ARTÍCULO

Interminables memorias

Tusquets, Barcelona, 1998
574 págs.
 

Siendo Adolfo Marsillach un director escénico –a mi entender, el puesto, dentro de las múltiples ocupaciones que ha ejercido, que la pequeña historia le reserva– contenido, no excesivamente barroco (para español, ya se entiende) y un punto frugal, parece que en tanto que memorialista se le ha ido la mano. Es decir, ha estirado un libro que, tirando por lo alto, podría dar como mucho trescientas páginas, hasta la desconsiderada extensión de las casi seiscientas. Desconsiderada, digo, porque la mitad de las cosas que aquí se cuentan no parecen de gran interés para nadie, excepto el ego de Marsillach y su afán de ajustar cuentas con quienes se cruzaron en su camino, laboral o simplemente humano, con hostilidad cierta o imaginaria. Porque a veces, hay que decirlo, Adolfo Marsillach no justifica sus ataques (caso Jesús Puente o Sazatornil, por ejemplo), que así se transforman en patéticas estocadas al aire. Eso sí, llenas de mala uva. Lo que también ocurre, a veces, cuando el actor-directormemorialista elogia: entonces su elogio suele transformarse en arma de doble filo, que bajo la admiración al personaje analizado o definido oculta sutiles reproches. Y no es que sea buena o mala la táctica de la avispa, del tábano, que por momentos el Marsillach memorialista emplea; sencillamente, a la larga, a lo largo de tantas páginas, resulta reiterativa y estomagante. Por más que Marsillach deje a salvo de su acíbar a la clase médica (todos los galenos que aquí aparecen son cordiales y rigurosos), y desde luego a sí mismo. Bien que de vez en cuando se autofustigue (muerte de sus padres, crueldad –en el trato silencioso– hacia los actores a sus órdenes), aunque ello, en verdad, suene a coartada para volver de inmediato el látigo hacia el prójimo. Hacia la prójima, más bien, y hay que decir que en lo que se refiere a su trato con las mujeres, hacia el trato memorialista que dispensa a aquellas que pasaron por su vida, Marsillach difiere poco –pongamos– del difunto Espartaco Santoni. Con el agravante de que Marsillach es «progresista». En este sentido las páginas dedicadas a Amparo Soler Leal, su primera mujer, son bastante indignas. Sobre todo el remate del episodio cuando, estando ambos en París: «Amparo se empeñó en ofrecerme un numerito similar al que había visto a las stripteuses del Saloon... y yo, suciamente, lo acepté» (pág. 194). Repárese en el uso del verbo empeñarse y en el adverbio de modo. Pero es que además parece que ciertas intimidades contadas con lujo de detalles (mutilo esta cita por razones de espacio, pero es bastante más amplia y «sicalíptica», que ni siquiera pornográfica) no son para un libro de memorias donde el lector espera que se cumplan los apartados 4 y 5 que en el prólogo prometen «un relato de lo que hice y ya no haré, una mirada perpleja sobre la necesidad de actuar... Como hombre y como actor. O como un hombre y un actor que han hecho teatro» (pág. 11). Confieso, anonadado por la longitud del mamotreto, que Tan lejos,tan cerca no informa, sino de pasada, sobre las motivaciones que llevaron a Marsillach a la carrera de actor. Por lo que no se ve una reflexión en profundidad sobre esta faceta suya. Poco, o nada, se nos dice de dónde, o cómo, aprendió la técnica dramática. En cuanto a su trabajo como director..., bueno, tanta página baldía (el viaje al Congo con Antonio D. Olano, otro que lleva un palo sangrante y sin duda injusto, el diario de Hollywood, tan frívolo como huero), bien pudo sustituirse con un análisis de, por lo menos, alguno de los montajes de Adolfo Marsillach. Por ejemplo ese Marat-Sade que, permítaseme la confesión personal, vi tres noches consecutivas en el Poliorama de Barcelona, deslumbrado por el texto de Weiss, cierto, pero sobre todo por el soberbio montaje escénico de Marsillach. Éste, en sus memorias, deja que se le vaya vivo el toro, el de Marat-Sade y tanto otros, a cambio de vanos ajustes de cuentas, vanos para el lector quiero decir, y diferentes escarceos amorosos. Que Adolfo Marsillach ha sido un Don Juan nadie –me imagino– se lo niega. La falta de un índice onomástico en el libro impide recontar las andanzas amorosas del catalán. Bien que éste escriba en un momento dado: «Un día quise hacer una lista de mis amores. Tomé un folio, un bolígrafo... Nada, imposible» (pág. 535). Pierde también el tiempo Marsillach (y nos lo hace perder) al denigrar a personajes de poca monta, de esos que no tienen ni media bofetada, dialéctica se entiende. A mí, la verdad, me gustaría más que hubiera profundizado en su relación con Strehler que en gastar pólvora con Jesús Mariñas, otro ejemplo. Pero, sospecho, el humo de la cólera cierra los ojos de Marsillach. Quien, sin embargo, alcanza cotas literarias cuando (sorpresa, suele ser parte tediosa en la inmensa mayoría de las memorias) se remonta a sus orígenes familiares, o al describir (siguiendo a Jardiel Poncela, por cierto) los distintos tipos de pezones, o al trazar el cuadro, sobrio y sentido, del velatorio de José Luis Alonso. Oasis importantes en una narración plana y llena, como en el fútbol, de minutos –demasiados– basura. Porque incluso el interés humano de la última parte, en que se nos cuenta la batalla del autor contra el cáncer de próstata, resulta difuminado por la enumeración apresurada de nombres y situaciones. Con especial énfasis en –comprensiblemente– las médicas. Algunos galenos, ya se dijo, protagonizan este libro, resultando indemnes de los ataques del Adolfo Marsillach más furibundo y celtibérico. Con todo los capítulos más prescindibles del libro –entiendo– son los que narran las peripecias oficiales, digamos, de Marsillach. Éste, como se sabe, ocupó altos cargos en la administración socialista. Pues bien, uno acaba harto de los Pérez Sierra, García Lorenzo, Pacheco que por aquí pululan, y no para su bien. Y hastían no por ellos sino porque, a decir verdad, ni éstos ni muchos otros tienen entidad literaria. Salvo la que Marsillach les quiso dar al incluirlos repetidamente en páginas llenas de datos y situaciones, de interés mínimo y, sinceramente, con poquísima gracia.

01/01/1999

 
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