ARTÍCULO

Arte y huida

Anagrama, Barcelona, 184 págs.
Trad. de Javier Albiñana
 

Hace ya tiempo, en 1988 concretamente, que Jean Echenoz (Orange, 1948), uno de los escritores más característicos de la Francia de este fin de siglo fue galardonado en el Salón del Libro de París con el Premio Gutenberg como «la mayor esperanza de las letras francesas». Unos años después, una encuesta realizada por la revista Le Nouvel Observateur, lo eligió como el novelista francés de más relevancia internacional de la década de los noventa. También le sería otorgado el European Literary Prize por su novela Lago (1989), así como, en 1999, el Premio Goncourt por la novela ahora traducida a nuestro idioma, Me voy. Todo ello viene al caso para explicar que el lugar que ocupa Echenoz dentro de la literatura francesa actual es algo más que circunstancial y tiene que ser mirado como todo un fenómeno particular, reflejo de un estilo, un universo, una filosofía y una búsqueda narrativa autónoma.

Una de las literaturas, en efecto, más originales que ha dado Francia a lo largo de las últimas décadas, Echenoz cuenta con una gran aceptación por parte del público de su país y a la vez con un sólido y unánime prestigio dentro del campo de la crítica, de dentro y fuera de Francia. Forjador de una especie de «tercera vía» del realismo posmoderno literario, Echenoz es el gran simulador de ficciones, entre lo verosímil y lo inverosímil, entre lo ingenuo y lo hiperconsciente, entre lo aparentemente accidental y gratuito y las construcciones férreamente deliberadas, entre la carga subterránea de un humor permanente e interno y la melancolía teñida de amenazas de toda clase en mundos ya futuros, glaciales, asépticos, despersonalizados, fingidos, carentes de alma. En mundos que han sobrevivido o que aún no han pasado por una catástrofe nuclear, como se palpaba en esa rara novela de trama científica y de espionaje que es Lago.

La novela Me voy comienza con un adiós a todo, simbolizado en una frase («me voy») y en una ruptura de pareja. Y así acaba también, con esas mismas palabras, dichas en el mismo sitio y espacio, pero con una mutación absoluta de carácter ambiental, personal, interno, que es reflejo de un breve paréntesis que no ha dejado de avanzar y que es también el preludio de nuevas huidas hacia delante, hacia no se sabe dónde. Porque Ferrer, el protagonista de la novela, está yéndose sin cesar, mudando de sitio y de piel, de mujer, de amantes y de enfoques que le va dando a su profesión, que gira en torno al arte moderno. Enfoques, pequeños matices que dependen estrechamente del mercado, como se sabe lo más fluctuante de todo. Lo que guía incluso las más remotas y descabelladas aventuras como esa que Ferrer está a punto de emprender para localizar el tesoro de un barco perdido en el Polo Norte. Estamos en un mundo en el que a pesar de su rutina y de su aparente inmovilidad, todo cambia y evoluciona, todo puede ser inesperado, existe lo desconocido y las rupturas tajantes, todo puede desaparecer y aparecer de un momento a otro. El laboratorio de movilidad permanente y de inquietud que Echenoz ha escogido en esta ocasión es el microcosmos del arte moderno, con sus coleccionistas, sus tendencias y modas efímeras, sus negocios sustanciosos, sus ciclos de optimismo o de catastrofismo, sus timos, sus abusos, su narcisismo y su falta de fidelidad a todo.

Antiguo artista, escultor, para ser precisos, mudado a galerista («reciclado al comercio del arte ajeno») medio traficante, erudito o jugador experto, Ferrer es un avispado y cínico cincuentón que arrastra su soledad como un fardo ligero, placentero, como algo conocido y aceptado sin mucho dolor, que va rellenando aquí y allá con imprevistas sorpresas y encuentros que le ofrece la vida o a los que él les sale al paso sin mucha pasión. Ferrer sabe que todo cambia y se recicla en nuestros días, uno mismo es algo perfectamente aprovechable que se puede escribir con nuevos caracteres en cualquier momento, corrigiendo el anterior yo. Por eso el paso de artista a comerciante no será la última ni única mutación: cuando el mundo del arte moderno entre durante una época en un impasse preocupante («había habido unos años de fiebre pero ahora la moda de todo aquello parecía caducada y el filón agotado») él «modifica su campo de acción» y vuelve la vista y la dedicación al arte étnico, que parece ser que es lo que se lleva. Así, que de la noche a la mañana, para poner a flote su vida, sus créditos, su galería, su prestigio entre los artistas plásticos que se le van a puñados, nos lo vemos hecho un especialista en «el arte polar» («arte paleoballenero, colmillos de mamut esculpidos, barbas de ballena, tentetiesos de cúbito de foca») cuando alguien informado le diga que un tesoro está aún a disposición de quien lo encuentre en un barco perdido en el Polo Norte. A partir de ahí, de la mano de la ironía de Echenoz y de esos giros desconcertantes e inesperados que continuamente dan sus tramas, nos veremos embarcados como lectores en las más impensables aventuras e intrigas policiacas con las que este escritor, que ama por encima de todo la acción, le gusta adornar sus historias.

Jean Echenoz es un realista de nuestros días, incrédulo de la realidad y de su falta de sentido, de su fragilidad extrema. En un universo en el que nada es inmutable, nada es tampoco seguro, y cuando se crea tener de nuevo las riendas de la propia vida, todo podrá dar un giro inesperado. El que acaba de abandonar a alguien al comienzo de la narración será a su vez abandonado por otro distinto cuando ésta parezca finalizar. Pero todo es un engaño momentáneo: en la vieja puerta conocida y antes cerrada, aparece una desconocida que le dice amablemente «pase». O sea, algo, «por casualidad» («créame no lo había previsto», se disculpará Ferrer) da comienzo de nuevo. En la novela Me voy todos huyen y se esconden, de sí mismos y de los otros, hay muertos que simulan haber muerto y en realidad viven, y una búsqueda desenfrenada de la belleza o bien de ese alma esquiva que como la de la foca «una vez muerto el animal, permanece en la punta del arpón». Irónico y descabellado, amante del pastiche y de los homenajes literarios ocultos, de los fetiches (todas sus novelas están impregnadas de objetos y rastros de color amarillo), a Echenoz le gustan las tramas de acción pura pasadas por el filtro del artilugio y del malestar intelectual. También siente fascinación por los cambios geográficos bruscos (de París al Polo Norte), las aventuras rocambolescas, los viajes, las búsquedas de tesoros y las pesquisas policiacas donde se mueven personajes estrafalarios, pero también los más simples e inocentes. Como un Verne o Conrad de nuestros días, sabe que no se puede ser simplemente eso, inocente, y que hay que ironizar e introducir el placer, el juego literario, el enigma de la identidad en todo ello. Cabalgando siempre entre dos mundos, el grave y el ligero, Echenoz construye sus propios universos poéticos mestizos y mezcla los mapas y paisajes más cercanos, como el parisino y urbano, con el elemento exótico más remoto y disparatado. Un exotismo que, curiosamente, en esta obra, es el Ártico, pero también San Sebastián, por donde deambula un ladrón de arte polar.

01/11/2000

 
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