ARTÍCULO

Posar para la Historia

Plaza y Janés, Barcelona
1.424 págs. 4.500 ptas.
 

Decía Ortega que es propia del político una mirada que capta de inmediato lo esencial de una situación, que descubre lo que hace falta y lo que puede hacerse: una mirada con «intuición histórica». Es lo primero que se echa de menos en el libro de Carlos Salinas de Gortari; no porque uno esperase que tuviera el genio de Mirabeau, pero sí podía pedírsele una idea coherente, sintética, del país que le tocó gobernar. Podía pedírsele, sólo por el volumen de la obra, un mínimo de originalidad; pero no hay más que lugares comunes, sumergidos en una retórica fatigosa y vacía. Aun así, la obra tiene algún valor como síntoma, como indicio del deterioro del discurso político, que podría explicar –al menos en parte– la popularidad del lenguaje desenfadado, irreverente y escandaloso de los «nuevos políticos».

Es frecuente que los políticos mexicanos publiquen libros; salvo alguna rara excepción, son todos pésimos: grandilocuentes y superficiales, insoportablemente aburridos. Son en general textos improvisados, escritos por un equipo de subalternos, y destinados a olvidarse de inmediato. En el mejor de los casos, los enterados, los que están en el secreto, pueden descubrir entre cientos de páginas de palabrería dos o tres alusiones crípticas o amenazas más o menos veladas. En la mayoría no hay ni eso. Uno puede ahorrarse la exégesis y la lectura con toda tranquilidad.

Así sucede con el México de Carlos Salinas de Gortari: no sólo es que sea un libro malo, sino perfectamente prescindible. No añade nada a lo que ya se sabía de su gobierno, de su conflicto con el presidente Zedillo, del proceso contra su hermano Raúl. En muy resumidas cuentas, dice que las reformas iniciadas por su administración alteraron el equilibrio político del país y perjudicaron a grupos importantes; es verdad, aunque no sea toda la verdad, pero no hacían falta tantísimas páginas para decirlo. Sobre todo porque, al final de la lectura, uno sigue sin saber quiénes formaban esos grupos, de qué manera fueron afectados sus intereses o qué hicieron para defenderlos.

Aparte de esa vaguedad, que es molesta y no muy comprensible, es un libro deshilvanado, mal escrito, que oscila entre el informe burocrático y la arenga municipal, donde incluso los pocos recuerdos personales se disuelven en la densa mediocridad de la retórica. Un libro cuyo único interés está en la anécdota de que se haya publicado; eso, y que llame «traidor» al presidente Zedillo. Podría decirse, y con razón, que en ello está todo, que lo importante, mucho más que el texto, es el gesto político. Bien: era el inicio de una campaña publicitaria para preparar el retorno de Salinas a la vida pública. Un retorno agresivo y espectacular, que resultó en un completo fracaso. Nadie prestó mayor atención al libro, ni sirvió para mejorar en nada su imagen. Por otra parte, es una novedad que un ex presidente insulte a su sucesor, pero comparada con otras novedades recientes, es poca cosa: lo que sobra hoy en México son insultos, acusaciones y reproches públicos. No da más de sí el gesto político. Pero es un gesto de mil cuatrocientas páginas, y también eso cuenta.

Ciertamente, sería ingenuo esperar que el libro dijera lo que piensa Carlos Salinas: es un recurso de propaganda, nada más. Dice lo que Salinas supone que la gente quiere oír y explica las cosas del modo que le parece más conveniente. Decir que es un texto parcial, sesgado, tramposo e injusto sería una tontería, porque ese es su propósito. Ahora bien: sí hay que suponer que Salinas (o su equipo de publicidad) lo ha hecho lo mejor que ha podido; y la verdad es que como propaganda resulta decepcionante. Retrata a un político vanidoso, acartonado y falto de imaginación.

Sin hacer especulaciones, como lectores, lo que tenemos es un aparatoso centón con la firma de Carlos Salinas de Gortari, que reúne varios textos de tono e intención muy diferentes: hay una crónica de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio, un largo informe de gobierno, un panfleto contra el presidente Zedillo, una denuncia de las irregularidades del proceso judicial seguido contra su hermano Raúl; dispersas, unas cuantas páginas de anécdotas más bien triviales (entre las que resulta curiosa, una frase del obispo Samuel Ruiz en 1994: «Señor presidente, pase a la historia, haga que pierda el PRI»). El conjunto es ilegible; de hecho, no parece estar escrito para que nadie lo lea, mucho menos que lo discuta. No espera respuesta alguna: quiere ser –por el estilo, por el tono, por la magnitud– aplastante.

En eso se acusa la inercia del discurso político tradicional de las últimas tres décadas en México. En particular, cuando habla el presidente. Se trata de un ritual extraño, de una hipocresía del todo transparente: nadie espera que los políticos digan nada importante, nadie imagina que haya que creer en lo que dicen, pero es indispensable la gesticulación patriótica. Lo importante se dice entre líneas, para los enterados; para los demás está el runrún de la Patria, la Revolución, la Soberanía.

El informe de gobierno, que ocupa mucho más de la mitad del volumen, es largo y detallado, innecesariamente largo y detallado, con acopio de cifras, cuadros, diagramas, datos y cálculos, mucho más aburrido que convincente; leyéndolo puede saberse, por ejemplo, que «se construyeron 6.183 kilómetros de supercarreteras en seis años», o que «se electrificaron 5.230 colonias populares y 14.000 comunidades rurales». Y todo será cierto, pero llenar cuatrocientas páginas con eso es absurdo. De un absurdo que llega a ser verdaderamente divertido: cuando uno llega a la página 741 para leer que en 1993 «se trabajó con algunos grupos migrantes de indígenas mixtecos y zapotecos radicados en los Estados Unidos, para enseñar música tradicional a sus hijos» y que en proyectos similares se gastaron 8.439.559 pesos, hay para reírse a carcajadas.

Las cifras son contundentes. Nadie podrá decir que se gastasen dos pesos menos en las clases de música tradicional: seguro que fueron exactamente 8.439.559 pesos. Pero sería difícil decir a quién le importa eso. Visto con alguna distancia, el ejercicio de exaltación estadística del gobierno empieza por ser tedioso y acaba siendo ridículo. Pero sobre todo, es inútil. No convencerá a nadie, pero sirve también como indicio: en el ritual del discurso político las cifras ocupan hace tiempo el lugar fundamental, y la obsesión contable de Salinas dice mucho de su manera de entender el gobierno y de su estilo de comunicación. No hay argumentos, sino la avasalladora severidad de los números, indiscutibles.

En cuanto al panfleto contra el presidente Zedillo, tampoco es muy convincente. Acaso lo mejor del volumen sea el análisis de la crisis financiera de 1994: la parte, digamos, académica del análisis, pero de ahí no resultan más que insinuaciones y preguntas retóricas. Las acusaciones se resumen en un capítulo titulado «La traición», donde apenas hay vaguedades acerca de la «soberanía», los «principios» y el «neoliberalismo», y denuncias ambiguas sobre la actitud del presidente ante el conflicto de Chiapas o la crisis de la UNAM: dice que hubo una política vacilante y hasta errática, pero no dice qué otra cosa podría haberse hecho.

En México existe la costumbre de culpar de todo al Estado, venga o no venga a cuento; hay la idea de que en algún sótano, unos cuantos conspiradores poderosísimos lo dirigen todo. El ex presidente Salinas está en la mejor situación para saber que es un disparate, pero encuentra útil y aprovechable la fantasía popular de la conspiración para acusar al presidente Zedillo, para hacerlo personalmente responsable de todo. Aun así, en el relato hay inconsecuencias considerables; no se entiende que Zedillo haya sido tan enormemente poderoso en algunas ocasiones, y tan débil e incapaz en otras. Que haya organizado y dirigido una campaña eficacísima, unánime, de desprestigio contra Carlos Salinas, pero que no haya podido siquiera moderar las críticas y los insultos contra su propio gobierno en la prensa o incluso dentro del PRI; que en persona maquinase las monstruosidades del proceso contra Raúl Salinas (son monstruosidades) y que toda la trama saliera a la luz, con escándalo, en unas cuantas semanas.

Como cosa general, lo más curioso es que para congraciarse con la opinión recurra Salinas al lenguaje y los tópicos del antipriísmo más rudimentario. Escribe como si hubiera estado siempre en la oposición, con tono airado, puritano, y actitud de víctima, pero sin deshacerse de los resabios del discurso nacionalista convencional: el resultado es un esperpento.

Para empezar, no hay en ningún momento política, sino la lucha del Bien contra el Mal. Con frecuencia, cuando describe su heroico martirio en la presidencia, dice que se le oponían «poderosos intereses», que fue necesario negociar con «los sectores tradicionales» del partido, incluso dice que se vio obligado a formar un «gabinete de composición»; pero nunca se sabe cuáles eran esos intereses, de qué manera y con qué recursos se le oponían, cómo consiguió convencerlos. Ni siquiera dice quiénes en su gabinete representaban a otros grupos, ni a cuáles, ni por qué los incluyó. Hay sólo la imagen de un adversario siniestro, la «nomenklatura»: un conjunto de políticos priístas corruptos y malintencionados, que son como apariciones fantasmales, no representan a nadie, no expresan intereses sociales, rara vez tienen nombres.

Ese oscuro, anónimo adversario que conspira contra sus buenos propósitos es la contraparte de la Sociedad, la Patria, la Nación, única y virtuosa, a la que representa Carlos Salinas. En todo momento él no hace más que defender los principios (justos por definición) y los (siempre buenos) deseos de «los mexicanos». La consecuencia es que el panorama entero aparece confuso, inverosímil: «La sociedad mexicana –dice, por ejemplo– exigía un combate decidido contra la corrupción. Sus valores morales chocaban con las prácticas ilícitas»; un periodista primerizo podría firmar semejante simpleza, pero escrito por el ex presidente es una tomadura de pelo de mal gusto.

La retórica política mexicana es en general maniquea, victimista y patriotera. Mezclada con el antipriísmo viene a decir, poco más o menos, que la «sociedad civil» ha vivido durante casi un siglo oprimida por un puñado de políticos perversos, en espera de la parusía democrática. Con Carlos Salinas como protagonista, permite referir una historia extrañísima: llegó al gobierno con el apoyo de los mexicanos y contra la voluntad del PRI, gobernó como opositor luchando contra el PRI o bien hizo oposición desde el gobierno para aniquilar al PRI, donde pudo y como pudo promovió la participación de la «sociedad civil» y el avance de la democracia (es decir, de la oposición), derrotado por la traición de Zedillo debió salir al exilio, pero aun entonces, con entusiasmo: «La noche de la partida fue dolorosa, aunque también estimulante: en condiciones muy difíciles, continuaría trabajando en la defensa de mis convicciones y mis ideales. Además, compartía sin fatiga las vicisitudes de mi familia. Como muchos que se han visto forzados a dejar el país, partí de México con la Patria en el corazón».

Es curioso que, para ganarse al público, no se le ocurra otra cosa sino adoptar el lenguaje de la oposición. Es curioso que, después de todo, sienta que debe seguir posando para la historia con ademán heroico, que su imagen del político ideal sea esa mezcla de sabio, cruzado y mártir. Si iba en serio, si tenía la intención de recuperar con su libro la popularidad que alguna vez tuvo, hay que decir que su juicio acerca de la opinión pública mexicana es desolador: supone que es maniquea, voluble y olvidadiza, reverente y fácilmente impresionable, que no quiere políticos sino santos y profetas, que se toma en serio las declamaciones patrióticas del ritual. Peor todavía, podría ser que el propio Carlos Salinas creyese en la eficacia milagrosa de su palabra; y podría ser que los demás políticos, como él, estuviesen convencidos de ser lo que fingen ser, que se creyesen sabios, cruzados y mártires, pero es una hipótesis que prefiero descartar, porque da miedo.

01/04/2001

 
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