ARTÍCULO

Buscadores en el entresuelo

Menoscuatro, Palencia
186 pp. 15 €
 

El último relato de El perfume del cardamomo (2008) habla sobre el viaje hacia la Montaña del Alma, un lugar que no es exactamente simbólico ni físico, pero que es intensamente real. Esta montaña es el origen olvidado del hombre y el objeto de la única búsqueda que merece la pena. Por este motivo su significado se nos figura análogo al del Monasterio Perdido, otro destino de peregrinación espiritual que aparecía en El mundo en la era de Varick (1999). De la Montaña del Alma se dice en las últimas líneas de ese cuento que «se eleva al final del pensamiento». Se trata de una paráfrasis de «la palmera del final de la mente» de Wallace Stevens, una especie de imagen irradiante en torno a la cual gira y crece el mundo literario de Andrés Ibáñez. De hecho, en su penúltima novela, La sombra del pájaro lira (2003), Yldat, el ave a la que alude el título, es la transposición narrativa del pájaro dorado que, afirma Stevens, «canta en la palmera, sin significado humano, / sin humano sentimiento, una canción extranjera».
Esa misma imagen de la Montaña del Alma ocupa un lugar central en esta última novela de Ibáñez, donde desempeña un doble cometido. En primer lugar, es el objeto de una aventura espiritual en la que participa un grupo variopinto de buscadores, entre los que figura Esteban, el protagonista y narrador de estas memorias. En segundo lugar, da pie al relato de diversas peripecias en las que esa dispar cofradía (el Club de Buscadores de la Montaña) se enfrenta a diversas pruebas propuestas por el Maestro Sebastián, lo que proporciona al relato una sensación de devenir diacrónico y un esqueleto estructural. Se trata de un recurso eficaz con el que se evita que el discurso de Esteban desemboque en un magma amorfo al consignar la lenta monotonía de su vida cotidiana, su atonía emocional y su ensimismamiento nostálgico. Es decir, los rasgos que justifican el apodo de «hombre de madera» que él mismo se adjudica, pero que no es menos aplicable a la mayoría de las personas que lo rodean, si bien en un sentido más figurado que el que se descubre al final de la novela.
Las actividades del Club están encaminadas al desarrollo de la autoconsciencia y de la atención, puesto que aspiran a romper las rutinas mecánicas que convierten a las personas en máquinas, en autómatas que añoran vagamente algo que perdieron hace tiempo, y que no sabrían identificar. Los ejercicios sirven de preparación para la gran búsqueda, la que pondrá en contacto a sus miembros con el verdadero yo que está más allá de la mente. Ese yo que es un «otro que sigue caminando» –naturalmente– hacia la Montaña del Alma. Estas tareas, sin embargo, carecen de solemnidad y evitan cuidadosamente las abstracciones metafísicas, al menos en el momento de su planteamiento y ejecución. De hecho, su desarrollo da pie a algunos de los momentos más cómicos de la novela, como la «ascensión» al Cerro Garabitas o la expedición a El Corte Inglés con la intención de cometer latrocinios de medio pelo. La cotidianidad y la huida de la grandilocuencia son, en realidad, condiciones de la búsqueda, pues la Montaña del Alma es, como decíamos, un lugar real que hay que alcanzar con la meditación y la imaginación en la misma medida que con los mapas y la brújula.
Quizá sea un juicio arriesgado, pero Memorias de un hombre de madera tiene todo el aspecto de una obra concebida en un momento de transición. No se trata, por supuesto, de una transformación radical. En gran medida, muchas de las ideas expuestas por Esteban o por Sebastián en sus lecciones suscriben la visión de la realidad, del conocimiento, del arte y la naturaleza humana que aparecen en las anteriores novelas de Andrés Ibáñez. En esencia es el mismo discurso firme, incluso beligerante, que propone una alternativa al racionalismo occidental, al materialismo mecanicista, a la tiranía del tiempo y del deseo. Un camino alternativo que está vinculado a la imaginación, el poder taumatúrgico del arte, a la espiritualidad oriental y a otras tradiciones heterodoxas de Occidente. Sólo quien ha leído sin prejuicios las mejores páginas de Ibáñez (para mí, casi todas las de sus dos primeras novelas) sabe que su empeño es refractario a las sonrisitas y carraspeos con que los escépticos desestiman una propuesta apoyada en esos pilares, y que su complejo talento desactiva algunos prejuicios muy consolidados en nuestras letras. Entre ellos ese que concede la excelencia literaria, en régimen de excluyente monopolio, a las obras que sólo exponen el dolor y las limitaciones del hombre.
La fidelidad a estos principios no impide, sin embargo, ciertas novedades que permiten presumir ciertos desplazamientos futuros en la trayectoria del autor. El más evidente es el uso más atemperado de la imaginación fabuladora. No deja de ser paradójico que la obra ganadora de un premio de novela fantástica (el IV Premio Tristana) se mantenga durante la mayor parte de su andadura sujeta a los límites de una narración perfectamente realista, ambientada en un Madrid cotidiano en el que pululan unos personajes nada extraordinarios. Y más sorprendente resulta que el inesperado viraje hacia lo fantástico que se produce al final no altere esencialmente ese aspecto de cercanía y normalidad, sino que se integre en él con naturalidad y lo explique (uno lamenta no poder ser más claro, a riesgo de perpetrar un innecesario spoiler).
Estamos lejos de los mundos análogos y seres mágicos que protagonizaban La sombra del pájaro lira, lejos del planeta Ardis y de Demonia, de las sirenas plateadas que poblaban el Retiro en La música del mundo y de la presencia orbital de Varick. Resulta raro para el seguidor de Ibáñez no contar con su habitual poderío imaginativo, pero también es cierto que en su anterior novela esa misma facultad se había abismado en una exuberancia quizá excesiva. Como contrapartida a esta renuncia habría que subrayar la capacidad para alumbrar el páramo de la normalidad con una luz que unas veces descubre su frágil consistencia, y otras proyecta sombras de misterio y trascendencia. Así, el mismo taller de ebanista donde el protagonista, ese autómata confeso, ocupa su tiempo creando relojes de cuco; los interiores domésticos, que parecen burbujas de calor humano para Esteban, pero que son, asimismo, frágiles construcciones hechas para paliar la insatisfacción; y también los lugares donde tienen lugar las «prácticas» de los Buscadores, que abandonan su apariencia insustancial y se transfiguran para convertirse en espacios de conocimiento.
La otra novedad sustancial tiene que ver con el tratamiento de los personajes. Hasta el momento, los mundos de Ibáñez estaban habitados por seres tocados por la excepcionalidad, ya se tratara de la gatita Octaviana María o de un orondo bohemio de Manhattan. Son individuos que, por así decirlo, viven en el ático de la realidad, mientras que los de estas Memorias habitan en el entresuelo: atisban la existencia de un mundo alumbrado por el sol, pero sólo perciben de él una mínima parte, acaso la menos limpia y hermosa, pero lo suficientemente intensa como para intuir la posibilidad de la Montaña. Gracias a esta perspectiva, los personajes admiten la simpatía del lector, porque un lector es, necesariamente, un habitante del entresuelo que utiliza la literatura para aferrarse al nivel donde reina la luz. Los protagonistas de sus novelas anteriores podían suscitar la fascinación, pero rara vez la compasión o la identificación. En cambio, estos autómatas desorientados y desvalidos sitúan su mirada a la misma altura que la del lector. De esta circunstancia emana el tono melancólico de la novela, y explica también su ambigua dialéctica entre la esperanza y el fracaso en la empresa de romper la cárcel multiforme del yo. Precisamente por eso su mensaje no se diluye con el final de la fábula. Porque su insignificancia y su dolor nos resultan conocidos, también su capacidad para intuir la existencia de la Montaña adquiere su misma consistencia.

01/12/2009

 
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