ARTÍCULO

A Dios por la metafísica y la semántica

Oxford University Press, Oxford
 

A sir Michael Dummett podría otorgársele también el título de decano de los filósofos británicos. Desde la aparición de su monumental estudio Frege: Philosophy of Language (Londres, Duckworth, 1973), se ha establecido como el intérprete más influyente del gran lógico y filósofo alemán. Dummett es también el más caracterizado defensor de la tesis de que la filosofía del lenguaje es el fundamento de toda filosofía. Desde los años sesenta la filosofía analítica ha abandonado sus inhibiciones para ocuparse de temas metafísicos. La defensa de la prioridad conceptual del lenguaje sobre el pensamiento y, a su vez, del pensamiento sobre la realidad ha determinado la orientación del tratamiento dummettiano de las cuestiones metafísicas, que culmina en su obra central The Logical Basis of Metaphysics (Londres, Duckworth, 1991).
Thought and Reality, un libro pequeño pero denso, presenta una versión ligeramente modificada de las Conferencias Gifford que Dummett dio en la Universidad de St Andrews en 1966-1967. Los dos primeros capítulos se ocupan de la relación entre la metafísica y la semántica. La pregunta central de la metafísica, tal como Quine y Dummett la expresan, puede formularse con dos monosílabos: «¿Qué hay?». Pero, como señaló Wittgenstein en el Tractatus logico-philosophicus, «El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas». Y, así, aquella cuestión se convierte en: «¿Qué hechos hay?». Puesto que se da una correspondencia de uno a uno entre hechos y proposiciones verdaderas, puede reducirse la segunda cuestión al problema de qué proposiciones verdaderas hay. En Russell y en el Tractatus se encuentra una influyente concepción de la naturaleza de las proposiciones, según la cual éstas están integradas por los objetos con que se relacionan. De este modo, los hechos serían constituyentes de la realidad externa. Dummett objeta que esta concepción lleva a una reduplicación inadmisible: si un hecho es un constituyente de la realidad, el hecho de que este constituyente existe debería ser incluido en el catálogo de los hechos. Pero, obviamente, la existencia del hecho de que China es un Estado comunista no es un hecho adicional al hecho de que China es un Estado comunista. Si se adopta la concepción alternativa de Frege, según la cual las proposiciones –los pensamientos, en su terminología– son habitantes de un sector especial de la realidad, que llamó el tercer reino, la reduplicación se evita. Los hechos son pensamientos verdaderos y, así, el pensamiento de que es verdad que China es un Estado comunista es el mismo pensamiento que el pensamiento de que China es un Estado comunista. Sin embargo, Dummett rechaza la creencia de Frege en que es necesario postular un tercer reino para garantizar la objetividad y la intersubjetividad de los pensamientos. Las proposiciones no son integrantes de la realidad, material o inmaterial; son abstraídas lógicamente de la práctica de usar el lenguaje. Dado que los hechos son proposiciones verdaderas y que la misma proposición puede ser expresada de diferentes modos, el modo en que se identifiquen las proposiciones expresadas por diferentes proferencias verbales repercute en el carácter de los hechos que enuncian. Esto plantea la necesidad de adoptar decisiones metafísicas y semánticas. Pero, ¿qué depende de qué: la semántica de la metafísica, o la metafísica de la semántica? La respuesta de Dummett –que debemos basar nuestra metafísica en nuestra semántica– es definitoria de su posición.
Uno de los pilares del puente que conecta la metafísica con la semántica es el concepto de verdad. Es plausible sugerir que este concepto debe ser explicado en conjunción con el concepto de significado. En los capítulos tercero, cuarto y quinto, Dummett desarrolla de modo extraordinariamente conciso un curso de pensamiento que le resultará conocido a los lectores de sus obras anteriores. Una teoría del significado debe dar cuenta de nuestra capacidad de entender el lenguaje. Dummett defiende que esa tarea es desempeñada mejor por una teoría justificacionista que por una teoría veritativo-condicional. En una teoría del último tipo, el sentido de una expresión se explica en términos de su contribución a la determinación de las condiciones de verdad de las oraciones que la contienen. Una teoría así, sostiene Dummett, es fuertemente realista, en el sentido de que comporta suscribir el principio de bivalencia: la realidad debe determinar si una oración es verdadera o falsa, independientemente de si tenemos capacidad de reconocerlo. En sus escritos anteriores, Dummett enunció dos objeciones al realismo. La primera –el desafío de la manifestabilidad– se basa en la consideración de que es ininteligible atribuirle a un usuario del lenguaje un conocimiento que no puede repercutir en modo alguno en su uso del lenguaje. Pero, el conocimiento en que, de acuerdo con una teoría realista, consiste la comprensión de una oración no puede ser plenamente manifestado. La segunda objeción –el desafío de la adquisición– es que una teoría realista no puede dar cuenta de cómo un usuario del lenguaje podría adquirir un conocimiento de condiciones de verdad que se supone que serían transcendentes al reconocimiento. Dummett considera ahora –y éste es un rasgo novedoso de este libro, si bien anticipado en alguna entrevista– que ninguna de esas objeciones es central. La objeción central es que una teoría veritativo-condicional es irredimiblemente circular. La circularidad surge del hecho de que una teoría así representa el conocimiento de la lengua materna como un conocimiento teórico o proposicional: «Estamos tratando de explicar qué es captar una proposición –la expresada por [una] oración– en términos de juzgar que es verdadera otra –la proposición de que la oración es verdadera bajo tales y cuales condiciones» (p. 50).
Una teoría justificacionista del significado especifica el significado de una oración en términos de los fundamentos para aseverarla. Un caso conocido es la semántica intuicionista, en la que el significado de una oración aritmética es dado por sus condiciones de prueba. Tal como Dummett la caracteriza aquí, en una teoría justificacionista «a la comprensión de una oración [...] se la considera consistente en una capacidad, cuando estamos situados adecuadamente, de reconocer si es verdadera o falsa, aun cuando no exista ningún método efectivo para situarnos así» (p. 59). Pero una teoría así no puede sustentar el principio de bivalencia ni la ley de tercio excluso y, así, conlleva el rechazo de la lógica clásica a favor de una lógica intuicionista. Dummett insiste, no obstante, en que una teoría justificacionista del significado no puede deshacerse del concepto de verdad sin derrumbar el puente que le da resonancias metafísicas a la semántica. No hay por qué repudiar la fórmula del Tractatus: «Entender una oración significa saber qué es el caso si es verdadera». Se trata más bien de investigar qué concepción de la verdad debe adoptarse a la luz de una teoría justificacionista.
Si se adopta una concepción justificacionista rigurosa, nos veremos abocados a un antirrealismo fuerte acerca del pasado, según el cual las oraciones en tiempo pasado sólo pueden ser verdaderas si hay ahora recuerdos o rastros de lo que enuncian. Esa clase de antirrealismo fue formulada por Dummett en sus escritos anteriores, especialmente en su artículo de 1978 «The Reality of the Past» (recogido en La verdad y otros enigmas, trad. de Alfredo Herrera, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 1990). ¿Cómo evitar esa consecuencia intolerable sin renunciar al justificacionismo? Dummett sugiere en el capítulo sexto que la captación del sentido de un enunciado en tiempo pasado se entienda «como consistente en conocer, no cómo puede ser establecido ahora o en el futuro, sino cómo podría haber sido establecido en el tiempo con el que se relaciona» (p. 90). Hasta dónde llega la moderación de esa posición depende de la respuesta que se dé a la cuestión «¿Establecido por quién?». O más generalmente, «¿capacidad de reconocimiento por parte de quién?». La respuesta de Dummett en estas Conferencias Gifford es que «una proposición se toma como verdadera sólo en caso de que nosotros, tal como estamos o estábamos, estamos o estábamos en posición de establecer que vale» (p. vii). Pero, como señala en el prefacio, ésta ya no es la posición que en la actualidad mantiene. En las posteriores Conferencias Dewey de 2001 (Truth and the Past, Nueva York, Columbia University Press, 2004) los estándares de justificación se debilitaron: tan solo se exige que sea «cualquiera situado adecuadamente en el tiempo y en el espacio» (p. viii) quien pueda establecer la verdad de una proposición.
En el capítulo séptimo se extraen algunas consecuencias chocantes con respecto a la naturaleza de la realidad. El rasgo principal de la noción de verdad asociada al justificacionismo es que la bivalencia no rige para lo que Dummett llama enunciados «inaccesibles», como lo son aquellos que cuantifican sobre totalidades infinitas: «No podemos afirmar, para todo enunciado inaccesible del que no sabemos que es verdadero y no sabemos que es falso, que sin embargo es determinadamente o lo uno o lo otro. Se sigue que puede haber menos hechos que los que supone un realista que suscribe el principio de bivalencia. La realidad es, o, más bien, puede ser, en algunos aspectos indeterminada: hay preguntas inteligibles que podemos hacer pero para las que puede que no haya ninguna respuesta –ninguna materia objetiva en uno u otro sentido–» (pp. 87-88). Un segundo rasgo de la metafísica que se desprende del justificacionismo es que la realidad es «acumulativa»: «una proposición se vuelve verdadera y, por tanto, llega a enunciar un hecho, sólo cuando nos son disponibles indicios de su verdad» (p. viii). Esto, como Dummett reconoce, tiene un aire de paradoja. Nuestras intuiciones realistas nos llevan a concebir los hechos como inmutables e independientes de nosotros: «Somos como ciegos que caminan por una habitación sintiendo los objetos que encuentran; objetos que hace tiempo que estaban allí y que lo hubieran estado aun cuando la habitación hubiera quedado totalmente sin personas» (pp. 91-92). El justificacionista, en cambo, nos concibe como «exploradores ciegos que encuentran objetos que surgen sólo cuando los buscan a tientas alrededor» (p. 92). ¿No entra esto en conflicto con la distinción entre apariencia y realidad? Una de las motivaciones de la ciencia es ir tras las apariencias para obtener progresivamente descripciones de la realidad en términos que no dependan de nuestros modos de observación. Dummett observa pesimistamente que nuestra búsqueda de la realidad tal como es en sí misma sólo puede acabar en modelos matemáticos abstractos de los que carece de sentido pensar «Esto es lo que hay realmente».
La serie de conferencias a la que éstas pertenecen fue establecida en el siglo XIX por un legado de lord Gifford «para promover y difundir el estudio de la Teología Natural en el sentido más amplio del término –en otras palabras, el conocimiento de Dios–». La liberal amplitud con que se ha interpretado ese objetivo ha permitido que fueran pronunciadas incluso por un prominente ateo como Alfred Ayer. No es este el caso de Michael Dummett. Anglocatólico de la raza del cardenal Newman o de los filósofos analíticos Elizabeth Anscombe y Peter Geach, se toma el objetivo al pie de la letra en el capítulo final del libro y ofrece un argumento para creer en la existencia de Dios. Dummett considera que no podemos concebir el mundo con independencia completa del modo en que lo aprehendemos, aunque reconocemos que otras criaturas lo aprehenden diferentemente. No obstante, no somos capaces de formar una concepción de un mundo que, siendo único, es aprehendido por nosotros y por ellos diferentemente; sería la pretensión contradictoria de dar una descripción que no sea una mera descripción. Tampoco podemos darle sentido a la idea de un mundo sin mentes que lo perciban; no que no haya habido o que no pueda haber en el futuro un universo sin vida, sino que es ininteligible concebirlo como no habiendo sido observado nunca en toda su historia. Más aún, ni siquiera tenemos nosotros una única concepción del mundo; tenemos niveles de descripción que somos incapaces de armonizar: por ejemplo, ¿contiene nuestro mundo realmente sonidos o sólo ondas sonoras? Con todo, debe haber algún modo de validar la noción del mundo como es en sí mismo, pues «sin él queda sólo una mezcolanza de mundos diferentes, el nuestro propio y los de otras criaturas, que no pueden ser relacionados entre sí» (p. 101). Pero sólo podemos darle sentido a la noción de una realidad unitaria aprehendida por todas las mentes sentientes a su modo particular si hay algún ser que lo aprehenda, aunque no de cualquier modo en particular, sino como es en sí mismo. Esto nos da una razón adecuada para creer en la existencia de Dios como una mente que abarca la totalidad de la realidad y la constituye en su ser. Por ello puede llamársele Creador. Dummett piensa que puede darse un argumento independiente para atribuirle una voluntad, aunque reconoce que la existencia del llamado mal físico le da al ateo una ventaja argumentativa.
Hay muchos puntos controvertibles en este argumento. Para empezar, Dummett no deja claro por qué debería haber algún modo de validar la idea de la realidad tal como es en sí. Tal vez apunte a un ideal al que sólo podamos aproximarnos asintóticamente. Y, aun suponiendo que deba haber algún modo de validar la idea, tampoco queda claro que concebirlo como un agregado de nuestro mundo y el de otras criaturas arroje como resultado una mezcolanza de mundos no relacionables entre sí. Dummett se apoya también en el supuesto de que carece de sentido la idea de un mundo vacío de seres sentientes. Éste es un supuesto digno de Berkeley: no en vano el verificacionismo es una suerte de idealismo. Pero es un supuesto que relativiza su argumento a la admisión de la semántica antirrealista que él defiende. Dummett concluye el libro diciendo que los realistas son «culpables de la presunción de razonar como si fueran Dios» (p. 109). Él presume que «la visión desde ninguna parte» es una perspectiva que alguien –o Alguien– deba tener.

01/01/2009

 
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