ARTÍCULO

El pintor sin patria

Taurus, Madrid
328 pp. 20 €
Museo de Bellas Artes de Bilbao y Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Bilbao y Madrid
180 pp. 38 €
 

Eduardo Arroyo es un enfant terrible de las tradiciones. La paradoja de calificarlo así podría estirarse más, llamándolo, por ejemplo, cultivado voyou que hace el gamberro con exquisito celo artístico. Su magnífica obra pictórica es una sucesión variada de actos de engolfamiento irónico de un cuadro, una figura, un concepto o unas formas preexistentes, y en los libros que ha escrito no ha sido nunca menos irreverente, a la vez que ocurrente, tanto en los de agitación, como su temprano Trente cinq ans après (1974), los más ensayísticos (El Trío Calaveras, 2003), biográficos (Panama Al Brown 1902-1951, 1982) o de ficción (su pieza teatral Bantam).
La primera tradición a la que este desfachatado artista se acoge es inevitable, y no sé si «acoger» es el verbo adecuado en su caso; quizá sería más justo «pertenecer». Lo cierto es que un pintor que escribe, y que escribe bien, es una noticia llamativa, de portada, en la historia del arte, constituyendo sus practicantes de verdadero genio, Miguel Ángel, Delacroix, Wyndham Lewis, Dalí, una reducida liga de honor en la que bien podremos situar a Arroyo. Por supuesto, hay más nombres distinguidos (Turner, Fromentin, Almada Negreiros, Jorge Oteiza o Picasso me vienen ahora a la mente), pero se trata de artistas plásticos que hacían una escritura de domingo, del mismo mo¬do que no podemos poner en el mismo registro a aquellos poetas –como William Blake o Dante Gabriel Rossetti– que pintaban en lienzo extensiones coloreadas de la obsesiva mitología de sus versos.
Minuta de un testamento se presenta, sin serlo, como unas memorias, aunque eso no es lo más sorprendente del libro; podría ser, incluso, conociendo a nuestro hombre, una boutade del género que los ingleses llaman window dressing. Arroyo anuncia desde la primera página haberse inspirado en la obra de igual título publicada en 1876 por el político krausista Gumersindo de Azcárate (ahora lejano pariente suyo por vía sentimental), y que, a modo de ritornello, cansino a fuerza de retornar, el autor va citando y glosando intermitentemente hasta el final de su propia Minuta. Con todos los respetos para el prohombre decimonónico, pocas de las citas de don Gumersindo tienen relieve o chispa, al contrario que la mayoría de los excursos malévolos, eruditos y evocativos que Arroyo emprende cuando se libra del pie forzado de Azcárate.
La parte memorialística, que existe, aunque no con la abundancia de detalle que uno querría conociendo el caudal recordatorio y la gracia narrativa del pintor madrileño, repasa los años de su infancia y adolescencia, su huida a Francia («Yo no fui un exiliado económico: me fui porque me aburría»), sus agitados años parisenses, sus viajes, sus casas y su retorno a España, todo ello animado por una galería de retratos en la que se mezclan padres, amigos persistentes, alguna persona amada, varias odiadas, y pequeñas viñetas anecdóticas, como las dedicadas al cineasta Antonioni, para quien hizo de comparsa en la escena de la larga fiesta de La notte, y al torero, poeta, donjuán profesional y actor ocasional Mario Cabré, del que reproduce con encomio exagerado un curioso poema a Walt Disney. De Jacinto Benavente, que me tomo más en serio como escritor que la mayoría de mis coetáneos, echo en falta, en los pasajes que lo evocan cálidamente como amigo íntimo de Juan González Arroyo, padre del pintor, un poco más de pesquisa, sobre todo en lo referente a ese epistolario desaparecido. ¿Ha leído realmente bien Arroyo a Benavente? ¿Conoce, por ejemplo, El rival de su mujer, su obra más conspicua y atrevida, escrita en 1933 y nunca estrenada en España, y que para el inolvidable Emilio Sanz de Soto, que me la descubrió, constituía el nacimiento de la comedia gay contemporánea?
El talento de Arroyo para la invectiva traspasa, como tiene que ser en estos talentos, la parcela de los gustos privados. Así, no compartiendo su desprecio por los artistas británicos Gilbert & George, me reí como un poseso leyendo lo que escribe de ellos: artistas «de un solo cuadro, de una sola cristalera», semejantes a «esas dos tías que tenemos todos y que, ya viejas, no se deciden a separarse después de haberse soportado años y años en una soledad impensable». Tampoco le gusta Turner, y allá él, aunque quizá no le falte razón diciendo que es un «pintor exclusivamente para ingleses»; antes de vivir en Gran Bretaña y sufrir más de ocho años en mi mediterránea carne los estragos de la ventisca y la humedad, la pintura marítima de Turner me resultaba árida. Hay más dardos, mojados en variables dosis de veneno, en su reciente Los bigotes de La Gioconda, un ensayo sobre la copia, el pastiche y otros modos de expropiación del genio ajeno. Es este un libro algo desmadejado, como si fuese el fruto (ignoro si lo es, y en ninguna parte se aclara) de una serie de conferencias ilustradas con filminas, pero está muy bien editado e ilustrado, y como Arroyo es un hombre sabio y facétieux, sus páginas nunca decepcionan. Cuenta en él minuciosamente su curioso rifirrafe, por persona interpuesta, con Joan Miró, que se molestó por la Masía revisited que el madrileño pintó en 1967, y no se corta en reiterar lo que ya le hemos leído o quizá sólo oído antes: su desgana, más que desprecio, respecto a Duchamp, que en cierto momento provocó el enfado de Octavio Paz. Resulta, por otro lado, muy elocuente su defensa del antivanguardismo de Francis Picabia, un artista que hace «coexistir lenguajes brutalmente contradictorios» y cuyo aparente «pompierismo» le parece «una vacuna eficaz para no caer jamás en la satisfacción duchampiana, esa noble y estreñida manera de estar en el arte». Y cuando Arroyo escribe que Picabia «pintó lo que le dio la gana sin preocuparse por saber si el cuadro era fallido o no, si era feo o no, si era admisible o no», uno, que admira a ambos, piensa que la frase sirve para los dos.
No quiero, sin embargo, propalar la impresión de que Arroyo es un hombre esencialmente ácido. Los dos libros reseñados tienen también sus remansos de loa y beatitud. Ha sido para mi un descubrimiento en Los bigotes de La Gioconda la cálida ponderación del maldito Alberto Greco, que sólo conocía de oídas, y muy grato leer en Minuta de un testamento los perfiles, incluso cuando no pasan de ser una instantánea en fotomatón, de Gilles Aillaud, de Klaus Michael Grüber y de ese personaje tan sugestivo del «buen poeta» y «excelente estalinista» Pierre Golendorf; las páginas que le dedica (300-304) constituyen en su intensa brevedad lo más cercano en Arroyo a una novela-río.
Una impresión final sobre la españolidad. Pese a ser tan viajado y tan ardientemente antipatriota, hay que ver lo español que es Eduardo Arroyo. La coña taurina, tan recurrente en su obra, no pasa de ser un indicio atávico, y de su amor al otro gran espectáculo de arte bruto, el boxeo (espléndidamente recogido e ilustrado en el catálogo del MuVIM), tampoco hay que extraer conclusiones raciales. Lo más delator, para mí, es ese dolorido je-m’en-foutisme suyo, esa cosa tan española de no querer saber nada de la tierra que nos vio nacer y, al mismo tiempo, rabiar si ella se queda sorda a nuestros lamentos. Arroyo ha hecho un testamento previo y distinto al del libro, por el que ante notario se compromete a dejar, sólo en circunstancias post mórtem, su legado pictórico al pueblo de Robles de Laciana –en la zona montañosa de León fronteriza con Asturias–, donde tiene ahora su estudio y refugio preferido y estaría esa fundación, llamada casi esotéricamente Justino de Azcárate-Eduardo Rodríguez.
Si es que la deja al fin. A la vista de los últimos acontecimientos políticos de la doliente España, es probable, escribe el autor de Minuta de un testamento, «que modifique sustancialmente estas disposiciones», pues «No dejar nada al Estado me parece uno de los actos más nobles que una persona dotada del uso de razón puede acometer». Y, en una demostración de su fidelidad al espíritu –tan críticamente corrosivo como íntimamente vanidoso– que alienta la tradición de nuestros más esclarecidos despatriados contemporáneos (Blanco White, Cernuda, Juan Goytisolo), añade Arroyo: «¿Cómo se puede abandonar nuestras pasiones en manos de burócratas sin rostro o de funcionarios analfabetos que en el instante mismo de la donación abandonarán nuestras cajas y paquetes en sótanos polvorientos e insalubres?».

01/03/2010

 
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