ARTÍCULO

En primera línea

 

Aparecen las memorias de Carlos Robles Piquer, servidor del Estado –commis d’État, dicen en Francia–, con gusto por la política y la cultura. Una vida en la que sobresalen tres facetas: la diplomática, que vertebra su existencia; la de alto responsable del Ministerio de Información y Turismo en la época de Franco, al lado de su titular y cuñado, Manuel Fraga, en el período de la entonces aperturista Ley de Prensa; y la vida política, en la que será diputado autonómico, senador y eurodiputado. Robles es ministro de Educación en el primer Gobierno de la monarquía, director de Televisión Española y del Instituto de Cultura Hispánica entre 1981 y 1982. También fue embajador en Libia y en Roma. Es la suya una vida intensa, que plasma en unas extensas memorias. 

Robles Piquer es nombrado, en 1979, secretario de Estado de Asuntos Exteriores, un cargo de nueva creación. Era el número dos de un ministerio dirigido por Marcelino Oreja, que en esos momentos estaba tratando de definir la política exterior española. Y en este punto me detengo. La Transición plantea a España la necesidad de definir dónde situarse en el campo de las relaciones internacionales. Hoy nos parece obvio. Entonces no. Había un consenso básico en la necesidad de integrarnos en Europa. No lo había, sin embargo, en la relación a mantener con Estados Unidos y, en definitiva, en un punto capital: si España iba a integrarse en el grupo de naciones democráticas europeas y formar parte del bloque occidental, entrando a formar parte de la OTAN. O si, por el contrario, España elegía navegar en las aguas del neutralismo, tomando partido por lo que entonces se conocía como «países no alineados». 
En su reciente libro Memoria y esperanza, Marcelino Oreja, minis-tro de Asuntos Exteriores del período clave que va de 1976 a 1980, aborda el tema. Oreja es partidario decidido de situar a España en el bloque occidental, lo cual pasa por ingresar en la OTAN. En este punto, sin embargo, no coincide con el presidente Suárez; y encuentra la decidida oposición del PSOE, del Partido Comunista, y no solo. Así las cosas, se plantea en 1979 la presencia –o no– de España en la VI Cumbre de Países No Alineados, a celebrarse en La Habana en diciembre de ese año, bajo la presidencia de Cuba, país anfitrión. Suárez considera conveniente que España asista. Oreja, no, pues entiende que España debe marcar claramente su posición en dirección a la Alianza Atlántica y acelerar el ingreso en el Mercado Común. «Ese era nuestro sitio, no se nos había perdido nada en La Habana. No éramos, ni queríamos ser, Tercer Mundo no alineado» (Memoria y esperanza). Pero Suárez insiste. Oreja le ruega, entonces, que no le obligue a asistir y a la cumbre viaja el secretario de Estado, Robles Piquer, al frente de una importante delegación. Escribe Robles: «Era evidente que frenar nuestro ingreso en la OTAN interesaba a los no alineados, muchos de los cuales se alineaban cada vez más con la Unión Soviética». El propio Castro afirmó que esperaba que España «no se dejará arrastrar al bloque agresivo de la OTAN». 
Robles se refiere en sus memorias a la larga conferencia, de trece días, en ocasiones con ironía. Tan solo uno de los «padres fundadores» del movimiento viaja a La Habana: es Tito, ochenta y siete años, presidente de la todavía existente Yugoslavia, que va en silla de ruedas: «Fue interrumpido su discurso tres veces por los aplausos, pero Fidel Castro lo sería treinta y dos. La claque estaba bien organizada». El secretario de Estado plasma su valoración de la conferencia en una nota hasta ahora secreta, que revela en el libro. Le parece bien que en un mundo bipolar –capitaneado por Estados Unidos y la Unión Soviética– España esté con Washington: «No obstante, había varios caminos para optar por Occidente […] y me parecía que quizá no debíamos precipitar nuestro ingreso en la Alianza Atlántica». Sugiere, en consecuencia, no romper nuestra relación con los No Alineados «que acabábamos de empezar». Con honradez intelectual, Robles apostilla, ahora, al escribir las memorias: «Hoy no me siento feliz con aquel texto. Precisamente por eso, ocultarlo me parecería una inmoralidad». 
España ingresaría en la OTAN en 1981, de la mano de Leopoldo Calvo-Sotelo, presidente del Gobierno, y José Pedro Pérez-Llorca ministro de Asuntos Exteriores. A finales de 1982 llega al Gobierno, con abrumadora mayoría, el PSOE, opuesto al ingreso y comprometido a organizar un referéndum sobre la permanencia de España. El referéndum tiene lugar en marzo de 1986, y la importante consulta aparece en las memorias. Tras un giro copernicano, el PSOE hace campaña a favor de la permanencia, lo que provocó más de un desgarro. Y Coalición Popular, presidida por Fraga, de la que forma parte Robles, propone la abstención (si bien, escribe Robles, «mi actitud personal no coincidió con la finalmente adoptada por Coalición Popular»). Esa llamada a la abstención lastraría la carrera política de Fraga. 
El referéndum lo gana la permanencia en la OTAN. El año anterior, España había firmado el tratado de adhesión a la Comunidad Económica Europea. Y dos años después, en 1988, se llegaba a un acuerdo satisfactorio con Estados Unidos, que incluía las bases militares. España había definido su situación en el campo de las relaciones internacionales. No fue una tarea sencilla y estas memorias lo ponen de manifiesto.

01/11/2011

 
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