ARTÍCULO

Para carvalhanos

 

Hace por estas fechas un año me comentaba Manuel Vázquez Montalbán con indisimulado contento la conclusión de la última peripecia de Pepe Carvalho. En ella el detective, dijo, daba la vuelta al mundo y el original ocupaba un millar de páginas. Era Vázquez Montalbán persona más bien callada, tendía más a escuchar que a hablar, preguntaba mucho y no solía hablar de sí mismo. Esa es al menos mi impresión del buen puñado de veces en que hemos coincidido y charlado con calma. Por eso aquella noticia me sorprendió por partida doble. Porque fue él quien tuvo la iniciativa de comentar ese nuevo libro suyo y porque estuvo inusualmente comunicativo y como desinhibido respecto de la obra, que le había dado bastante mayor trabajo que cualquiera de sus novelas consideradas serias (recuerdo que utilizó este término) y de la que se le notaba orgulloso.

Pocos meses antes de que viera la luz esta vuelta planetaria de Carvalho, su autor desaparecía en uno de los escenarios capitales de las andanzas pasadas y presentes del personaje, Bangkok, y así resultaba irreparablemente definitiva, por desgracia, esta última peripecia, anunciada, por otra parte, tiempo atrás. La novela, concebida en términos generales a la manera de los relatos viajeros de aventuras, se titula Milenio Carvalho, y ocupa también un millar de páginas distribuidas en dos tomos por simple conveniencia editorial, pues entre uno y otro no existe hiato alguno: el I, Rumbo a Kabul, continúa su acción en el II, En las antípodas. Parte el recorrido de Barcelona, y, siguiendo dirección este, pasa por Grecia, Israel, Turquía, Afganistán, el sudeste asiático, Australia, Argentina, varios lugares africanos y concluye en Francia.

En todo el viaje, Carvalho va en compañía de su ayudante Biscuter, de quien se separa para siempre en un insospechado quiebro anecdótico que sirve de broche a la novela y a la serie toda del popular «huelebraguetas», que alcanza la suma de una veintena de títulos, entre novelas extensas y narraciones breves. No sólo el imprevisible y loco destino que ha infligido un prematuro castigo al autor termina con las aventuras del personaje. El propio creador les pone fin sin remedio mediante una farsa que no desvelaré aquí para no aguarle la sorpresa a nadie. Pero no es una farsa caprichosa, sino el sabio y calculado remate de un ciclo que, nacido un poco al azar, se ha ido desarrollando bajo un plan muy firme.

En realidad, Milenio Carvalho da un giro a la serie que la entronca, más allá incluso de sus orígenes accidentales en Yo maté a Kennedy y Tatuaje, con los inicios, hacia finales de los sesenta, del Vázquez Montalbán narrador, el de Recordando a Dardé. Esta apreciación la sugiere un vistazo de conjunto a la obra del escritor ex novísimo, y constituye un elemento fundamental para la lectura del último Carvalho con la perspectiva pertinente desde la que ha sido concebida la obra. Carvalho ha ido evolucionando a lo largo del tiempo y en sus recientes apariciones se venía presintiendo su adiós. En los penúltimos títulos (sobre todo en Quinteto de Buenos Aires y El hombre de mi vida) se perciben delgadas modificaciones de su personalidad y de su entorno que se rematan en Milenio. Ya había fallecido el confidente Bromuro en una pasada entrega; Charo, la fiel novia del ex agente de la CIA, no ocultaba su deseo de llevarlo al altar, y el propio Carvalho, reciclado en tranquilo pequeñoburgués, tenía atisbos de pensionista de la seguridad social... El paso siguiente se consuma aquí: en buena medida, es Biscuter y no el detective quien maneja los hilos y decide el itinerario; mientras, el «jefe» se entrega a una indolencia a medias resultado del cultivo de una memoria elegíaca y a medias consecuencia de un fatalismo histórico, de un escepticismo también histórico, que desembocan en la pasividad. Casi nada queda del hombre de acción de ayer, pues la posmodernidad ha aniquilado todas las creencias, cualquier principio, y ya resulta una antigualla la pretensión de intervenir cerca de la realidad.

Tiene, por tanto, Milenio Carvalho un explícito aire de fin de época. De ahí que las vicisitudes aventureras de la pareja en su vuelta al mundo, aunque concebidas con excelente inventiva y trazadas con buena mano, sean un poco gratuitas y sirvan ante todo de percha para censar los peligros que acechan a la sociedad, los males que se expanden por el planeta globalizado. Tienen, aparte, la finalidad de proporcionar un sugestivo entretenimiento, la función de permitir la presencia de un abundante material ideológico, mucho más frecuente, y presentado con mayor independencia, de lo habitual en la serie. Pero no es éste, me parece, el propósito único del autor. Sin rebajar su importancia, un punto de mira distinto preside la confección de Milenio. Vázquez Montalbán siempre ha sido un empeñoso defensor de la comunicabilidad en la literatura. En este caso lleva esa creencia suya hasta buscar una identificación con los lectores de Carvalho; vale decir, con sus seguidores fieles.

Aunque no se agote en este sentido que estoy diciendo, sí resulta clave entender Milenio como cifra y resumen del propio personaje, como su memoria moral y literaria. La novela revisita parajes ya hollados por el detective, los recuerda y los glosa. Con frecuencia establece un diálogo entre el ayer y el hoy, y de él surge un contraste negativo. Todo va ahora peor que antaño. No hay espacio para utopía alguna. El lector inocente lo percibe, pero a quien le llega el mensaje en toda su intención es al seguidor de Carvalho. El libro está pensado para sus aficionados. Vázquez Montalbán establece con éstos un pacto especialmente estrecho. Escribía Baroja, en el prólogo de Los recursos de la astucia, que el lector que fuese «un tanto avinaretista» encontraría medianamente interesantes los datos iniciales de esa quinta entrega de las Memorias de un hombre de acción. El escritor catalán, admirador y en buena medida heredero del empeño cronístico barojiano, da por descontado que el lector un tanto carvalhano verá las peripecias del detective barcelonés con los ojos de una complicidad previa.

El lector carvalhano encuentra en la apoteosis final de Milenio el desenlace congruente con la metáfora de la vida actual que el autor ha construido a lo largo de la saga. Siempre ha sido Carvalho «testigo del desorden», y así lo aclaraba en Quinteto de Buenos Aires. En el párrafo último de esta póstuma entrega, tras «dar una vuelta de escandalizada inspección» por el mundo, corrobora cómo hay alguien que «cumple la función de mantener el desorden» y acepta que su lugar lógico, «tal como soy yo, tal como está el mundo», se encuentra en la cárcel. Por eso también las peripecias del detective se consuman mediante un cambio artístico espectacular, un apartamiento de la estética realista. Vázquez Montalbán diseña un pasaje de fanta ficción que supone el triunfo de lo alucinatorio frente al análisis racional. Después de tres decenios de paciente testimonio de las desigualdades de su siglo, un sarcasmo corona el empeño de Carvalho. Es la victoria del pesimismo, pero también de la lucidez. Es el mensaje global acerca de su tiempo que deja como un aviso de futuro el escritor escéptico y comprometido que fue Manuel Vázquez Montalbán.

01/06/2004

 
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