ARTÍCULO

Más allá de las comisuras

Siruela, Madrid
148 pp. 16,90 euros
 

Quienes conozcan la obra de Menchu Gutiérrez enseguida se darán cuenta de que Detrás de la boca, su último libro, supone un paso más en su proyecto de poe­ti­zar distintas partes del cuerpo. En Disección de una tormenta (2005) se ocupó del cabello y ahora le toca el turno a la boca que, como era de esperar, no recibe el tratamiento que le daría un poeta petrarquista, sino el de una voz visionaria y delicada a partes iguales, poseída por la querencia tardorromántica de rozar el absoluto sin valerse de un código cultural anterior.
Quizá por ello el lugar natural que le corresponde, si pretendemos adscribirlo a un género literario, sea el de la literatura sapiencial. En su versión arcaica y bíblica se trataba de una poesía didáctica, proverbial, bastante más estilizada y mucho menos iracunda y personal que la voz de los profetas, que nunca perdía de vista su función de hacer las enseñanzas teológicas asequibles a cualquiera.
Detrás de la boca participa de algunas de estas características, aunque no de todas. Aquí no hay enseñanzas teológicas, entre otras razones porque hoy en día estas enseñanzas no aparecen como tales en ningún texto con voluntad exclusivamente literaria, como es el caso. Sin embargo, sí hay voluntad de aleccionar, lo que define al volumen como uno de aquellos «evangelios seculares» que se produjeron durante el Romanticismo. Esto, unido al rechazo –también romántico– de un código reconocible que facilite la interpretación, resume bien las tensiones del libro.
En esta obra se describe a grandes trazos y por medio de escenas nebulosas la existencia de un lugar donde un prisionero está escribiendo un Libro de la boca. Más concretamente, es dentro de un búnker y en su mazmorra más profunda donde vive el prisionero que, además de escribir el libro, guarda, se nos dice, un gran secreto. Este prisionero podría salir si quisiera, puesto que por su celda pasa una escalera de caracol, pero no se atreve.
También se nos dice que estamos en tiempo de guerra y, con cierta frecuencia, se traslada al lector una paradoja sostenida: el prisionero no sabe qué quieren de él sus guardianes y no alcanza a comprender por qué creen que él les podría salvar de una catástrofe. La paradoja reside en que, según el prisionero, esa catástrofe es su obra maestra. Aunque la obra no tiene una fácil reducción a lo argumentativo, está claro que este nivel literal de lo que ocurre es, como todo lo demás en la obra, extremadamente fragmentario.
Al fin y al cabo, el libro busca, más que construir la lógica de un relato, o un relato con su lógica, enlazar distintas reflexiones, compilar y transmitir el saber recogido en ese otro texto que es el ya mencionado Libro de la boca que escribe el prisionero. Todo ello no está exento de cierta complejidad y hace que en más de una ocasión el lector se pregunte si no sería mejor suprimir esta mediación y mostrarnos directamente lo que escribe el prisionero.
El texto, sin embargo, discurre más bien por la senda de la compilación y la transmisión, y en ese sentido Detrás de la boca tiene algo de diccionario cultural o enciclopedia, algo de aquellos textos helenísticos o medievales que por la sobreabundancia de materiales que reunían terminaban finalmente escondidos tras un centón de escrituras ajenas. Esta característica se observa en los relatos que quedan a medias, las intuiciones, las reflexiones y, sobre todo, en el catálogo de todo lo relacionado con la boca que, en algunas ocasiones, alcanza un lirismo nítido y fluido. Así sucede cuando habla de la saliva, del silencio del vino o cuando se expone una taxonomía del beso.
El peso del fragmentarismo puede observarse por comparación con otras obras que pertenecen al mismo género y que, como éste, también aspiran a crear un texto capaz de rozar el absoluto. Por ejemplo, La pasión según G.H. o Un soplo de vida de Clarice Lispector están codificadas según la cábala (el esoterismo místico de los judíos) y las dos grandes cuestiones sobre las que especula: el origen divino de la creación y los atributos de Dios. Gracias a esta codificación pueden leer­se literalmente, como una serie de hechos, y también en un sentido anagógico, como un medio para elevarse a la comprensión de las cosas divinas.
En Detrás de la boca, sin embargo, no hay un código claramente reconocible que procure una clave para la interpretación en los distintos niveles. Literalmente, puede parecer que se trata de la historia de un prisionero, pero al no haber un argumento definido en forma de hechos que se suceden, el paso a otros niveles de interpretación se estanca por falta de andamiaje. El resultado es, en muchas ocasiones, lo informe. Quizás el prisionero simbolice la lengua, aprisionada en la boca, pero también puede ser el pensamiento puro y absoluto carente de forma que, paradójicamente, escribe y da forma a otro libro, es decir, una alegoría de «la cárcel del lenguaje». Pero no es descartable que el prisionero sea Dios, al mismo tiempo producto de la imaginación humana y catástrofe para nuestro imaginario actual.
Los hallazgos verbales que contiene, y son muchos, tal vez lucirían más en forma de poemas, con menos riesgo de cruzar el umbral del parergon y quedar diseminados sin límites. El peligro de los márgenes es que nos acercan a ese espacio donde no hay encriptamiento posible y, si llegamos a él, entonces puede producirse una incomunicación frustrante o que lleguemos a tocar lo sublime. 

 

01/05/2008

 
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