ARTÍCULO

Entre tigres y gauchos

Anaya & Mario Muchnick Madrid, 1996.
 

Decía Joseph Conrad que el hombre nace cobarde y que ésa es toda una dificultad. Tal vez por eso en muchos de nosotros perdura una nostalgia del hombre verdaderamente valeroso, del héroe de leyenda, y tal vez también por eso muchos buscan entre sus antepasados algún pariente que haya conocido el auténtico coraje. No sé si esta reflexión tiene algo que ver con el libro que aquí se comenta, pero lo cierto es que acabo de hacerlo mientras releía este admirable escrito de Bioy, Memoria sobre la pampa y los gauchos (ahora en España; publicado por vez primera en Sur, Buenos Aires, 1970), donde el autor de El sueño de los héroes nos dice que el más lejano de sus recuerdos de las palabras pampa y gaucho se vincula a una de esas perplejidades de la primera época de la vida y que, por motivos que después olvidamos, no comunicamos a nadie y, por tanto, no se aclaran: «En aquel entonces yo hubiera preferido que la República incluyera, como la India, selvas y tigres, pero si teníamos pampa y gauchos no les negaría mi veneración patriótica».

Estaba dispuesto a venerarlas, pero no sabía dónde estaban. Para Bioy había selvas y tigres (en los libros, visibles entre jaulas en el Jardín Zoológico), pero pampa y gauchos, aún siendo patrimonio nacional y algo tan mitificado como al mismo tiempo tan familiar, no estaban por ninguna parte. Añádase a esto que su madre –podemos leerlo en sus memorias– le decía que el cine era malsano para los chicos y le hizo creer que sentado en la oscuridad se convertiría en un niño pálido, tan gordo como débil, lo que sería para él una desventaja porque en la sociedad de los chicos regía la ley de la selva y de los tigres, y los fuertes lo pasaban mejor, vivían más tranquilos. Todo eso apuntaló el edificio de su sospecha de que selva y tigres existían y, en cambio, los gauchos eran un sueño, el sueño tal vez de los héroes. Hasta que se dio cuenta de que probablemente las confusiones ocurren «en la procelosa tarea de discernir entre el gaucho que vive en nuestra imaginación y el que vive en el mundo real. Ya entrevimos que el gaucho es, para todos, el de la infancia y el de la tradición casera».

Los autores del mito –viene a decirnos Bioy– tendieron siempre a situar su florecimiento en el pasado, a distancia de setenta años, lo que equivale en realidad a la vida de un hombre (del hombre que son ellos mismos). Y esto se produce porque defendemos una imagen nostálgica, no admitimos cambios, hacemos hincapié en nimiedades, en lo más trivial y vistoso, como, por ejemplo, en el detalle del chiripá (una especie de lewis, un pantalón más que resistente, pero a todas luces, hoy en día, folclórico). Pero si miramos bien la iconografía veremos que en realidad la apariencia del personaje cambió a lo largo del tiempo. Lo que no se modificó es su idiosincrasia. Bioy percibe en un conocido suyo, un tal Mendívil, los caracteres ilustrativos de ese gaucho que para él de niño no existía, y lo que hace es actualizarlo, desmitificarlo, para demostrar que sigue vivo. Ve en Mendívil esa delicada variedad del énfasis que consiste en decir menos de lo que es; una deferente disposición a quitar importancia a dificultades e infortunios; la ironía respetuosa; el vocabulario preciso con su dejo arcaico.

O sea que Bioy es un gaucho actualizado. Sabe que corremos tras sombras porque nosotros somos también sombras. Los gauchos, como los héroes –o como ese antepasado nuestro que conoció el coraje–, o como nosotros mismos, echamos mano a recuerdos y lecturas para reanimar al gaucho que murió cuando al nacer vimos que lo primero que nos gustaba era el tigre, el héroe de las mujeres.

01/01/1997

 
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