ARTÍCULO

Esa franja mortal

 

Después del recorrido por los veinte capítulos, contando como uno más el primero de todos ellos, que lleva el título de «Incursión» y que pasa por ser una especie de introducción a los diecinueve siguientes, al lector le queda la duda, no exenta de fundamento, de qué tipo de libro es éste. Bien cierto es que se trata de una compilación de trabajos, digamos que de «crítica literaria» a falta de un término más adecuado, que han sido publicados desde los últimos años del siglo pasado hasta marzo de 2007 en sucesivos números de Revista de Libros, con la única salvedad del que lleva por título «El cuerpo en la punta de la lengua», dedicado a la escritora Marguerite Duras, de la que Amelia Gamoneda es reconocida especialista en los medios universitarios españoles.
Todos los trabajos tienen por objeto el estudio de uno o varios textos de escritores contemporáneos en lengua francesa, casi todos vivos y en fase fecunda, narradores sobre todo o relacionados con el género de la «narrativa», voz que la autora prefiere a otras opciones léxicas que la harían posicionarse dentro de parámetros no del todo deseables para encuadrar los textos que han merecido su atención selectiva. Todos ellos se caracterizan, además, por un rasgo complementario que no es baladí en materia de recepción literaria: su condición de estar traducidos al español, lo que sin duda representa un valor añadido al conjunto de los logros, ya de por sí abundantes, del libro Merodeos, que de esta forma nos proporciona una nómina cumplida de escritores en lengua francesa merecedores de atención editorial a este lado de los Pirineos. Ni Marguerite Duras, ni Julien Gracq (fallecido en fecha reciente), ni Georges Pérec, ni Amélie Nothomb, ni Pierre Michon, ni Christian Oster, ni Pascal Quignard son escritores fáciles; más bien se diría que forman parte de una singular especie contemporánea del «mester de clerecía», por no hablar ya de una forma de culteranismo conceptista de la modernidad, que demanda una guía de lectura, propósito al que atiende de forma más que cumplida el libro de Amelia Gamoneda.
Era Roland Barthes quien decía ya a mediados del siglo pasado, refiriéndose a algunos textos narrativos publicados en Francia en la época subsiguiente a la del «engagement» (de compromiso, sí, pero también generosa y coherente en materia de sentido), que la literatura verdaderamente nueva se movería a partir de entonces en una delicada y peligrosa franja, calificada por él mismo de mortal, en la que el binomio construcción-deconstrucción articularía modos de narrar de afirmación-negación más simultáneos que alternativos. Pues bien, cincuenta años después, en el estadio en que se encuentra la narrativa en lengua francesa correspondiente al período de transición del siglo xx al xxi, en el que se incluyen los textos estudiados en Merodeos, se diría que la literatura francesa más interesante y novedosa sigue caminando por la misma senda angosta. En consecuencia, nada más coherente en la empresa de Amelia Gamoneda que dedicar un extenso capítulo al análisis no de un libro, sino del conjunto de la obra de Roland Barthes, no fuera a resultar que la voz del semiólogo, o más bien la palabra del escritor, hubiera sido capaz de profetizar lo que iba a ser el devenir literario de la narrativa durante más de medio siglo.
Y lo siento, pero no puedo por menos de estar en desacuerdo con la primera frase del libro de Amelia Gamoneda: «Este libro no pretende en modo alguno presentar un panorama de la narrativa actual francesa, sino sólo algunas hebras de la red literaria que tejen hoy cientos de manos y voces francófonas». No lo pretenderá, pero a fe mía (y por eso lo digo, porque lo creo) que es el mejor panorama de la narrativa francesa actual escrito en español. Ya se sabe que los hijos no caminan nunca por la senda pretendida por sus progenitores, así que con tanto o mayor motivo los libros se independizan muy pronto de los designios de sus autores. Y por eso también me sigue dando qué pensar el título elegido por la autora para tamaño compendio, Merodeos. En honor a la verdad, lo entiendo y no lo entiendo, porque el volumen no «vaga por las inmediaciones» (a las que aluden las definiciones de la voz merodear en los diccionarios al uso) de la literatura francesa actual, sino que entra en el meollo de los conflictos del sentido y de la confusión genérica, obra por obra, y en el prefacio, la «Incursión», en el conjunto hilado de los grandes misterios literarios de nuestro tiempo: ficción, autobiografía, verdad, mentira, teoría, la cuestión identitaria, el culto de lo fragmentario, lo breve, lo nimio, y hasta lo más pequeño, el bebé de una mater sapientissima, como parece ser Marie Darrieussecq, que le sirve a Amelia Gamoneda para afirmar, no sin combativa beligerancia, que no «todas nuestras emociones y ocurrencias son escritura».
A vueltas con la voz merodeo y el verbo que le corresponde, observo no sin sorpresa que el término incursión, que designa el capítulo arriba tildado de espacio introductorio, mantiene una especie de secreta relación con el vocablo titular, ya que uno y otro abundan en la designación de actividades militares: incursión, «correría militar»; merodear, «apartarse algunos soldados del cuerpo en que marchan, a reconocer en los caseríos y el campo lo que pueden coger o robar» (DRAE). Y, a pesar de que la autora declara que su pretensión no es la de arbitrar «contienda» alguna, lo cierto es que el conjunto de los capítulos que integran este libro se sitúan en el espacio difícil de la lucha a muerte con el sentido, allí donde el lenguaje libra su particular batalla en pro de la supervivencia de la literatura, que no renuncia a seguir hablando de lo humano, en la plena consciencia de las dificultades expresivas de una retórica verdaderamente contemporánea, que vaga, esta vez sí, entre el decir y el no decir. Para ocuparse con rigor de asuntos tales y librar con éxito este tipo de combate se requiere que la palabra crítica esté a la altura de las circunstancias, que se observe el desarrollo de la batalla desde una colina con la suficiente elevación para examinar los textos narrativos objeto del discurso crítico, pero sin perder de vista que el lenguaje de la teoría es también una forma de escritura. Y eso no sólo lo sabe, sino que lo pone en práctica a cada paso de sus incursiones y merodeos la autora de tan precioso (hasta en su forma de presentación material), preciso y preciado volumen.

01/10/2008

 
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