ARTÍCULO

La falacia biográfica

 

Al calor de los centenarios surge cantidad no siempre necesaria de estudios, ediciones y biografías que actualizan o se sirven de la obra de un autor. No todo es malo en esa costumbre celebratoria, porque sin ella no habrían nacido, pongo por caso, libros capitales del cervantismo publicados en torno a 1905 y 1915. Pero lo que Miguel Hernández precisaba, en todo caso, es aprovechar el centenario de su nacimiento para ofrecer luz nueva sobre viejos y oscuros tópicos, que es la oportunidad que el extenso libro de Eutimio Martín ha desaprovechado. Sin embargo, no hacer algo demasiado nuevo es menos grave que perpetuar y acentuar un viejo vicio de la crítica, que se ha cebado especialmente con la figura hernandiana: la falacia biográfica. Es conocido desde el ensayo antiguo (es de 1946) de William Wimsatt y Monroe Beardsley, titulado «The Intentional Fallacy», que resulta aconsejable evitar la mezcla de vida y de obra como correlatos intencionales en la que una se explicara desde la otra. Ese buscar la vida detrás de los poemas es un territorio minado que, en conjunto, el movimiento conocido como New Criticism ayudó felizmente a desprestigiar, y que se proyectó a otro concepto correlativo: el de la «falacia biográfica». De ella están llenas las páginas de esta biografía. Y lo que considero grave es que tal falacia no ocurre de manera inadvertida o por simple mimetización de lo dicho por otros, sino que sobreviene de manera programática y militante, según deja claro el autor en la introducción: «En pocos autores se produce una tal simbiosis de vida y obra, una tan indisociable conjunción de poesía y trayectoria vital [...]. Quiéranlo o no los nefebilatas de la exégesis literaria, la escritura se nutre de la experiencia –o inexperiencia– vital. De la biografía en suma. Y nosotros los lectores, ¿qué buscamos con frecuencia sino ese ingrediente biográfico, más o menos desleído en la obra literaria, trascendido y potenciado por la imaginación y técnica creadora?» (p. 25).
Dejando aparte la posibilidad de que haya lectores que lean un poemario sin realizar tal búsqueda, hay que observar que, aunque cualquier lector tiene plena legitimidad para leer así, y no me parece mal que Eutimio Martín lo haga pertinazmente en su libro, no considero tan legítimo el hecho de que no quede claro el estatuto del propio ensayo. Si fuese simplemente una «lectura» de unas obras, esta reseña no pondría objeción alguna a que su autor haya querido leer de una forma determinada El rayo que no cesa, pongo por caso. Otra cosa es si se presenta como una biografía, que es un género que tiene unas mínimas exigencias. Entre ellas, las de dejar claro al lector qué cosa pertenece a la «lectura» o hermenéutica del propio biógrafo, y qué cosa pertenece a la vida de Miguel Hernández. El problema principal de este libro es su falta de claridad en el estatuto dado al ensayo biográfico. Y tal cosa ha podido influir desde el ambiguo título de El oficio de poeta. Miguel Hernández hasta la estructura biográfica que adopta todo su desarrollo, que cumple al mismo tiempo y de modo constante una interpretación de poemas y obras teatrales y un recorrido biográfico-documental.
El propio Eutimio Martín parece ser consciente de la difícil sostenibilidad de su biografía cuando, tras casi setecientas paginas, encabeza así la conclusión: «¿Hemos ofrecido al lector una biografía de Miguel Hernández? No ha resultado, en todo caso, una biografía a la inglesa, con carácter pretendidamente exhaustivo. Intentar decirlo todo sobre un personaje determinado nos parece, sobre pretencioso, de un aburrimiento supino. Más bien hemos optado por una biografía a la francesa, donde pueden lamentarse lagunas factuales pero no elude lo esencial de una biografía: poner al descubierto el resorte que determina y anima la trayectoria vital y literaria del protagonista» (p. 659). En este texto está dicho todo: en vez del aburrido genero inglés de los datos, uno más lúdico (que atribuye a lo francés), de forma que las «lagunas factuales» permitan lo esencial, que radica en «ese resorte...» que, para colmo, resulta ser el desgraciado determinismo socioeconómico del pastor aspirante a desclasarse, víctima de un padre y una sociedad enclasada. Creo que el camino aquí recorrido es justamente el contrario del que Miguel Hernández necesita en su centenario.
A lo largo del libro son muchos los lugares en que dicha opción por una biografía poco científica (lo cual no asegura tampoco que sea más entretenida) provocan perplejidad al lector. Puede pasarse por alto el galimatías de diferentes testimonios sobre el color de ojos que tenía el poeta, pero es menos aceptable que se entre en tal cuestión con la siguiente perla: «La identidad de una persona se condensa e identifica en la mirada» (p. 21). En otro momento llega a interpretar todo el sentido de una obra literaria de la siguiente forma: «Miguel Hernández confirió a Los hijos de la piedra (donde la Revolución de Asturias brilla por su ausencia) una dimensión autobiográfica insatisfecha, al conseguir imponer sobre la realidad frustrante el deseo apetecido: formar pareja con María Cegarra. Se propuso sublimar con esta obra su fallido intento de seducción» (p. 353). Es el mismo mecanismo que lleva a lucubrar sobre quién sería El rayo que no cesa, esto es, la mujer que estaría detrás, problema que lleva al título del capítulo que contiene el sintagma «¿Qué rayo?». De nada sirven las declaraciones del autor a Josefina Manresa de ser la dedicataria del libro: Eutimio Martín la descarta porque la cree «ausente de la mente del poeta durante su composición». Pero no le va a la zaga en falta de rigor el descarte siguiente: «No compartimos tampoco la atribución del protagonismo de la mayoría de ellos [los poemas amorosos] a Maruja Mallo, por la sencilla razón de que la dinámica y temperamental pintora era de muslo suficientemente hospitalario como para no dejar a Miguel a la intemperie» (p. 359).
Y puesto que la cuestión femenina de «Amores y desamores» le ha merecido capítulo aparte, no está de más ponerlo como ejemplo de lo que no debería hacerse nunca en una biografía. A favor de su libertad de expresión y juicio puede sufrirse (aunque no sin consternación) que se diga lo siguiente: «María Zambrano, como discípula de Ortega y Gasset, sobresalió más en la costumbre de fumar con boquilla que en la diafanidad de su prosa. La lógica de su razonamiento se quiebra a veces de puro sutil» (p. 327). No lo es mucho, desde luego, quien lo anterior escribe. Pero, ya digo, a su libertad de juicio pertenece. Otra cosa es que mezcle, y que muchas páginas adelante vuelva al asunto de María Zambrano, para escribir algo que no puede ya resistirse en ninguna biografía: «Hay amores que matan, se dice. El amor de María Zambrano por Miguel Hernández no lo mata, pero lo vuelve memo de plantilla» (p. 429).

01/07/2010

 
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