ARTÍCULO

Platero y Gabo

Random House Mondadori, Barcelona
112 págs. 10,95 €
 

Mientras este libro aguardaba sobre mi mesa el turno de lectura, muchos fueron los e-mails recibidos en que amigas y amigos de América Latina y de España me hablaban de él. Y había un dato en el que todos coincidían: en decir que lo acababan de empezar, o que estaban a punto de terminarlo, y sobre todo, sobre todo, que llevaban promediada la lectura. La cosa me pareció particularmente grave porque se trata de un volumen de nada más que 101 páginas con letra del catorce. Los comentarios, pues, me inducían a pensar que no era un libro de García Márquez como él los quiere: de esos que te agarran en la primera frase y no puedes soltarlo hasta que no lo terminas.
Estuve casi dos semanas mirando a diario este libro, que esperaba paciente su turno, y me detenía siempre en la faja con que lo protegía la editorial, como una bufanda contra el frío:
«La primera novela de García Márquez en 10 años». ¿Novela? ¿Puede llamarse novela a un relato de 101 páginas y con letra del catorce? Y luego el título: Memoria de mis putas tristes. ¿Qué pretendía GGM con él? ¿Poner la pica en Flandes de introducir la palabra «puta» en un título? Pero entonces era demasiado poco lo de «putas tristes», pues no es lo mismo decir de alguien que es un hijo de la puta grande, que decir que es un hijo de la gran puta. En suma, con ese título el autor sólo demostraría que quiso atreverse a lo que al final no se atrevió.
Sea como fuere, le llegó su turno y con él sentí llegada la hora de ponerle el cascabel al Gabo y de llevar el Gabo al agua. Y leí el libro. Y no es que sea malo. Es algo peor: es prescindible. Prescindible en el sentido de que no le añade ni un átomo de gloria a su autor, antes al contrario más bien le rebaja méritos. Uno no sabe bien dónde encajarlo de entre aquellas dos categorías que Italo Calvino mostraba en Si una noche de invierno un viajero...: Los Libros Ya Leídos Antes De Abrirlos y Los Libros Ya Leídos Incluso Antes De Ser Escritos. Pero vayamos por partes, siguiendo el método de Jack el Destripador.
Se ha escrito ya tanto acerca de estas 101 páginas que imagino superfluo contar la anécdota de su narración: el viejo putañero que al cumplir noventa años decide hacerse el regalo de una virgen, de la que termina enamorándose sin que haya entre ellos comercio carnal. Y esto nos permite avanzar rápidamente hacia la descalificación del título: como muy bien ha señalado Rafael Humberto Moreno Durán, la virginal protagonista de la breve novela «no es puta en sentido estricto y las mujeres que sí ejercen como tales gozan de una jubilosa vitalidad que destierra para siempre cualquier amago de tristeza».
Por lo demás, el narrador semianónimo (únicamente conocemos de él su apellido materno, Cargamantos, y su apodo, Mustio Collado) es un periodista que dice de sí mismo algo que, parafraseado muy levemente, casi podría ser un cruel autorretrato del autor literario de sus días: «Nunca hice nada distinto de escribir, pero aunque tengo vocación y virtud de narrador, y no ignoro por completo las leyes de la composición dramática, si me he embarcado en esta empresa es porque confío en la luz de lo mucho que he escrito en la vida». Y no sólo lo escrito: también confía mucho en lo leído, puesto que se vale de Valle-Inclán, parafraseándolo, ahora él, para presentarnos a su protagonista como «feo, tímido y anacrónico».
Lo que llama muchísimo la atención en estas páginas son algunas trampas en las que García Márquez, como él mismo dijo en Vivir para contarla, posiblemente cae a causa de su «defecto incorregible de no medir a tiempo mis adjetivos». Los quejidos de la sodomizada Damiana, los gemidos de la dormida Delgadina, los bramidos de un transatlántico son, todos ellos, lúgubres. Bien está. Pero, ¿por qué nos habla el narrador de su «celibato inconsolable» si luego resulta que 33 páginas más adelante, «a quien me lo pregunta le contesto siempre con la verdad: las putas no me dejaron tiempo para ser casado»?, ¿A santo de qué, pues, el desconsuelo de su celibato?
Y en otro orden de cosas, el de la congruencia, ¿acaso se ha detenido el tiempo en Barranquilla, la ciudad donde transcurre la acción, de tal modo que cuando la putita pobre de la calle de los Notarios le pide al narrador el cigarrillo de siempre, él le conteste «lo mismo de siempre: dejé de fumar hace hoy treinta y tres años, dos meses y diecisiete días»? ¿Todos los días le dice lo mismo, es que el tiempo se detuvo en Barranquilla el día que él dejó de fumar? O bien, para poner otro ejemplo: ese narrador, periodista, acude a su diario llamado por el director, quien al verlo llegar, para darle la mano e invitarlo a sentarse, «se puso de pie, sin interrumpir una conversación telefónica», que resulta que es con el gobernador, e incongruentemente el narrador anota que aunque el director habla en un tono enérgico, «al mismo tiempo se mantenía de pie mientras hablaba con la autoridad». Pero, ¿no era así que ya estaba hablando con la autoridad sentado y que si se levantó fue para poder recibir cortésmente a su visitante?
También se ha señalado por lectores anteriores a quien firma que Gabo le atribuye a Jesús una edad de 2.500 años, y que la frase inicial del libro («El año de mis noventa años») es un error deslizado en una segunda redacción del texto, y que lo que el Nobel colombiano comienza contando como el día del 90° cumpleaños de su protagonista es en realidad tan solo la víspera. Es cierto. Pero no son cosas más graves que los tantos despistes cronológicos habituales en él: en El general en su laberinto, presuntamente chequeada ad nauseam por historiadores de nota, los hay mayores. No, lo grave es otra cosa. Lo grave es que la historia, aunque está escrita de una manera fluida y legible, ¡faltaría más!, no engancha nunca al lector —que hasta podría desecharla por motivos morales y/o de buen gusto—, está demasiado construida, es demasiado artificial, y quienes la interpretan no pasan de ser marionetas propicias para que el autor luzca su todavía a veces arrebatador poder verbal. Así, cuando Mustio Collado visita la fábrica donde Delgadina se gana la vida cosiendo botones, con la esperanza de descubrirla, y entonces una de las obreras lo identifica como el famoso autor de las cartas de amor en el periódico: «Fue una de ellas la que me descubrió a mí con la mirada temible de la admiración sin clemencia».
Lo que me parece inaudito —nunca tan bien empleada la expresión, y perdonen la inmodestia, pero es que en verdad les digo que se trata de músicas nunca oídas— es aquel párrafo donde el narrador cuenta que escuchó «la rapsodia para clarinete y orquesta de Wagner» y «la de saxofón de Debussy», cuando las que realmente existen son una de Debussy para clarinete y orquesta, temáticamente inspirada en el Parsifal de Richard Wagner, y otra también de Debussy para saxo contralto y orquesta, y por último una para clarinete solista, de Wolfram (¡no Richard!) Wagner. El melómano voluntarista que es Gabriel García Márquez haría bien en andar con precaución sobre un campo minado, a no ser que sea él mismo quien se ha encargado de colocar las minas. Pero esto último no significa sino concederle el beneficio de la duda.
And yet: debo confesar que entiendo poco a quienes me escribían diciendo que acababan de comenzar la lectura del libro, entiendo menos a quienes me decían que sólo iban por la mitad, y desde luego no entiendo a quienes ya estaban a punto de terminarlo. Por mi parte lo he leído de un respiro, como de modo tan gráfico se dice en serbio: el dominio que el autor tiene de sus recursos narrativos no ha decrecido. Sólo que si este relato lo hubiera publicado un autor de nombre García Pérez o Fernández Márquez, a pesar de lo legible seguiría siendo prescindible.
Pero eso, a esta altura del partido, se me antoja algo que, a fuer de justos, no puede imputársele a quien nos ha regalado al menos tres: Relato de un naúfrago, Cien años de soledad y, sobre todo, El coronel no tiene quien le escriba. Más de tres obras maestras per cápita: son muy pocos los autores que pueden enorgullecerse de ello.
Rancho aparte serían las dos referencias expresas al tamaño del miembro viril del ahora viejo Mustio Collado («una tranca de galeote» y «esa pinga de burro»), que por un lado nos remiten a Freud: algún día alguien debería investigar la obsesión de los narradores, y no sólo de los latinoamericanos —aunque en ellos se dé muy acusada—, porque sus protagonistas estén dotados de modo tan descomunal por la Madre Naturaleza. Bien que, por otro lado, providencialmente, le brinden al autor de la reseña el título de la misma.

01/12/2004

 
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