ARTÍCULO

Memoria de náufrago

Alfaguara, Madrid, 1997
143 págs.
 

Durante veinte años, los que han transcurrido desde la aparición de sus primeras novelas, ha ido trazando Luis Mateo Díez un modo narrativo inconfundible. La caracterización de los personajes –seres perdidos y perdedores en el camino de la vida–, la configuración de los espacios –estaciones provinciales en que lo corriente adquiere el valor de lo extraordinario–, la estructura basada en los diálogos y el simbolismo de la realidad, que encuentra su razón de ser en la memoria una vez tamizada por el sueño y la imaginación, le han convertido en uno de los novelistas más representativos de nuestros días. La mirada del alma ha cambiado sustancialmente este modo de narrar. Mateo Díez ha dado la vuelta a muchas cosas: ha despojado al diálogo del protagonismo que le había otorgado en sus obras precedentes, ha eliminado el humor socarrón que había hecho a su escritura tan peculiar, ha pasado por alto el tono y los recursos esperpénticos que habían caracterizado su visión de la realidad y ha preferido cambiar los límites espaciotemporales tan precisos de sus anteriores novelas por otros menos locales, y por tanto más genéricos. Pero, sobre todo, ha cambiado el punto de vista.

Hasta esta novela, el escritor seguía a sus personajes en sus navegaciones por las calles de pequeñas ciudades o por las carreteras de provincias, y contaba desde fuera sus perdiciones e infortunios, tanto físicos como morales. Ahora, Mateo Díez ha dejado que el personaje cuente su propia peripecia, su discurrir por la memoria en la que poco a poco va tomando conciencia de su condición de náufrago. El camino de la vida, por consiguiente, ya no se corresponde con el viaje exterior, al encuentro de otros seres extraviados, sino con la indagación en las galerías interiores, donde el sueño y la imaginación encauzan las rutas del recuerdo. El punto de vista narrativo se sitúa entonces dentro, y desde dentro ve el personaje la objetividad o la irrealidad de los hechos, según los casos, como un territorio indeterminado en el que nada existe mientras la voluntad no decida que algo, visto o sentido, tenga existencia y sea cierto.

No ha cambiado todo, sin embargo, en la narrativa del autor. Como vemos, la memoria, con sus filtraciones inevitables, sigue siendo el motor de las novelas de Luis Mateo Díez. Romero, el protagonista de La mirada del alma, es un emblema de la soledad que alimenta sus últimos días con el aliento del recuerdo. Más aún, Romero, después de tantos años, sólo es eso, memoria, pues lo único que tiene y conserva son los recuerdos de una historia que se alarga durante cincuenta años.

El hecho de que su relato confunda los límites entre lo que sucedió y lo que ahora suplanta la imaginación, no significa en ningún caso una ruptura con la realidad, sino la conciencia de la profundidad del corazón, que guarda obstinadamente sentimientos e ilusiones que se han ido mitificando con el tiempo, hasta el punto de transformar su apariencia verdadera, y echa al olvido otras muchas vivencias que han perdido sus huellas irrecuperables. La novela es, en este sentido, una lección indiscutible de literatura. Al recrear el pasado, la narración ha creado su propia realidad y su propio mundo imaginarios, que en ningún caso son ni tienen que ser copias fidedignas, ni tampoco deformadas, de la verdad objetiva, sino creaciones nuevas que, como mundos imaginarios, se rigen por leyes distintas a las reales, llámese imaginación, sueño u obsesión.

Estos son los caracteres literarios que definen a esta historia obsesiva guardada celosamente por el personaje, un interno en un pabellón de convalecientes. Su evocación recupera las etapas de una extrema educación sentimental, dilatada en la relación con tres mujeres, que combina la pasión y la necesidad y se reviste de casualidades e interferencias existenciales hasta concluir en la enfermedad que le tiene recluido en el presente. Una historia que comienza y termina con dos miradas separadas en el tiempo, en el espacio y en el referente real, pero que surgen y se ajustan a una existencia paralela en la mente del protagonista narrador. Ajenas a la lógica predeterminada, estas miradas confluyen en un punto idéntico y atemporal, y lo que es más importante, hacen confluir en su órbita a todos los integrantes de la trama, ya sean personajes o anécdotas, y cierran de modo circular la peripecia existencial del protagonista.

Una peripecia y un protagonista que no han cambiado en la concepción novelística de Luis Mateo Díez, ya que conservan un parentesco indiscutible con los de sus obras anteriores. Romero, al igual que sus antecesores, es un perdedor, un náufrago que se guía por los despropósitos en el extravío de sus constantes búsquedas, encuentros y desencuentros, y que cumple en su plenitud el dicho de «quien mal anda, mal acaba». Sus malos pasos por la vida y por la memoria, que responden a sus decisiones acertadas o equivocadas, pero siempre obsesivas y contradictorias, le convierten en un personaje creíble, en un ser humano nada esquemático, que duda y arriesga en busca de una verdad y de un destino en la vida, aun a costa de sí mismo. En esa búsqueda se circunscriben el viaje sentimental y el viaje por la memoria, un recorrido que, diseñado habitualmente por el autor como metáfora del camino de la existencia, se percibe aquí, no sólo en los callejeos errantes, sino sobre todo en la incesante travesía de los corredores y pasadizos interiores que se entrecruzan en La mirada del alma.

01/03/1997

 
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