ARTÍCULO

Menéndez Pelayo y la cultura española

Fundación Histórica Tavera. Obra Social y Cultural de Caja Cantabria Santander/Madrid
 

Cuentan de Julio César que, al llegar con sus tropas a Cádiz y leer en un libro los triunfos de Alejandro Magno, derramó algunas lágrimas. Preguntado por sus soldados a qué se debía aquella tristeza, respondió que lloraba porque, a su edad, Alejandro ya había conquistado todo el mundo. Esa misma sensación es la que tiene cualquier estudiante de Filología cuando, todavía en los cursos de carrera, se topa con la ingente obra de don Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912). En total, más de 60.000 (sesenta mil) páginas impresas, que se reparten del siguiente modo: 67 volúmenes correspondientes a sus Obras completas, que fueron publicados entre 1940 y 1966 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en la llamada «Edición Nacional», más otros 23 tomos de su nutrido Epistolario, editados éstos por la Fundación Universitaria Española entre 1982 y 1991.

Viene todo esto a cuento porque la Obra Social y Cultural de Caja Cantabria ha patrocinado recientemente la reedición de toda la prosa de don Marcelino en formato digital, en un cederrón que contiene, además de los 90 volúmenes citados, una completa Bibliografía que recoge más de 3.000 entradas (monografías, estudios de conjunto, reseñas...) sobre la vida y la obra de Menéndez Pelayo. El disco es el resultado de la colaboración de varias instituciones: la Fundación Histórica Tavera, la Fundación Universitaria Española, el CSIC, el Ayuntamiento de Santander, la Sociedad Menéndez Pelayo..., prueba clara en este caso de la valía y utilidad de estos organismos culturales. La gran obra crítica del montañés viene así a sumarse a un elenco de textos capitales para el entendimiento de la cultura española que han sido digitalizados en los últimos años. Sin ánimo de ser exhaustivo, podrían citarse desde los autores clásicos latinos (más esenciales ahora que nunca), hasta el teatro español del Siglo de Oro, pasando por la Patrología latina o los textos medievales que el Hispanic Seminary of Medieval Studies de Madison viene poniendo en el mercado desde hace años.

No hará falta ponderar la utilidad de la herramienta. A la ventaja evidente de disponer de forma conjunta de todos los textos citados, hay que añadir la economía espacial (toda una biblioteca reducida a un cederrón), a lo que conviene agregar lo difícil de encontrar actualmente en librerías una parte considerable de las Obras completas de don Marcelino. Además, y tiene su importancia, el manejo del cederrón resulta de una facilidad pasmosa, de manera que, sin necesidad de entrenamiento previo, se accede de forma intuitiva a cada una de las partes (Obras completas, Epistolario y Bibliografía). Puede leerse, pues, el texto de corrido, como si se tratase de un libro convencional en formato electrónico, y hay que señalar que el color azul de la letra sobre fondo blanco posibilita una lectura en absoluto fatigosa. Pero no debe olvidarse que la obra de Menéndez Pelayo es inmensa y variada, y toca un mismo tema o autor en distintos libros. De ahí la gran utilidad del sistema de búsquedas. Si estos ayudantes son útiles en cualquier caso, lo son mucho más cuando nos enfrentamos a una obra de esta extensión. En cada uno de los tres grandes apartados en que se divide, puede buscarse el texto requerido en gran número de campos. En las Obras completas, por dar un ejemplo, es posible encontrar una cadena de texto determinada en el título, el texto de la obra, las notas a pie de página, los epígrafes, etc. No me cabe la menor duda: este cederrón atraerá la estima del investigador. Y no sólo por todas las ventajas aludidas...

Podría haber hablado del «entorno amigable» de este instrumento bibliográfico, y no habría mentido, desde luego. Los especialistas en informática emplean esa expresión cuando el funcionamiento del programa que desarrollan resulta atractivo a la par que sencillo para el usuario. Aquí he querido, con todo, reservar esa denominación para el propio contenido del cederrón, porque no está en mi intención que las referencias técnicas oculten el verdadero valor de la obraPueden verse los datos concretos en Xavier Ajenjo Bullón y Francisca Hernández Carrascal, «La digitalización de la Biblioteca de MP: 1ª fase. MP y el Proyecto Polígrafos», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, LXXV (1999), págs. 507-531. El CD es la primera fase de un amplio proyecto, que continuará con la publicación en Internet de los contenidos del disco, corregidos..

UN CURRÍCULO EXTRAORDINARIO

Lo verdaderamente significativo es que estamos ante la reedición de una de las obras personales más importantes de la cultura española. Podrían llenarse con facilidad las páginas de esta reseña con no pocas anécdotas de la vida de don Marcelino, que a veces ocultan su verdadera personalidad y, lo que es más lamentable, su obra (al igual que sucede con otras figuras señeras de la literatura española, esta vez creadores, como Quevedo o Valle-Inclán)Se ha hablado de su prodigiosa memoria, capaz de repetir exactamente lo que acababa de leer, de su dominio de los idiomas, de su capacidad para leer la página de la izquierda con un ojo y la de la derecha con el otro, de su habilidad para leer varias líneas a la vez (?). La bibliografía sobre MP está salpimentada frecuentemente con este tipo de cuentos.. Quienes aún vean al escritor a través de esas versiones tópicas que lo presentan como un sabio huraño y encerrado en sí mismo, harían bien en leer su epistolario, donde se dinamita esa imagen, donde resplandece el escritor cordial, amigo, humano... y también polémico. Por sus cartas pasa buena parte de la elite intelectual de la España de fines del siglo XIX y de comienzos del XX . Pese a todo, para darnos una idea de la relevancia de Menéndez Pelayo en la España de la época, quizá sea mejor, incluso, sobrevolar a uña de caballo lo que hoy llamaríamos su currículo, para darnos una idea de la labor ciclópea que desarrolló en su vida.

Dámaso Alonso, en su conocido libro sobre don Marcelino, lo comparaba con Lope de Vega, y decía que la literatura española ha tenido dos monstruos de naturaleza. El asombro cunde cuando se sabe que, aún no cumplidos los veinte años, Menéndez Pelayo publicó las Polémicas, indicaciones y proyectos sobre la ciencia española (1876); y el asombro crece aún más cuando se conoce que a los veintitrés años ya había estampado dos tomos de la Historia de los heterodoxos españoles. Dos mil quinientas páginas de nada (para el autor cántabro, claro), que no extrañan cuando se recuerda que, ya bachiller y apenas cumplidos los quince años, había diseñado una suerte de Obras completas propias. Pero dejemos sus libros, por un momento, y volvamos a su carrera profesional.

En 1875, con diecinueve años, terminó los estudios en la Universidad de Barcelona, y en otoño de ese mismo año leyó su tesis doctoral, La novela entre los latinos. Para que pudiese opositar a la cátedra de Historia de la Literatura Española de la Universidad Central de Madrid, hubo de modificarse la ley de entonces, que impedía el acceso a cátedras antes de los veinticinco años, y se rebajó el tope hasta los veintiuno. Ganó el concurso aquel joven, tras disertar brillantemente ante un tribunal sobre temas tan variados como la lírica de los siglos XVI y XVII , Calderón, La Celestina, la periodización de la literatura española... junto con otros que hoy pueden parecer algo peregrinos: San Leandro como orador sagrado y su influjo en la literatura española, o el estudio de las poesías de San Eugenio de Toledo. Su introducción a los cien temas que constituían el programa de la asignatura aún hoy sigue teniendo un valor modélico. Valgan algunas citas como testimonio: «Sin erudición y sin investigaciones propias no hay conocimiento serio. Por tal razón debe el maestro recomendar a sus alumnos el estudio directo de las fuentes y de los autores analizados. [...] El crítico tiene que analizar, describir, clasificar y, finalmente, juzgar. [...] El método exclusivamente histórico trae los siguientes males... [...] El profesor encastillado en la alta crítica es un ente atrasadísimo». No terminan aquí sus méritos académicos. Llegó a ser decano, aunque parece que desdeñó los papeles administrativos en favor de los libros (he aquí la prueba del nueve no sólo de su pasión intelectual, sino también de su sabiduría).

En 1881, con veinticinco años, ingresó en la Real Academia con un magnífico estudio sobre la poesía mística en España, al que contestó don Juan Valera. Su labor como académico fue amplia, y se le comisionó para editar las Obras de Lope de Vega. Aunque no logró la presidencia de esta institución, sí obtuvo la de la Academia de la Historia en 1910, a la que también perteneció. En 1884, la Unión Católica, que formaba el ala derecha del Partido Conservador, lo presenta como candidato a diputado por Palma de Mallorca: visitó la isla, donde recopiló datos para sus trabajos, compró libros y pronunció un discurso... sobre Ramon Llull. Repetiría escaño, en esta ocasión por Zaragoza, en 1891. Entonces dejó escrito un dictamen en el que recogió proyectos importantes para la enseñanza universitaria, y que firmaría también Salmerón. En 1898 renuncia, tras veinte de ejercicio, a la cátedra de Historia de la Literatura de la Universidad Central para dirigir la Biblioteca Nacional, un cargo en el que no pudo sustraerse a la polémica.

Todas estas ocupaciones no pueden dar una idea cabal de la vida de Menéndez Pelayo, como tampoco su vida social, marcada por sus difíciles relaciones con las mujeres, que nunca llegaron a buen puerto (para beneficio de la Filología), como se ha indicado últimamenteVéase ahora Carlos González Echegaray, Cuatro aspectos de la vida privada de Menéndez Pelayo, Santander, UIMP, 1999.. También tienen carácter anecdótico sus poesías, pues parece que el cielo, que tan generoso fue con él en otros dones, no quiso concederle esta gracia.

MENÉNDEZ PELAYO, PATRÓN DE LA CULTURA ESPAÑOLA

Pese a todo lo dicho hasta ahora, no conviene engañarse. La razón de que don Marcelino disponga de calle en toda ciudad española que se precie no tiene que ver ni con su vida privada, ni con su ejercicio docente, ni con su actividad política, ni con sus distintas labores al servicio del Estado español. El mayor mérito de don Marcelino fue su portentosa actividad intelectual, como pensador, como editor de textos y como crítico literario.

Así, es bien seguro que una parte importante del público sigue instalada en la visión de un Menéndez Pelayo conservador hasta la médula, pensador cristiano y católico de hondo patriotismo, digno sucesor decimonónico de la ortodoxia calderonianaPuede consultarse, aunque no trate específicamente de la visión de la literatura de don Marcelino, Antonio Santoveña Setién, Marcelino Menéndez Pelayo. Revisión crítico-biográfica de un pensador católico, Santander, Universidad de Cantabria-Asamblea Regional de Cantabria, 1994.. No es mi intención entrar ahora en la veracidad evidente de ese aserto: es suficiente echarle un vistazo a su Historia de los heterodoxos para darse cuenta de ello. Pero más allá de su ideología, la obra de don Marcelino contiene aportaciones no sólo para la crítica literaria, sino para otros ámbitos científicos. Basta pensar en la Historia del Derecho: el Inventario bibliográfico de la ciencia española es, en lo que atañe a esta materia, la primera exposición exhaustiva de toda la doctrina jurídica del país desde la Edad Media hasta el siglo XVIII , nunca antes emprendida. Si Eduardo de Hinojosa, coetáneo suyo, fue el primer autor científico de una Historia del Derecho español, don Marcelino recopiló una bibliografía jurídica exhaustivaVéase José Alberto Vallejo del Campo, «Un ejemplo de Volksgeist en la preceptiva del Derecho español: el pensamiento jurídico de MP», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, LXXIV (1998), págs. 463-478.. Los trabajos bibliográficos fueron, efectivamente, una –pero una sólo– de las manías intelectuales de don Marcelino. Al libro citado cabe añadir los espléndidos diez volúmenes de la Bibliografía hispano-latina clásica, o la magnífica Biblioteca de traductores españoles, en cuatro nutridos tomos aún hoy no superados (sorprende mucho que el trabajo de don Marcelino siga siendo insoslayable a la hora de acercarse a la traducción en nuestro Siglo de Oro, no así en la Edad Media, etapa en la que las investigaciones de Joaquín Rubio, Gemma Avenoza o María Morrás van dejando obsoletas sus anotaciones).

El lector (no sé si discreto, pero a buen seguro curioso, si ha llegado hasta aquí) habrá notado ya lo difícil de una aproximación general a la obra de don Marcelino, compuesta por un mosaico de piezas que encajan todas en una misma dirección: su pasión por los librosBuena prueba de esa pasión es el testamento en que dejó minuciosamente ordenado lo que había de hacerse con sus libros tras su muerte. Puede leerse en Miguel Artigas, La vida y la obra de Menéndez Pelayo, Zaragoza, El Heraldo de Aragón, 1939, págs. 153 y ss.. Y de esa pasión surge otra de sus actividades más meritorias: su labor como impulsor de la edición de textos. No me refiero ahora a sus ediciones, aunque bien podría hacerlo: sólo la de las obras de Lope de Vega que le encargó la Academia le llevó veinte años, y los prólogos que puso a las comedias del Fénix ocupan seis volúmenes. Me refiero más bien a la Nueva Biblioteca de Autores Españoles ideada por él, y donde pondrá a prueba su escuela, pues la serie llegó a alcanzar los veinticinco volúmenes. No podía escapar a su perspicacia filológica que la Biblioteca de Autores Españoles, impulsada por don Manuel Rivadeneyra y tan benemérita en su momento, iba quedando paulatinamente anticuada: faltaba allí casi toda la Edad Media, y en los volúmenes dedicados al Siglo de Oro se omitían géneros completos. La lectura del folleto donde defiende la nueva serie es, todavía hoy, un modelo de amplitud de miras, pero también un testigo del profundo conocimiento que tenía de toda la producción libraria española. Por esa familiaridad con los libros de los pasados defiende que, junto a los textos de arte puro, se publiquen allí también obras latinas, pues en esa lengua se escribió parte importante del pensamiento anterior al siglo XVIII . Y no sólo obras latinas, sino libros en castellano pertenecientes a otras materias: «Gran parte de las riquezas de nuestra lengua –llega a decir– está contenida en estos libros que nadie lee». Algunos de los textos publicados en la Nueva Biblioteca conservan todavía su valor: piénsese, por citar un caso, en la Colección de entremeses, loas, jácaras y mojigangas de Emilio Cotarelo y Mori.

MENÉNDEZ PELAYO, CRÍTICO LITERARIO

En cualquier caso, si de todo lo dicho hubiese que escoger una sola de las facetas señaladas, ésa sería sin duda la de crítico literario. En España, antes de Menéndez Pelayo, la crítica literaria estaba en mantillas. Hay que tener en cuenta que los mejores libros sobre literatura española los habían escrito, hasta entonces, autores extranjeros: Bouterwek, Sismondi, Ticknor... Sólo Amador de los Ríos había intentado una historia de la literatura castellana, que, pese a sus numerosos volúmenes, se quedó en la Edad Media. De ahí el carácter seminal de la obra crítica de don Marcelino, que inaugura una etapa nueva de la cultura española, al sentar las bases sobre las que trabajarán los continuadores.

Mucho se ha hablado sobre el método de trabajo de don Marcelino: es evidente que fue un buen lector, quizá el mejor que ha tenido la literatura española, y que de esas lecturas y de su prodigiosa memoria salían unas notas. Notas que a cualquier otro le habrían servido para preparar una clase, para un artículo o para volver a ellas años más tarde, pero que a él se le convertían en un tratado completo, en un libro de varios tomos, como hemos visto. Es evidente que tuvo la extraña habilidad de plasmar con efectividad y acierto sus lecturas. Pero no convienen aquí los juicios apresurados: además de ofrecer el argumento con gracia y desenvoltura, don Marcelino añadía siempre una valoración crítica, sazonada con un extraordinario talento para escoger los pasajes fundamentales de cada obra (véase una prueba clara de ello en el magnífico capítulo que dedicó a la estética platónica en el siglo XVI en la Historia de las ideas estéticas). De ahí la gran utilidad, todavía hoy, de sus libros.

Es verdad que un método de trabajo así podía llevar al error con frecuencia, y que así ocurría. Incluso una memoria que podríamos etiquetar de informática tiene sus lapsus, y no es extraño que Menéndez Pelayo corrija sobre la marcha un dato que ha ofrecido tan sólo unas páginas antes. Eso le ha valido no pocas acusaciones por parte de críticos posteriores. Un botón: se viene señalando desde hace tiempo que el origen de la confusión bibliográfica entre dos libros de fray Antonio de Guevara, el Libro áureo de Marco Aurelio y el Reloj de príncipes, se debe a que aparecían como uno solo en Orígenes de la novela, por más que páginas después de la primera mezcla, su autor rectifique y asegure que «eran libros distintos y que pudieron correr independientes». Además, al leer sobre la marcha, don Marcelino no podía reflexionar con detenimiento sobre lo leído. De ahí las frecuentes rectificaciones cuando, años más tarde, volvía al mismo asunto: son «las palinodias de don Marcelino» de que habló Dámaso Alonso (aunque bien es cierto que este último respiraba por la herida, y difícilmente podía aceptar que uno de sus modelos directos en el campo de la crítica hubiese desdeñado olímpicamente la parte del león de sus autores y géneros fetiche: la lírica popular, Góngora, Bécquer...)Me refiero a Dámaso Alonso, MenéndezPelayo, crítico literario (Las palinodias de don Marcelino), Madrid, Gredos, 1956.. Es lo que le sucedió, entre otros muchos libros más, con La Celestina: el primer acercamiento al libro de Fernando de Rojas data de 1888, aunque no se publica hasta 1895. En 1910, vuelve a tratar de la misma obra en Orígenes de la novela, pero las veinte páginas anteriores se han convertido ahora en 240. Ya desde las primeras líneas de esta segunda aproximación, indica que del trabajo anterior sólo conserva algunas frases, pero que el resto ha sido escrito de nuevo para la ocasión «conforme a los descubrimientos e investigaciones de los últimos años y al minucioso estudio». Al leer hoy esas páginas se descubre que están allí planteados casi todos los temas y problemas que han preocupado a toda la crítica posterior del siglo XX : la autoría, el género de la obra, las distintas redacciones, la fecha, el lugar donde se desarrolló la acción, las fuentes, los nombres de los protagonistas, el título, el análisis de los personajes, el estilo...

Lo dicho hasta ahora puede haber dado una idea lejana de la tarea crítica de don Marcelino. Creo que sería necesario ahora decir algo concreto, acercarse a alguno de los libros escritos por él. Pero ¿cuál? Su producción es inabarcable, y se tiene la sensación, en no pocas ocasiones, de que haría falta toda una vida para leer con atención sus obras. Si entre todos esos libros hubiese que seleccionar algunos, aun a riesgo de equivocarme, me quedaría con tres: la Historia de los heterodoxos españoles, la Historia de las ideas estéticas y los Orígenes de la novela. Cualquiera de ellas daría buena cuenta del modus operandi de don Marcelino, pero habría que glosarlas, y ni siquiera es dado, en tan breve espacio, resumir los copiosos índices de sus obras. Bastará decir que, un siglo después, los Orígenes de la novela mantiene su condición de obra fundamental, como panorama, para entender el arte narrativo español durante la Edad Media y el Siglo de OroEs opinión de Mariano Baquero Goyanes, La novela española vista por Menéndez Pelayo, Madrid, Editora Nacional, 1956. Creo que el aserto no ha perdido la validez general.. Hace ya años que un buen lector de Menéndez Pelayo, Ernst Robert Curtius, dijo que si se hubiesen perdido los escritos de Platón habría sido imposible recuperarlos a través de las artes plásticas. Si se perdiese de golpe la cultura española anterior a 1700, sería posible, en fin, recuperarla a través de las Obras completas de Menéndez Pelayo.

01/03/2001

 
COMENTARIOS

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