ARTÍCULO

Las máscaras negras del deseo

Anagrama, Barcelona
334 pp. 19,50 €
 

Marta Sanz conjuga con talento las inflexiones de esos oscuros objetos llamados género, sexo y crimen en una novela cuyo enigma importa menos que la respuesta ética que los personajes formulan, o dejan en suspenso, ante sus deseos más acuciantes.
Arturo Zarco es contratado por los Esquivel para investigar el asesinato de su hija y confirmar, de paso, los prejuicios raciales que el matrimonio exhibe sin pudor alguno contra el yerno marroquí. Hombre leído y de apetencias sexuales heterodoxas, el detective cree estar exento de las estrecheces culturales de sus clientes, ser un profesional ajeno a las bajas pasiones de los demás. Sin embargo, al internarse en la casa madrileña de la difunta para sondear a los vecinos, la irrupción de un elemento inesperado en el escenario del crimen –el amor de un efebo– lo intimará a desatender el encargo. Será Paula, su exmujer, quien deberá lidiar, una vez más, con sus faltas, remendar los traspiés e intentar así cobrarse las deudas sentimentales del propio pasado.
El diálogo telefónico de esta pareja malhadada enmarca el relato de la investigación en curso y comenta las novedades de una comunidad sin héroes cuyos vecinos truecan, a conveniencia, los roles de voyeurs, delatores y reos. El contrapunto entre Paula y Zarco es repetitivo pero eficaz, y establece los modos sádicos de su intercambio, dinámica que también tiñe las demás relaciones afectivas de la novela. Como ilustra su título, el texto tiene una estructuración tripartita: los protagonistas mencionados y Luz, la madre del efebo, se encargan de presentarle al lector, con ópticas divergentes y por turnos, a los mismos personajes, hechos y entornos. Cada narrador tiene una motivación oculta, reparos y limitaciones particulares que el lector deberá sopesar con cuidado para abrirse paso entre conjeturas tendenciosas, medias verdades y mentiras flagrantes. Entre ellos, pues, se erige un juego de seducción mutua, una puja de poder para definir quién obtiene las riendas de la narración. Todos quieren imponer su palabra y emular a Svengali, el avieso hipnotizador que George du Maurier imaginó en Trilby (1894) y que Sanz rememora por boca de un psiquiatra ficticio de gran relevancia para la anécdota. La justicia, como suele suceder en la novela negra, brilla por su ausencia institucional, pero indicios de la verdad –si no del caso criminal, sí del estado del imaginario social en la España de hoy– se vislumbran como resultante del caudal de despecho invertido por los integrantes del drama.
Black, black, black es una novela sobre lo negro del deseo, un muestrario de sus malos modos vistos con una lupa irónica que hospeda en su cristal un prisma variopinto. Una constante contraposición de colores (el celeste, los grises, el mismo negro) delinea a los personajes y nombra el límite de cada mirada, el punto ciego que las constituye. Esta dialéctica cromática tiene, como objeto anhelado y temido, un color ausente. Luz, madre menopáusica, y Olmo, su hijo protanópico, están mancomunados por la ausencia del rojo. Con un humor a tono con el género, la mujer apunta en su diario: «Si menstruara sería como el milagro de las vírgenes polícromas que lloran sangre. O quizá un tumor».
La novela adopta, en suma, una perspectiva femenina múltiple en contraste con dos extremos masculinos: un detective incompetente que hace gala de su indiferencia hacia las mujeres y se pierde en embelesos homoeróticos, y un criminal que pretende ocultar su exceso de testosterona mediante la violencia más canalla. De un lado y del otro de la ley, ambos hombres caídos se deleitan con amantes al borde de la infancia, de aires nabokovianos. En este cuadro, las mujeres no son meras víctimas ni cómplices silenciosas; son quienes fabulan, ovillan y desenredan los hilos de la trama. Con el ímpetu militante del hard-boiled norteamericano de Marcia Muller, Sara Paretsky o Sue Grafton, más la impronta amateur e ilustrada del relato policíaco inglés, Sanz compone una versión personal de la pesquisa femenina y sus delegadas. Una versión lúdica en la que Luz asume su deseo de escritura mediante la redacción de un diario íntimo que Paula habrá de leer y contrastar tanto con la serie negra de su biblioteca como con su percepción de la realidad.
Atravesado por los avatares de un cuerpo yermo y de una depresión galopante, el diario en cuestión es la clave de la novela y su mayor logro. Luz deja constancia en él de sus fantasías mórbidas, una mezcla de delirio homicida, autoevaluación y reflexión poética tan sombría como hilarante, forjada con el molde explícito del libro El espejo se rajó de lado a lado (1962), de Agatha Christie. Sanz da vida a una voz singular, plena de inventiva y de gracia cuyo devaneo sobre el crimen funciona al fin como su protocolo. La ficción es aquí el arma encomiada por la autora y sus personajes, un ingenio capaz de operar, a la vez, como generador de acciones y escudo reaccionario.
En No apto para mujeres, la novela de P. D. James de 1972, la detective Cordelia Gray debía justificar de continuo su labor y su sexo. Uno de sus interlocutores señala que para semejante tarea se requieren dotes femeninas: «Una ilimitada curiosidad, una paciencia ilimitada y una tendencia a interferir en los asuntos de otras personas». Las mujeres de Black, black, black poseen estas cualidades y ofrecen con ellas una mirada sagaz sobre la violencia doméstica, la escritura y el propio relato policíaco con una idoneidad indiscutible.

01/04/2011

 
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