ARTÍCULO

Aprendiendo a ser mortal

 

Desde Sócrates al menos, desde el relato de las últimas horas de Sócrates, la muerte ha sido una de las cartas de presentación preferidas de la filosofía: que filosofar es aprender a morir –como ponderaba Montaigne en un célebre capítulo de sus ensayos–, que el filósofo es aquel capaz de morir decorosamente –como testimonian legendariamente Sócrates y Séneca–, que asumir la muerte, de los otros y propia, es lo que más hondamente constituye la existencia –como le enseñaba Heidegger, sobre todo, al siglo XX ––. Aprendizajes ya casi primarios, envueltos en tal maraña de trivialidades trascendentales que se hace muy difícil tocarlos sin borrar o cubrir vergonzosamente a la muerte misma. Se tocan, seguramente, para eso. Sin olvidarlos en ninguna de sus páginas, este libro, que también es una presentación y justificación de la filosofía, procura, sin embargo, no tocarlos. No pretende, por ello, enseñar despojadamente a la muerte misma. Porque sabe que ningún libro ni ningún lenguaje podría hacerlo. También porque este libro no enseña nada. Más bien es, en algunos de sus pasajes más inspirados, una reiterada reflexión sobre lo que significa aprender. Sobre el desprenderse que tiene lugar en todo aprendizaje; y también, pero quizá sea lo mismo, sobre los límites de lo que se puede aprender: por ejemplo, no se puede aprender a morir, ni conocer la muerte, salvo al precio –miserablemente pagado o hecho pagar tan a menudo– del único aprendizaje realmente valioso, que es el de la vida. Sólo puede aprenderse –y ya sería bastante– a ser mortal: a asumir que la indigencia de la vida está necesariamente coronada por algo tan superfluo y contingente cada vez como la muerte. Pero esta mortalidad, bien aprendida, es un privilegio que no debe conducir al patetismo, sino al pensamiento. Un pensamiento que es texto y lenguaje donde no se puede recoger –primera lección de mortalidad– aquello de que se habla. Por eso, no se trata de hablar de la muerte, se dice en el prefacio, sino de hablar como mortales.

Puestos a escuchar este habla, los lectores de este y de los otros libros de Ángel Gabilondo tendrán –tenemos– el legítimo derecho de preguntar quién es el (mortal) que habla en ellos y desde dónde. Porque lo que hace de estos escritos un género en sí mismo, tan duro a veces, tan reticente a menudo, tan elocuente siempre, es la desaparición formal del yo que escribe: muy hegelianamente, la escritura quiere limitarse a dejar a la cosa misma decirse. La cosa misma, sin embargo, incluso cuando es algo así como la muerte, habla en los textos de unos autores que, grosso modo, vienen a coincidir con el canon de la historia de la metafísica, por así llamarla. Y lo que ese habla produce aquí, en lugar de una doctrina, o un equilibrio de doctrinas, son desplazamientos en las doctrinas ya sabidas («fecundos desplazamientos», según se insiste en una de las raras confesiones metatextuales de estos libros). La fecundidad, en todo caso, depende de la disposición del lector a acompañar tales desplazamientos, y a prolongarlos.

Dicho sea de paso, quizá no sea mal acompañamiento leer este libro sobre el ser mortal en paralelo con el anterior, La vuelta del otro. Identidad, diferencia y alteridad (Madrid, Trotta, 2001). Hay simetrías llamativas. Ambos pretenden situarse al margen de la actual proliferación de discursos sobre cuestiones desde siempre centrales en la filosofía: la muerte en éste, lo Otro y la identidad en aquél. Ambos proponen un recorrido estrictamente textual por autores centrales en la historia de la filosofía que son, además, la escuela (o el banquete, también) permanente del autor: Platón, Descartes, Hegel, Nietzsche, Heidegger, Foucault, Derrida y Levinas. Mortal de necesidad le deja un amplio espacio a Montaigne, como La vuelta del otro se lo daba a los presocráticos. Enigmáticas y persistentes son las ausencias de Kant, el segundo plano en que queda Aristóteles. Y ambos libros rehúyen las posturas edificantes al uso: alteridad y diferencia no eran motivos de crítica al «pensamiento tradicional», ni problemas que la buena voluntad haya de resolver, sino la posibilidad misma de pensar en toda su gravedad; con la muerte no hay reconciliación posible, sino que –o porque– saberse mortal es la condición de la vida, del cuerpo y del lenguaje. Mortal de necesidad, en todo caso, quiere ser menos un tratado filosófico que La vuelta del otro : no solicita una lectura lineal, sino que invita a abordar paralelamente, en su complejidad, las tres cuestiones del subtítulo.

La filosofía, la salud y la muerte son palabras de tres universos distintos. Al mismo tiempo, sin embargo, inseparables; lo bastante como para no poder decirse a la vez. Este libro, curiosamente, las recorre en sentido inverso. La muerte tiene un protagonismo inicial, que se juega en una atenta lectura de Platón y Montaigne, sobre todo, desgranando muchos temas relacionados que, en otro libro y con otras voces, resultarían anacrónicos o absurdos: el alma y el cuerpo, política, amistad e inmortalidad, la muerte, eros y el cuidado de sí. La tensión máxima llega, sin embargo, con Hegel. Un Hegel, como siempre el de Gabilondo, con el que deberían tratar casi todos los antihegelianos al uso. También quienes se sitúan en la estela de Heidegger, Derrida o Levinas, siguientes voces del libro, que aquí no sonarán contra Hegel, ni al revés. Sacan, en todo caso, nuevos matices: los que resultan de saber que la muerte no es lo contrario de la vida, ni su final sin más. Con Foucault, pasa a primer plano la cuestión del cuerpo, de un pensamiento sobre el cuerpo que sea, a la vez, un modo filosófico de vivir donde quepa un saber de la salud y de la enfermedad. Por su tono también, este capítulo significa un giro en el libro: en él se decanta una conversación de ya muchos años con Foucault, tras la cual se abre, finalmente, un espacio en el que, como un largo eco, resuena en qué ha de consistir el saberse mortal: el «terror y la belleza de la propia vida». Pues no hay belleza sin terror, y sólo del terror, de un adecuado vivir el terror, sale el pensamiento, ese ejercicio que crea maneras de vivir. Pero esto, bien pensado, termina el libro –y aquí habla, ya desocultado, sin ni siquiera el vestido del pronombre «yo», el autor mismo–, es una maravilla. La maravilla de ser mortal. La maravilla de ser. Con la reserva, sin embargo, de que se recuerde que nunca se sabrá cuántas veces, y cómo, puede pronunciar «¡Qué maravilla!» el ser mortal.

01/02/2004

 
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