ARTÍCULO

Ganando barlovento. La carrera hacia la Casa Blanca

 

COMO LA CÓLERA DE AQUILES

Los que le conocen dicen que tiene un carácter imposible, muy propenso a esos raptos de cólera que hicieron la fama de Aquiles, el de los pies ligeros. Quienes no nos contamos en el círculo de sus íntimos y hubimos de limitarnos a seguirle en televisión, también pudimos colegir algo similar.

John McCain había elegido un rincón apacible para anunciar su retirada de la carrera por la presidencia americana. Estaba en su rancho, en las cercanías de Sedona, en Arizona, el estado por el que es senador en el Congreso de Estados Unidos. Sedona, en la transición entre la meseta del río Colorado y el gran desierto de Sonora, es un lugar ameno, lleno de vegetación grata por inesperada, donde muchos angelinos han buscado refugio de la polución de su ciudad, de los altos impuestos californianos y, también, de la creciente pleamar hispana que rompe en las playas del Pacífico. Por allí, en Valle Verde, tiene McCain un rancho que, al parecer, vino junto con el no despreciable patrimonio y las conexiones políticas del padre de su segunda y actual mujer, Cindy, née Hensley.

El lugar podía ser apacible, pero el mensaje no lo era y la forma de comunicarlo malocultaba un rescoldo de cólera. Sobre un fondo de montañas, el 9 de marzo, dos días después del Supermartes de las primarias presidenciales, John McCain hacía saber a los medios de comunicación allí congregados que «ya no soy un candidato activo para la nominación presidencial de mi partido»Alison Mitchell, «McCain Quits Race but Stops Short of Endorsing Bush», New York Times, 10/03/00. . El matiz de activo lo decía todo, pues McCain por el momento no desistía y no se pasaba al campo del triunfador, como suele ser costumbre entre los vencidos en estas lides, sino que se limitaba a no seguir activando su campaña. De esta forma, insistía en que el mensaje con el que había movilizado a decenas de miles de votantes seguía vivo, se reservaba el derecho de hacerse oír en la convención republicana que se celebrará en Filadelfia a principios de agosto y daba claras señales de que su derrota sólo se debía a las maniobras de su contrincante y victimario, George W. Bush, y de su entorno.

McCain no rompía con el partido republicano, pero advertía de que «lo que es bueno para mi país, es bueno para mi partido» y no a la inversa, una puerta abierta para seguir removiendo los temas que tanto habían disgustado a los poncios del Grand Old Party (GOP). McCain es un republicano leal. Su madre, Roberta McCain, ya lo era y se había preocupado de hacer que sus tres hijos sintiesen las mismas simpatías por el partido de Lincoln, Teddy Roosevelt y Reagan. McCain es un conservador sin tacha. En su carrera de senador ha votado a favor de una enmienda constitucional que ilegalizara la quema de banderas americanas; en contra de la ERA (equal rights amendment, una enmienda constitucional que garantizaría la igualdad de derechos de las mujeres y una de las grandes derrotas del movimiento feminista); en contra de todas las restricciones, por pequeñas que fueran, a la adquisición y el uso de armas de fuego; a favor de todas las propuestas de restricción del abortoE. Walsh y H.Dewar, «"Stirring the Pot" in an Elite Club», Washington Post, 03/03/00. . McCain ha sido un reaganiano consistente en cuestiones de impuestos, de reducciones presupuestarias, de recortes a la administración, de políticas de salud o de seguridad social. McCain es un héroe de guerra. En octubre de 1967 su avión fue abatido sobre Vietnam del Norte y cayó prisionero de Hanoi por cinco años y medio en los que fue sometido a malos tratos y torturas.

Los republicanos, que tanto han denostado a Clinton por sus deficiencias en combatir por la patria y su supuesta falta de principios, deberían darse con un canto en los dientes por contar con un candidato como McCain. Sin embargo, la oposición desde dentro de su partido ha sido de una fiereza habitualmente sólo destinada a los adversarios. A McCain el establecimiento republicano le ha perseguido desde el primer día por ser un maverick y por intentar aguar la coronación que ellos habían montado, hasta conseguir que, para él, fuera marzo el mes más cruel.

Al parecer, Sam Maverick era un granjero inconformista que no marcaba a sus vacas. Su apellido se ha convertido en un epónimo para los excesivamente independientes, los que no se ajustan a los moldes establecidos y los doncontreras, esa gente que nunca se sabe por dónde va a salir y que tanto enferma a los funcionarios. Son la flor de la maravilla, como Lucas Skywalker con el que McCain se ha comparado a menudo.

Según el, sólo Lucas Skywalker podría atreverse con el imperio de Darth Vader, que en la política americana es el turbio mundo de la financiación de los partidos. Política y dinero han ido muy a menudo juntos y habría que ser profundamente ingenuo para pensar que sus lazos pueden cortarse de un tajo. McCain no lo es, pero sí cree que el compadreo entre los intereses económicos y las decisiones electorales ha llegado demasiado lejos.

De hecho, el sistema americano ha intentado embridarlo y es muy rígido en la limitación de las cantidades que pueden aportarse directamente a la financiación de las campañas electorales. Las personas físicas o jurídicas no pueden contribuir con más de mil dólares a la campaña electoral de un determinado candidato. Es un límite establecido hace más de veinte años y sancionado por el Tribunal Supremo. Buena parte de los fondos que manejan los candidatos proviene de estas aportaciones. Por ejemplo, George W. Bush ha contado con la ayuda de sus pioneros, un grupo de unos doscientos empresarios con buenas conexiones que, por medio de esquemas piramidales, han levantado los 70 millones de dólares que el candidato tenía en sus arcas a finales de 1999. Este dinero está sometido a muchos controles (por ejemplo, las organizaciones de campaña han de llevar un registro nominativo de los donantes y dicho registro debe ser público) cuyas infracciones pueden ser perseguidas en los tribunales. Otra fuente de financiación firme son los fondos federales complementarios que van a aquellos candidatos que acepten una serie de trabas en la forma de gastar su dinero. Se estima que en el 2000, este apartado puede llegar a un total de 60 millones de dólares.

Pero este dinero en firme (hardmoney) no es más que la punta del iceberg. Por debajo se mueven cantidades mucho mas importantes e incontroladas, el llamado dinero blando o soft money. Los partidos pueden recibir sumas de dinero, no directamente ligadas a la campaña del candidato Z, para realizar distintas actividades que le beneficien sin llamar a votarle directamente. Los llamados PAC (Political Action Committees), o Comités de Acción Política, pueden hacer publicidad indirecta de las posiciones de los candidatos sin estar sometidos a los controles del dinero en firme. Y más allá de ellos, nada impide que un candidato pueda gastar cuanto quiera de su patrimonio personal, como lo hizo en pasadas elecciones presidenciales Ross Perot, o que un millonario amigo suyo se dedique a defender sus posiciones o a denigrar las de sus adversarios. Las previsiones de expertos citados por el New York Times apuntan a que en estas elecciones los dos grandes partidos pueden obtener, en conjunto, más de 525 millones de dólares en dinero blando, el doble que en la campaña de 1996J. M. Broder, «McCain and Bradley Collect Big Money but It Isn't Soft», New York Times, 16/12/99. . No hay que ser especialmente sagaz para saber que esas contribuciones acabarán por pasar factura.

Con la excepción de Steve Forbes, que es rico por su casa y puede gastarse una mínima parte de su fortuna en intentos llamados al fracaso desde el comienzoSegún el Center for Public Integrity (The buying of the President 2000, URL: http://www.publicintegrity.org), Forbes se gastó en su campaña presidencial para el año 2000, más de 53 millones de dólares. , todos los candidatos tienen que echar mano de las contribuciones en firme, y la mayoría, Forbes inclusive, se benefician del dinero blando. Pero mientras algunos, como Bush, se han erigido en campeones de la no limitación de los gastos electorales y otros, como Gore, han preferido pasar como por sobre ascuas por el asunto, McCain y Bill Bradley por los demócratas convirtieron la financiación electoral en el centro de sus propuestas reformistas.

Para los demócratas la cosa no parece ser decisiva, pero los republicanos interpretaron las aspiraciones reformistas de McCain como una traición a los intereses del partido. Tanta susceptibilidad tiene su razón de ser. Hay muchas grandes empresas y muchos millonarios que financian al partido demócrata y otros muchos que juegan a ganador y colocado con ambos, como Seagram, Nabisco, Anhauser-Busch, MCI, o American Airlines que reparte sus contribuciones en matemáticas mitadesThe Center for Public Integrity, Thebuying of the President 2000, URL: http://www.publicintegrity.org. . Pero, en general, el dinero prefiere al GOP, que se alinea con casi todas sus aspiraciones, muy en especial con las propuestas de reducción del impuesto sobre la renta y las de eliminar los impuestos sobre las ganancias del capital. Reducir el flujo del dinero blando, en la versión de la mayoría republicana, haría que el GOP hubiese de jugar el partido sobre una sola pierna y favorecería las expectativas del adversario, quien siempre tendrá a su favor la acción organizada de los sindicatos. Otras versiones, menos bondadosas, señalan que el dinero blando es precisamente el medio de que se valen las grandes empresas para domeñar a los republicanos y convertirles en sus mejores portavoces.

Tampoco es que el programa de McCain fuera excesivamente claro, pues se componía en su mayor parte de denuncias genéricas sobre la corrupción que fomenta el sistema y sobre lo que dio en llamar el triángulo de hierro de Washington, cuyos vértices son el dinero, los lobbies y la legislatura. La propuesta de McCain consistía simplemente en prohibir el dinero blando, sin dar muchos más detalles. Bill Bradley, por su parte, proponía además que las campañas electorales se pagasen exclusivamente con cargo a fondos federales.

Lo cierto es que, en medio de la hostilidad del aparato republicano y de sus portavoces en la sociedad civil, las propuestas de McCain consiguieron la atención de muchos votantes. Las elecciones americanas registran un alto grado de abstención (casi un 50% en los años más recientes), lo que a menudo ha sido visto como un creciente desinterés, rayano en el cinismo, por parte de ese público hacia la participación política. En las primarias, la abstención es aún mayor. Sin embargo, la tendencia se invirtió durante los meses de febrero y marzo y la razón no era otra que aquella promesa de limpiar el ambiente político con la reforma, hasta ahora siempre pospuesta, de la financiación de las campañas electorales. Con esta veta popular o populista, McCain pudo movilizar a numerosos votantes que anteriormente se quedaban en casa, entre la estupefacción y el susto de los partidarios de Bush que llegaron a ver en globo su candidatura.

Surgió así un fenómeno curioso. Cuanto más se reforzaba la candidatura de McCain, tanto más se veía éste obligado a apoyarse en el electorado extramuros del GOP. En las encuestas a pie de urna de las primarias republicanas aparecieron numerosos votantes que se autodefinían como demócratas y, sobre todo, como independientes. La mayoría de estos últimos apoyaba a McCain. En New Hampshire, en las primarias abiertas republicanas, un 41% de los votantes fueron independientes y, de entre ellos, el 61% votó por McCain. Datos parecidos arrojaban otros estados. En Michigan, el 35% de los electores eran independientes y preferían a McCain en un 67%. En Nueva York, las magnitudes respectivas fueron 23% y 58%; en Ohio, 24% y 56%; en Carolina del Sur, 30% y 60%. Lo más llamativo eran los resultados de California. En ese estado las primarias tenían colegio único, sin separar a republicanos de demócratas, y todos los electores podían votar a alguno de los candidatos. Pues bien, un 11% del electorado se proclamaba independiente y prefería a McCain (30%) sobre Bush (22%) y sobre Gore (26%).

Así que las suspicacias iniciales sobre McCain no podían sino reforzarse. Si el candidato no era capaz de seguir el programa republicano y, además, se jactaba de su cercanía a los independientes, cómo confiar en que, a pesar de sus acendrados antecedentes conservadores, fuera a defender la línea del partido en el futuro. Pronto le cayeron encima acusaciones de liberal vergonzante lo que, en la jerga republicana, es uno de los peores insultos políticos, sobre todo por lo de liberal. El día previo a las elecciones del Supermartes, uno de los miembros del consejo editorial del Wall Street Journal resumía así: «Si John McCain gana la nominación republicana, lo habrá conseguido no por haber convencido a su partido, sino por haberlo secuestrado con la ayuda de extraños y tras haber aceptado enfebrecido las acusaciones de sus enemigos. Si pierde, habrá proporcionado a los demócratas la supuesta prueba de que la máquina republicana está dispuesta a devorar a sus propios hijos antes que a reformarse. En ambos casos, se trata pura y simplemente de una traición y la traición, por definición, es un acto difícil de cohonestar con el honor»Mark Helprin, «The Uses of Honor», Wall Street Journal, 03/06/00. . Palabras estas siempre duras pero de significado especial para quienes, como McCain, se han educado en el mundo militar.

UNA CORONACIÓN DESLUCIDA

Es una inquina, empero, relativamente fácil de entender. De una u otra forma McCain ha aguado una coronación, la de Bush Jr., que se suponía iba a discurrir por una carretera sin baches, digno ensayo general con todo de lo que habría de ser el triunfo republicano en las presidenciales de noviembre.

Tras ocho años de dura abstinencia, la Casa Blanca estaba a su alcance si se hacían las cosas bien. Los estrategas del GOP habían pensado en todo. De entrada, era menester un programa integrador. Los programas, ya se sabe, están para incumplirlos, pero son un elemento legitimador indispensable. Los años de Ronald Reagan, por todo el esplendor en que los ven envueltos los republicanos, se habían caracterizado por sus aristas. Poco a poco, el electorado inicialmente entusiasta se había ido desflecando y muchos de los votantes se habían pasado a la abstención o a los demócratas. Tal vez a causa de las reformas fiscales del 81 y del 86 que favorecieron desproporcionadamente a los más ricos; tal vez por la inflexibilidad de sus políticas sociales que coartaban los programas de acción afirmativa para mujeres y minorías étnicas; tal vez por la intolerancia de que hacían gala los fundamentalistas cristianos; tal vez por los exagerados déficit fiscales que se fueron acumulando; tal vez por todas esas razones juntas. Lo indudable es que era necesario dotar al programa republicano de un rostro menos antipático y excluyente. Ya se había intentado con Bush Sr., sus mil puntos de luz y su gran tienda republicana que podía dar cobijo a casi todos. Lástima que la inesperada crisis económica de 1990-91 se llevara todo ese esfuerzo por delante. Pero aún es tiempo.

Nació así el conservadurismo compasivo (compassionate conservatism). Pocos saben lo que es y Bush Jr. no ha hecho mucho por aclararlo. Parece un conservadurismo compensado, que busca alcanzar el centro de la derecha mediante triangulaciones y ganar todos los votos dudosos. Hay promesas de menos impuestos para todos, un 6,5% menos para los tramos superiores y un 5% para los inferiores. Grosso modo, quien ganara 200.000 dólares al año pasaría de pagar 79.000 dólares de impuestos a 66.000, y quien tuvo una base imponible de 20.000 dólares pagaría 2.000 en vez de 3.000. Rebajas equitativas. En educación, no desaparecerá la escuela pública, pero se verá obligada a competir con la privada y, si aquélla no mejora sus resultados, los padres podrán obtener bonos para enviar a sus hijos a la segunda, con lo que se pueden arañar parcelas importantes del voto femenino, tan devoto de una buena educación para sus hijos y últimamente enfeudado a los demócratas. Conviene no seguir alborotando tanto con los valores familiares ni con el aborto, que eso podría enfadar a las mujeres ganadas con la cuestión escolar. A cambio del sosiego programático de la derecha fundamentalista, se insistirá en la importancia de la religión en la vida personal del candidato. Preguntado en un debate a comienzos de diciembre sobre su filósofo político favorito, Bush fue contundente: «Jesús, porque ha cambiado mi corazón». Además, los cristianos renacidos pueden confiar en una maniobra que lleve a cambiar la decisión de 1973 que legalizó el aborto, la famosa Roe v. Wade. Existe el precedente familiar de cuando en 1991 Bush padre nombró a Clarence Thomas para el Tribunal Supremo y cambió la relación de fuerzas en su seno. Triangulación tras triangulación.

La compasión iba a ser el banderín de enganche para recomponer la alianza de fuerzas sociales que llevó a Ronald Reagan a la presidencia e inició la aún pendiente revolución republicana. Tradicionalmente, hasta los años treinta del siglo pasado el partido republicano había sido la expresión de las clases acomodadas, urbanas, cultas y yankees, es decir, la criatura del Nordeste liberal. Pero esto empezó a cambiar en los sesenta. California, que, recordémoslo, fue primera en elegir a Reagan para gobernador en 1966, es el suelo sobre el que se construye inicialmente lo que se ha llamado Reagan Country, el nuevo país de ReaganEl primero en describirlo fue James Q. Wilson, «A Guide to Reagan Country: The Political Culture of Southern California», Commentary, mayo 1967. .

El país de Reagan era el archipiélago de las urbanizaciones y viviendas unifamiliares de los suburbanitas, la clase media que había huido de las ciudades desde los cincuenta, populista e individualista, aferrada a sus nuevas propiedades y descontenta con la relajación moral de los años sesenta, de la que acusaba a la inteligencia liberal. En 1980 y en 1984, al antiguo patriciado y a estos sectores plebeyos se sumaron los llamados demócratas de Reagan, el factor decisivo de sus victorias electorales en ambos años. Eran fundamentalmente trabajadores del sector industrial, muchos de ellos católicos, gentes del Midwest y del Sur que habían sido por más de cuarenta años los sustentadores del New Deal de F. D. Roosevelt y que protestaban a su manera contra la incierta situación económica y política bajo Carter y contra el peso que habían adquirido dentro del partido demócrata los grupos que encarnaron desde los sesenta el enfrentamiento con el sistema, los defensores de los derechos civiles de las minorías, las feministas, los opositores a la guerra en Vietnam, los intelectuales críticos. Desde el sur de California, el país de Reagan ocupó toda América. La América que necesita también hoy de una nueva reconquista.

Pero para ganar cuota en el mercado de la política no basta con tener un producto y un público objetivo, se necesita también un portavoz, un líder, un rostro telegénico. Si el careto trae consigo un nombre conocido o reconocible, es decir, es una marca, tanto mejor. En las dehesas republicanas, el ejemplar pastueño que reunía todas esas ventajas era el joven Bush, el primer candidato republicano de y para la generación de los boomers. Bush padre y Bob Dole, los dos presidenciables anteriores, habían sido como dos clones del abuelo Cebolleta que, a poco que se les dejase, te endilgaban la milonga de Guadalcanal o de Omaha Beach. Bush el joven contaba además con un capital político acumulado en dos elecciones como gobernador de Texas y la ventaja coyuntural de no ser un insider, un político criado en el seno del Beltway, el cinturón de ronda que ciñe a Washington. Era lo que se dice un pimpollo de canela. Había quien apuntaba que el candidato tenía algunas manifiestas deficiencias, como su escasa formación, su completa ignorancia de la geopolítica internacional o sus dificultades con la gramática. En junio de 1999, tras las huellas de Reagan, Bush confundió a Eslovaquia con Eslovenia y todavía los periodistas recuerdan alborozados su descripción del mundo de la guerra fría. «Cuando yo crecí, era un mundo peligroso, pero sabías exactamente quiénes eran. Eran ellos contra nosotros y estaba claro quiénes eran ellos. Hoy no sabemos con seguridad quiénes son ellos, pero sabemos que están ahí»Intervención en el Iowa Western Community College, 22/01/00. .

Pero el veredicto de los ancianos de la tribu fue unánime. Bush el Menor tenía que ser coronado. Y le adelantaron 70 millones de dólares para que organizase la ceremonia a todo plan. Los avisados no podrían dejar de ver la justicia poética de que fuera un miembro del mismo clan familiar el encargado de ajustar las cuentas con los advenedizos que en 1992 habían arrebatado al GOP y a Bush el Mayor el derecho de primogenitura sobre la presidencia que creían que Ronald Reagan les había ganado para siempre.

Tras el huracán McCain, toda esta estrategia ha quedado seriamente averiada. No son destrozos irreparables, pero recomponerlos va a ser costoso. El gentil caballero del Sur y sus amigos han hecho gala de una evidente mezquindad, que hasta entonces sólo los malpensados les suponían. Ante una audiencia de mujeres en Long Island, Bush acusó a McCain, a sabiendas de que era falso, de no haber votado a favor de programas contra el cáncer de mama. Beau geste. Unos colegas tejanos, los hermanos millonarios Sam y Charles Wyly, estuvieron detrás de una serie de anuncios de televisión, por la que se sacudieron 2,5 millones de dólares y en la que se ponía en duda la firmeza de McCain en la lucha contra la polución atmosférica, sin mencionar al tiempo que durante su mandato el gobernador de Texas ha contemplado impasible, entre otras cosas, un aumento galopante de la contaminación en Houston, la cuarta metrópoli del país. Los Wyly, por cierto, gestionan un fondo de inversiones (Maverick Capital Fund) que, entre otras cosas, invierte 90 millones de dólares del patrimonio de la universidad de Texas, una institución pública cuyo consejo rector es designado por el gobernador del estado, y por ello cobran una comisión anual de unos 950.000 dólaresHouston Chronicle, 04/03/00. . Nobleza obliga.

El viaje al centro, con su distancia diplomática respecto de la derecha cristiana, se detuvo en seco. Cuando, tras las primarias de New Hampshire, McCain comenzó a ser visto como un peligro real, Bush decidió hacer de Carolina del Sur su cortafuegos y para ello se lanzó a los brazos de las instituciones más conservadoras del lugar, empezando con una conferencia en la universidad Bob Jones, un pilar del fundamentalismo, que, entre otras cosas, hasta ese momento prohibía las citas interraciales. Pat Robertson, fundador de la Cristian Coalition, que había estado calladito hasta el momento, salió como una pantera a defender a Bush cuando McCain le reprochó esa aparición. Según los exit polls, en Carolina del Sur un 61% de los votantes se autoconsideraba conservador y, de ellos, el 65% votaba por Bush; del 34% que decía pertenecer a la derecha religiosa, más de dos tercios le daban su voto. Una historia similar se repetiría en todas primarias posteriores.

Para parar a McCain, Bush tuvo también que gastarse toda su tesorería. Es, hasta el momento, el candidato más caro de la historia de las primarias. No es que sus patronos republicanos tengan que reparar en gastos o no puedan poner a su disposición otros tantos millones de dólares si lo hubiere menester. Pero, de no ser por la subida del Nasdaq y las stock options, más de uno se estaría lamentando de que la broma les había salido por un pico.

Así que la coronación ha acabado un tanto deslucida. El aclamado monarca, discutido y despilfarrador, de quien se sospecha que tiene unas sienes en exceso chicas para la gran corona que ha de ceñirlas, tiene el manto salpicado del barro que lo enlodó tras de tanto lanzarlo a su adversario. Por su parte, McCain, como Aquiles, el de los pies ligeros, seguía ahí, mohíno en su rincón, aunque, republicano leal hasta el fin, acabó por declarar su apoyo a la candidatura de su rival, escuchando a los aqueos que imploraban su vuelta al campamento de los Atridas. ¿Le seguirá la mayoría de sus partidarios en ese viaje de vuelta?, esa es la pregunta del millón, porque son ellos quienes tienen las llaves de la elección de noviembreDías antes de la reunión con Bush (9 de mayo) en que endosó su candidatura, McCain seguía gozando de una gran popularidad. Un 23% de los electores le prefería sobre Bush y Gore (Encuesta NBC/Wall Street Journal) y una mayoría daba su aprobación por encima de los otros dos candidatos (Encuesta USA Today/CNN/Gallup), lo que subraya su importancia («Mr. McCain's Medecine», The New York Times, 10/05/2000). .

REFLORECER DE UN ATRIBULADO MACHO BETA

Nada suele ser tan complicado para los políticos de hoy como hacer coincidir actitud y gesto. Antes de que llegara la televisión esto no pasaba y los políticos podían entregarse sin más a su natural concupiscencia por el poder. Pero hoy, con CNN y demás cadenas noticiosas siguiéndoles por doquier, todos han de tener el gesto amable y la disposición risueña que tape lo adusto de su condición. Algunos privilegiados, como Adolfo Suárez en su día o, más recientemente, Bill Clinton, igual porque no se educaron en colegios de pago, parecen tener un don natural para conciliarlos, pero la mayoría lo encuentra sumamente difícil. Tal vez por eso a unos la sonrisa se les trueca en rictus, como les pasa a Aznar, a George W. Bush, a Gore y a otros que se tragaron el cucharón en la escuela y no hay forma de sacárselo del gaznate.

El actual vicepresidente de Estados Unidos es inteligente, sin duda. Pero la inteligencia no hace siempre atractivas a las personalidades y los listos no tienen por qué ser también divertidos. El votante medio siente que pasar una tarde con Gore debe ser tan excitante como una representación de El círculo de tiza caucasiano. Por otra parte, los listos tienden a hacer excesiva ostentación de su natural y a veces se pasan, como cuando, con toda modestia, Gore le dijo a Wolf Blitzer, un corresponsal de CNN, que «durante mis años de servicio en el Congreso americano, yo tomé la iniciativa de la creación de Internet»Entrevista, 03/09/99. .

Tal vez por estas cosillas, tal vez, como lo pregonan tantos ilustres republicanos, por ser el segundo de Clinton, lo cierto es que en la primavera y el verano de 1999, su candidatura parecía adolecer de rigor mortis en estado avanzado. Todas las encuestas de aquella época predecían una derrota por goleada, hasta veinte puntos de diferencia, si llegaba a enfrentarse con George W. Bush. Fue así como, de grado o por la fuerza aparente de estos sondeos, que presagiaban una estruendosa paliza, Bill Bradley decidió echar su envite.

No es que Bradley fuera la alegría de la huerta. Sus tiempos de senador y de candidato para nada realzaban una imagen poco convencional. Había quien recordaba su pasado de baloncestista con los Knicks de Nueva York, pero esto, dos años después de que en Minnesota eligiesen a Jesse Ventura, un antiguo profesional de la lucha libre, para gobernar el estado, tampoco daba para pasmarse. Los diarios que más le jalearon, el New York Times y el Washington Post, dejaban entrever que Bradley representaba el retorno liberal, o sea, en la jerga política americana, una posición más a la izquierda que la defendida por Gore. No era demasiado cierto, ni eran tantas las divergencias entre ambos candidatos. Bradley, como se ha dicho, jugaba una carta similar a la de McCain en cuanto a financiación de las campañas políticas. Bradley se presentaba también como ajeno a los círculos de poder de Washington. En el terreno educativo, Bradley insistía la calidad de la escuela pública, pero anteriormente había matizado este punto con ciertas aperturas a los bonos escolares tan caros a los republicanos. Donde más claro aparecía su liberalismo era en asuntos de salud. Bradley defendía una cobertura universal y pública, aún inexistente en Estados Unidos, que garantizase asistencia sanitaria a los cuarenta y cinco millones de americanos que carecen de seguro médico. Todas estas propuestas llevaban lógicamente aparejado un aumento de los gastos fiscales, asunto que, si bien estaba cercano a la práctica histórica de los liberales demócratas, la revolución reaganiana había conseguido desprestigiar por su tendencia a la hipertrofia burocrática.

Pasados unos primeros momentos de desconcierto que le llevaron a intentar una versión propia del plus et egoPor ejemplo, Gore llegó a decir que, para él, la disposición favorable hacia los gays sería una condición indispensable para elegir a los altos mandos militares. , Gore resolvió recomponer la figura. Para el hombre que había inventado Internet y reinventado el gobierno tampoco tenía que ser tan difícil hacerse un lifting. Así que tomó dos decisiones claves. Ante todo, cambiar su equipo directivo y luego largarse de Washington, para llevar su cuartel general de campaña a Tennessee, el estado de Elvis Presley, por el que los Gore, padre e hijo, habían sido senadores. Seguiría siendo vicepresidente de Estados Unidos, pero nadie podría acusarle de ser un hombre de la capital.

Pero la decisión más sublime, seguramente para él también la más complicada, fue la de evitar seguir siendo un blando. Gore es hombre de familia, fiel a su señora incluso desde antes de conocerla, amén de tímido, discreto y muy cortés, lo que ha llevado a muchos a tenerle por el prototipo del macho beta, segundón, sumiso, escasamente agresivo y profundamente triste, es decir, todo lo contrario de un líder carismático. Lo sorprendente tras tantos años de feminismo militante es que buena parte de las mujeres americanas que habían votado masivamente por Clinton el adúltero compartan ese juicio y no le vean como un candidato atractivo. Como diría algún psicólogo neodarwiniano radical al estilo de Steven Pinker, nueva prueba de la hipótesis de las inversiones maternas diferenciales según la cual las hembras seleccionan entre los machos y dan preferencia en el acceso carnal a quienes exhiben mejor dotación genética o a aquellos que otras mujeres prefieren, sin requerirles completa fidelidad.

¿Se puede aprender a ser macho alfa o acaso estas cosas se llevan en la masa de la sangre? ¿Somos naturaleza o historia? Lo menos que se puede decir es que Gore se decidió por dársela con queso a Darwin con Jay Gould y arrojarse, es un decir, en brazos de Naomi Wolf. Wolf se autodescribe como una campeona del feminismo. En 1991 publicó un libro sobre el mito de la belleza femenina, que en su sentir sólo es una excusa para mejorar las ventas de cosméticos, algo que debió resonar como la música de las esferas en los oídos de las tenidas por feas, aunque no parece haber mejorado dramáticamente su situación ni les ha hecho comprar menos productos de belleza. Luego vino Fire with Fire donde recriminaba al feminismo de misa y olla su escasa afición por el lado divertido de la vida y aconsejaba a sus lectoras utilizar sus armas de mujer, dando de nuevo al coqueteo el lugar preeminente que debe ocupar en las cosas del querer. Naomi fue quien en la elección de 1996 le apuntó a Clinton la importancia de ser un excelente padre de familia, consejo que, como es sabido, el presidente siguió a pie juntillas.

Pues bien, Gore reclutó a Naomi Wolf para que le alfadesbetizase, con un sueldo inicial de 15.000 dólares mensuales. Será por sus sabios consejos (Gore viste desde entonces cazadoras de cuero y ha renunciado a hablar desde el podio para mezclarse con sus audiencias micrófono en mano como si fuera la misma Oprah Winfrey), será por la volubilidad del cuerpo electoral, lo cierto es que los hados le son ahora más propicios. Los sondeos a finales de marzo le colocaban en un empate técnico con Bush. Y todavía quedan largos meses de campaña electoral en los que podrá, como así lo espera, mejorar su posición.

Hay gentes de poca fe que atribuyen esta recuperación a factores menos taumatúrgicos, siendo muy principal el de no haber hecho mudanza en lo tocante a su centrismo, que comparte con Clinton y con los líderes actuales del partido demócrata. Esas mismas gentes apuntan que, a pesar de los sabrosos líos de faldas del presidente saliente y más allá de una bonanza económica sin precedentes que ningún partido puede apuntarse aunque todos lo intenten, la recuperación política de los demócratas bajo Clinton se debe, ante todo, a que han vuelto a conectar con la clase media entre la que tanto habían perdidoKenneth S. Baer, Reinventing Democrats. The Politics of Liberalism from Reagan to Clinton, University Press of Kansas, Lawrence, Kansas, 2000. . Con la palanca del Consejo de Líderes Demócratas (DLC o Democratic Leadership Council), Clinton, primero, comenzó a separar al partido de sus sectores más extremados y, luego, poco a poco, se fue apoderando de las plataformas republicanas de mayor éxito. Así, con mayor o menor conviccion, se convirtió en un crítico del gobierno excesivo, dio más espacio de juego a los distintos estados de la Unión, disminuyó por un tiempo los gastos militares, renunció a llevar a cabo una reforma a fondo del sistema de salud, insistió en la reducción del crimen, aumentó el número de policías en las calles, presidió un sorprendente descenso de la delincuencia, vio reducirse el número de los abortos y de los embarazos de adolescentes, mejoró las escuelas y reclutó un mayor número de maestros, ofreció a los jubilados más beneficios en los asuntos que les afectan, reformó el sistema de asistencia social, hizo toda clase de gestos hacia las minorías. Tuvo incluso la gran fortuna de ser él, Bill Clinton, el presidente de los demócratas manirrotos, quien trocase en negro el color de las cuentas federales e iniciase la primera reducción de la deuda pública en muchas lunas. Durante años, los republicanos veían atónitos la audacia de aquel ladrón de banderas.

Cuando por fin creyeron tenerle entre las garras, a cuenta de su incapacidad para tener las manos quietas en la cercanía de un cuerpo femenino y de su calculada facundia ante jueces y jurados, que bordeó peligrosamente el perjurio en un par de ocasiones, los perplejos republicanos hubieron de aceptar finalmente la amarga realidad de verle zafarse una vez más, cual Houdini redivivo, porque el público no estaba dispuesto a seguirles por la senda de convertir los pecados mortales del despacho oval en los graves crímenes o delitos que los fundadores de la república habían exigido para deponer a un presidente, a pesar de la literatura escatológica del fiscal especial Kenneth Starr, cuya lectura debiera haberse prohibido a los menores de veintiún años evitando con ello un mayor deterioro de los valores familiares.

Sea como fuere, el vicepresidente Gore, que no se vio implicado en estos asuntos, pero que se muestra firme en reclamar su parte del centrismo clintoniano, se libró de su inicial marasmo y desarrolló una campaña de primarias en la que dejó fácilmente en la cuneta a Bill Bradley. Gore se convertía así en el candidato indiscutido del partido demócrata, sin tener que hacer frente a réditos de desconfianza ni peligros de desunión.

UN LARGO Y CÁLIDO VERANO

No habían sino terminado de reverberar los relampagueantes discursos de los candidatos electos de ambos partidos cuando ya los contendientes estaban enzarzados en la gresca electoral. En elecciones anteriores, la campaña de las primarias era mucho más prolongada. Se iniciaba en febrero, serpeaba hasta el verano y culminaba en agosto con las convenciones de los partidos para abrir los dos meses finales hasta las elecciones de noviembre. Este ritmo mantenía la tensión informativa y, sobre todo, daba mucha cancha a los perdedores. Tal vez por eso en el 2000 se ha ensayado el método de la muerte súbita y las suertes están echadas desde mediados de marzo. La campaña presidencial va a ser larga, demasiado larga, y desde luego muy caliente si se mide por la cantidad de leña que los contrincantes echarán al fuego. También, se supone, va a ser contradictoriaUna muestra palmaria ha sido el caso de Elián González Brotons, el niño cubano de seis años rescatado del Atlántico, tras de que su madre y otros familiares perecieran al tratar de ganar las costas de Florida huyendo de la Cuba castrista. El asunto ha dado mucho de sí en España, en Cuba y en la república irredenta de la Pequeña Habana en Miami, aunque la atención que le han prestado los medios americanos haya sido mucho menor; mayormente, como la de quien se frota los ojos para poder dar crédito a lo que está viendo. Legalmente, el asunto no tenía vuelta de hoja. Perdida la vida de la madre, la patria potestad sobre el niño correspondía a su padre, Juan Miguel González, quien, acuciado por Fidel Castro en persona, reclamaba el ejercicio de ese derecho sobre sus familiares de Miami. Sin embargo, éstos, en especial Lázaro González, el tío abuelo de Elián, y su hiperestésica hija Marysleisis, que se privaba cada vez que le recordaban estas pequeñeces jurídicas, jaleados por la mayoría de las organizaciones de exiliados cubanos, se negaban a entregarlo y amenazaban con una campaña de desobediencia civil o incluso de resistencia activa si el gobierno de Clinton insistía en hacer cumplir las leyes, lo que finalmente hizo, como es sabido, con gran despliegue de fuerza. En Miami, viven cerca de ochocientos mil exiliados cubanos que han ido abandonando la isla en sucesivas oleadas durante los cuarenta años de dictadura castrista y que, lógicamente, desean utilizar cualquier arma en contra del dictador. En esta ocasión ha sido Elián. Lamentablemente lo han esgrimido de forma tan poco reflexiva y tan fuera de medida como es su costumbre. Así el favor que le han hecho a Castro ha superado incluso el daño que se han causado a sí mismos. Si el exilio cubano no cambia de actitud y no encuentra líderes más comprometidos con la causa de las libertades que los que actualmente le guían, hay que temerse que el régimen que suceda a Castro acabe por hacerle la competencia en su falta de respeto por los procesos democráticos. Por su parte, Florida es el cuarto estado en importancia para las elecciones presidenciales. Su peso puede resultar decisivo en Noviembre y ello ha contribuido a que en torno a Elián se haya tejido una maraña de despropósitos a menudo difícil de comprender. Los republicanos, tradicionales defensores de los valores familiares, se han convertido, con Bush a la cabeza, en campeones de que Elián no fuera entregado a su padre. El alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, que ha defendido a ultranza al grupo de policías de su ciudad que cosió con 41 tiros a un inmigrante de color desarmado, Amadou Diallo, por el solo hecho de ser negro, criticó la acción de las fuerzas del INS que recuperaron a Elián como un acto propio de las Sturmtruppen nazis. Por su parte, en un gambito poco afortunado, Gore rompió filas con su gobierno y recomendó que Elián recibiese la consideración de residente legal en Estados Unidos hasta que un tribunal de familia resolviese sobre su situación, lo que no parece la forma más imaginativa para cuadrar el círculo de hacerse grato a los exiliados y ganar el centro en la misma tacada. , sucia y ruin.

Y es que todos, pero en especial los republicanos, se juegan mucho. Para ellos otros cuatro, previsiblemente ocho, años de aplazamiento en la reconquista espiritual de América pueden ser demasiados, tantos que hasta la misma empresa se ponga en peligro. Ya hay síntomas de que muchos fundamentalistas abandonan la ilusión de renovar el mundo sublunar y prefieren una mayor privatización de sus creencias y de sus vidas. Cuando la parusia se retrasa, el cenobio atrae. Pero si las tropas se vuelven a casa, tampoco habrá espacio para otros grandes temas como la reducción de impuestos o un mayor adelgazamiento del estado. Por eso urge ganar, y esta es su gran oportunidad, mientras Gore siga siendo un macho beta y se le pueda acusar de complicidad tácita en los desafueros presidenciales. De ahí los dos mensajes fundamentales que Karl Rove, el director de la campaña electoral de Bush, ha seleccionado: la necesidad de cambiar y la cuestión del carácter.

«Quién quiere otros ocho años de Clinton-Gore», lanza el candidato republicano a sus audiencias más fervorosas, que lo tienen muy claro y, como él, exigen el cambio. Ocho años más de Clinton-Gore, para ellos, significan más deterioro moral, la decadencia de la familia, la continuación del relativismo de los sesenta y un mayor descrédito para las instituciones federales. Pero es una pregunta traicionera. Buena parte del país, incluidos muchos empresarios y muchísimos asalariados, bien desearía otros ocho años más de lo mismo, porque tienen en la cabeza no sólo las cifras macroeconómicas, sino los resultados de sus compañías y la subida espectacular de los índices bursátiles. Y esas cosas no afectan sólo a quienes antiguamente las izquierdas motejaban de plutócratas, sino a ese 50% de familias americanas que tienen sus ahorros, muchos o pocos, metidos en Wall Street.

En condiciones normales, es muy difícil desbancar a unos gobernantes bendecidos por la bonanza económica. La actual de Estados Unidos es espectacular. En febrero del 2000, tras 107 meses ininterrumpidos de crecimiento, la economía americana rompió el récord de su anterior más larga expansión, la de los años sesenta. En 1999 el PIB creció en un 4,5% y llegó a los 9,24 billones de dólares. Este aumento ha ido acompañado por un descenso de los índices de paro que, desde finales de 1998 se mantienen por debajo del 4,5% y, significativamente de una inflación estable, un 2,7% en 1999. Las expectativas de que la expansión se mantenga son grandes. Las previsiones medias de los expertos de The Economist esperaban, en marzo del 2000, un crecimiento del 4,2% para este año y un 2,9% para el 2001«Economic Indicators», The Economist, 11-17/03/00. . La mediana de las rentas familiares en 1998 marcó un nuevo récord al colocarse en 46.737 dólares anuales. La productividad media de los noventa se ha colocado en el 2%, superior a aquella tasa anoréxica del 1,1% que se registró en 1974-96, aunque todavía inferior al 2,8% que fue común en los sesenta.

Si acaso hay algo que amenace la continuidad de esta gran expansión es su excesivo éxito. Así lo ve la Reserva Federal que ha ido subiendo los tipos de interés desde mediados de 1999. Pero, salvo un cataclismo inesperado, cuando llegue noviembre muchos electores se van a decir que nunca han estado mejor y posiblemente sea eso lo que más pese en su voto, si es que llegan a depositarlo. Para animarles a que voten y lo hagan por él, Bush ofrece una fuerte rebaja de impuestos, por un total de 483 millardos de dólares en los próximos cinco años, seguida por otra de casi iguales dimensiones en los cinco siguientes. Nada más lógico cuando la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) estima que el superávit fiscal en los próximos diez años puede llegar a 1,9 billones de dólares. Queda por ver, sin embargo, si el superávit puede realmente materializarseVer las dudas que plantea Robert R. Reischauer, «The Phantom Surplus», New York Times, 28/01/00. y, en su caso, si no hay otros asuntos más urgentes a los que dedicar esas ganancias. Para los demócratas, para John McCain y aun para algunos dirigentes republicanos del Congreso, el recorte de Bush es exagerado si se quiere mantener la salud financiera del sistema de Seguridad Social y mejorar las prestaciones sanitarias a la sociedad. Los sondeos a pie de urna entre los votantes de algunas primarias muestran que muchos electores, especialmente en esta época de vacas gordas, están más preocupados por esto último que por pagar menos impuestos. Por ejemplo, en Nueva York, un 42% de los republicanos estaba a favor de una reducción impositiva y un 52% a favor de gastar el superávit en mejorar la seguridad social; entre estos últimos, sólo un 42% había votado por Bush. Para otros, el problema está en la letra pequeña. El grupo Citizens for Tax Justice, un centro de investigación poco simpatizante de estas propuestas, adelanta que el 36,9% de esa reducción se la llevaría el 1% de los contribuyentes con rentas anuales de 301.000 dólares o más. Las rentas superiores a los 89.000 dólares, es decir, el 10% de los contribuyentes, se quedarían con un 61,6% de la rebaja, en tanto que sólo un 11% iría para el 60% que gana por debajo de 38.200 dólares.

En resumidas cuentas, si lo que se propone es un cambio en la dirección económica, parece que Bush nada contracorriente y que no va a tener fácil atraer a los independientes que votaron por McCain, menos aún recomponer el país de Reagan para convertirlo en el suyo. Pero los republicanos esperan que el ciudadano no vote necesariamente con la cartera. Y ahí es donde aparece lo del carácter de los candidatos

A las gentes de condición racionalista esto del carácter les pone nerviosos, porque es uno de esos fenómenos que no son susceptibles de explicación analítica. Se tiene o no se tiene y quienes dicen poseerlo suelen razonar, más o menos, así: «usted no tiene carácter porque no se parece a mí; si se pareciese a mí, usted sería todo un carácter», con lo que la cosa parece un ardid para definir sin ser definido y condenar sin dar razones. Si acaso, cuando las personas de carácter quieren afinar un poco hacen gestos en la dirección de un arquetipo que encarna los valores tradicionales y que, ya figura histórica, ya desiderátum, suele venir adornado con un tocado de plumas míticas. Para muchos americanos, es el hombre de la frontera y sus atributos, tal y como los ha apuntado Garry Wills, «el contacto con la naturaleza, la desconfianza hacia el gobierno, la dignidad alcanzada por el propio esfuerzo, el escepticismo para con los conocimientos del especialista»Garry Wills, John Wayne's America.The Politics of Celebrity, Simon & Schuster, Nueva York, 1997, p. 311. . Cosas todas ellas difíciles de alcanzar en el mundo actual, pues tomadas al pie de la letra son cualidades premodernas.

Pero premoderno es el universo de quienes se sienten desconcertados por la escasez de certezas y superados por la complicada América de hoy, el de quienes equiparan la renuncia al dogmatismo con la carencia de convicciones y la delicuescencia moral. La apuesta de los estrategas republicanos, que para nada creen que el mundo actual sea tan sencillo como el cliché que proyectan hacia sus bases más fieles, es que esa palanca les sirva de pértiga para alcanzar la presidencia. Seguramente es un cálculo basado en un espejismo. Para que se produjese tan fausta conjunción astral tendría antes que suceder que, como en los setenta, el partido demócrata y los grupos, a menudo contradictorios, sobre los que se asienta su amplia coalición social dejasen de ganar barlovento y perdiesen de nuevo el norte o, por mejor decir, el centro. Si hay una lección que Al Gore se sabe de carretilla, sea en su actual reencarnación de macho alfa o en su antiguo papel de macho beta, es la de que ese regalo no se lo va a hacer.

01/06/2000

 
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