ARTÍCULO

Militarismo y mentalidad militar

Ministerio de Defensa, Madrid, 407 págs.
Prólogo de Carlos Seco Serrano
Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 412 págs.
Prólogo de Mª Dolores Saiz
 

Hasta hace poco tiempo era habitual comenzar cualquier monografía sobre las fuerzas armadas como institución lamentando el relativo olvido o la postergación del tema en la historiografía española. Por oposición a la historia militar clásica (la centrada en las grandes batallas), las cuestiones políticomilitares y, sobre todo, la inserción del Ejército en la sociedad contemporánea aparecían –pese a la importancia objetiva del asunto, que nadie osaba cuestionar– como terreno apropiado para los clichés y simplificaciones, dada la escasez de estudios empíricos sobre el particular. De un tiempo a esta parte, desde los pioneros Busquets y Payne, cada cual en su órbita, han surgido en el ámbito castrense y en el universitario, desde la sociología, las ciencias políticas y la historia, tal proliferación de expertos en la materia y títulos esclarecedores que lo difícil es ahora realizar un recuento sin cometer la injusticia de la omisión de algún volumen o autor básicos. Bastaría traer a colación los nombres de Christiansen, Headrick o Boyd entre los extranjeros, y Seco, Baquer, Espadas, Cardona, Bastarreche o Puell entre los de aquí, para dar una ligera idea del cambio que se ha producido en dos o tres décadas.

Precisamente por ello determinados proyectos de investigación, que hasta hace bien poco podían ofrecer generosos frutos, se encuentran hoy con algunos problemas de viabilidad si buscan aportaciones relevantes o resultados originales. Tal es el caso, sin ir más lejos, de la plasmación de un talante militar a partir del escrutinio de la variada publicista militar, en sus dos vertientes: las revistas especializadas y la más popular de diarios con vocación política (El Correo Militar,El Ejército Español, La Correspondencia Militar). Basándose primordialmente en estos tres periódicos, ya había sido realizado tiempo atrás (Vanaclocha, 1980) un examen médico de esta índole para la primera etapa de la Restauración canovista. Un cuadro semejante es el que pretende establecer la tesis doctoral, ahora publicada, de Ingrid Schulze para el reinado de Alfonso XIII, a sabiendas, como se reconoce explícitamente desde el mismo comienzo, que es «harto difícil, por no decir imposible» añadir nuevos datos desde esa óptica en un campo y un lapso muy trillados. En parte por esto mismo, pero más aún por su desconfianza en la representatividad de dicha prensa como reflejo de la mentalidad militar, González Pola, que trata un período anterior pero en parte coincidente (18681909), prefiere acudir a las publicaciones técnicas, menos llamativas (y también menos utilizadas como fuentes), pero más fieles en su opinión a la sensibilidad de las fuerzas armadas.

Cuando se aborda, como es el caso de los dos libros aquí considerados, esta materia (mentalidad y actitudes castrenses, sobre todo con respecto al sistema político) y se manejan estos recursos (diarios y revistas que se apellidan militares), aparecen dos cuestiones insoslayables y estrechamente relacionadas entre sí. La primera y más obvia es la que se acaba de aludir: el nivel de reflejo más o menos fiel de esta prensa respecto a lo que piensan los miembros de la institución. Si se niega de modo tajante esa fidelidad, difícilmente puede sostenerse el estudio en cuestión. ¿A quién puede interesarle, en efecto, el examen de unos órganos periodísticos que sólo se interpretan a sí mismos o a un pequeño grupo de presión? Parece, pues, inevitable asumir de principio un determinado umbral de representatividad, aunque ese punto de partida se desmienta o se matice posteriormente en aquellos casos que se consideren convenientes. En este terreno, más que en otros, no hay regla sin excepciones. A partir de ahí, se plantea la segunda cuestión, que es a la postre decisiva: ¿qué aporta el examen de las publicaciones militares a la consideración global del ejército y a lo que sabemos sobre él por otros medios y otras actuaciones?

Resulta curioso por ello que tanto González-Pola como Schulze se manifiesten, en detrimento de sus propias tareas, tan críticos sobre la susodicha validez del material que utilizan como base de estudio. El primero mantiene que el lenguaje de los órganos de prensa llamados militares es «excesivamente duro, mordaz, insultante con la jerarquía», es decir, de un estilo «impropio de la generalidad de los que forman la institución militar». O sea, una cuestión de forma y de formas. Argumento poco consistente para descalificar de un plumazo todos esos rotativos (tan ricos y plurales, por otra parte), máxime en una época en que menudeaban asaltos militares de redacciones periodísticas, sublevaciones, motines y múltiples actos de indisciplina. Todavía más radical se nos muestra nuestra segunda autora al avalar el juicio de José Ramón Alonso sobre «las posturas partidistas» de estos diarios, razón que le resulta determinante para descalificarlos como «portavoces de todo el estamento militar».

Sin negar el partidismo o incluso el sectarismo de esa prensa –alimentada a veces por el «fondo de reptiles» del ministro de la Gobernación de turno, como pasaba con muchas otras cabeceras, dicho sea de paso–, el problema de fondo es otro: si en conjunto, y con todas las salvedades que se quiera, puede hablarse de una documentación válida para el asunto que tratamos. Y afortunadamente para ellos, pese a tantas reservas iniciales, ambos autores terminan dando –por la vía de los hechos– una respuesta positiva. González-Pola apoya sus argumentos con artículos sacados de los grandes noticieros militares cuando le parece conveniente: para trazar el cuadro de penurias y escasos emolumentos de la oficialidad (págs. 201-202) o para explicar la sensación de abandono y acoso que sufre el Ejército tras el 98 (págs. 307, 310, 315, etc.). Más espectacular es el caso de Schulze que, sobre todo en situaciones de crisis, adjudica a los periódicos militares «un papel importante como portavoces y sondas de la opinión militar»: así lo afirma literalmente con ocasión del affaire Ferrer (pág. 79); aparecen luego con una sola voz convergiendo con las actitudes más militaristas en la difícil coyuntura de 1917 (pág. 283) y, más adelante, ante la agitación social en Barcelona, se inclinan también unánimemente por «el uso de la fuerza contra los perturbadores de la paz pública» (págs. 313-314), siguiendo o, mejor aún, liderando la opinión de la inmensa mayoría de jefes y oficiales.

La obra de González-Pola tiene el valor añadido de abordar la mentalidad del colectivo desde dentro. Su autor es ante todo un militar, que aspira a un retrato ecuánime de los suyos, pero sin esconder los profundos lazos afectivos que le vinculan a esa gran familia; por ello, aunque no hurta sus defectos, siempre está presto a encontrar algún atenuante. Estamos ante una crítica a veces acerada pero siempre comprensiva y, en cualquier caso, no por ello menos certera como cuando, al reconocer el cáncer del corporativismo, subraya que se trata de un mal que afecta a muy diversos cuerpos y profesiones, empezando por los civiles. Por su parte, el trabajo de Schulze va más allá del examen sistemático de la influyente prensa político-militar (siendo ello de por sí una labor meritoria) para convertirse en un fresco de las grandes «campañas periodísticas» que jalonaron la prolongada crisis de la Restauración.

Puede colegirse sin dificultad de todo lo dicho que el paciente trabajo que han realizado los dos autores no puede arrojar frutos espectaculares. Estamos ante aportaciones de índole cuantitativa, más que cualitativa: en el caso de González-Pola, una mejor comprensión de determinadas actitudes del colectivo castrense (con matizaciones muy interesantes sobre su victimismo, o su veta intelectual y regeneracionista); en el de Schulze, un conocimiento detallado de las diversas iniciativas que acometen los diarios que pretenden representar la opinión del Ejército en los momentos más delicados del reinado de Alfonso XIII. Pero, en definitiva, si hubiera que extraer una conclusión rotunda, podría decirse que en una y otra obra encontramos la confirmación documental de que el «civilismo» canovista, más aparente que real, no fue más allá de un sucinto paréntesis entre el protagonismo militar que se enseñoreó de España durante tres cuartes partes del siglo XIX y el militarismo de nuevo cuño que, desde el Desastre del 98, marcó la impronta del convulso siglo XX.

01/09/2004

 
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