ARTÍCULO

El declive de la violencia

Paidós, Barcelona
Trad. de Núria Petit Fonserè
400 pp. 29,90 €
 

Vaya por delante que el titular que antecede no es acuñación del reseñista ni debe interpretarse en principio como la defensa por parte de este de una determinada tesis, sino tan solo como lo que el crítico juzga un certero marbete para resumir el sentido de la obra que va a comentar y que, por otro lado, coincide literalmente con el título que el propio autor ha elegido para el capítulo segundo, que compendia en menos de veinte páginas una cascada de datos y porcentajes para apuntalar tal aserto. Tras este apretado resumen, el lector tendrá ocasión de emprender un periplo algo más sosegado por la cultura de la violencia en nuestra sociedad desde el Medievo hasta nuestros días, siempre siguiendo el principio rector que el investigador ha apuntado sin rebozo en las páginas introductorias, en la primera frase incluso: «Desde el siglo XVIII  hasta el siglo XXI, la violencia física y la brutalidad de las relaciones humanas siguen una trayectoria descendente en toda Europa occidental» (p. 9). Se matiza luego, un par de páginas más adelante, que la «principal ruptura» con la violenta tradición medieval «se sitúa hacia 1650, cuando se instaura en toda la Europa traumatizada por interminables guerras una intensa devaluación de la visión de la sangre». Como resultado de ella, se produce al cabo de los siglos una profunda «transformación de la sensibilidad colectiva frente al homicidio, que finalmente lo convierte en un poderoso tabú» en la época contemporánea.
Así las cosas, puestas desde el principio y con tal contundencia las cartas boca arriba, el lector no puede extrañarse de que la revisión del pasado se haga desde unos presupuestos también francamente categóricos: «A finales de la Edad Media y en los siglos XVI y XVII, la percepción de la violencia homicida es totalmente distinta de la nuestra. No solo la muerte violenta parece entonces algo muy normal, sino que los contemporáneos la consideran como algo lícito y hasta necesario» (p. 65). Son las frases con las que se emprende un rápido recorrido por las «fiestas juveniles de la violencia» entre los siglos XIII y XVII –«fiestas sangrientas y juegos brutales»–, un talante cruel que va cediendo terreno en la medida en que se desarrolla una cultura de la «paz urbana» –«la violencia se paga cara»– y que termina por desembocar entre 1500 y 1650 en una nueva sensibilidad que prima la condena legal del homicidio y el infanticidio entre las diversas formas posibles de violencia. Unas gruesas líneas de evolución que no esconden grandes resistencias y profundos altibajos –así, el auge del duelo entre las clases altas y la feroz violencia campesina–, pero que conducen desde la paz de Westfalia y a lo largo ya de tres siglos (1650-1960 son las fechas de referencia) a una progresiva «domesticación» de la violencia, una contención en la que la cultura urbana europea –en oposición al más rudo medio rural– desempeñará un papel fundamental como «amortiguadora» de las actitudes y soluciones agresivas.
Resulta hasta cierto punto paradójico, pero en el fondo congruente con la evolución expuesta, que sea en el mismo período en que se embrida la agresividad más aparatosa cuando aparezca en el arte y la literatura la recreación más morbosa y sádica de la criminalidad. «¿La colonización del imaginario occidental por los fantasmas crueles no refleja más bien la aceptación del tabú de la brutalidad homicida, que no deja lugar sino a evocaciones de la prohibición?» (p. 301), se pregunta con manifiesto énfasis Muchembled, para responderse como era previsible que, cuando la transgresión está fuertemente penalizada, se ofrece –sobre todo a los temperamentos jóvenes más inquietos– la posibilidad de identificarse imaginariamente con modelos prohibidos a condición de que no trasciendan del espacio onírico. Mandrin, Cartouche, Jack el Destripador y tantos otros se convertirán así en «portadores de la nostalgia de una determinada forma de violencia antaño banal y ampliamente tolerada». En el fondo, pues, la literatura negra que da cauce a esa fascinación popular por el crimen desempeña una función de válvula de seguridad al contener la agresividad en un reducto «soñado». Aunque con ello, dice Muchembled, la violencia –sobre todo juvenil– quede más encauzada que propiamente erradicada. Las dos guerras mundiales del siglo XX merecerían en este contexto una más detenida y profunda reflexión de la que el autor ofrece.
Finalmente, en las primeras páginas del capítulo 9 y último se vuelven a formular las consideraciones que se hacían al principio sobre el declive de la violencia. Ahora, después de un recorrido tortuoso, podemos decir con más fundamento que «el tabú de la sangre se impone con una fuerza extraordinaria en Europa occidental». La cuestión de las dos hecatombes bélicas que, como acabo de apuntar, aparece de puntillas en la reflexión de Muchembled, le sirve, no obstante, para diagnosticar que su mero recuerdo es suficiente para «reforzar una poderosa repugnancia por el homicidio y la violencia sanguinaria, pacientemente engastada en nuestra cultura desde el siglo XVI» (p. 337). Bien es verdad que el propio autor deja la puerta abierta en forma de duda sobre el mantenimiento de esta tendencia, al enjuiciar la aparición de las bandas juveniles en la Europa próspera en los decenios finales del siglo XX como un posible rebrote de la violencia de consecuencias impredecibles. A esta materia están consagradas las páginas postreras, para desembocar en un final más abierto de lo que en principio uno podía colegir del punto de partida: «¿Hemos llegado a un punto de inflexión?». O, dicho de otra manera, ¿puede que la exitosa tendencia a la sublimación –que no erradicación– de la violencia se desmorone para dar lugar a un ciclo nuevo de tendencia contraria?
Una historia de la violencia tiene las virtudes y defectos de una obra que quiere abarcar mucho. Lo primero que llama la atención es su desenvuelto título, seguido por el no menos ambicioso subtítulo («Del final de la Edad Media a la actualidad») para un libro que no llega a las cuatrocientas páginas y que exhibe sin pudor, como suele ser frecuente en la ensayística del país vecino, una perspectiva no ya eurocéntrica, sino fundamentalmente galocéntrica, detalle que limita de manera inevitable el alcance de muchas de sus observaciones. Muchembled no es, sin embargo, el habitual polígrafo disfrazado de ensayista que da palos de ciego o planea sobre un terreno que no domina; investigador meticuloso del tema de la violencia en el condado de Artois, pretende que este sirva «como ejemplo de laboratorio» para comprender la evolución de la violencia en el ámbito occidental. De este modo, su recorrido por la historia de la agresividad humana es una mezcla no siempre homogénea entre apuntes concretos –a veces muy detallados– y simplificaciones o esquematismos que resultan insatisfactorios.
Con todo, el problema principal –que puede tener casi características de enmienda a la totalidad– es su propia conceptuación de la violencia. Aunque Muchembled no puede ignorar que la violencia es multiforme y que, además, no se restringe a los registros represivos habituales (pp. 47-48), su negativa a incluir los fenómenos bélicos y su reducción de hecho de las actitudes violentas a sus formas más dramáticas –en el centro de todo, para entendernos, la agresión cruenta–, devalúa forzosamente sus argumentos. Aun así, tratándose de una obra que promete más de lo que ofrece, sus páginas pueden ser un semillero de ideas para el especialista o el lector curioso: su insistencia en que la violencia es una expresión básicamente juvenil y masculina plantea algunos asuntos ciertamente interesantes en el orden de las mentalidades, los códigos de conducta de determinados sectores y los retos sociales a la hora de ofrecer cauces y respuestas adecuadas. Por otro lado, determinadas afirmaciones, como que «el homicidio es una construcción social» (p. 31), resultan demasiado contundentes y deudoras en exceso de determinadas modas, pero se abren a reflexiones sugestivas, como, por ejemplo, la configuración del honor viril en las bandas urbanas juveniles o la relación histórica de la ética protestante con los comportamientos asesinos. En todos estos asuntos, el lector hará bien en no fiarlo todo a la espera de respuestas plenamente convincentes. Pero hay veces en que salimos satisfechos tan solo con que un libro nos haga plantearnos cuestiones interesantes.

01/07/2011

 
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