ARTÍCULO

Mucho ruido...

DVD Ediciones, Barcelona
192 pp. 12 €
 

«Cuando abrió la puerta, el desconocido estaba en la cocina». A la maniera cervantina, el arranque tópico de Cabo de Hornos es un caramelo ofrecido, sin tregua, a la boca ávida del lector, para sumergirle en los párrafos siguientes en un torrente paródico que tiene en la novela policíaca su objetivo más evidente. Una parodia, sí, construida con esmero en sus acordes iniciales, y no sólo por el cúmulo de casualidades que colocan delante del personaje una realidad inesperada, sino sobre todo por la condición de quien las vive, un periodista provinciano que subsiste en un diario de segunda, ninguneado en una sección de cultura que, ante la carencia de la misma, se nutre de unas crónicas de sociedad con muy dudoso gusto. La retranca de Pérez Álvarez respecto del género negro le lleva a introducirnos, casi sin querer, en un cúmulo de disparates a cual más peregrino y que, no obstante, funcionan como piezas de un engranaje bien engrasado.
Sea como fuere, no es arbitraria la consideración de «cervantina» para la novela que nos ocupa.Y es que a la parodia nuestro autor suma buenas dosis de metaliteratura, tanto en la ambientación incongruente de los hechos –los nombres de las calles rezuman irrealidad literaria– como en las acciones secundarias que transitan de principio a fin la novela. Entre estas últimas destaca la investigación que lleva a cabo nuestro singular reportero, según la cual pretende sacar a la luz la falsa autoría de una serie de poemarios, atribuidos erróneamente a uno de los vates de la cultura galleguista del siglo XX , ocasión esta sin parangón para que Pérez Álvarez despliegue no poco sarcasmo contra los emblemas del nacionalismo más rancio e inculto. Parece, incluso, que hubiera querido rendir un homenaje explícito al autor de Don Quijote de la Mancha a fuer de mechar la narración de términos anacrónicos, en todo punto antitéticos respecto de las muy reducidas dotes lingüísticas del protagonista; abundan, así, los «empero» y los «otrosí», más propios de la prosa alfonsí que de la de nuestros días.
Más allá de estas consideraciones previas, y dejando a un lado otros aspectos tangenciales –pongo por caso la evidencia de ciertos ecos como el Mendoza de El laberinto de las aceitunas y, más concretamente, el Muñoz Molina de Los misterios de Madrid–, el brillante primer tercio del texto se ve pronto empañado por una tendencia irreversible hacia la opacidad y un abuso exagerado del estilo indirecto libre, extremos ambos que acaban por convertir Cabo de Hornos en un discurso inconexo, incoherente y en no pocas ocasiones obstruso. En correspondencia directa con la esquizofrenia creciente de Sansavenir, la prosa de Pérez Álvarez se hace torrente de ideas e imágenes de locura en una constante unión de realidades contrapuestas y hasta delirantes, que resultan efectivas en una distancia corta, así, por ejemplo, en el flashback propiciado por el desvarío etílico del protagonista, pero que, por el contrario, cansan, y mucho, cuando ocupan, sin descanso, casi las dos terceras partes del texto. Si en Nembrot, novela singular de la que hubiera cabido esperar una recepción más entusiasta por parte del público, Pérez Álvarez administraba con tiento sus dotes narradoras, este Cabo de Hornos hubiera necesitado de un proceso de concreción muy evidente en toda su segunda mitad. No por ello, insisto, resultan menos destacables las sabias dotes sarcásticas, el dominio de la parodia y, por qué no decirlo, una buena nómina de personajes secundarios que componen, junto a Frank Dertod, una redacción periodística de sabor solanesco a mayor gloria de su creador: ahí están para demostrarlo Nólan, híbrido de escepticismo volteriano y gracia sainetesca, la secretaria del diario, ninfómana capaz de convertir la sala de reprografía en una cueva iniciática en los placeres del sexo, y, por supuesto, Onofre, o lo que es lo mismo, el desconocido que «cuando abrió la puerta [...] estaba en la cocina», aparición ilusoria que, al modo de la Dulcinea cervantina, se debate entre la mente del protagonista y la nada.Y es que –permítaseme entrar también en el juego– cuando abrí las páginas del libro una desconocida satisfacción llegó a mis ojos. Lástima que luego se empañara.

 

01/02/2006

 
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