Le Corbusier
ARTÍCULO

Más profundo que la ecología profunda: el anarquismo primitivista de John Zerzan

Trad. de Hipólito Patón Numa Ediciones, Valencia
150 págs. 12,02 2.000 ptas.
 

Comenzaremos evocando dos escenas recientes, en el contexto de los actuales debates sobre la globalización capitalista. La primera tiene lugar en la Universidad Tecnológica de Tampere (Finlandia), a mediados de agosto de 2001. Dentro de un congreso sobre el porvenir de la industria textil, interviene un orador de la OMC (Organización Mundial del Comercio). El panegírico de la liberalización va alcanzando cotas de verdadero esplendor. El orador desarrolla ampliamente las ventajas económicas de la esclavitud, y trata de probar que la guerra de Secesión llevada a cabo por el norte de los Estados Unidos contra el sur fue un error: «La guerra perturbó la economía, mientras que el libre mercado hubiese, con el tiempo, transformado naturalmente a los esclavos en empleados del Tercer Mundo, que resultan menos caros y más rentables». La audiencia no pestañea. El final es de traca: «Y ahora, esta es la respuesta de la OMC a dos problemas cruciales del management de hoy en día: ¿cómo mantener una relación con los trabajadores a distancia? ¿Cómo conservar la propia salud mental del manager gracias a un tiempo de distracción satisfactorio?». Delante de unas ciento cincuenta personas, en su mayoría profesores y estudiantes universitarios altamente cualificados, Hank Hardy Unruh, expositor de la OMC, se rasga el traje negro y deja ver una combinación dorada ajustada. Entre sus piernas cuelga una especie de pene dorado gigante al final del cual se encuentra una pantalla de vídeo. Merced a este «Traje Informal del Manager», presentado como una aplicación de las nuevas tecnologías para los profesionales del futuro, «el manager puede estar en contacto íntimo con sus empleados a lo largo y ancho del mundo. Gracias a chips implantados en el hombro de cada empleado, el manager, que tiene también sensores en las nalgas y en su traje, puede captar en directo el humor y el nivel de productividad de sus trabajadores. El pene transmite por vídeo las imágenes de webcams instaladas en el interior y alrededor de las fábricas. El manager puede vigilar así a cada empleado e incluso hablarle gracias a una interfaz de chat». Aplausos estruendosos. Segunda escena: una conferencia del anarquista norteamericano John Zerzan –acompañado por un compañero de las comunidades locales de Oregón, Robin Terranova–, en un abarrotado local de la ciudad de Valencia, el 4 de octubre de 2001. Los oradores denuncian que al anarquismo le ha faltado históricamente una perspectiva ecológica, critican duramente al movimiento antiglobalización por su reformismo y pacifismo («el pacifismo –subraya Terranova–no lleva nunca a ningún lado»), y alaban diversas prácticas insurreccionales verdes (destrozar maquinaria, quemar fábricas, arrasar plantaciones de transgénicos...). Los seres humanos nunca disfrutaron de tanta libertad, igualdad, salud y experiencia auténtica no enajenada como en las épocas del Paleolítico anteriores a la aparición del lenguaje articulado. Hay que acabar con la civilización. Zerzan remata la faena atacando a la izquierda por pedir siempre «más de lo mismo» (en referencia al orden social actual): «Los primitivistas buscamos un mundo descentralizado, de relaciones cara a cara, sin delegación ninguna». El final también es de traca: Zerzan alardea de una camiseta suya donde, junto con la imagen de cierta pareja de altas torres gemelas, puede leerse el lema: «Todo lo que sube tiene que bajar». La concurrencia lo celebra con risas y aplausos. La primera de las escenas es un ejemplo de cabaré político bien conseguido: un activista del colectivo estadounidense Yesmen consiguió suplantar al orador de la OMC, con la intención de «pervertir el mensaje de la OMC llevando hasta el extremo la lógica del ultraliberalismo» y sobre todo, «mostrar que esta organización puede hacer que un grupo de asistentes ultradiplomados se crean cualquier cosa». De hecho, la audiencia finlandesa no reaccionó frente la media hora de afirmaciones delirantes. «El presidente de la universidad me felicitó tres veces en público», narró después el activista. «Al día siguiente, durante el cóctel, yo estaba en la mesa de la alcaldesa. Inclusive le preguntamos a una docena de personas presentes y ninguna tenía dudas. Sólo una mujer pensó que el símbolo fálico estaba fuera de lugar. Muy atentamente, le prometí pensar en una versión con senos high-tech». La superchería fue revelada posteriormente a la prensa finlandesa. (La información procede de El Grano de Arena, boletín electrónico de ATTAC, número 105, del 12 de septiembre de 2001). En la segunda escena, por desgracia, no hay teatro alguno: es una conferencia real, que he reconstruido a partir de testimonios minuciosos de amigos valencianos que asistieron a la misma. Zerzan ha adquirido notoriedad mundial a partir de que cierta prensa lo encumbrara a «cabecilla de la antiglobalización», tras la contestación a la «cumbre» de Seattle en 1999, y ahora sus escritos se traducen en todo el mundo. De varias publicaciones recientes en castellano, selecciono el libro Futuro primitivo para hilar estos comentarios. Hay toda una corriente de pensamiento contemporáneo, particularmente en Estados Unidos, que se extiende desde ciertos integrismos ecologistas (algunas versiones de la deep ecology) hasta el ala «primitivista» del anarquismo norteamericano, tal y como la representa el filósofo John Zerzan (nacido en 1943, y con su doctorado en Ciencias Políticas e Historia por Stanford). Seguramente resulta imposible superarle en su órdago anticivilizatorio. En Futuro primitivo se articula una sobrecogedora nostalgia de lo pre-humano. Para Zerzan, el Edén se sitúa antes de que el Homo degenerase en Homo sapiens sapiens, antes de despeñarnos por la sima del lenguaje articulado, la capacidad de simbolizar y la actividad artística. La cultura no representa sino «alienación respecto a lo natural» (pág. 16), que es lo bueno, puro y santo. «Provenimos de un lugar de magia, entendimiento y plenitud, y hemos tomado un camino monstruoso que nos ha llevado al vacío de la doctrina del progreso, arrastrados por la cultura simbólica y la división del trabajo. Vacía y alienante, la lógica de la domesticación, con su exigencia de controlarlo todo, nos muestra ahora la ruina de la civilización, que pudre todo lo demás» (pág. 35). La superación de todas las escisiones, y en particular de las separaciones humanidad/naturaleza y sujeto/objeto, se concibe como un retorno a los estadios previos a la hominización, ya que «el lenguaje mismo corrompe» (como declara Zerzan en otro ensayo, «Esas cosas que hacemos», con una referencia explícita a Rousseau). Aunque los cazadores-recolectores actuales representen una degeneración con respecto a los paleolíticos sin lenguaje, suponen de todas formas un ideal frente a los «civilizados»: así, se alaba al bosquimano por ser capaz de matar a un leopardo en la lucha cuerpo a cuerpo (pág. 23). Los dos términos clave en la retórica de Zerzan, me parece, son la «domesticación» como polo negativo y la «autenticidad» como polo positivo. «El panorama de la autenticidad surge a partir nada menos que de una disolución completa de la estructura represora de la civilización» (Zerzan en su «Diccionario del nihilista», Futuro primitivo, pág. 126). «El placer de la autenticidad existe solamente en contra de los principios de la sociedad» (pág. 118). Nuestro autor se recrea en una nueva «jerga de la autenticidad», para cartografiar la cual no sería del todo inútil repasar aquel viejo libro de Adorno sobre Heidegger... Pero esa nostalgia de la vida animal –la «vida no mediada»–, para quienes no podemos volver a ser pre-sapiens ni aunque nos lo propongamos, ¿adónde conduce? Situar la Edad de Oro en un pasado inalcanzable por definición me parece reaccionario. Se trata de otro ejemplo ––me temo– de la loca idealización de lo que nos queda lejos, lo más lejos posible, de manera que nuestro pensamiento desiderativo no tiene por qué arriesgarse en el contraste con la realidad, que suele ser doloroso. «Todo cuanto tienes que decir guarda relación con lo "pequeño". Ése es tu contenido. Tu hostilidad contra lo "grande", contra lo "sano", contra los "nervios", contra "las alturas", en una palabra: contra Nietzsche», escribía Elias Canetti, justo antes de morir (al final de los Apuntes 1992-1993). Si añadimos a la enumeración de aborrecimientos «lo auténtico» y «lo primitivo», tras de Nietzsche se nos alinea Zerzan. ¿Correctamente en cuanto a la historia de las ideas? Yo diría que sí. Este hombre es de la estirpe del bigotudo Friedrich (aunque resulte un pigmeo a su lado), no de la de Kropotkin. El aspecto más enigmático de todos es la seducción que una propuesta política/antipolítica de este tipo puede ejercer sobre determinados sectores de la juventud rebelde occidental (en las conferencias de Zerzan no cabe ni un alfiler, ya se celebren en California o en el Levante español). Puesto que la glorificación zerzaniana del precivilizado sólo puede ser coherente o bien con una práctica contemplativa de un ideal humano inalcanzable por definición (no podemos extirpar el lenguaje de nuestras cabezas), o bien con una revuelta nihilista de alcance abismal, dispuesta a destruir todo lo que constituyen las bases (materiales y culturales) de la vida humana sobre este planeta, hay motivos para estar preocupados. Si alguien propone de verdad una regresión semejante, lo primero que tendría que hacer es aventurar una respuesta a la pregunta: ¿qué hacemos con los aproximadamente 5.900 millones de seres humanos que sobran –teniendo en cuenta la capacidad de carga de los ecosistemas– en el mundo feliz pre-neolítico al que queremos llegar? Asistimos a un inquietante renacimiento del mito del buen salvaje en los umbrales del siglo XXI . El ideal de la sociedad sin trabajo, sin producción, sin arte, sin capacidad de simbolizar y sin lenguaje articulado... Treinta años rebelándonos contra la caricatura de los productivistas, según la cual «lo que quiere el ecologismo es la vuelta a las cavernas», y aquí llega este sujeto, directamente importado de su cabaña de Oregón, para hacer buena la caricatura. Si abrigásemos una visión conspirativa de la historia, tendríamos que pensar que a este mozo lo emplea la CIA para desacreditar al movimiento contra la globalización capitalista.

01/02/2002

 
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