ARTÍCULO

Mario Vargas Llosa: sobre ángeles y demonios

Alfaguara, Madrid, 1997
385 págs.
 

Perú, Lima y el limeño barrio de Miraflores han sido, más que escenarios, protagonistas de casi todas las novelas de Mario Vargas Llosa. Las razones principales son tres: en primer lugar la gran tradición latinoamericana de buscar en la naturaleza las raíces de la identidad nacional. En el caso de Vargas Llosa, el precedente y modelo más inmediato es José María Arguedas y, en un marco más amplio, la poesía de Pablo Neruda. En segundo lugar, la incorporación de la tradición naturalista a las necesidades de la novela moderna: la tensión narrativa se produce ante el encuentro de una observación implacable y distanciada de la realidad que afecta a una estructura totalizadora con la explosión de unas pasiones que rompen con todos los códigos establecidos por la razón. Finalmente, y en abierto contraste con el rigor del observador científico, en Vargas Llosa las experiencias personales (vivencias del pasado, apasionadas, tal vez fanáticas creencias del presente) forman parte importante del sustrato de su narrativa.

Pero más allá de la biografía peruana, la más conocida por el lector y presente ya de forma dominante en La ciudad y los perros y en Los cachorros, está la importantísima experiencia de quien es, junto a Cortázar, el más europeo de los escritores latinoamericanos contemporáneos: sus años de formación en París, sus años en Londres, más tarde en Barcelona y de nuevo Londres. De esta experiencia europea y de su pasión por la lectura surge una nueva vertiente narrativa de Vargas Llosa que sólo de forma muy imprecisa podríamos llamar «novela erótica». Aparecen los ingredientes imprescindibles del género, aunque mitigados; en parte porque más que seducir eróticamente al lector lo que le interesa es reflexionar sobre el erotismo.

La relación más importante con la literatura erótica es la figura del libertino, defensor radical de las libertades individuales frente a los códigos morales y sociales. La relación entre la primera novela erótica de Vargas Llosa, Elogio de la madrastra, y Los cuadernos de don Rigoberto es obvia: la madrastra de Fonchito, «bello como un arcángel, un diosecillo pagano», es Lucrecia, «una hermosa gata de Angora», esposa de don Rigoberto, «el viudo de grandes orejas budistas y desvergonzada nariz con el que se casaría poco después». Un trío familiar y erótico al que se une la doncella Justiniana, «ágil silueta de color canela». Al descubrir la relación entre Lucrecia y Fonchito, don Rigoberto decide separarse. Él vivirá con el hijo en su casa de Barranco y Lucrecia en el Olivar de San Isidro. Más allá de esta relación argumental, las diferencias son tan notables que no puede hablarse de identificación, y ambas novelas exigen un tipo muy distinto de lectura. Elogio de la madrastra es mucho más limitada tanto argumentalmente como en sus intenciones. El elemento más original, además de la ambigüedad de las relaciones eróticas, es la relación entre los distintos cuadros y los personajes. Casi podría decirse que los cuadros son los modelos y no a la inversa. Con Los cuadernos de don Rigoberto Vargas Llosa regresa a la complejidad de sus novelas más ambiciosas. Los modelos, más que los cuadros, son la presencia dominante, y la soledad tiene aquí un papel decisivo: es la que subraya el pesimismo que corroe la felicidad erótica y la que estimula la imaginación de don Rigoberto. Hay, pues, más narración, más reflexión y una arquitectura narrativa mucho más compleja.

Los capítulos, los subcapítulos y el epílogo no marcan tanto una linealidad como una combinación de planos en contrapunto, a los que hay que añadir la simultaneidad de planos en el interior de cada uno de ellos, dictados por la imaginación. En cada capítulo hay una serie de voces: la de Fonchito conversando con Lucrecia, casi siempre, y en forma escabrosa, a propósito de su admirado pintor Egon Schiele, con el que se identifica; la de Rigoberto conversando con Lucrecia y reconstruyendo alguna escena erótica; las cartas anónimas de Lucrecia a Rigoberto tratando de recuperarlo y no necesariamente escritas por ella; las cartas de Rigoberto a Lucrecia y las cartas que Rigoberto dirige a una serie de personas que representan una serie de organizaciones colectivas vituperadas por el libertino defensor de la libertad y del individualismo: los ecólogos, las feministas, los deportistas, la Iglesia, las utopías sociales, el patriotismo, la moda de la mujer filiforme, la legalidad o la pornografía.

Los cuadernos de don Rigoberto resumen sus lecturas, su pasión por la pintura y la música, sus sueños y sus obsesiones. Son producto de su imaginación y la estimulan: «soñar despierto, crear y recrear a su mujer al conjuro de esos cuadernos donde invernaban sus fantasmas». La novela se convierte así en un obsesivo soliloquio hecho de gozo y de placer, basado en estimulantes y dolorosos equívocos. Como en el Elogio de lamadrastra, ni siquiera estamos seguros de si el autor definitivo no es el propio Fonchito o si bien todos participan en un juego y una ceremonia que son una huida de la sórdida realidad cotidiana. Sin embargo, no hay aquí evasión sino una intensa relación con la realidad. La de las distintas expresiones eróticas (la exaltación del desnudo, del vello, de los pechos, de las nalgas, del orín, del olor, de los pies o de la bragas, las escenas de voyeurismo, de intercambio de parejas, de lesbianismo), la de la realidad artística, con referencias a Schiele, Klimt, Courbet, Balthus, Mahler, Calderón de la Barca o Azorín, y con referencias feroces a Frida Kahlo, Andy Warhol, Carlos Fuentes o Mercedes Sosa. Una novela delicada y agresiva, reaccionaria para los progresistas y progresista para los reaccionarios y que nace de la voluntad o el derecho a «ser diferente, a rehacer el mundo a su imagen y semejanza». Incómodas ideas. Estimulante escritura.

01/05/1997

 
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