustrofóbicos y en los que sea posible mantener la distancia que exigen los grandes formatos. En este sentido, la contemplación de una obra como La familia Vendramin venerando una reliquia de la Santa Cruz (1555), que habitualmente cuelga en una espaciosa sala de la propia National Gallery, me ha resultado una experiencia lamentable: pensado para ser contemplado desde abajo y a cierta distancia, y para que el espectador se integre en la escena –merced a esa muda invitación que, con su mano derecha, nos formula desde la pintura Andrea Vendramin–, el cuadro pierde buena parte de su dramático efecto.

Pero existe, además, una diferencia mucho más importante y que tiene que ver con la propia concepción de la exposición y con las prioridades dadas por cada institución a las distintas épocas del maestro. Tiziano (1490-1576) realizó su ingente obra a lo largo de setenta años. Según explica Peter Burke en El renacimiento italiano; cultura y sociedad en Italia (Alianza), a los nueve o diez años ya era aprendiz (algo corriente en aquella época: Andrea del Sarto lo fue a los siete, Mantegna a los nueve, Miguel Ángel ya estaba con Ghirlandaio a los trece). Y siguió trabajando hasta la víspera de su muerte. Mucho tiempo y no pocos cambios de estilo.

Pues bien, la exposición de la National Gallery ha privilegiado claramente dos períodos en la vida del autor. En primer lugar, el de su juventud (1515-1530), es decir, desde que –tras la muerte de Giovanni Bellini– su taller se convirtió en el más importante de Venecia, hasta que comenzaron a lloverle los encargos de los Habsburgo. El segundo período mejor representado en la muestra de la National ha sido, precisamente, el de sus últimos quince años, el de obras maestras como Tarquino y Lucrecia, La muerte de Acteón, San Jerónimo penitente o El castigo de Marsias, algunas de las cuales podrán verse en Madrid.

El énfasis puesto en esos dos períodos tiene que ver con la propia colección de Tiziano (once cuadros en total) del museo londinense. Los responsables de la muestra se inclinaron más bien por potenciar lo que ya tenían con aportaciones de otras instituciones (el Prado incluido) que por una muestra más equilibrada. El Tiziano de los grandes encargos imperiales palidece frente al esplendor del joven original que ha sabido fundir los estilos de Giorgione y Bellini o del anciano visionario de pincelada rebelde y materia espesa que anticipa en casi cuatro siglos a los expresionistas de primera hora: los dos momentos más «románticos» de la trayectoria del maestro. Ni un solo retrato del emperador –uno de sus mayores patrones– o de su esposa, por ejemplo, podía contemplarse en la Sainsbury Wing. Tampoco se hallaban representadas ninguna de sus neoplatónicas Venus con organista (en el Prado hay dos, de 1550 y 1555) o composiciones mitológicas de la importancia de Venusy Adonis (1553). Y la representación de pintura religiosa era demasiado escasa (aunque sí se exhibía el magnífico Entierro de Cristo del Prado, de 1559). Como contrapartida, los visitantes de la muestra británica han podido admirar, entre otros, juntos por vez primera desde hace muchos siglos, los tres espectaculares cuadros mitológicos de la década de los veinte que le encargó Alfonso d'Este, duque de Ferrara, para su famoso «gabinete de alabastro». Por cierto, que los dos procedentes del Prado (la llamada Bacanal de la isla de Andros y la Ofrenda a Venus) en mucho mejor estado que el magnífico –pero sobrerrestaurado-Baco y Ariadna, que con mucha probabilidad no viajará a Madrid.

Una antológica exhaustiva de Tiziano sería hoy casi imposible y la National Gallery –como el Prado– ha tenido que elegir. Y no lo ha hecho nada mal: ahí estaba de uno u otro modo todo Tiziano, el primer maestro que destacó (y quizá fuera esa la causa de su enorme popularidad internacional) por igual en todos los temas del momento, de la pintura religiosa e histórica a la mitológica, pasando por el retrato (al Prado vendrán, entre otras obras maestras del género, La Schiavona de la National Gallery de Londres, El hombredel guante del Louvre y el retrato de Ranuccio Farnesio de la National Gallery de Washington).

En el Prado se podrá admirar una muestra algo diferente y, posiblemente, más representativa. Desde el esfumado giorgionesco de primera hora al esplendor del color de la madurez: esa textura de los tejidos contrastando con la morbidez de la carne o el crujiente azul de los cielos. O a la casi monocromía de los últimos años, que transforma lo representado en una meditación espiritual (increíble El castigo de Marsias). Decir que el veneciano –sin el que no se entiende a Velázquez, ni a Rubens, ni a Poussin– es uno de los más grandes es un truismo. Sin duda merece la pena hacer las previsibles colas inacabables, y ver la muestra en las precarias condiciones que impone la masificación. Prepárense con tiempo.

01/06/2003

 
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