ARTÍCULO

Miedo a la ficción

Planeta, Barcelona
664 pp. 23,50 euros
 

Este libro ha sido galardonado con el Premio de Novela Fernando Lara 2006. Subrayamos el término «novela» porque –y no es la única vez en los últimos años– se confunde el género literario narrativo con otros géneros que nada tienen que ver con él, sino con el reportaje periodístico o histórico. Muertes paralelas es, al tiempo, un reportaje documental de investigación y unas memorias personales, aunque el propio autor aduzca una antigua salida de tono de Cela para bautizar a su(s) libro(s) con la etiqueta, incongruente desde el punto de vista teórico y crítico, de novela vérité «que narra una acción real [sic] o imaginaria con el fin de interesar o conmover al lector» (p. 58).
¿Habrá que recordar una vez más a algunos editores, a algunos autores y, en justicia, a los lectores (al fin y al cabo, ellos son los beneficiados o perjudicados del negocio) que una novela, al igual que toda la literatura, es una ficción que narra una acción imaginaria, en ningún caso «real», como afirma Dragó, y que cuando se origina y sustenta en hechos reales, éstos han de estar ficcionalizados, esto es, transformados por la palabra literaria en imaginarios para que lleguen al lector despojados de referentes verídicos y sólo arropados con la apariencia de lo posible? ¿Habrá que recordar una vez más que la literatura no trabaja con la verdad, sino con la verosimilitud, y que la gran diferencia entre el lenguaje periodístico o histórico, de un lado, y el literario, de otro, es que en aquéllos prima la información y en éste la formalización?
Lo que hacen Dragó y otros escritores, aupados por las editoriales comerciales recientemente, porque es rentable, no es novela, aunque se venda como tal, sino investigación y documentación de sucesos reales, algo que tiene que ver con el periodismo, con las memorias o con los escritos históricos. La novela está emparentada con la imaginación y la fantasía, y no con la documentación que va certificando y rectificando la veracidad de los hechos que se cuentan y al tiempo que se cuentan. Esto se llamó hace unos años «Nuevo periodismo», con razón.Y no parece lícito, como hace el autor, defender su idea de novela recurriendo al tópico de la muerte de la novela (género «agonizante, si no extinto» según él), al igual que otros han defendido no hace mucho la novela-ensayo en un intento absurdo de salvar al género de su propia defunción.
La cuestión no termina aquí. Sea novela-reportaje, sea novela-memoria, sea lo que sea, Muertes paralelas presenta unas características de escritura lo suficientemente graves como para ser descalificada no ya como novela, sino también como obra literaria. El libro recoge lo más manido y ajado del nuevo (y ya añejo) periodismo, con lo que acaba siendo una antología empalagosa, un florilegio recalcitrante, de frases hechas, lugares comunes y clichés, de metáforas e imágenes cristalizadas, de expresiones coloquiales y juegos retóricos vulgares, de inútiles acumulaciones de adjetivos y verbos encadenados, de chistes fáciles, de tediosas citas literarias y frases latinas (si la intención era dar un toque culto a la obra, debiera haber escrito motu proprio, no propio, que repite más de una vez), etc. Perdónesenos la omisión de ejemplos: son tan numerosos que excederían con creces el espacio de esta reseña crítica. Un personaje como Dragó, tan proclive a la facundia, escribe como habla, y no por cierto en el sentido natural de los renacentistas.
Por todo lo anterior hemos titulado este escrito Miedo a la ficción, pero también podríamos haberlo titulado Mi padre, mi madre... y yo. Sobre todo, YO. Dragó ha querido, en principio, pagar una deuda a la memoria de su padre, un periodista conocido en la República, y, en consecuencia, ha proyectado la obra, a imagen de algunos clásicos (el lector puede comprobarlo ya desde las páginas iniciales), como una elegía a su muerte. Para ello, ha investigado sobre las circunstancias de su desaparición en el verano de 1936, al poco de comenzar la Guerra Civil (primera parte), y después sobre la peripecia de su madre y de él mismo en los tiempos posteriores a ese hecho (partes segunda y tercera). El proyecto no deja de ser, a todas luces, una iniciativa loable. Sin embargo, ¿es esto así?
El libro, es cierto, avanza al par de la investigación de los sucesos históricos; pero a medida que el autor va descubriendo sus causas y consecuencias, va centrándose de forma tediosa en su propia trayectoria personal y en todas las vicisitudes (vitales, profesionales o sentimentales) que le rodean y le han rodeado a lo largo de los años. De manera que lo que acaba percibiendo el lector no es una semblanza justa o merecida de la figura del padre o, en el otro apartado, de la madre, sino una apología de sí mismo y un panegírico desmesurado de su ego. Este aspecto, por desgracia, no es nuevo: el yo del escritor ha sido tema y asunto reincidente de sus últimas obras.Ahora bien, que ese ego, conducido por la facundia desproporcionada del escritor (tanto en el caso que nos ocupa como en otros), lleve a un segundo término el motivo central de la obra (la figura del padre, o en su caso, de la madre), hasta el punto de desdibujarlo, sólo encuentra a la larga un cauce de lectura tan reiterativo que puede conducir al hastío.

01/09/2006

 
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