ARTÍCULO

Memorias de intelectuales

 

Casi no es necesario recordar que la civilización posmoderna en que vivimos ha producido una nueva revolución individualista en que la persona concreta, en sus avatares y circunstancias, reviste un interés extraordinario de cara al público lector. No se trata de presentar un modelo ideal de comportamiento ni de pretender narrar lo absolutamente original, pero sí de ser capaz de ofrecer otra vertiente distinta de lo que es una vida normal, sujeta a patrones establecidos e indistinguible de millones de muchas otras. En este sentido resultan coincidentes el género memorialístico y la biografía para el gusto del público lector actual.

En España ambos han sido relativamente infrecuentes de acuerdo con una interpretación que se remonta nada menos que a Ortega, como si una especie de insano pudor velara cualquier mirada retrospectiva de cara al pasado. En ello resultaban coincidentes los políticos y los hombres de la cultura. Para los primeros, las memorias resultaban ante todo libelos –es decir, escritos de combate– destinados a defender la propia gestión o a vilipendiar la ajena. Muchos ––en especial los que se consideran más prudentes o menos deseosos de adquirir nuevos adversarios– se han ido negando a escribir sus experiencias o las han remitido a un momento futuro en el que finalmente no están en condiciones de redactarlas o carecen de interés para la mayor parte del público lector. Esta tradición prosigue hasta el momento actual y viene agravada por el hecho de que el género biográfico ha tenido hasta tiempos recientes un prestigio reducido, e incluso ha sido considerado como perteneciente al simple anecdotario superficial. Las biografías de personajes políticos recientes han quedado en manos de periodistas que ejercen de hagiógrafos y lo hacen con superficialidad. El género de la biografía «autorizada», con la colaboración del personaje retratado y un cierto nivel, ni siquiera ha sido intentado en serio, quizá por culpa a la vez de la incapacidad de los posibles redactores y de quienes fueran protagonistas de la vida pública. Menos aún ese tipo de memorias autocríticas con dosis de humor y autocompasión en que los políticos británicos consiguen en ocasiones verdaderas obras de arte. Muy a menudo en España escriben memorias los políticos que tienen poco interés y dejan de hacerlo quienes han desempeñado un papel verdaderamente esencial.

Desde los ochenta a las demasiado escasas memorias de los políticos se han sumado las de los intelectuales. Ésa fue una buena noticia y un cambio de rumbo importante no ya en la literatura, sino en la propia cultura española. Además es, en principio, cierto que la vida de un intelectual tiene más interés –porque ha vivido más experiencias y mucho más variadas– que las de un político. No se trata ahora de presentar una especie de elenco de ese nuevo género memorialístico, pero sí deberían citarse algunos casos. Las de Julián Marías son excelentes, no sólo por las experiencias vividas, sino también por la descripción de las circunstancias colectivas; algo parecido puede decirse de las de Francisco Ayala. De las de Fernando FernánGómez se desprende un perfil humano muy entrañable, lejano a la aparente hosquedad de que hace a menudo gala. Tanto estas últimas como las de Adolfo Marsillach se refieren a una vertiente del mundo cultural español que queda muy convenientemente retratado, en el segundo caso con alguna considerable dosis de buen humor. Por cierto que estas últimas obtuvieron el Premio Comillas, que parece haberse especializado en este tipo de libros.

Aun así da la sensación de que los personajes de la cultura no han llegado a ser verdaderamente conscientes de las exigencias del género autobiográfico. En realidad, el pudor de otro tiempo permanece en la incapacidad para alejarse de la vida propia y verla con otros ojos o con un poco de ironía. Ésas –creo– son las cualidades que convierten en excelente un libro de memorias escrito por persona perteneciente al mundo de la cultura (y que son casi inencontrables en los políticos). De las memorias citadas, las de Marías a partir del primer volumen se pierden en la narración de viajes académicos de relativa trascendencia, o las de Marsillach se remiten a controversias personales de no tan grande enjundia. Por supuesto, desempeña también un papel de la máxima importancia la peculiaridad y la trascendencia de lo vivido: en este sentido, por ejemplo, el paso por el comunismo, como testimonian las memorias de Arthur Koestler, reviste un interés excepcional.

Acerquémonos algo más a las publicaciones recientes para tratar de precisar la calidad de las publicaciones del género. Creo que las de Nieva y las de Savater, entre las de mayor éxito, revelan hasta cierto punto las limitaciones del género en su habitual expresión actual. Las de Nieva resultan tan barrocas como su escenografía, diluviales en lo que respecta a sus prácticas sexuales (en realidad, como siempre suele suceder, tediosas) y muy megalómanas, de modo que quien quisiera reconstruir la vida cultural de una época a través de ellas encontraría tan sólo pistas semiocultas. Las de Savater, divertidas y nada endiosadas, pecan de eludir el enfrentamiento con su propia obra como ensayista y de un cierto enfoque demasiado anclado en sus posiciones actuales sin poner en revisión las de antaño. Pero ambas retratan a sendos personajes y muestran el espíritu de dos tiempos sucesivos de nuestra vida colectiva.

De entre las memorias pertenecientes al mundo de la cultura publicadas más recientemente se pueden elegir dos de personajes situados en las antípodas. Son excelentes las de Eugenio Trías por la capacidad de desdoblamiento entre la personalidad del narrador y la vida que describe. Falta, sin embargo, ese supremo ejercicio de la inteligencia que consiste en no tomarse muy en serio a sí mismo o criticar la propia producción intelectual.

Trías no tiene el menor inconveniente en rememorar la pertenencia de su familia a un mundo franquista y nacionalcatólico; como en el caso de Savater, le ofreció una salida hacia otras posibilidades vitales la música y, sobre todo, la lectura. No muy buen estudiante, vivió dos experiencias totalitarias sucesivas. El Opus Dei fue, para él, en comparación con el ambiente vivido, un motivo de atracción por su aparente modernidad, la primacía concedida a lo profesional y el olvido de la obsesión por la sexualidad de otros sectores clericales. Pero, al mismo tiempo, sintió la sensación de una opresora invasión de la intimidad y acabó por ver aspectos mucho menos dignos de ser calificados como modernizadores en la citada asociación. La experiencia vivida, asegura, le vacunó contra otra especie de entrega generosa a otra causa. Llama la atención, en efecto, que Trías da la sensación de conceder mayor trascendencia a su paso por el Opus Dei (incluso en la influencia intelectual sentida respecto de un curioso personaje llamado Leonardo Polo) que a la posterior pertenencia al Partido Comunista. Sólo aparece la ironía con respecto a él. Era «el Opus a la enésima potencia» y Trías asegura haber padecido «reuniones soporíferas» menos frecuentes en la asociación católica.

En lo que el libro de Trías resulta impagable es en la descripción, entre nostálgica y crítica, del mundo de la gauche divine barcelonesa a finales de los años sesenta. En ese mundo no se aceptaban las reglas del mundo académico, abundaban las transgresiones en lo que respecta a las prácticas sexuales convencionales y aparecían todo tipo de novedades al margen del mundo oficial de la cultura (pero también del compromiso entendido al modo de la izquierda tradicional). En ese mundo, y como una derivación muy característica de él, fueron surgiendo los sucesivos libros de Trías, de impacto y muy grande y sin duda hitos importantes en la evolución de la cultura española. Resulta, no obstante, un tanto deprimente que Trías parezca incapaz de revisarlos evitando un lenguaje en exceso pomposo y desde la óptica del tiempo transcurrido.

No son frecuentes sino más bien rarísimas las memorias de los artistas plásticos españoles en quienes, no obstante, la expresión literaria resulta menos infrecuente de lo que se cree. Aunque no fuera nada más que por eso habría que dar la bienvenida al libro escrito por Cristóbal Toral. Lo que llama la atención en su personalidad es sin duda la impresión de vitalidad y de voluntad de reafirmación o de triunfo que se desprende de la relación con él y que sus memorias confirman. Otros rasgos indudables, relacionados con lo ya indicado, radican en la infinita capacidad de trabajo y en unas calidades plásticas cuya gama es muy variada, desde el ambiente sobrecogedor de sus interiores hasta la calidad táctil de sus bodegones. Su reciente exposición en Juan Gris lo testimonia.

La trayectoria biográfica infantil y juvenil del pintor aparece recogida en los dos tercios iniciales de su libro. Maravilla de verdad la fuerza de voluntad que testimonia tras una experiencia inicial casi cavernícola para cumplir con una vocación artística. Pero las memorias de Toral tienen el inconveniente de que conceden demasiado espacio a estos años iniciales en los que tan sólo queda testimoniado el triunfo de una vocación con anécdotas de no demasiada trascendencia. Respecto de la época posterior hubiera sido mejor que Toral hubiera optado por explicar su propia obra y las inquietudes que la alimentaron. Algo de ello se deduce de la lectura de su libro, pero la voluntad autoafirmativa del pintor se traslada a polémicas con El Paso o con Antonio López que realmente no vienen a cuento y en que, de cualquier modo, es imposible seguirle. Pero esa misma actitud describe un carácter y una personalidad.

01/08/2003

 
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