ARTÍCULO

Cuarenta años de historia eclesiástica

Editorial PPC, Madrid, 1996
 

La aparición de las memorias del cardenal Tarancón ha promovido no poco revuelo y una considerable espectación, debida en gran parte a la novedad que suponen unas memorias de un eclesiástico destacado, en un país que carece de antecedentes de este género, y también al relevante influjo de Tarancón en el cambio experimentado por la Iglesia española a lo largo de los últimos cuarenta años y en el papel desarrollado por esta Iglesia en la transición política española.

Se trata, no cabe duda, de unas memorias, por muchas distinciones que se hagan en la introducción entre memorias y confesiones, que abarcan algunos de los momentos estelares de su vida, una vida prolongada, activa, presente durante décadas en las organizaciones e instituciones más representativas de la vida eclesial española. El transcurrir de la vida del cardenal va delineando y subrayando algunas de las líneas de preocupación y de acción de la Iglesia española durante este siglo, su profunda y traumática evolución, la dolorosa división interna, la activa participación de los laicos en las tareas y decisiones eclesiales. Pocos personajes habrán conseguido identificar su evolución vital con el transcurso de una parte importante de la historia española como lo ha hecho Tarancón. Por este motivo, ya desde ahora se puede afirmar que estas memorias se han convertido en una de las fuentes autorizadas de la historia contemporánea de nuestro país.

La Iglesia española inició el siglo XX con un talante integrista, poco condicionado por el liberalismo católico y los nuevos métodos científicos que habían enriquecido otras Iglesias europeas. Herrera Oria, la Acción Católica, el periódico El Debate, los esfuerzos de Poveda, comenzaron a modernizar un catolicismo, a menudo, anacrónico y siempre politizado. Tarancón estuvo presente en algunos de estos primeros esfuerzos. Era un sacerdote de formación tradicional, pero con una capacidad sorprendente de captar las nuevas necesidades y las nuevas orientaciones eclesiales. A veces iba por delante y otras acogía y dirigía los deseos compartidos. No era oportunista, pero supo engarzar sus intuiciones con las necesidades generales del pueblo creyente. Por esto, en su trayectoria posterior, no sólo orientó la acción eclesial sino que, sobre todo, encauzó las opciones de la comunidad eclesial.

Su largo episcopado en la pequeña diócesis catalana de Solsona demuestra con nitidez su carácter: cercano a la gente, poco formalista, es decir, poco acorde con los hábitos tradicionales episcopales, y poco dispuesto a rehuir los conflictos, tal como demuestra su pastoral «El pan nuestro de cada día», que le ganara la animosidad de no pocas autoridades del régimen político imperante. Estuvo presente en los avatares de la Iglesia española como primer secretario permanente del episcopado desde 1953. En realidad, en las diócesis donde residió, Solsona, Oviedo, Toledo y Madrid, más allá de los problemas específicos de estas Iglesias, de una manera u otra, tuvo que aplicarse a los problemas generales eclesiásticos, aunque es a partir de Toledo y, sobre todo, Madrid, cuando se convierte, de hecho, en el representante del sentir mayoritario de la Iglesia española.

Esta representación le supuso opciones dolorosas, odios pétreos de políticos y eclesiásticos, y una acusación que le acompañará los últimos años de frivolidad y superficialidad. El «Tarancón al paredón» se fue fraguando a medida que la Iglesia, dirigida por él, fue señalando sus distancias con el régimen de Franco, su opción por planteamientos políticos democráticos, su sensibilidad por las diversas problemáticas regionales, su acompañamiento a los movimientos obreros. Tuvo muchos enemigos y sufrió no pocas incomprensiones. De hecho, fue relevado de sus diócesis con una premura sospechosa, a penas cumplió los 75 años.

Este hecho debe ser encuadrado en una comunidad eclesial dividida y enfrentada. No todos comprendieron al Vaticano II, ni lo aceptaron, y, desde luego, cada grupo lo interpretaba a su manera. Se consideraban cristianos los «guerrilleros de Cristo Rey» y los «Cristianos por el socialismo», pero ¿pertenecían a la misma Iglesia? El viejo integrismo español, apoyado por Carrero Blanco y otros políticos, cuyo exponente más conocido fue la Hermandad Sacerdotal, se mostró activo y perseverante. En España apenas se había conocido el liberalismo católico y las libertades seguían siendo consideradas como sospechosas aliadas del diablo. Para todos ellos Tarancón representaba lo siempre reprobado y rechazado, mientras que para sus contrarios el cardenal era débil y demasiado condescendiente.

Estas confesiones resultan importantes, también, para confirmar una tesis que considero relevante y bien probada; la actuación de la Iglesia española en su conjunto en favor de la democracia y de los movimientos obreros se dio bastantes años antes de la muerte de Franco, por lo que es falsa la acusación de oportunismo y de actuar movidos por el temor de lo que podía suceder una vez muerto el Jefe del Estado. Además, hay que insistir en la afirmación de que no hubiera sido posible una transición tan suave e indolora si no se hubiera contado con un catolicismo renovado, libre, social, sin el lastre de antiguas hipotecas confesionales, conseguido en gran parte por un sorprendente proceso de autocrítica y de purificación interior. El capítulo dedicado a la asamblea conjunta obispos-sacerdotes resulta enormemente significativo. Se conocía ya bastante bien el tema en su conjunto, pero Tarancón ofrece nuevos datos y nuevas perspectivas.

Desde el inicio de su episcopado, Tarancón fue consciente de la necesidad de aclarar la confusión existente en las relaciones entre el Estado y la Iglesia. Sintiéndose profundamente español y manteniendo siempre un profundo respeto por Franco, buscó en todo momento la independencia de la Iglesia. Su estancia en Solsona, con bastante tiempo libre a su disposición, le ofreció la oportunidad de estudiar las corrientes más renovadoras de la teología de la época y reflexionar sobre las respuestas que había que dar a las inquietudes del momento. No fue el primero ni el más importante, en este sentido. Aranguren, las revistas El Ciervo e Incunable, el poco conocido pero interesante movimiento de autocrítica... daban a entender que algo se estaba moviendo en el sustrato católico aparentemente impermeable de este país ya a finales de los años cincuenta. Estas Confesiones ofrecen aspectos inéditos de este despertar y de la creciente sensibilidad del cardenal no siempre compartida por otros obispos.

«El pan nuestro de cada día», de 1950, entonces una pastoral revolucionaria, ponía en cuestión un estilo habitual de hacer política, el desinterés interesado de no pocos políticos por los problemas sociales, al tiempo que reafirmaba la obligación de la Iglesia de apoyar a los pobres y marginados. En el primer consejo de ministros posterior a la pastoral se suprimió el racionamiento de pan que, sorprendentemente, había durado hasta ese año. Claro que a muchos políticos les costó mucho digerir ese pan, de forma que Tarancón no fue promovido a otra diócesis más importante durante dieciocho años, permaneciendo en una diócesis marginal y rural cuando España necesitaba con urgencia obispos creativos y valientes. Tampoco los obispos se mostraron entusiastas. Sólo Pla i Deniel, arzobispo de Toledo, uno de los personajes más interesantes y menos conocidos de la época, le animará a seguir por ese camino.

Las Confesiones ofrecen otros muchos aspectos de interés relacionados tanto con la vida interna de la Iglesia de aquellos años como con las relaciones con el régimen de Franco y con las ideologías que en los años sesenta y setenta adquirían carta de ciudadanía.

Sorprendentemente no habla ni del Vaticano II ni del cónclave en el que salió elegido Juan Pablo II. Tarancón no tuvo un papel relevante en el aula conciliar, pero el espíritu conciliar fue decisivo en el proceso de transformación del catolicismo español. Es verdad que aparece en más de una ocasión el concilio como causa del nuevo talante, pero uno hubiera esperado un tratamiento más centrado en la recepcion del concilio por parte del pueblo y del clero español. No olvidemos que en el debate sobre la libertad religiosa estaba en juego la aceptación o no del significado profundo del concilio. Por otra parte, no cabe duda de que, desde el primer momento, el pontificado de Juan Pablo supuso el fracaso del planteamiento taranconiano o, al menos, el intento de cambiar el rumbo y las personas de la jerarquía eclesiástica española. Tarancón fue siempre y en todo fiel a Roma y seguramente ésta es la causa de su silencio, pero el carácter de unas confesiones-memorias se determina precisamente por expresar con sinceridad unos juicios y opiniones no mediatizados por la responsabilidad de un cargo ni por la limitación de la vida.

Sí habla y mucho de Pablo VI y de sus relaciones con España. No es posible historiar seriamente la larga transición española sin hablar del proyecto que Pablo VI tenía sobre la renovación de la Iglesia española. En muchas páginas, a menudo, entrañables, escritas siempre con cariño y admiración, con talante de cronista fiel, Tarancón va contándonos por qué es nombrado arzobispo de Madrid, sus entrevistas con el papa, la confianza en él depositada. «La Santa Sede estaba demostrando que yo era la persona de confianza para el momento histórico que estaba viviendo la Iglesia en España», dirá en una ocasion. Esta identificación de Tarancón con Pablo VI ha llevado a que los admiradores de este papa dirijan su simpatía al cardenal y a que los detractores de Pablo VI quisieran y quieran llevar al cardenal al paredón. Por primera vez conocemos en estas páginas la airada reacción de algunos obispos a unas palabras de Pablo VI sobre España que en 1969 provocaron en nuestro país tanto repulsa como admiración.

De estas confesiones se desprende con meridiana claridad lo que significa Roma en sus relaciones con las Iglesias nacionales y cómo éstas se encuentran fuertemente condicionadas por los talantes de los miembros de la Curia. Se comprende mejor, también, la marginación posterior de Tarancón, no sólo porque su esquema de Iglesia no correspondía del todo a la del nuevo pontificado que identificaba el papel de la Iglesia española al papel de resistencia ejercido en ese momento por la Iglesia polaca, sino también porque Tarancón conservó hasta el final su libertad para juzgar y extraer sus consecuencias.

El caso Añoveros no sólo acabó con el gaseoso «espíritu de febrero» de Carlos Arias antes de que se iniciase, sino que planteó con crudeza la profunda intolerancia del régimen para con la Iglesia entonces existente y, al mismo tiempo, los inconvenientes de la función tribunicia de la Iglesia en regímenes autocráticos, es decir, las dificultades inherentes a su tarea de sustituir o suplir los cauces democráticos inexistentes. En efecto, en las sacristías se fundaron sindicatos y partidos, la Acción Católica cumplió funciones políticas, los sacerdotes hablaron y defendieron lo que normalmente debieran haber hablado y defendido políticos y sindicalistas. Estuvo bien, pero, indudablemente, tuvo un coste importante para la Iglesia que todavía estamos pagando. En numerosas páginas de las Confesiones se da material para una reflexión fundamentada sobre este tema todavía no suficientemente estudiado. Se ha achacado, a menudo, a Tarancón, y a la Iglesia de su tiempo, haber sido más político que pastoral, más mundano que espiritual. Aparte de lo sorprendente que resulta que esta acusación provenga de ambientes que practicaron con entusiasmo el nacionalcatolicismo, tendremos que señalar que la situación hubiera sido bastante más grave si la Iglesia de esos años se hubiera inhibido de la problemática real del país.

Además, nos encontramos, una vez más, en un campo en el que resulta difícil señalar qué es estrictamente político y qué eclesial. Ya Mussolini y Hitler acusaron a la Acción Católica de hacer política cuando formaba socialmente a sus militantes. En nuestro caso, la homilía de Tarancón ante el nuevo rey el 27 de noviembre de 1975, ¿era un mitin político o una reflexión religiosa? Tarancón explica la génesis y las consecuencias de este acto. Para él, ciertamente, se trataba de una manifestación normal de su función episcopal. En cualquier caso, quien haya leído estas confesiones no se sorprende del tono de la homilía. La renuncia del rey Juan Carlos al privilegio de presentación de obispos, renuncia exigida como principio por el concilio, pedida por Pablo VI a Franco y rechazada por éste, y los acuerdos firmados en 1976 por el gobierno de Suárez con la Santa Sede, acuerdos que sustituyen el concordato de 1953, constituyen el fruto, la consecuencia, de una historia apasionante de cambio de mentalidad del pueblo español y, de manera especial, del clero y de los católicos en general. Cambio político, social, cultural y, sobre todo, de talante. En este cambio hay que señalar como una razón decisiva la aceptación de los principios y del espíritu del Vaticano II, y, también, la valiente, templada y flexible actitud y guía del cardenal Tarancón.

Las confesiones acaban en el verano de 1956, es decir, no tratan de los primeros años de la democracia, de la elaboración de la Constitución, de la ley sobre el divorcio, ni de la decisión de no apoyar ningún partido llamado cristiano ni de sus esfuerzos por conseguir una democracia estable, abierta, tolerante. Sin duda son temas para un segundo volumen, en el caso de que lo haya escrito. Pero quiero afirmar que ya este volumen tiene un interés enorme para historiadores y ciudadanos en general, porque ofrece las razones últimas, los entresijos escondidos, las motivaciones no siempre clarificadas, las reflexiones meditadas, de cuarenta años de historia eclesiástica que en esos momentos era también historia española.

01/04/1997

 
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