ARTÍCULO

El tiempo no recobrado

Taller de Mario Muchnik, Madrid
Traducción de Francisco Castaño
500 págs. 3.650 ptas.
 

La literatura francesa, por lo menos desde el siglo XVI , está llena de modelos de escritores políticos: escritores que reflexionaron sobre la política, que se dejaron tentar algunas veces por ella y que casi siempre terminaron desengañados. La lista es larga, desde Montaigne, desde Jean-Jacques Rousseau y Montesquieu, desde Stendhal y Victor Hugo, y es reveladora de una forma y hasta de un estilo de pensamiento. Los modelos más cercanos, que actuaron a través de la lectura y también por presencia en la formación de Régis Debray, en lo que él llama su «educación política», son conocidos nuestros grandes personajes de este siglo, para bien y para mal: André Malraux, Jean-Paul Sartre, Louis Aragon, entre algunos otros. Incluso, a su manera, más a la distancia, pero con lucidez superior a la de casi todos, André Gide.

Este libro es una memoria y un balance. Es la memoria de una época, de un momento de pasión y de ilusiones políticas, tiempo desaparecido y no recobrado. No recuperado y no recuperable casi por definición. Y es un intento de balance: un esfuerzo por encontrar un sentido, algo que rescatar, en la dispersión, el hormigueo, el absurdo de los sucesos pasados. La educación política del subtítulo parece haber sido, en definitiva, una educación para salir de la política. En el mejor de los casos, un largo camino hasta encontrar un punto de equilibrio, un compromiso sensato, una base de acción o de comprensión mínima, pero sólida. En los años sesenta, explica Debray, las palabras «democracia» o «derechos humanos» tenían un eco débil. Ahora han pasado al primer plano y han provocado el desprestigio de otras que entonces estaban en el centro de todo discurso. «Imperialismo», «dictadura del proletariado», para citar un par de ejemplos.

El lenguaje de Alabados sean nuestros señores es preciosista, de un recargo que casi podríamos llamar barroco. A veces no sé si viene de Góngora o de Lezama Lima, de un gusto hispanizante particular, o de la constante afición de los pensadores franceses de las últimas décadas al juego de palabras, al retruécano, a las referencias múltiples, cruzadas, aptas para iniciados. Hay un indudable ingenio y un notorio exceso. El Debray de este libro me recuerda por momentos una frase de un intelectual chileno de mediados del siglo XIX , afrancesado ilustre, por lo demás, José Victorino Lastarria: «Tengo talento y lo luzco». Creo que el talento de Debray sería más efectivo, más incisivo, si no se preocupara de lucirlo para una galería imaginaria. Quizás malgasta su talento por exceso de lucimiento. Debería imitar a Stendhal, que se dedicaba a leer el Código Civil para conseguir la depuración del estilo. O recurrir a Descartes. Confieso, sin embargo, que su escritura, después de frecuentarla un rato, revela un ritmo interno y consigue una cualidad envolvente. Parece destinada, siempre, a un público minoritario, cautivo, que ha pasado por experiencias, en algún aspecto, similares. Es una escritura que exige en el lector algo que podríamos llamar una cultura de la izquierda: un elemento que permanece después de haber perdido la fe y la eventual militancia y de haber olvidado casi todo el resto. Probablemente un pedazo de biografía, cierto tipo de universidad y de juventud.

La experiencia es larga, dura en más de alguna etapa, y, como toda experiencia real, contradictoria. Tenemos que agradecer que Debray no pretenda dramatizarla más de lo necesario. Percibo en esto una afinidad y una posible influencia directa de Malraux, quien cuenta en sus Antimemorias sus días de prisionero de los alemanes cuando se hallaba en la Resistencia, y por lo tanto al filo del pelotón de fusilamiento, en páginas frías. Debray no hace demasiado caudal de su etapa en una cárcel boliviana, de los interrogatorios a los que fue sometido, de un simulacro de ejecución. Le deja al lector la tarea de entender. Los excesos del estilo coexisten con una curiosa forma de understatement y quizás son redimidos por esto.

Los retratos de Fidel Castro y del Che Guevara, de primera mano, productos de la observación directa, de la admiración juvenil, embobada, pero corregida por una reflexión lúcida, son notables. Debray confirma mi impresión antigua de que Fidel Castro es el Sancho Panza de una aventura de naturaleza quijotesca: el gobernador de la Ínsula Barataria, menos sensato y menos modesto, claro está, que Sancho, para desgracia de la isla que le tocó en suerte y de algunos de los países hasta donde llevó su influencia. Es un hombre de caprichos, de entusiasmos transitorios, de «privas», como se decía en el Chile de mi juventud. Sus amistades intensas, equivalentes a descubrimientos personales, suelen terminar en desdenes, en olvidos, más que en enemistades. También se encapricha con ideas, con soluciones en apariencia brillantes. El plan de una zafra gigante, de diez millones de toneladas de azúcar, a comienzos de la década de los setenta, fue uno de aquellos caprichos, con resultados desastrosos para la economía cubana. De todos modos, pese a su gigantismo, su exceso, su egolatría, el Fidel Castro de Régis Debray es un personaje capaz de olvidar ofensas, de corregir errores, de recapacitar. Probablemente, concluimos, sobrevive gracias a esto.

A pesar de que Debray cumplió la misión de preparar el ingreso del Che Guevara a Bolivia, su retrato del guerrillero argentino es más duro y en el fondo, creo, menos amistoso. El Che Guevara de estas memorias es un hombre implacable, cruel, enamorado de abstracciones, como la Revolución, el Pueblo, el Futuro, pero extremadamente frío, hasta ausente, con relación a los individuos, a las unidades humanas, a los progresos concretos. Eso sí, aplica a los demás el mismo rigor, la misma exigencia que emplea consigo mismo. Pero Debray deja entrever que toda la empresa de Guevara en Bolivia era un suicidio más o menos consciente. Esto exime de culpa, en alguna medida, al gobierno castrista, acusado tantas veces de mandar al Che a la muerte, y revela, en cambio, a un héroe frío, indiferente a la suerte de sus compañeros.

A diferencia del Che, el Fidel de Régis Debray monta en cólera a menudo, pero muchas veces perdona. No siempre, añadiría yo. De lo contrario, pregúntenle al general Arnaldo Ochoa o a Toni de la Guardia, sus amigos acusados de narcotráfico y fusilados. La lectura de este libro da la impresión de que perdonó durante largo tiempo al propio Debray, de que lo premió con numerosos viajes a la isla y con encuentros privilegiados, y de que terminó por mandarlo al infierno. Cuando notó, quizás, que su pluma se había puesto demasiado indiscreta y que el personaje había dejado de serle útil en las cercanías del poder en Francia. Alabados sean nuestros señores se mantiene casi todo el tiempo en la esfera del retrato crítico dibujado con afecto, de la lucidez mitigada, pero en algunas páginas va más allá y entra en el terreno de lo intolerable y de lo imperdonable. Para un dictador, se entiende.

El Chile de la Unidad Popular y de Salvador Allende, visto por Régis Debray después de su salida de la cárcel en Bolivia, es un país de bonhomía, de sonrisas, de buen humor, de mujeres bonitas y buenos vinos. En resumen, un cuento de hadas. Pero hay detalles interesantes. El presidente chileno le muestra a Debray una foto del Che Guevara con la dedicatoria siguiente: «A Salvador Allende, que va al mismo sitio por otros caminos». Pensamos, escribe Debray, «a la revolución», y había que leer: «al suicidio». Después, de un modo retrospectivo, incluye a Allende en la galería de sus «monstruos sagrados, con Castro y Guevara a la entrada, y Mitterrand al otro extremo...». Mi sensación de lector es que Debray conoció a fondo a Fidel Castro y a François Mitterrand. Los conoció y además los entendió, entró en la lógica de ellos. Sospecho que al Che Guevara lo entendió menos. Y con Salvador Allende, en cambio, da la impresión de haber cenado bien, de haber tenido algunas buenas conversaciones de sobremesa, de haber congeniado bien con mucha gente de su círculo, de haber servido de mensajero y de recadero, y de haber profundizado poco. No porque le haya faltado una mirada rápida, penetrante. Más bien, me atrevería a decir, por la razón contraria. El Debray que salía de la cárcel de Bolivia, después de la muerte del Che y de muchos de sus compañeros, ya no era un ingenuo en política, un neófito. La experiencia había sido terrible y terriblemente instructiva. Me imagino, por lo tanto, que intuyó pronto, con lucidez, el carácter endeble de toda la empresa de Allende y su muy probable fracaso. Parece que se lo dijo de pasada, aunque sin creer en «los cuchillos que se afilaban a escondidas», y a Allende no le gustó para nada el pronóstico. Por lo demás, entre otros rasgos de carácter que se desprenden de estas cuasi memorias –memorias parciales seguidas de una reflexión acerca del compromiso político, acerca de la política sin compromiso y del compromiso sin política, acerca del poder en su forma desnuda–, resulta notorio que Debray no quiere ser ingrato, desagradecido, con sus ídolos de etapas pasadas. El título de su libro es ambivalente: encierra una dosis de ironía, pero la alabanza a aquellos señores, en algún momento suyos, «nuestros», esto es, señores de toda una generación, va en serio. Debray agradece atenciones que no fueron, en definitiva, favores, sino casi lo contrario. Nada es menos revolucionario que esta cortesía, cuando la examinamos bien. Lo que ocurre es que el libro, si bien revela una fuerte vocación política, una tentación de intelectual frente al mundo político, tentación clásica, bien conocida e historiada, muestra, en cambio, una vocación revolucionaria decididamente débil o nula. Por esto mismo, el personaje más censurado, el menos simpático de todo el texto, a pesar de que no se le niega algún tipo de grandeza, aunque sólo sea la de «monstruo sagrado», es precisamente el Che, el único revolucionario en estado puro de toda la galería. Pero la grandeza que le concede el libro es la del inquisidor o la del misionero. La del jesuita de la época militar y heroica: Ignacio de Loyola o Francisco Javier. El joven Régis Debray observó el fenómeno a distancia, con indudable fascinación, pero sin participar nunca en forma plena.

En cambio, la fascinación es evidente frente al Príncipe según Maquiavelo, según el cardenal Mazarino, cuyas citas son de gran interés, y según, sobre todo, el propio François Mitterrand, estadista y pensador refinado acerca del poder, hombre cuyas jornadas presidenciales eran «una obra de Marivaux, un Così fan tutte de cómplices y aparecidos...» (pág. 256). Las páginas sobre la oficina en un rincón del palacio del Eliseo, sobre los teléfonos, las secretarias, los papeles con mensajes sin firma, los comedores reservados y donde no se paga la cuenta, las esperas evitadas en los aeropuertos, los aviones que despegan una vez que el Príncipe y sus acólitos han subido, son de notable calidad literaria. Quizás, para mi gusto, lo más original de todas estas memorias: el detalle narrado desde dentro, desde un puesto de observación privilegiado, con toda su capacidad de sugerencia y de revelación, incluso, podría decirse, de educación.

Siempre recuerdo un comentario reiterado de Stendhal, disperso en diversos textos suyos: el gran secreto de la diplomacia es que no tiene secretos. En otras palabras, el secreto existe, pero si no existiera habría que inventarlo. Debray elabora una idea muy semejante en relación con el poder. Y le da una vuelta. No es que el poder exija o no el secreto. El secreto confiere el poder: es una de sus condiciones previas. El poder no crea recintos privados, laberintos, cámaras escondidas. Los recintos privados, más bien, son necesarios para que el poder exista y dure. Aquí coinciden Fidel Castro y Mitterrand, dos temperamentos, dos «animales políticos», para emplear una expresión grosera, pero habitual, profundamente diferentes. Ambos manejan el secreto, el arcano del Estado, con notable maestría, y lo multiplican, lo proyectan en las imaginaciones ajenas, haciendo que éstas sirvan de pantallas, de ecos, de fuentes reproductoras. Ninguno de estos personajes políticos sería nada sin su imagen y su leyenda. De los cuatro de la galería principal, hay dos cuyo mito fue construido después de su muerte: el Che Guevara y Salvador Allende. El Che parecía saber de antemano que la selva de Bolivia sería su final. Así lo sugiere, y creo que con buenos motivos, Alabados sean nuestros señores. Y Salvador Allende, que buscó la presidencia en cuatro campañas electorales, ¿supo que su triunfo en las elecciones de 1970 sería a la vez su fin, su éxito y su inevitable fracaso? En este libro, el retrato más rápido, más insuficiente, más superficial, es el de Allende, pero la intuición de fondo vale: la de Allende como suicida parlamentario y de la política civil. Lo que sucedió, eso sí, es que Fidel Castro, a través, sobre todo, del MIR, de la izquierda extraparlamentaria y revolucionaria, manipulada por él desde su fundación, se encargó de injertar en la vida chilena un elemento extraño, subterráneo, altamente peligroso: un germen de violencia que terminó por desencadenar otra violencia mucho más radical y despiadada. Lo curioso es que en las páginas finales asoma un quinto monstruo sagrado, que parece desplazar del escenario a los anteriores: el general Charles de Gaulle. La simpatía humana se la lleva Mitterrand; el respeto de fondo, el hombre de la Resistencia y de la Quinta República, el que se preguntaba, en 1940, no si ganarían la guerra los alemanes, sino qué lugar tendría Francia en la victoria. Parecería que De Gaulle, en la visión del Debray de hoy, encarnó el sentido noble y al mismo tiempo eficaz de la política: no la vertiente dictatorial, o suicida, o ilusoria, o, en definitiva, con todas las reservas del caso, mafiosa. Porque Debray, quien terminó por alejarse del gobierno de Mitterrand, habla de «aquel hombre de clan más que de Estado», y se refiere, en seguida, a su «reflejo de "padrino"» (pág. 255). Es una simpatía que no excluye la lucidez, por suerte para los lectores.

Me parece que Régis Debray, al menos en este libro, se quedó a media distancia entre el tratadista y el acólito del Príncipe, vale decir, el político activo. No llegó tan lejos como André Malraux en su relación con el general De Gaulle. Desde luego, ni él escribió La condición humana, ni François Mitterrand tiene la altura, la amplitud de visión, del general. Está más cerca, en consecuencia, del tratadista, pero es menos sintético, menos lapidario, menos epigramático. Es a causa de esto, quizás, que por momentos cuesta leerlo. Pero el libro es siempre chispeante, interesante, revelador. En último término, el esfuerzo de la lectura compensa. A pesar de las críticas, más solapadas que abiertas, la simpatía mayor, como ya dije, es por Mitterrand. El revolucionario juvenil Régis Debray tenía, probablemente sin saberlo, un corazón radical socialista (en la acepción francesa, centrista, de clase media, del término), socialdemócrata, incluso politiquero. Tuvo que hacer un largo recorrido, pasar por un largo proceso de educación, para entender el problema a fondo. Y optó, después de entender, por renunciar a toda forma de acción y vivir en la «posición del noble», el que no tiene que «apelar al juicio ajeno», el que saborea la libertad de «no tener público» (pág. 371). Es una conclusión estimulante, digna de ser imitada. No preocuparse del público permite conseguir algunos lectores y vivir con sabiduría. Más no se puede pedir.

01/09/1999

 
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