ARTÍCULO

Tiempo perdido

por Carlos López-Fanjul
Crítica, Barcelona, 1998
Trad. de Juan Pedro Campos y Joan Domènech
187 págs.
 

Para los intereses de la industria del ocio cualquier ocasión que permita acrecentar sus muy considerables beneficios es bienvenida. Por ello la oferta es cada vez más amplia y variada, con el fin de que todo consumidor potencial acabe finalmente prendido en un anzuelo u otro. Forman parte de estas artimañas comerciales las festividades a fecha fija, en las que se cumplen un cierto número de años, generalmente múltiplo de diez, de sucesos más o menos memorables. A la retahíla de aniversarios, centenarios y jubileos de todo tipo no podía dejar de incorporarse la celebración del cambio de milenio o, si se quiere, del advenimiento del año 2000 de nuestro actual calendario. Las siguientes frases, tomadas por el propio Gould del diario The New York Times, son suficientemente elocuentes al respecto: «Puede hacerse dinero a propósito del milenio [...] en el 999 predominaban los sentimientos de abatimiento. Lo que les pudo haber faltado a los que predicaban el fin del mundo fue un instinto para el mercado de masas» (pág. 97). Dadas las circunstancias, es comprensible que quien pueda trate de sacar partido de la situación. Y esta parece la razón de ser de Milenio, a pesar de las repetidas protestas en contrario de su autor: «Habrá una orgía de libros sobre el fin del milenio, y odio seguir a las multitudes» (págs. 10-11). La obra de Gould está basada en uno de los artículos que publica mensualmente en el Natural History Magazine, incluido más tarde en la recopilación titulada Un dinosaurio en un pajar (Crítica, 1997; Revista de Libros, 17, págs. 30-31). Su extensión original se ha multiplicado, aproximadamente, por cuatro y, utilizando un formato más holgado que el usual, se ha logrado alcanzar las mínimas dimensiones precisas para su presentación en forma de libro.

Milenio está dividido en tres capítulos. El primero introduce brevemente el tema del milenarismo apocalíptico: la creencia de que el final del mundo ocurrirá tras un período de mil años contados a partir de un origen impreciso. A pesar de lo que se ha venido diciendo, no parece que esta profecía haya causado graves inquietudes al completarse el primer milenio de la era cristiana. Sus versiones más modernas, a las que Gould dedica las páginas restantes, se circunscriben al reformismo protestante, donde aún perviven predicadores callejeros que tratan de romper el artificioso sosiego de la mañana del sábado, amenazando al transeúnte con un inmediato Juicio Final. El segundo capítulo está dedicado al tedioso debate sobre si la entrada del nuevo milenio, a las 0 horas del día 1 de enero, se producirá el año 2000 o el 2001. No quisiera incurrir en las iras de Rafael Sánchez Ferlosio (El País, 1-IX1998) echando más leña a este fuego, sólo apuntaré que, puesto que de una operación comercial se trata, la rotundidad de la cifra 2000 resuelve la cuestión en los términos que en realidad importan. En el último capítulo se compara la calidad de dos aproximaciones (el calendario juliano y su reforma gregoriana) al inalcanzable desiderátum de expresar el tiempo que la Tierra consume en una traslación alrededor del Sol (un año = 365,242199... días) como un múltiplo del que emplea en rotar sobre sí misma (un día). Del excelente estilo divulgador al que Gould nos tiene acostumbrados cabría esperar que aprovechara el tópico de la artificiosidad del cómputo del tiempo como pretexto para saltar a otros temas más candentes, quizás el de las consecuencias de la inevitable holgura del encaje de la realidad de un fenómeno en el modelo científico que pretende describirlo. Pero, esta vez, la expectativa no se ha cumplido.

Para los pobladores de la península Ibérica el paso del año 999 al 1000 debió de transcurrir sin pena ni gloria. Al norte del Duero la cronología de entonces se atenía a la era hispánica, cuyo origen se situaba 38 años antes del comienzo de la era cristiana. Aún no se ha dado una explicación convincente a esta peculiaridad, oficialmente vigente desde el siglo VI hasta 1383. El mundo islámico, por su parte, comienza la cuenta 622 años después de Cristo, en recuerdo de la huida del profeta a Medina. Nada hay de malo, sin embargo, en que esta vez festejemos de manera especial las doce campanadas del 31 de diciembre de 1999, aunque sólo sea para contrarrestar en alguna medida las perniciosas consecuencias del efecto informático 2000.

01/01/1999

 
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