ARTÍCULO

Con la receta para hacer noveñoñas en dos días

Planeta, Barcelona, 1997
Finalista Premio Planeta 1997
228 págs.
 

Si usted quiere, amiga lectora, amigo lector, cambiar su oficio de receptor habitual de escritos ajenos y convertirse en novelista impreso con suma facilidad, a la manera que un indocto ciudadano en artesanía se transforma en un habilidoso manualista siguiendo unas sencillas instrucciones de bricolaje, sólo tiene que reparar en la receta de consejos que le proponemos a continuación. Usted puede hacerlo. Son consejos extraídos de Mi corazón que baila con espigas, la última noveñoña llegada con bombo y platillo a las librerías, cuya lectura, si es descuidada y poco crítica, puede ir en perjuicio de su sabiduría.

Es conveniente, en primer lugar, un personaje-narrador que escoja asuntos personales, oportunos para la catarsis íntima, de suerte que relate (en no muchas páginas, por aliviar el esfuerzo de la lectura) un resumen parcial de su vida, que manifieste su naturaleza sufrida y catastrofista, que hable incansablemente de sí mismo y cuente sus peripecias, que «adjetive sus sentimientos» y encadene hueras reflexiones sobre la angustia de su infancia y madurez desgraciadas, y al que no le baste con sufrir y «escupir su desasosiego en unas confesiones sumergidas en el ordenador», sino que además tenga que disimularlo ante los demás. Es decir, es conveniente que cuente los hastíos propios y las traiciones ajenas que le han sumido en el desamparo para que él se autoconsuele y los lectores se condolezcan.

Ítem, sea un personaje actual, tópico, de clase media acomodada, cuyos problemas se deriven de las minucias cotidianas –incluso con su asistenta– y de su zozobra sentimentaloide, y no de su lucha o de su conflicto dialéctico con la vida y con los otros, y al que se le deje hablar e insistir una y otra vez en sus aflicciones, tan explícitas y melodramáticas de victimismo que no inquieten a nadie a no ser a sí mismo. Un personaje que vaya mezclando pataletas interiores con recuerdos familiares, evocados sin razones coherentes, y anécdotas de interés insignificante y costumbrista, como el maquillaje, la depilación o la enfermedad del perro, con tal frivolidad que llegue a plantearse, en la muerte de su madre, la pregunta clave de qué ropa ponerse.

Ítem, es conveniente que esta trivialización de los sentidos y los sentimientos, del pensamiento y el lenguaje, discurra por la más estricta linealidad narrativa –en la que los hechos se enfilen en un argumento sin organizarse en una trama–, y por una estructura fácil y digestiva que consiste en ceñir cada capítulo o secuencia al personaje de comparsa (el hijo, el marido, el amante, la hermana, el perro y la amiga) que acompaña en ese momento al protagonista, con el objeto de dedicarle sus quejas lastimeras o, en el más frecuente de los casos, sus reproches indignados, bien por las actitudes insoportables, bien por la falta de sensibilidad hacia sus tribulaciones y angustias.

Ítem, fluya el asunto por una acumulación de tópicos y clichés, tanto emocionales como lingüísticos, que anulen la creación necesaria y arriesgada que exige toda literatura. Por ejemplo: Ventura sólo se ama a sí mismo, me amaba, pero no quería amarme; derivó pronto en una discusión kafkiana, tensa, ilógica; Loreto quería estar enamorada del amor, pero se enamoró de un cretino y ahora no encuentra consuelo; pero sufro y lo noto en todas las cavidades de mi cuerpo; las medias se me pegaban a las piernas como una segunda piel, etc. Tan tópicos como descubrir la traición del amante por encontrar cabellos rubios en el lavabo.

Ítem, recurra la escritura a fórmulas metafóricas muy actuales y domésticas, meras simplezas o gracias de andar por casa que no sean extrañas al lector, como éstas: Se lo escupí a la cara: estoy casada con un porcentaje; frases que una vez pronunciadas hubiera deseado borrar con una spóntex; me sentía arropada en ese pequeño útero de cuatro estrellas sin identidad (el hotel); desde que te conozco todo me sabe a sucedáneo; la otra noche Loreto parecía una ONG; Leo se refugia entre las columnas de mis muslos y busca la soledad del templo, que es un templo hecho a la medida de su hombría; o el dolor sabía a mermelada, etc.

Ítem más, mantenga un tono semejante en las comparaciones, es decir, doméstico y actual, más propio de las series televisivas que de la literatura, para que el lector no eche de menos la vulgaridad de su vida cotidiana o caiga en la tentación de penetrar en el mundo imaginario que debe crear una novela. Compare, pues, de este modo: Ha plantado la bolsa en medio de la cocina, como si fuera una bolsa del Pryca; las palabras de Leo me agitan las hormonas como una batidora eléctrica; mujeres hermosas hay muchas, pero las que he conocido son unidimensionales como los carteles de las películas; el baño es relajante como una larguísima meada; me hace sentir como si tuviera el cuerpo burbujeando en alka-seltzer.

Ítem, disimule la prosa las simples ocurrencias con las máscaras de un ingenio inexistente; o sea, con falsas paradojas y vacíos juegos de palabras que suplan la sorpresa de la retórica con el peso muerto del adorno estéril y gratuito: Somos como dos animales salvajes que se llaman en la espesura sin saber que se están llamando; no es lo mismo soñar que pensar sueños; los objetos salpicados entre los libros y los libros salpicados entre los objetos; me acosté tarde y hacía frío, o hacía frío y me acosté tarde; mientras pienso y dormito, o dormito y pienso; etc.

Ítem, responda el lenguaje a la realidad con incoherencias que rayan lo imposible –por ejemplo: con el borde del agua rozándome el mentón, como si estuviera en una cama de agua (en la bañera); el primer trabajo resultó literalmente bíblico, es decir, sudoroso; oí a Ventura mascullando palabras átonas– o despropósitos en la narración –como afirmar que todo lo que me dijo apenas ha quedado registrado en mi memoria, y añadir, después de contar con detalle lo que le dijo, lo pronunció así y así lo escribo (pág. 172).

En fin, amiga lectora, amigo lector, si usted sigue con pulcritud esta receta y cubre su relato con sobrada noveñez, es decir, el tono narrativo ñoño que convierte a una novela en noveñoña, puede aspirar a ser novelista de éxito, e incluso, finalista del Premio Planeta.

01/03/1998

 
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