ARTÍCULO

Velada memoria

Weidenfeld&Nicolson, Londres
 

En sus memorias, Diarios de medianoche (tercera parte del ciclo que incluye también Contracorriente y La lucha por Rusia), Boris Yeltsin hace varias referencias a su instinto político. El libro evoca los últimos años de su período en la presidencia de Rusia, desde 1995 a su renuncia al cargo, el 31 de diciembre de 1999. Un período particularmente complicado para él y para Rusia, en el que, sin duda, su instinto de político –y cualquier otro recurso del que pudiera echar mano– debió hacerle mucha falta para no perder el control del país. Con una Duma ––la cámara baja del parlamento– controlada por los comunistas, una campaña presidencial en 1996 que comenzó con un índice de popularidad del 3%, un ataque al corazón días antes de las elecciones y varias estancias largas en el hospital, una larga fila de primeros ministros destituidos –escena que la televisión rusa solía transmitir en los informativos, con un severo presidente y un compungido ex dignatario ocupando la esquina de la larga mesa de reuniones del despacho presidencial–, el colapso del rublo y una sensación general de país a la deriva, de reformas económicas fracasadas, de corrupción y de mafias, su instinto político debía de estar efectivamente muy desarrollado para que la presidencia no se le fuera de las manos.

En efecto, no puede negársele a Yeltsin fibra de político. De otra manera no se entiende que un dirigente provinciano de los Urales recién llegado a Moscú se atreviera en 1987 a enfrentarse al Politburó del PCUS, arruinando (o así lo parecía en aquel momento) su carrera política. O que cuatro años más tarde, subido a un tanque para enfrentarse a los golpistas de agosto de 1991, se convirtiera en el símbolo de las esperanzas de democratización de una gran nación. Que respaldara de manera constante las reformas económicas y un diálogo constructivo con Occidente, a pesar de atravesar momentos difíciles como las guerras de Kosovo o Chechenia, en las que el fantasma del nacionalismo ruso –el delicado y frágil nacionalismo de un imperio en bancarrota– podía haber sido agitado por otro líder menos responsable, con resultados imprevisibles. Que introdujera una moratoria en la aplicación de la pena de muerte, algo verdaderamente revolucionario en una Rusia recién salida del totalitarismo, que en este punto concreto sí que va por delante de los Estados Unidos (para no hablar de China). Sobre todo, que fuera capaz de sobrevivir en la presidencia durante ese agitado período reciente de la historia rusa, y que terminara traspasando el cargo a la persona que él eligió para ello. No, no es Yeltsin un político a quien pueda tomarse a broma, pensemos lo que pensemos sobre su gestión como presidente de Rusia.

En este libro Yeltsin habla de todo ello, pero sin entrar en demasiadas profundidades. El tono general de estas memorias es bastante ligero, incluso teniendo en cuenta la habitual tendencia justificatoria –o exculpatoria– del género. Se describe la inestabilidad del país, pero apenas se explican las razones por las que los intentos de introducir reformas económicas no llegaron a funcionar. Los comunistas aparecen como los principales culpables de ello, atrincherados en una Duma que, según Yeltsin, boicoteaba cada una de sus propuestas. Pero lo cierto es que Yeltsin ––a quien tampoco le faltaba habilidad política ni una cierta dosis de maquiavelismo– supo ponerse a la Duma por montera cuando necesitó que aprobara el nombramiento de los cuatro primeros ministros a los que designó entre principios de 1998 y el verano de 1999.

A todos ellos los utilizó además en función de sus propios intereses. A Kiriyenko, para librarse de un Chernomyrdin que no le parecía capaz de reformar la economía rusa. A Primakov –cuyos ojos orientales recuerdo bien de alguna entrevista mantenida con él, semicerrados fijamente sobre su interlocutor, repantigado hacia atrás en su sillón y observándole desde detrás de una barriga modesta pero pronunciada–, para salir de la aguda crisis económica y política (incluido un proceso de destitución del propio presidente) de septiembre de 1998. Una crisis provocada por el colapso del rublo y la catastrófica decisión de Kiriyenko –persona inexperta y sin apoyos políticos en Moscú– de suspender el pago de la deuda interna y externa de Rusia. Yeltsin cuenta cómo en plena crisis, el viceprimer ministro Sisuyev, enviado a detener como fuera la huelga de los mineros, llegó con ese fin a firmar una declaración en la que el gobierno se mostraba de acuerdo en que el presidente debía ser destituido. Cuando Primakov se hizo demasiado popular y amenazó con ir comiéndole el terreno al propio Yeltsin, éste colocó en su lugar a Stepashin, a sabiendas de que a los pocos meses pensaba reemplazarlo por Putin.

Yeltsin presenta el nombramiento de Putin en agosto de 1999 como la primera etapa de un plan destinado a dejarlo como su sucesor en la presidencia. Ese mismo plan lo llevaría a renunciar por sorpresa a su cargo en diciembre de 1999, a fin de que Putin se presentara a las elecciones con la ventaja de ser presidente en funciones. Yeltsin afirma que Putin reunía las condiciones idóneas para ello: claridad de ideas, altura de miras, determinación firme de perseguir los objetivos que considera correctos por encima de intereses y presiones. Desmiente que –como muchos creen– nombrara a Putin a cambio de la promesa de éste de garantizar su inmunidad y la de su familia ante las acusaciones de corrupción que pudieran surgir cuando abandonara la presidencia. Reconoce que su estatus de ex presidente incluye su inmunidad de jurisdicción, pero no la de su familia, y añade que ese estatus es similar al que él otorgó a Gorbachev en 1991. Niega rotundamente, pero sin entrar en detalles, las acusaciones de corrupción contra su familia, especialmente su hija Tania, superfontanera del Kremlin durante los últimos años de su presidencia. Se limita a mencionar de pasada el caso Mabetex –uno de los escándalos de aquel período, que la fiscalía suiza mantiene abierto– al referirse a su decisión de destituir al fiscal general Skuratov, que estaba investigando el caso. La destitución fue bloqueada por la Duma, mientras en el telediario ruso aparecía un vídeo de Skuratov jugueteando con algunas señoritas en cueros, en uno de los casos de kompromat más sonados de aquellos años.

Tampoco aclara mucho Yeltsin sus relaciones con los oligarcas Berezovsky, Gusinsky, Potanin o Khodorovsky. Reconoce desde luego que su ayuda fue decisiva para que él pudiera ganar las elecciones de 1996. De Berezovsky, considerado aquellos años como el Rasputín de la corte de Yeltsin, se limita a decir que no le cae simpático. De Potanin ––quien, tomando un día copas en una discoteca de Nueva York, invitó a una chica a irse una semana con él a Moscú y, al recibir la respuesta de que no podría hacerlo porque tenía que ir a trabajar, le colocó sobre la mesa 100.000 dólares para compensar las molestias–, apenas dice nada. De Gusinsky da algún detalle más. Su canal de televisión, la NTV, empezó un día a emitir una serie de informaciones sobre la corrupción de Yeltsin y su familia. El jefe de gabinete de Yeltsin, Yumashev, se reunió con Gusinsky para pedirle explicaciones. Gusinsky le dijo que esas informaciones dejarían de emitirse si el gobierno dejaba a su vez de bloquear la renovación de un crédito que le había concedido el banco estatal Vneshcombank, crédito que hasta entonces se había ido renovando sin problemas, pero cuyo pago se le había exigido recientemente.

Yeltsin es más locuaz sobre sus amigos Bill (Clinton), Tony (Blair) y Jacques (Chirac). Evoca de manera muy grata la visita a Moscú de los reyes de España en mayo de 1997. Aún recuerdo su cara de evidente satisfacción mientras recibía a los invitados a la cena de gala en el Kremlin, junto a su mujer Naina, don Juan Carlos y doña Sofía. Dedica también mucha atención en el libro a su familia, que para él es sin duda uno de los aspectos más importantes de su vida. Naina aparece preguntándole un día a la hora del desayuno: «Pero Borya [forma cariñosa de Boris], ¿cómo puedes seguir sin pagar sus pensiones a la gente?».

Destacan algunos de sus retratos de los personajes del guiñol político ruso de estos años. Como el general Lebed, a quien también utilizó para reforzar su posición frente al candidato comunista Zyuganov en la segunda vuelta de las elecciones de 1996, después de que Lebed obtuviera en la primera vuelta un porcentaje importante de los votos. Unas elecciones, por cierto, que él mismo reconoce que estuvo a punto de aplazar (antes que resignarse a la victoria de Zyuganov) unos meses antes de su celebración, ilegalizando además al Partido Comunista. Chubais le convenció de que no diera lo que equivalía a un golpe de Estado desde el poder. Yeltsin nombró a Lebed secretario del Consejo de Seguridad, para destituirle pocos meses después cuando (según él) comprobó que era un político irresponsable y peligroso, y cuando (sobre todo) ya no le hacía ninguna falta para ganar votos. Del alcalde de Moscú, Luzhkov, que también fue su amigo hasta que se alió con el destituido Primakov, comenta que obtenía dinero para sus proyectos desviando hacia las arcas municipales los impuestos pagados por las empresas. Con ese dinero, por ejemplo, daba un sobresueldo a los pensionistas y a los empleados públicos radicados en Moscú, incluidos los jueces, con lo que se aseguraba su docilidad frente a posibles denuncias en los tribunales contra sus actividades.

Yeltsin considera como su principal logro el haber transformado Rusia. Los ejemplos de los demás Estados socialistas europeos sugieren que quizá podría haber habido otros modelos de transformación más eficaces. Es cierto que el caso de Rusia es distinto, por su dimensión y sus tradiciones políticas, y porque el período socialista no fue –como en Europa oriental– impuesto desde el exterior, sino resultado de un proceso interno, y estuvo acompañado de una expansión imperial. La comparación con China quizá sea más válida. La opción escogida por Beijing –dar prioridad a las reformas económicas frente a las libertades políticas– ha conducido a tasas de crecimiento económico espectaculares. El modelo de cambio ruso ha sido el contrario, y los resultados muy diferentes. Pero Rusia también está en Europa, y hubiera sido muy difícil bloquear completamente la apertura política. En todo caso, es cierto que la Rusia del año 2000 era muy diferente a la que Yeltsin se encontró al asumir la presidencia, y que en ese plazo se ha consolidado una cierta cultura democrática y unas libertades políticas. Con sus limitaciones quizás, pero por vez primera en la historia rusa. Será muy difícil dar marcha atrás en todo ello, como confirma el propio techo electoral que no ha podido rebasar en todos estos años el Partido Comunista.

También es cierto que la disolución de la Unión Soviética –es decir, del imperio ruso– se realizó de una forma pacífica y relativamente tranquila, sobre todo si se compara con lo sucedido en Yugoslavia. La dimensión y variedad del Estado soviético, el factor nuclear, y el nacionalismo humillado de quienes pasaron de ser los amos a tener que ponerse a aprender uzbeko o kazajo para poder encontrar un trabajo, no creaban inicialmente una situación particularmente tranquilizadora. Otra cosa es si la unión entre todos esos territorios tenía inevitablemente que haberse disuelto. Ello plantea pocas dudas en relación a los Estados bálticos o a otros como Georgia o Uzbekistán, con una fuerte identidad nacional. Pero en el caso de Bielorrusia, esa identidad nacional diferenciada de la rusa es más que cuestionable. Kazajstán no proclamó su independencia más que cuando comprendió que no tenía más remedio. La continuada dependencia de Kirguistán y Tayikistán con respecto de Rusia permiten cuestionarse su viabilidad en tanto que Estados independientes. La cuestión de Ucrania, mucho más importante para el resto de Europa, sigue constituyendo un interrogante.

Y es que Yeltsin decidió disolver la Unión Soviética en diciembre de 1991 porque era la manera más sencilla de quitarle la silla a Gorbachev, librándose así de su principal rival político. Él afirma que era necesario acabar con lo viejo para construir lo nuevo, que nada hubiera podido cambiar si no se desmantelaba primero la estructura administrativa y de poder de la Unión Soviética. Tal vez. Pero es difícil reflexionar sobre lo que sucedió en aquellos días finales de 1991 sin llegar a la conclusión de que las ambiciones personales, junto con un grado notable de irresponsabilidad y de amateurismo político, tuvieron mucho que ver con la manera en que se desarrollaron los acontecimientos.

La Rusia que dejó Yeltsin en manos de Putin seguía siendo, una década después de disolverse la Unión Soviética, una Rusia empobrecida, en la que el brillo de Moscú y San Petersburgo apenas permitía ocultar la miseria de las provincias. Al narrar la crisis de 1998, Yeltsin comenta que esa situación de atraso al menos libró a los campesinos de verse afectados por ella: como en las aldeas nadie tenía una cuenta corriente, no entendían por qué en las ciudades la gente parecía estar tan nerviosa. Pero el futuro de la democracia en Rusia lo decidirá la marcha de sus reformas económicas. Y Yeltsin no fue capaz de sacar adelante, como él mismo da a entender en estas memorias, una serie de medidas esenciales para ello, como la reforma fiscal o la de la propiedad de la tierra. Yeltsin sabía bien lo que quería destruir y lo que le gustaría poner en su lugar, pero no parecía tener mucha idea de cómo llegar hasta allí.

Junto con la ausencia de unos modelos de actuación claros y de unas reformas económicas eficaces, a pesar de los repetidos intentos en ese sentido realizados por Yeltsin desde la época de Gaidar, uno de los legados más negativos de su presidencia ha sido una cierta deslegitimación del sistema de libertades políticas y económicas a ojos de muchos ciudadanos. Una parte importante de la población ha identificado la democracia y el capitalismo con las privatizaciones salvajes y la corrupción, las mafias, el poder de los oligarcas financieros y la opacidad de sus relaciones con el Kremlin, las dificultades económicas de las familias y el colapso de la red de servicios sociales básicos de la época soviética. En su propio discurso de despedida –en el que se refleja el mejor Yeltsin, capaz de reconocer sus limitaciones y de acercarse a sus compatriotas–, Yeltsin pide perdón por los sufrimientos que han causado a muchos de ellos los grandes cambios de los últimos años, y por la incapacidad del gobierno para reaccionar eficazmente ante los mismos. Esta sensación de caos extendida entre amplios sectores de la población explica la demanda de orden y autoridad que está en la base del fuerte apoyo popular a Putin, el vencedor en la guerra de Chechenia, en el primer año de su mandato. Una cuestión por cierto, la de Chechenia, que Yeltsin despacha como un mero problema de terrorismo, bandidaje y extremismo islámico.

La historia de este apparatchik soviético de provincias que disolvió la Unión Soviética, introdujo un sistema democrático y se convirtió en el primer presidente de Rusia –que hasta entonces sólo había tenido zares o secretarios generales del PCUS– es sin duda una de las historias más extraordinarias de este siglo recién concluido. Estas memorias constituyen un reflejo demasiado pálido de todo ello. Llegará sin duda el momento en que alguien contará esta historia como esta historia merece ser contada.

01/06/2001

 
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