ARTÍCULO

Cavar y escribir

Hiperión, Madrid, 1996
Trad. Margarita Ardanaz
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Uno de los principales asuntos de los que trata la poesía de Seamus Heaney es lo que él mismo denominó como la sensación de pertenencia a un lugar. El Premio Nobel irlandés se reconoció como poeta cuando sus raíces territoriales se mezclaron con sus lecturas, «suelo pensar en mis fidelidades personales e irlandesas como si fueran vocales, y en mi conciencia literaria amamantada en el inglés como si fuesen consonantes. Mi aspiración es que los poemas lleguen a ser vocablos adecuados al conjunto de mi experiencia». La pertenencia antropológica a un espacio como secuencia de transmisión de todas las creencias y símbolos del mismo. El conocimiento de la toponimia del lugar por ser en ésta, y a través de la cual, se salvaron de la cristianización, y por lo tanto de su desaparición, los orígenes mitológicos y paganos del paisaje. Un paisaje que era la base fundamental del conocimiento y él mismo sagrado, repleto de signos que conformaban un lenguaje de la realidad colocado más allá de las realidades visibles. El paisaje, el lugar como materialización de las creencias panteísticas.

Heaney, como poeta, y esto es uno de los aspectos fundamentales de Muerte de un naturalista, trata de ser un médium entre las figuras y los paisajes ausentes pero archivados en la memoria del inconsciente y la realidad laica del paisaje moderno. El lugar se refleja doblemente en la imaginación del poeta, responde al estímulo de los nombres «y la sensación que poseemos de nosotros mismos como habitantes no sólo de un país geográfico, sino de un país mental se robustece». Seamus Heaney se refiere al país geográfico propiamente dicho y al país mental de sus antepasados, quienes depositan en el poeta toda su sabiduría, de la misma manera que el poeta tratará de rescatar simbólicamente mediante las palabras, la fuerza religiosa de la hierofanía. El poeta es un naturalista porque recupera los nombres, el sentido religioso, el saber; ata (religare) el conocimiento del pasado con el presente, extiende la pervivencia de esa interpretación del mundo a través de las pruebas más palpables de sus vestigios. Pero el poeta es un naturalista que crece y muere en el cenagal de la historia. La ciénaga como lugar donde germinan las semillas, el poema como semilla. La ciénaga como memoria del paisaje, como un paisaje que recordaba todo lo que le había ocurrido a él y en él.

Este paisaje del origen ejerce sobre nuestro autor un extraño efecto apaciguante, ligado a asociaciones preconscientes que se remontan no sólo a su infancia, sino también a la misma infancia del hombre y del lugar. «Cavando», el poema inicial de Muerte de un naturalista, es en este sentido muy significativo: «Mi padre está cavando. Lo miro desde arriba». Cavar es también escribir: «Entre el pulgar y el índice / la regordeta pluma se acomoda. / Yo cavaré con ella». Cavar y escribir es resucitar. Pero sólo resucita aquel que sabe de qué lugar procede. Para saber quién se es, se necesita tener un lugar de dónde venir. El lugar, para Seamus Heaney, se conforma de dos maneras. Mediante su vivencia e inconsciencia y también desde su cultura y realidad consciente. En la sensibilidad literaria, ambas coexisten en una tensión consciente e inconsciente. Hopkins hablaba de un inscape o paisaje interior, e instress, tensión interior. La naturaleza constituye el corazón que contempla y recibe, pero hasta que la voz del poeta no ha sintonizado de pleno, no podemos creer lo que oímos.

Heaney es crítico con Frazer porque, en La rama dorada, pretendió borrar el misterio de las viejas creencias y estandarizar los parajes antiguos. Frazer habló ya de una religión culta y hasta cierto punto racional, mientras que a lo que Heaney se refiere, siguiendo la tradición irlandesa de Yeats, es a la reivindicación de lo sagrado fuera de la mitología canónica grecolatina. Es decir, a las fuerzas más primitivas de la naturaleza: la reivindicación de las hadas, de la magia, un mundo que eludiera las interpretaciones sociales y políticas de la sociedad en favor de una visión «de la raza legendaria y literaria». Una civilización pagana centrada en la piedra inculta o en la ya culta del dolmen. En las piedras de las que emergían el espíritu de la tierra, los recuerdos ancestrales que constituyen el origen de todo.

Seamus Heaney es consciente de que hay que recuperar la memoria no sólo de un lugar pequeño y aislado, sino del propio mundo, pero él mismo es consciente de lo que dijo Stephen Dedalus: «En este país cuando un alma nace se le lanzan redes para impedir que alce el vuelo. Vosotros me habláis de nacionalidad, lengua, religión. Yo intentaré volar saltándome las redes». Heaney es un poeta con un sentido físico de los lugares, pero también, y fundamentalmente, con un sentido metafísico que lo eleva más allá de la mera geografía. Atrae hacia sí la mitología del lugar, pero para integrarla como un elemento más de su propia mitología privada. El presente no está completo si no se recubre del pasado. Heaney mezcla lo local de la poesía de Kavanagh con lo cultural y universal de Yeats. Aprende de ambos porque sabe que un poema, aunque hable de una piedra o un árbol, no evita la inteligencia, sino que apela a ella. Heaney sabe cómo la superficie de la tierra, el viento, el mar, la niebla, la lluvia, pueden ser aceptados en las profundidades encalmadas de la mente y ejercer una influencia equilibradora.

La poesía es una adivinación, la revelación del yo a uno mismo, la restauración de la cultura a sí misma, un descubrimiento arqueológico. Como escribe William Wordsworth (uno de los poetas de referencia, junto con Hopkins) en uno de los versos de El preludio, la poesía es una reliquia que guarda el espíritu del pasado, pendiente de su restauración futura (I would enshrine the spirit of the past / For future restoration). Esa restauración futura en donde el fragmento enterrado «tiene una importancia que no se ve disminuida ante la totalidad de la ciudad enterrada; la poesía como excavación que busca dar con algo que al final resultan ser plantas». El poema «Cavando» surge de los recuerdos infantiles, de las canciones populares. Su autor lo excavó más que lo escribió, lo llevaba enterrado dentro. El poeta planta aquellas semillas que se encuentran olvidadas en el almacén del tiempo. El poeta elabora las palabras en tanto que portadoras de historia y de misterio. Y muchas de ellas salen de la infancia del mundo general y del suyo propio. La poesía es el arte de adivinar, un don o un castigo que únicamente poseen aquellos que están en contacto con lo oculto y lo real, «un don que sirve para meditar entre un bien en potencia y la comunidad que desea verlo liberado, fluyendo». El poeta, vate, adivino, es un zahorí (otro de los mejores poemas de Muerte de un naturalista), su función es establecer contacto con lo que permanece oculto, y por su habilidad de hacer palpable lo que era intuido o evocado: «Los mirones podían intentarlo. / Les pasaba la rama sin pronunciar palabra. / Y se quedaba muerta entre sus manos, hasta que él, impasible, / les agarraba por las muñecas expectantes. La vara se agitaba». El poeta se convierte en antena que capta las voces del mundo, en un intermediario que expresa su propio subconsciente y el subconsciente colectivo. Por unos momentos –como el zahorí– el poeta posee una riqueza que habitualmente le es inaccesible, y la pierde en cuanto ha pasado ese momento. El poeta es capaz de abrir vías de comunicación inesperadas entre nuestra naturaleza y la naturaleza de la realidad en la que vivimos.

Muerte de un naturalista, libro publicado en el año 1966, es el poemario que mejor ejemplifica y resume la labor del Premio Nobel de Literatura de 1995. Aquí están los fragmentos de la memoria antropológica y oral, el poder del paisaje local, cultural e histórico, la simbología del tiempo a través de los trabajos a punto de perderse del campesino, y una naturaleza que se niega a perecer en el anonimato. Como dice uno de los versos del poema «Tormenta en la isla», estos versos están construidos con muros en la roca y techados con buena pizarra.

01/01/1997

 
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