ARTÍCULO

Montesinos o la pasión de la filología

 

La vida de un filólogo parece esencialmente transitiva: llena papeletas ociosas, anota textos rancios, aclara algún punto de los versos que nunca será capaz de escribir por sí mismo. Pero no siempre es así. José Fernández Montesinos (Granada, 1897), hermano del alcalde de su ciudad, asesinado por la rebelión militar de 1936, contrapariente y amigo de los García Lorca, miembro destacadísimo del Centro de Estudios Históricos, fue mucho más que eso, como recuerda –con abundantes datos, prosa muy pulcra y visible emoción– el certero prólogo que Pedro Álvarez de Miranda ha puesto a los cuatro estudios inéditos que ha rescatado justo en el centenario de su autor. No fue un hombre vulgar aquel joven delgado, de aire entre indolente e inquisitivo, que retrató Manolo Ángeles Ortiz (en la cubierta del libro), ni el profesor de revuelta cabellera e incansable fumador que caricaturizaba Ismael González de la Serna (pág. XXVI del volumen) en su primer exilio de Poitiers. En 1936 el joven maestro había editado estupendamente los diálogos de los hermanos Valdés en los clásicos de La Lectura (se seguirían reimprimiendo en la postguerra sin mención de su editor: como decía Montesinos con mucha gracia, se había convertido en el «anónimo de Hamburgo», pues en esa ciudad –donde vivió entre 1920 y 1932– fechó sus trabajos), había revisado con pericia el teatro menos conocido de Lope y, sobre todo, confeccionó una antología de la poesía lopesca que, por vez primera, había extraído de todas las comedias aquellas coplas y seguidillas que fueron oro molido para los neopopularistas. Y no solamente eso: en Cruz y Raya había escrito un par de ensayos deslumbrantes sobre «Gracián o la picaresca pura» y sobre «Cadalso o la noche cerrada» y en Hora de España, ya en plena guerra, firmaría la mejor y más intensa necrológica que se escribió sobre Unamuno. Nunca dejó de ser fiel a dos ideas fundamentales. Primera, que valía la pena escribir bien: en su estilo un poco arcaizante, noblemente retórico pero, a la vez, bien humorado y un si no es castizo, digresivo a veces y conceptuoso otras. Segunda, que no valía la pena tratar de aquello que no interesara vitalmente al estudioso. Tras la guerra civil, lo fundamental de su tarea fue estudiar con minuciosa pasión el proceso de la novela española del siglo XIX : los orígenes del pacto novelesco entre los editores y los lectores románticos, el episodio costumbrista, los pasos de Fernán Caballero, Alarcón, Valera, Pereda y, al final, Galdós. ¿Cómo no pensar que fue el destrozo de la guerra civil el que le llevó a reconsiderar la crónica de la narrativa de un siglo atrás entendida como reflexión e imaginación acerca de la convivencia entre españoles? Ese entreveramiento del ánimo del filólogo y de su tema será muy perceptible para el lector de «Barroco y gongorismo» (1955), primer texto de este volumen. Montesinos fue, al fin y al cabo, un miembro de la «juventud literaria de 1920» y, como a ésta, le «gustaba Góngora, entre otras razones, porque no les gustaba a Cotarelo o a Rodríguez Marín», ni a la precedente «generación del 98» que escurrió el bulto cuando Diego hizo llegar a sus miembros la convocatoria del homenaje de 1927. Y es, sin duda, su experiencia personal de aquel entusiasmo la que le hace ver el barroquismo como un brillante «postromanticismo»: en 1600, las Flores de poetas ilustres (1605) de Espinosa declararon la constitución de un lenguaje «específicamente poético» que codificó los descubrimientos de la «generación de 1580», la de Lope y Góngora. ¿No diría Guillén (en Lenguaje y poesía, 1960) que el descubrimiento colectivo del 27 fue el «lenguaje de poema», resumen casi perfecto de las «poéticas» de la antología de 1932? Más cercano, sin embargo, al Mairena machadiano, Montesinos –quien prefiere a Lope– acierta a señalar lo que hay de hermosamente inhumano en Góngora: no es un simbolista sino una suerte de descubridor del «cubismo poético». Y, en el fondo, señala con bastante razón que «la fatalidad de Góngora fue que, como todos los hombres del siglo XVII, demasiado respetuosos de la antigüedad, no concibieron nada posible fuera del ámbito grecolatino». El Quevedo que trata en su texto de 1956 («Quevedo y la falsificación de la vida») le gustaba, sin duda, más que Góngora. Fue la respuesta angustiosa ante un mundo falsificado. Como muestra la picaresca, como enseña Gracián, «España en la edad de oro no produce apenas nada, en arte y moral, que de algún modo no sea senequista». Y esa es la base fecunda de su burla social («la sátira, podríamos decir, es siempre demagógica»), de su radical misoginia («desde que ha existido una sociedad civilizada, la mujer ha sido un estímulo al eufemismo») y, en el fondo, de su añoranza de otro tiempo más exigente, simple y feliz: «Su nostalgia no se encamina hacia la edad de oro poética, sino hacia la edad heroica de los moralistas históricos». Vale la pena leer después de este trabajo el referido a «Los Sueños de Quevedo» que debió ser –conjetura Álvarez de Miranda– algo más que un sólido guión de clase: quizá la redacción previa de un capítulo de libro. Pocas veces queda más clara su visión del barroco («época de compromisos estilísticos y de atroz formalismo») y su sagaz entendimiento del XVII como «deseo de no renunciar a nada del pasado y de no transformar ninguna forma ni estilo heredado, pero de avalorarlos con mezclas y combinaciones nuevas, o de potenciarlas exagerándolos». El análisis de los mecanismos del estilo de los Sueños es, a fin de cuentas, una demostración de esa premisa: el genio de Quevedo es como una hoguera en que se inmola aquel que «todo lo asimilaba de manera que puede decirse que siempre fue fuente de sí mismo». El largo estudio «La Diana de Montemayor» tiene la misma índole que el anterior. Y si aquél fue sin duda anterior a los excelentes estudios de Raimundo Lida sobre la prosa quevedesca, éste debió escribirse antes de la estupenda síntesis de Juan Bautista Avalle-Arce sobre los libros de pastores. Pero, en ambos casos, los apuntes de Montesinos no desmerecen de las aportaciones de los nuevos estudiosos. En nuestro caso, las notas sobre la función de la «pastoría» como horizonte imaginario, las reflexiones sobre lo fronterizo de la novela y el teatro o el decidido protagonismo de un concepto del amor –el amor cortesano– como centro de estas fricciones son claves explicativas que la bibliografía posterior ha comprobado. Leerlas en la prosa personal de Montesinos resulta, sin embargo, una grata e infrecuente experiencia. Porque nos recuerda otra vez lo que ha filología tiene –debe tener– de pasión y de oficio, de inteligencia y calidez.

01/10/1998

 
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