ARTÍCULO

Memoria de un tiempo incierto

Anagrama, Barcelona, 1997
417 págs.
Alfaguara, Madrid, 1997
368 págs.
 

Pasará a la historia este fin de siglo como el del primer florecimiento en nuestra cultura de los ámbitos más o menos secretos de lo privado. Cien indicios lo confirman: la permanente contaminación de la prosa narrativa con experiencias íntimas no disimuladas, la abrumadora presencia de dietarios torrenciales escritos incluso por gentes casi en edad de merecer, la ostentación de la mirada subjetiva (hasta en el provocador título reciente de Juan Bonilla, El arte del yo-yo), el interés académico por la escritura autobiográfica y, en fin, la abundancia de memorias, tradicionalmente tan escasas en nuestro país.

Se dijo, a raíz de Autorretrato sinretoques, de Jesús Pardo, que la falta de complacencia de sus flagelantes recuerdos –que está ampliando para alcanzar el día de hoy– marcarían un hito en la manera de evocar la experiencia personal y que ya no se podría escribir con los pudores de antaño. Quizás a medio plazo ese influjo sea cierto, pero, por ahora, sigue en plena vigencia la rememoración que, al hilo de la biografía personal, traza los conflictivos caminos que definen la personalidad y, a la vez, se convierte en inventario testimonial de una época. Y como ésta fue tan anormal durante la larga noche de la dictadura, esa memoria particular se transforma en testimonio de la lucha por la supervivencia en medio de la mediocridad moral y cultural y de la opresión política e ideológica.

Eso sucede con el largo, denso, lúcido y, por momentos, estremecedor Pretérito imperfecto, de Carlos Castilla del Pino, fresco vívido de la guerra y la autarquía, que por desgracia se detiene en 1949, en la primera madurez profesional del autor, y que pide con urgencia una continuación. Recordaremos, haciendo un paréntesis, que un recorrido sólo un poco más amplio era el trazado por José Manuel Caballero Bonald en su Tiempo de guerras perdidas y que se resiste a proseguirlo –aunque debiera hacerlo– porque perdería su condición de «novela de la memoria» para adquirir la de documento próximo. Es ésta una peculiar forma de memorialismo inventivo que no interesa mucho a otras dos recapitulaciones cuya tinta está todavía fresca y que –aunque difieran en varios aspectos-coinciden en rescatar la memoria de un tiempo incierto con minuciosa fidelidad histórica, las de Román Gubern y Antonio Martínez Sarrión.

El título de Gubern (Barcelona, 1934), Viaje de ida, revela su propósito de compendiar el conjunto de una trayectoria desde la certeza de estar en la postrer etapa de un destino sin retorno. De la infancia y el recuerdo de la guerra, pasando por los tiempos del franquismo, hostiles para una persona de izquierdas, como él, llega a esta postmodernidad cibernética y audiovisual. En algún modo, su vida es el relato paralelo del proceso de modernización del país visto desde alguien que en su profesión ha abordado el estudio de característicos signos de la modernidad: la cultura de masas, el cine, la comunicación icónica. Y, también, de aspiraciones que han desembocado en la crisis de las ideologías y en la disolución de los valores progresistas.

Ambas dimensiones hacen de antemano muy atractivas estas memorias, y en verdad son interesantes, aunque podrían haber resultado mucho más logradas de no caer en un «faprestismo» culpable de algunas deficiencias bastante obvias. Una está en su estilo en exceso funcional y con descuidos llamativos en quien ha sido director de uno de los centros que se encargan de la difusión de nuestra lengua. Otra, en tomarlas como pretexto para la divulgación de datos históricos propios de manual de bachillerato y para un ensayismo y sociologismo de andar por casa. Las páginas ocupadas por estas superficialidades hubieran estado mejor gastadas en la reflexión acerca de algunos hechos vitales de enorme significado y que se despachan con un anecdotario trivial y escueto: ¡qué gran vivencia se desperdicia al pasar de puntillas sobre la decadencia de la alta burguesía a la que perteneció la familia de Gubern! En fin, la autosatisfacción engolada del autor produce distanciamiento.

El interés, no pequeño, de Viaje deida se halla en las puntuales noticias que contiene acerca del mundo del cine, con un indudable valor informativo, sobre todo para la pequeña crónica del cine español, y en sus comentarios de orden estético e histórico acerca de filmes de todo tiempo y lugar. Otro aspecto hay muy sugestivo: la contraposición que apunta Gubern entre el cosmopolitismo cultural barcelonés –que, aunque tópico anota y comenta muy certeramente– y el ensimismamiento más provinciano –que afecta también a lo político e ideológico– de la España interior. De esta España profunda habla la segunda entrega de los recuerdos del poeta y ensayista Antonio Martínez Sarrión, Unajuventud. Al contrario que en el caso de Gubern, Sarrión acota una geografía y una cronología reducidas: el viaje en 1956 del adolescente de diecisiete años desde Albacete a Murcia para hacer aquí estudios universitarios y sus iniciales ocupaciones administrativas en Madrid en los primeros sesenta.

No es lo más relevante de Una juventud su aportación informativa –que abundará, supongo, en el tomo que en su día siga a éste–, aunque no falten datos de una época mezquina, o noticias de una precariedad material y cultural y hasta contenga una sustancial semblanza de Miguel Espinosa. En las memorias de Sarrión hay que subrayar, en primer lugar, su estilo cuidadoso y transparente (lejos de la inclinación al conceptismo gracianesco de su prosa ensayística), que expresa con nitidez y precisión unas experiencias con el propósito de convertirlas en imagen viva y plástica de una educación sentimental, moral e intelectual. En esa metáfora de cómo una generación superó el señuelo de Peter Pan en un ambiente ingrato, pero en el que el autor sobrevive con la lucidez de quien no se las da de héroe, se encierra una radiografía vigorosa de la intrahistoria de un tiempo y un país.

01/08/1997

 
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