ARTÍCULO

Memorias de un tiempo sin secretos

Aguilar, Madrid
445 págs. .365 ptas. 20,22
Taurus, Madrid
656 págs. 3.700 ptas. 22,23
Aguilar, Madrid
390 págs. 2.788 ptas. 16,76
 

En su libro Memoria viva de la transición, Leopoldo Calvo Sotelo hizo un pormenorizado relato de las especiales circunstancias que rodearon su toma de posesión como presidente del gobierno, días después del golpe de Estado del 23-F, con el presidente dimisionario de vacaciones y una sensación general de interinidad democrática. Al finalizar su recorrido por las dependencias de la Moncloa, en su calidad de nuevo inquilino del palacio, uno de sus ayudantes le dio con cierta ceremonia la llave de la caja fuerte discretamente instalada tras el sillón presidencial. Como para su apertura era precisa no sólo la llave, sino también una combinación secreta que nadie conocía, tras varios intentos fallidos de abrir la caja, Calvo Sotelo se vio en la necesidad de acudir al ministro del Interior, Juan José Rosón, que inmediatamente le envió a la Moncloa un especialista del Ministerio. En apenas unos minutos, el experto funcionario consiguió abrir la caja fuerte del presidente del gobierno, en medio de una expectación que las dificultades de la empresa habían ido acrecentando. Cuenta Calvo Sotelo que al ver que en su interior había sólo un papel, cuidadosamente doblado, creyó estar ante el gran secreto de la transición española que, incluso a él, que había sido ministro de varios gobiernos, se le había vedado hasta entonces. Nada de eso: el papelito no contenía otra cosa que la combinación de la caja fuerte. La moraleja que de esta anécdota extrajo su protagonista es que en la política contemporánea no hay secretos de Estado. Y si los hay, podríamos añadir, no se guardan en una caja fuerte.

¿Son las memorias políticas las depositarias de las pequeñas revelaciones que forman parte de la cara oculta de nuestra historia reciente? La respuesta a esta pregunta no puede tener un sentido unívoco, porque si, por una parte, resulta descartable que encontremos en unas memorias una confidencia que cambie de forma significativa nuestro conocimiento de los hechos relatados, no es menos cierto que estas obras y, en ocasiones, los testimonios orales de los protagonistas constituyen una de las fuentes fundamentales de los historiadores del tiempo presente. Se trata, por lo demás, de un género con una tipología sumamente diversa, hecha la salvedad del propósito autojustificativo que es la razón de ser de toda la literatura memorialística. Esa diversidad salta a la vista en la comparación entre las memorias de Joaquín Almunia, Jordi Solé Tura y Raúl Morodo, tres obras cuyas notables diferencias empiezan en la distancia generacional que separa a sus protagonistas y se van agrandando por los distintos caminos políticos e intelectuales transitados por ellos. Añádanse las evidentes diferencias en la extensión y el estilo –prolijo y exuberante en Raúl Morodo, emotivo y cálido en Solé Tura y radicalmente plano en Almunia– y llegaremos a la conclusión de que la única coincidencia apreciable radica en la militancia antifranquista de los tres autores, que aportan una visión de la historia reciente de España desde diversos registros de la izquierda. No es poca coincidencia, pese a todo, porque la mayor parte de las memorias publicadas hasta ahora sobre el tardofranquismo, la transición y la democracia se deben a políticos de derechas, como Alfonso Osorio, Martín Villa, Areilza, Fraga, Herrero de Miñón o Calvo Sotelo.

Una historia optimista puede parecer una forma extraña de titular unas memorias que versan principalmente sobre la vida en la clandestinidad, el exilio y la cárcel de muchos militantes comunistas, entre ellos el autor y protagonista de esta obra, el ex dirigente y ex diputado comunista, ex ministro de Cultura y padre de la Constitución española Jordi Solé Tura. En su libro, que, como el de Raúl Morodo, se nos presenta como una primera entrega de sus memorias, el autor recorre el largo camino que lleva de la guerra civil hasta el principio de la transición, y que en la biografía de Solé Tura tiene una encrucijada decisiva en 1956, a mitad del recorrido, con su ingreso en las filas del comunismo catalán. El optimismo ante la adversidad y la conciencia de que la historia que aquí se cuenta acaba medianamente bien justifican un título paradójico como éste, que recuerda un poco, lo mismo que el espíritu vitalista del autor, la célebre película La vida es bella. También aquí, la emoción y el lirismo consiguen superar a veces la amargura y la desesperanza por la falta de libertad y los riesgos de la vida clandestina, sin que falten tampoco escenas tragicómicas dignas de la película interpretada por Roberto Benigni, como la huelga del membrillo protagonizada por el autor y sus compañeros de infortunio en la cárcel Modelo de Barcelona o los estrafalarios partidos de fútbol que los presos políticos jugaban ante unos funcionarios atentos a cualquier expresión malsonante que pudiera escaparse en el fragor del juego.

Cuando concluyen estas páginas (verano de 1977), Jordi Solé Tura vive sus primeras semanas como miembro de un partido legal tras largos años de persecución, y se encuentra, casi de la noche a la mañana, convertido en diputado a Cortes y miembro de la ponencia que debe redactar la futura Constitución española. Una historia optimista tiene, pues, un final feliz. Pero el hecho de que el triunfo de la democracia coincida con lo que, a la postre, sería el principio del fin del comunismo español obliga a plantear una posible relación causa/efecto entre las dos circunstancias. El propio autor lo insinúa cuando reflexiona sobre los pobres resultados electorales obtenidos por los comunistas en 1977, aunque el lector tendrá que esperar a la segunda entrega de estas memorias para tener la respuesta a uno de los enigmas que, a falta de grandes secretos de Estado, nos dejó la transición española: si el comunismo español tuvo que perecer para que triunfara la democracia. En todo caso, aun admitiendo lo que la transición tuvo de inmolación de algunos ideales, el testimonio optimista de Solé Tura parece el mejor desmentido a aquellas palabras de Jaime Gil de Biedma tantas veces recordadas: «De todas las historias de la Historia, la más triste es sin duda la de España, porque termina mal».

Por su largo trato con la política, ya sea en la oposición o en el poder, Joaquín Almunia cumple, sin duda, uno de los requisitos exigibles al político que pretende escribir sus memorias, como es una dilatada experiencia que le convierta en testigo y protagonista de un período crucial de la historia. En Joaquín Almunia concurren también otras dos circunstancias que hacían de él, a pesar de su relativa juventud, un potencial autor de un libro como éste: la situación de ocio forzoso en que quedó tras su dimisión como secretario general del PSOE y la necesidad de explicar su estrepitosa derrota en las últimas elecciones generales, pues ya se ha dicho que en la pulsión catártica y autojustificativa está el origen mismo del género memorialístico. Se diría, incluso, que todo el libro está orientado hacia la justificación del descalabro electoral de marzo de 2000, lo que convierte estas Memorias políticas en la crónica de una derrota anunciada. En esa explicación teleológica de su malhadada aventura como candidato presidencial podemos encontrar algún destello que ayuda a iluminar nuestro conocimiento de la etapa de gobierno socialista. La idea que predomina a lo largo del libro es que la derrota del PSOE en las últimas elecciones fue la culminación de una crisis que empezó a gestarse mucho antes, en plena hegemonía socialista, por las profundas divisiones internas del partido, por el agotamiento del proyecto de cambio que le dio el triunfo al PSOE en 1982 y por su creciente dependencia de la figura de Felipe González, que acabó siendo, como él mismo dijo, el problema y la solución –solución temporal y engañosa– de la crisis del socialismo español. El hecho de que las elecciones de 1996 se saldaran con un resultado mucho mejor de lo previsto no hizo más que alargar y agravar un proceso de descomposición que tocó fondo cuatro años después, con Joaquín Almunia como gestor impotente de una crisis terminal que se lo llevó todo por delante, incluida la carrera política del autor de estas Memorias.

En ese viaje en el tiempo hacia un final que todos conocemos, destaca, por encima de todo, la pugna que, en el interior del socialismo español, mantuvieron durante largos años los llamados guerristas y sus adversarios dentro del partido. Los detalles que recoge Joaquín Almunia en sus memorias –por ejemplo, una supuesta conversación, verdaderamente chusca, entre Alfonso Guerra y Rodríguez de la Borbolla en la pág. 300– están en línea con el testimonio ofrecido en su día por Jorge Semprún sobre el fervor religioso que el vicepresidente despertaba entre sus incondicionales. Más allá de lo puramente anecdótico, del libro de Almunia queda la impresión de que el conflicto entre el guerrismo y sus detractores se remonta ya a los años setenta, antes de la llegada del PSOE al poder y mucho antes de que la opinión pública empezara a prestar atención a este asunto. El otro grave desgarro sufrido por los socialistas en aquellos años fue el enfrentamiento con la UGT, del que Joaquín Almunia, por su larga trayectoria sindical y su etapa como ministro de Trabajo, puede hablar con pleno conocimiento de causa, aunque en este tema tampoco hay mucho margen para la sorpresa.

La última consideración que sugiere este libro es sobre la crueldad de la vida política, despiadada en su exigencia de plena dedicación a costa de la vida familiar y profesional e inflexible en el cumplimiento de sus ciclos, a veces caprichosos. Si es cierto que la política sabe ser irresistible con su promesa de influencia, poder y reconocimiento, no lo es menos que la llamada erótica del poder tiene también su climaterio, y que éste se presenta a menudo de forma inopinada e implacable, como demuestra la extensa nómina de políticos españoles que han tenido que aceptar una jubilación anticipada.

No es ese el caso de Raúl Morodo, instalado desde hace tiempo en una especie de celibato político elegido por él. En sus memorias, que se cierran, en este primer volumen, con el estado de excepción de 1969, aparece no sólo el conspirador antifranquista, sino también el intelectual y el profesor cuya vida giró en torno a la personalidad, un tanto excéntrica, de su mentor, Enrique Tierno Galván. La relación entre ambos fue tan estrecha, que casi es inevitable ver en este Atando cabos una réplica respetuosa a aquel libro autobiográfico del viejo profesor titulado Cabos sueltos. La temprana incorporación de Morodo, de la mano de Enrique Tierno, a la resistencia civil antifranquista marcará su trayectoria desde sus tiempos de estudiante hasta los años de la transición democrática, cuando los caminos de los dos personajes se bifurquen definitivamente.

Como el libro de Solé Tura, Atando cabos es una autobiografía en el sentido fuerte del término, que incluye antecedentes familiares, una bella estampa de la ciudad de Ferrol, donde nació el autor en 1935, la evocación del sombrío ambiente de la posguerra, el repaso a sus años mozos y el descubrimiento de la vida universitaria, para pasar a partir de aquí, en torno a 1956 –año crucial de ruptura generacional y crisis política en la España franquista–, al comienzo de sus actividades opositoras en el campo de un socialismo europeísta y liberal. A estas últimas y a sus peripecias académicas de los años sesenta se dedica el resto de esta obra verdaderamente singular por sus dimensiones y su estilo torrencial y prolijo. Baste decir que el sumario del primer tomo ocupa catorce páginas y que el índice onomástico registra unos 2.500 nombres, que constituyen algo así como la guía telefónica de la oposición moderada al franquismo –desde el llamado falangismo liberal hasta diversas modalidades de socialismo, pasando por el juanismo y la democracia cristiana– y de algunos círculos del exilio republicano en Estados Unidos e Hispanoamérica. Junto a esta completísima prosopografía del antifranquismo templado, ilustrada con semblanzas personales muy logradas, hay otro aspecto de la obra que debe merecer especial atención de los lectores, y es la minuciosa disección que hace Raúl Morodo de la transversalidad, como la llamaríamos hoy, que marcó durante la segunda mitad del franquismo las relaciones entre ciertos sectores del poder y ciertos sectores de la oposición. Es un fenómeno complejo y fascinante, que atañe a la existencia de una red de intereses comunes, tejida en torno a inquietudes intelectuales compartidas –la devoción por Ortega y Gasset o Carl Schmitt, por ejemplo– o al intercambio de apoyos en tribunales de oposición, que permitió a la izquierda ir ocupando pequeñas parcelas de poder en algunas instituciones, como la Universidad y el Instituto de Estudios Políticos. El título de uno de los epígrafes del libro –«Siente Vd. un rojo en su cátedra»– expresa con mucha gracia el carácter marginal y un poco paternalista que tuvo inicialmente este fenómeno, que habría de cobrar toda su importancia en los años del desarrollismo, ampliado a otras áreas de la administración, sobre todo económica. Es este un aspecto clave de la posterior transición democrática que se entiende mucho mejor leyendo el libro de Raúl Morodo. En él, y, en menor medida, en las memorias de Solé Tura y Almunia, se puede comprobar hasta qué punto los cuadros intelectuales y administrativos del régimen se habían ido renovando con personal altamente cualificado próximo a la oposición democrática, que pudo contar de esta forma, cuando llegó su hora, con unas élites entrenadas durante años en el manejo de los resortes de la administración y en el ejercicio del poder (y tal vez, pensarán algunos, contaminadas por él).

Atando cabos aporta, finalmente, algunas valiosas enseñanzas sobre el género autobiográfico. La primera, que para escribir unas buenas memorias políticas no hace falta haber sido presidente del gobierno, ni siquiera ministro de Marina, como dijo el otro, sino, por encima de todo, saber contar una vida y entrelazarla con una experiencia colectiva. La segunda, que la actividad conspirativa y la clandestinidad resultan, posiblemente, más provechosas a la hora de escribir unas memorias que las vivencias que se derivan del ejercicio del poder en democracia. Habrá que ver, por ejemplo, si el Raúl Morodo que fue embajador de España –o el Solé Tura que fue ministro– tiene tantas cosas que contar como el oscuro y sufrido militante antifranquista. Queda, por último, la sensación de que el interés de una obra como las reseñadas no depende de la capacidad de revelación del autor, limitada, como se dijo al principio, por la ausencia de secretos que revelar, sino de su capacidad de evocación de una época y unas circunstancias históricas, un don que está reservado a los mejores memorialistas y que constituye tal vez el más preciado, aunque también el más frágil, material de la historia reciente.

01/11/2001

 
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