ARTÍCULO

Dulces y gozosas burlas literarias

Alfaguara, Madrid
280 págs. 2.350 ptas. 14,12
 

Tras un largo y reconfortante recorrido, Mi viajera llega a su fin con estas palabras: «Anita, por favor, apaga ya la Luna». En efecto, la agónica luz que se proyecta, en tantas ocasiones, sobre páginas muertas, es sustituida en favor de una bombilla protectora, benéfica y poética, ajena, por completo, a las convenciones verosímiles que llenan nuestro acontecer diario; una luz, sí, de soñadores –entre ellos Cerezales– encaprichados en hacer de la palabra un ámbito de reflexión y juego, un lugar donde la realidad no imponga sus criterios y donde todas las posibilidades, incluso las más grotescas y peregrinas, tengan su propio espacio. Porque, en fin de cuentas, Mi viajera no es sino un texto agenérico que se interna, con sabio temple, por los recovecos de la ensoñación para poder así divagar, en plena libertad, sobre los resortes empleados por el creador en la composición de un texto literario. Desde esta perspectiva metaliteraria hemos de entender a Matilde, personaje central de Mi viajera, cuerpo y, a la vez, reflejo del narrador, síntesis de un frenético cambio de enfoques, que nos lleva a un ejercicio de gozosa esquizofrenia. Personaje, sí, y también teórica, ya que su regreso a Barrio, aquel pueblo que cobijara su infancia, no es tan sólo una vuelta a sus orígenes, un reencuentro con fantasmas vivos y muertos, sino más bien un pretexto para ofrecer al lector mil y una posibilidades, pues, en rigor, ella no sentencia –cual narrador omnisciente– su vida, sino que sugiere los posibles caminos por los que pueda transitar. Cada una de las posibilidades no excluye a las otras, más bien las completa, en una especie de proceso de fecundación sin pausa que niega, en esencia, modos de narrar unívocos y sin capacidad de cambio.

Mi viajera, además, participa de una concepción lúdica de la literatura, muy frecuentada por las vanguardias históricas y prácticamente olvidada en las letras actuales. La relatividad llevada al exceso –ninguna de las posibilidades ofrecidas es definitiva– y la deformación grotesca de los escasos referentes verosímiles con los que cuenta el lector, permiten a la narradora –a su vez escindida en personaje– jugar, con remarcable descaro, parodiando las convenciones literarias al uso. Digámoslo de otra forma: Cerezales presenta, desde el principio, toda una serie de ingredientes continuamente transitados por la narrativa de los últimos años: mujer cuarentona con profunda crisis existencial, maternidad frustrada, complejo respecto de sus antecesores y angustiosa necesidad de abandonar su anodina vida para volver a los orígenes esenciales –físicos y psíquicos– de su maltrecho ser. Ahora bien, todas estas recurrencias temáticas no son sino una mera excusa para el juego más absoluto, puesto que Cerezales las dispone a su gusto, a través de un ejercicio acrobático en el que nunca sabemos, a ciencia cierta, si nuestros pies descansan sobre la realidad o sobre la más pura distorsión onírica. No en vano, la narradora –y personaje– es plenamente consciente de la despiadada burla a la que está siendo sometido el lector, de ahí que, al final de la obra dé una postrera vuelta de tuerca y acabe su periplo con una burla más, una risotada desvergonzada dirigida a todos aquellos que ansían un final más o menos convencional, un último descenso a lo terreno tras viaje tan sugestivo: «Y tú hubieras querido contar lo de Héctor, lo del aborto, toda esa historia oscura de mujer libre y moderna que llevas en el pliegue amargo de la boca, toda esa historia que a lo mejor no es verdad, que es un mero y cruel adorno, pero no, ya no da tiempo, no señor» (pág. 272); para acabar con la declaración definitiva que confirma su vida como un mero intento literario, con muchas otras sendas por explorar y ninguna de ellas cerrada: «No te preocupes. No daré ningún desenlace. Aunque lo tuviera, no lo daría. No va a aparecer ahora tu madre, ni Alberto, ni la Guardia Civil, ni nadie a salvarte. De hecho, ten por seguro que nunca, nunca se pondrá nadie a escribir este libro, ni ningún otro. Si quieres que te sea sincero, sería un engorro» (pág. 273). En fin, literatura en estado puro, en cuanto que sistema de autosuficiencia que se nutre de la propia literatura escrita, amada y parodiada al tiempo.

En las principales virtudes, hasta aquí esgrimidas, de Mi viajera se encuentran, sin embargo, sus más destacables peros. La distorsión grotesca y, a ratos, onírica y surrealista de lo cotidiano se agota hacia la mitad de la obra, de forma tal que Cerezales se ve obligado a introducir un episodio –aquel que sirve para narrar el regreso de la protagonista, entre la nieve de las montañas, a su pueblo de origen– que desacredita, desde sus toques costumbristas, el código estético que sirve como soporte a la novela. El ritmo vertiginoso de la prosa se aquieta en demasía, hasta tal punto que el devoto lector se siente colocado en un universo ajeno y espurio a sus pretensiones. El aliento juguetón y burlesco es afortunadamente recobrado en las últimas páginas del libro. No obstante, es en la primera mitad de Mi viajera donde encontramos la plena realización de la poética antirrealista ensayada por Cerezales. Y, específicamente, en la comida que protagonizan las dramatis personæ en el seno del hostal –con indudables ecos cervantinos– que les sirve de cobijo. Se desarrolla allí toda una atmósfera de símbolos que, lejos de constituir elementos estériles en pro de un lucimiento ornamental, remiten a una apuntalada coherencia interna. No querría, sin embargo, que estas reconvenciones oscurecieran, en modo alguno, el elogio a un texto que se resiste, en sus múltiples lecturas, a una adscripción genérica definida y que alberga entre sus páginas una honda reflexión sobre el ejercicio literario y los distintos modos de abordarlo.

01/12/2001

 
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