ARTÍCULO

Minorías étnicas en Europa del Este

Universidad Nacional de Educación a Distancia, UNED, Madrid
234 pp. 10,68 euros
 

La caída de los regímenes comunistas en la Unión Soviética y el este de Europa mostró, entre otras muchas cosas, cómo se hacía añicos el escaparate del internacionalismo proletario, donde las naciones y las etnias habían desaparecido teóricamente a favor de una patria universal socialista. Como un reguero de pólvora volvieron al primer plano de la actualidad conflictos que se creían superados, irredentismos seculares y reivindicaciones de minorías nacionales dentro de otros países. El escenario europeo volvió a recordar los viejos fantasmas familiares del odio y la intolerancia frente al Otro. Afortunadamente, no estábamos en los años de entreguerras del siglo pasado, ya que, por un lado, los nuevos gobiernos de transición en el este de Europa ofrecieron un talante distinto y, por otro, la Unión Europea constituía para ellos un referente lo suficientemente importante y deseado como para que ésta, gracias a su presión, bien de carácter directo o indirecto, lograra reducir el riesgo de conflictos al apostar sin fisuras por la defensa de los derechos humanos y, dentro de ellos, por los de las minorías. El libro dirigido por Carmen González Enríquez repasa exhaustivamente los problemas de minorías resurgidos con fuerza a partir de 1989. Con la capacidad analítica, la claridad expositiva y el rigor académico que ha demostrado en obras que han enriquecido temas y espacios de la ciencia política española –pensemos en su magnífico libro sobre la transición húngara a la democracia–, la profesora de la UNED nos explica en un capítulo previo cuáles han sido los principales focos de tensión en la zona del Este, los Balcanes y las ex repúblicas soviéticas del Báltico, para estudiar a continuación el papel de la Unión Europea en la desactivación de algunos de los conflictos, ya sean latentes o explícitos. El libro se divide en dos grandes bloques y sigue así la lógica impuesta por la coordinadora, una lógica que atiende, en primer lugar, al origen y evolución de los problemas de las minorías y analiza, en un segundo momento, las formas de prevención y pacificación puestas en marcha por las organizaciones internacionales y, especialmente, por la Unión Europea. Dentro de cada uno de estos bloques, destacados especialistas abordan las cuestiones más candentes, desde las relaciones rumanohúngaras o la impronta de los nacionalismos en la disolución de la Unión Soviética hasta las repercusiones del Pacto de Estabilidad para Europa Suroriental o la política preventiva de la Unión Europea occidental. Gabriel Andreescu estudia un episodio que puede servir de ejemplo perfecto de la reapertura de los viejos problemas más o menos aletargados durante la época comunista: nos referimos a la situación de la población magiar en el Estado rumano. Una vez concluido el régimen represivo de Ceaucescu, los más de un millón quinientos mil residentes húngaros, la mayor parte en Transilvania, comenzaron a organizarse y crearon la Alianza Democrática de los Húngaros de Rumania, que se convirtió en portavoz de sus intereses ante Bucarest.A pesar de los vaivenes gubernamentales, la mejora de las relaciones entre las dos comunidades ha sido evidente e incluso se ha plasmado en la participación de la Alianza en un gobierno de coalición entre 1996 y 2000. El buen entendimiento ha facilitado, entre otras cosas, la descentralización administrativa y la recuperación del húngaro en el sistema educativo de Transilvania. Esta tendencia reformista se ha mantenido incluso después de la aprobación en junio de 2001 de la polémica «Ley de los húngaros que viven en los países vecinos», conocida como Ley de Estatus, que venía a otorgar una serie de derechos a los húngaros residentes fuera del país y que perturbó las relaciones entre Hungría y Rumania al considerarla este último país una injerencia en asuntos internos, como explica Zoltán Kántor en su capítulo. Relevante es también la contribución de Ruth Ferrero sobre la minoría turca en el Estado búlgaro, ese casi 10% de la población que se encuentra en una situación descrita por la autora como «calma en la tempestad». En efecto, el reconocimiento de una serie de derechos civiles y culturales para esta minoría, algo impensable tan sólo hace quince años, supone un requisito imprescindible para que Bulgaria entre sin problemas en la Unión Europea el próximo 1 de enero de 2007. Sin embargo, estos avances legales no parecen encontrar aún correspondencia en la población búlgara, recelosa todavía de la presencia de turcos en determinados puestos de la administración política o económica del país, sobre todo porque piensan que siguen manteniendo su lealtad fundamental a Turquía. Las repercusiones generales del resurgir nacionalista en la disolución de la Unión Soviética constituyen el foco de atención de Jesús de Andrés. Al parecer, Gorbachov no comprendió la gravedad del problema, imbuido como estaba del pensamiento de que la Unión Soviética representaba un verdadero ejemplo de convivencia entre las distintas nacionalidades. Sin embargo, el reformismo de la perestroika puso al descubierto las viejas heridas sin que pudieran resolverse los seculares problemas nacionalistas.Asia Central, el Cáucaso Sur y Moldavia son ámbitos tan distantes entre sí, con tan distintos problemas de identidad cultural, religiosa y de relación con otros pueblos, que sólo un ejercicio de síntesis como el de Jesús de Andrés ofrece una explicación global congruente. Por su parte, Julie Bernier se centra en los países bálticos del espacio postsoviético. En esta región todas las formaciones políticas pusieron especial énfasis en declarar la europeidad de sus lenguas, culturas y relaciones económicas no sólo con la intención de justificar su solicitud de adhesión a la Unión Europea, sino también para marcar distancias con Rusia. No obstante, con una población de origen ruso que en los años noventa alcanzaba casi el 34% del total en Letonia y el 30% en Estonia, las organizaciones europeas de defensa de los derechos humanos iniciaron pronto su actuación en estos países al comprobar los derroteros por los que comenzaba a discurrir la política de minorías. No fue difícil comprobar cómo ésta, encaminada a recortar derechos básicos de esta población, tales como el de sufragio, comportaba un importante riesgo de que se creasen «democracias étnicas», intolerables en el seno de la Unión, y de que se generasen además graves tensiones con la Federación Rusa. El Tratado Marco para la Protección de las Minorías Nacionales del Consejo de Europa, de 1 de febrero de 1995, recogía la necesidad de que los países firmantes aceptaran la diversidad cultural y fomentaran el espíritu de tolerancia y concordia que debe presidir las relaciones entre las diferentes comunidades nacionales dentro de un mismo Estado. En junio de 1995, el comisionado especial de la ONU,Tadeusz Mazowiecki, encargado de supervisar la situación de los derechos humanos en la antigua Yugoslavia, recordó al presidente de la correspondiente Comisión de Naciones Unidas que las violaciones de todo tipo de derechos y libertades eran flagrantes en aquel territorio y calificaba de «lenta e ineficaz» la respuesta de la comunidad internacional ante aquellos hechos. Desenterrando el odio y atizando el enfrentamiento, el virus del nacionalismo identitario encontró una de sus expresiones más acabadas en las guerras de la ex Yugoslavia, donde se conculcaron toda suerte de normas internacionales sobre derechos humanos.Varios y destacados son los artículos dedicados a esta cuestión en el libro que comentamos. El trabajo de Francisco Veiga concluye que los factores desencadenantes de la ruptura traumática de Yugoslavia no estuvieron relacionados con el tratamiento de las minorías nacionales y que sólo a partir del verano de 1990, después del levantamiento serbio en Krajina, llegó este problema a desempeñar un papel de enorme trascendencia en el desarrollo del conflicto yugoslavo. La manipulación del concepto de minoría –según lo definiesen los distintos grupos étnicos, religiosos o la configuración de los programas internacionales de paz– conduce a Veiga a aplicar una distinción de minorías nacionales con o sin poder efectivo de influencia político-institucional, criterio que le permite aclarar esta compleja realidad y señalar los abusos cometidos. Por su parte, Mitja Zagar estudia las repercusiones del Pacto de Estabilidad para Europa Suroriental en la protección de minorías y en la promoción de los derechos humanos. Firmado en Colonia en junio de 1999, el Pacto fijó como objetivo «ayudar a los países de Europa suroriental en sus esfuerzos por promover la paz, la democracia, el respeto de los derechos humanos y la prosperidad económica» con el fin de conseguir, después de tanta muerte y destrucción, la estabilidad para la región. La importancia del pacto no ha sido quizá suficientemente valorada si consideramos que, junto a la comunidad internacional, los propios países balcánicos y diferentes organizaciones no gubernamentales participan en su diseño y ejecución.A pesar de los problemas de financiación y de las excesivas expectativas creadas, Zagar muestra cómo se ha alcanzado un grado de cumplimiento del plan que permite albergar esperanzas para un futuro próximo. La caída del socialismo real en el este de Europa y la desintegración de la Unión Soviética propiciaron la puesta en marcha de una serie de transiciones tanto políticas como socioeconómicas que, a pesar de los problemas que estos procesos encuentran para consolidarse, pusieron las bases para solucionar cuestiones de fronteras y minorías que durante siglos habían mantenido alejados a países vecinos.En los últimos tiempos, al atender con frecuencia, por ejemplo, al fracaso que supuso la guerra en la antigua Yugoslavia, hemos visto cómo la ligereza de algunas opiniones vertidas en la prensa puede llevar a la confusión de los lectores o a que éstos minusvaloren el papel de las organizaciones supranacionales europeas en la defensa de los derechos humanos y en la pacificación de conflictos. Frente a ello, la solidez y la seriedad de este libro conducen a una reflexión sobre la posibilidad de que las corrientes tumultuosas de factores históricos, territoriales y étnicos se encaucen mediante la fuerza de la razón y la persecución de un objetivo común: en este caso, la ampliación de la Unión Europea.

 

01/10/2006

 
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