ARTÍCULO

Mascarada

 

Homenaje al Bosco por su puesta en escena y su abigarrada coreografía de personajes, este último libro de Camilo José Cela de estructura dramatizada, que se publica parejo a su novela Madera deboj, pretende ser, al hilo del 98 o del último aliento finisecular, una reflexión sobre los males españoles del siglo, en el cual han sobrado, según el autor, ruidos y nervios a flor de piel, mesías de la verdad, redentores de las clases oprimidas, cruzados, apóstoles del bien y del mal y salvadores de la patria.

Cela expresa su convencimiento, nada original por cierto, de que el germen de la historia española posterior se encuentra en el período comprendido entre la pérdida de las colonias y la guerra civil. Por eso reúne, entre ángeles, demonios, personajes anónimos, bastoneros y maestros de ceremonias, a los escritores e intelectuales de entonces para que cada cual responda ante tan estrambótico tribunal con sus teorías y opiniones, entresacadas de sus obras y escritos, sobre el estado catatónico de España, de su política, de su economía y de su literatura.

Nadie pone en duda a estas alturas que la memoria histórica y la reflexión sobre nuestro destino son oportunas para no echar antes o después los errores a la espalda. Tampoco que engarzarlas con el estilo tremendista, socarrón e irreverente característico del autor sirve para no caer en el tono apocalíptico o la queja lastimera. Ahora bien, como nunca llueve del mismo modo, el cuadro dramático que presenta aquí, ni cala, ni convence ni anima a la reflexión, sino que se desbarata y echa a perder porque los personajes son peleles bobos en los hilos de un guiñol y sus declaraciones tan obvias y simples como descarnadas fuera del contexto en que se escribieron.

Conocido es el interés de Cela en proclamarse heredero de la técnica impresionista de Baroja y de la visión expresionista –muñecos y máscaras– de Valle-Inclán y Gutiérrez Solana. En estos derroteros y en estos modos imitativos anda, como otros suyos, este libro. Nuestro Nobel ha montado, en efecto, un guiñol de máscaras, pero no para dar una visión distinta de la realidad, sino para manejar las marionetas al tuntún, como un demiurgo caprichoso, y dejarlas desbarrar como papagayos, de manera que, lejos de enfrentarse a los problemas españoles que nos amenazan –la piedra de la locura, el garrote y las guerras fratricidas–, lo que hace el escritor es poner en solfa el dolor y la miseria.

Baroja trataba los problemas de España buscando las causas y denunciando las corrupciones; Valle deformaba la apariencia de la realidad mediante un proceso de desenmascaramiento, es decir, quitándole sus máscaras visibles para que al final apareciera la verdadera máscara, la de la corrupción; Solana pintaba el rostro trágico de España en las inexpresivas y acartonadas máscaras de sus personajes acosados por la indolencia y la frustración. Cela, por el contrario, se queda en la pura máscara, sin traspasar el umbral del desenmascaramiento o del esperpento que desvelen el sentido trágico de la vida española.

¿Novela dialogada o pieza dramática? Poco importa, al cabo, su caracterización genérica, pues como novela carece de acción, trama, argumento y personajes, aunque esté llena de argumentos y nombres, y como obra de teatro carece de movimiento escénico. El resultado es más bien un globo que se va desinflando poco a poco, un discurso textual o político dialogado, sin alfa ni omega, que va despojándose de todo aquello que parece prometer en un principio. Porque aunque el libro se abre, es cierto, con una estructura que enfrenta de forma dialéctica a los personajes, luego, más pronto de lo deseable, se convierte en una especie de crónica necrológica, de obituario inútil en el que se acumulan las fechas y los nombres de sucesos y fallecidos ilustres que figuran en cualquier enciclopedia escolar. Así las cosas, el efecto final no puede ser más desalentador, ya que los temas no interesan ni apasionan, la escritura suena a registros oxidados en el laboratorio celiano y la lectura es como el «tic-tic, tic-tic» del reloj de Machado, «siempre igual, monótono y aburrido».

01/03/2000

 
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