ARTÍCULO

Las afinidades electivas

Seix Barral, Barcelona
366 pp. 21 €
 

De nuevo la ciudad de Barcelona como verdadera protagonista de la última incursión narrativa de Eduardo Mendoza. Salvo el (relativo) paréntesis veneciano de La isla inaudita y aquel estupendo libro de encargo sobre la ciudad de Nueva York, toda la obra del novelista catalán se ha ceñido a las lindes geográficas de su ciudad. Sostiene Mendoza que el narrador de ficciones imaginativas proclive al realismo, como él, debe elegir un tiempo lo suficientemente lejano como para poder fantasear con entera libertad, pero lo ajustadamente cercano como para que el lector empatice aún con ese aroma vagamente soñado que se nos relata y evitar así caer en la falacia de la novela histórica de cartón piedra. En esta ocasión, el escenario elegido es la Barcelona que va desde la derrota del PSC en las segundas elecciones autonómicas hasta su proclamación como candidata olímpica, en 1986. Dos años de vida cotidiana y pulsiones sociales nuevas: especulación, primeros indicios de corrupción generalizada, aburguesamiento de la clase política nacida de la lucha antifranquista, hasta la aparición del sida, como metáfora y símbolo de un final de época, esa que nació en mayo del 68 y a la que Mauricio, el protagonista de esta farsa agridulce y entretenida, confiesa a las primeras de cambio no pertenecer.
Como en casi todas sus novelas, admiramos de nuevo en Mendoza sus múltiples virtudes como narrador: eficacia estilística, manejo preciso de la composición narrativa, sentido del humor, oído para la jugosa transcripción del aroma popular, ironía y, sobre todo, una capacidad excelsa para la estampa costumbrista: no me negarán los que la hayan leído que sus dos mejores momentos, con diferencia, son el primer mitin de Mauricio, en el extrarradio, y la descripción de la boda de su amigo.
Lo del fin de la novela, que tanta polémica causó en su día, parece habérselo tomado completamente en serio y quizá por eso prefiera, ya que nada tiene, a la postre, el más mínimo sentido (y no se olvide que la novela, como género, nació para dar cuenta del sentido, precisamente), construir estas piezas de relojería «perfectamente hechas», donde prime el paso ligero («una comedia ligera», como la que pretendía escribir del ínclito protagonista de su novela homónima), la sonrisa, el placer del texto sin tacha, sobre cualquier otra consideración trascendente del orden que fuere. En absoluto cree Mendoza que la literatura sea o haya de ser ese hachazo que rompe el hielo de la molicie, como propugnaba Kafka hace casi un siglo. La posmodernidad feble sólo tolera la mirada lúdica y compasiva, no el compromiso. Fruto de ese tácito escepticismo, que impregna la novela toda, nace esta reflexión de Fontán, el amigo de Mauricio, casi al comienzo: «Nadie duerme tranquilo, y los niños menos que nadie. De pequeño me pasaba buena parte de la noche en vela, devanándome el seso, infligiéndome a mí mismo un auténtico tormento [...]. Entonces pensaba que los mayores habían encontrado la respuesta a las cuestiones fundamentales y por eso dormían a pierna suelta, roncando y resoplando como si quisieran proclamar groseramente su propia serenidad. Más tarde comprendí que los adultos tampoco saben nada. Simplemente, otras preocupaciones más prosaicas pero inmediatas les impiden filosofar. No sé si éste es el secreto de la vida. Lo único que te puedo decir es que darle vueltas a las cosas que no tienen solución no sirve para nada.Y mientras tanto, el tiempo va pasando».
Dicho todo lo cual, debo subrayar también que Mauricio o las elecciones primarias no sólo se recrea en la descripción desopilante de ambientes y arquetipos, cuya diáfana intención ya aparece dibujada desde los mismos nombres que enjareta a muchos de sus personajes: Mosén Serapio, la Porritos, la Leona, la Señá Remedios, el abogado Macabrós, etc., sino que se ha de observar también un esfuerzo (ambiguo, que se ha quedado a medias, atrapado en la facilidad feliz del costumbrismo) por construir (algunos) personajes complejos psicológicamente. El protagonista, sin duda, pero también su novia, Clotilde, trascienden el arquetipo tópico y se ven envueltos en un remolino sentimental y económico más complejo y sutil que el chafarrinón chic o goyesco (que tanto abunda) de taberna, hospital, hotel de lujo o fiesta burguesa.
La moraleja final, desvaída por el paso del tiempo, empañada de melancolía y una secreta tristeza, es acaso lo mejor de la novela, pues esa Porritos salida de otro mundo y atrapada por la nueva peste, ese ángel derrotado, al cuidado de un pobre diablo, un cura rojo beodo y una vecina chirle, se eleva a categoría de símbolo de un tiempo vivido entre paréntesis, un tiempo, menos de veinte años, de mayo del 68 a junio del 86, que quiso ser y nunca fue, un paréntesis atrapado entre dos depredadores sin escrúpulos: el recuerdo emocional e idealizado de la lucha obrera clandestina, por un lado, y el pragmatismo impío y funcionarial de los políticos profesionales de la nueva situación advenida, por otro.
Que Mendoza no ponga toda la carne en el asador, sino que se «conforme» con escribir novelas estupendas, que se leen de un tirón, con la sonrisa triste en los labios, y que apenas rozan el alma común porque acaso se ha dejado de creer en ella, es lo que más se lamenta tras el disfrute de libros como éste, testimonio, sin duda, de un tiempo entre paréntesis. Tan real como la vida misma: en las treguas de la guerra o del amor, allí donde uno se juega verdaderamente la vida, en los tiempos muertos, en los intervalos, la gente saca el tiempo de lustrarse las botas o de fumarse el cigarrillo. No pretendamos, pues, hacer metafísica con las volutas de su humo. Inútilmente.

01/10/2006

 
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