ARTÍCULO

La novela inaccesible

Debolsillo, Barcelona
160 pp. 6 €
Debolsillo, Barcelona
154 pp. 6 €
Debolsillo, Barcelona
160 pp. 6 €
Mondadori, Barcelona
568 PP. 21,90 €
 

En su recepción en España, Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) –a quien se empezó a publicar aquí en 2007, aunque hubo un intento anterior de equívoca difusión en una colección un poco fantasma–, ha venido acreditado como escritor «raro». Uno no sabe muy bien qué quiere decir, a estas alturas, un adjetivo que remite al modernismo y que, si se rasca un poco, lo caracteriza tanto como lo excluye. Pero, admitido como salvoconducto, el término puede servir para afrontar su lectura y determinar, en lo posible, la singularidad que aportan sus libros. Y digo libros, y no novelas, porque –como se verá en La novela luminosa– los títulos de Levrero se valen de la prosa no para construir una novela al modo convencional, sino para exponer una sucesión de imágenes que simulan el mecanismo narrativo del sueño y la articulación de una lógica en la que el yo narrador se sume en un extravío que es, a la vez, una búsqueda y una huida. Pero ¿qué busca y de qué huye? Las tareas en que se empeñan sus protagonistas –en La ciudad, salir a la calle a buscar queroseno– se complican por distracción de su voluntad, de modo que realizan acciones que los desvían de su propósito inicial y los llevan, sin poderlo evitar, a vivir situaciones donde el acuerdo común ignora la convención social. No hay, por tanto, comprensión de lo que se está viviendo porque no hay tampoco códigos previsibles de conducta. En París, el protagonista narrador regresa a una ciudad, en la que no ha estado antes, construida con materiales oníricos a medida que se recorre. En El lugar todo es opresivo y hostil: cuartos desolados con puertas que se abren a otros cuartos desolados.
Con esta somera información se advierte la filiación kafkiana de Mario Levrero, cuya escritura sería impensable sin la sombra del autor de El proceso, a quien el escritor uruguayo, según propia confesión, cuando comenzó a escribir, en 1966, se dedicó «a imitar con la mayor precisión a mi alcance». Ahora bien, se trata de una afiliación de espíritu, el descubrimiento de un proceder en el que reconoció, como rotundamente ha señalado Ignacio Echevarría, «no tanto una manera de escribir como la única manera en que cabía hacerlo». En todo caso, esa manera convierte a Levrero en escritor y con ella alcanzará, después de una labor que duró más de cuarenta años y que suma más de veinticinco libros, su máxima culminación en la voluminosa y póstuma La novela luminosa.
Esta obra propone una alianza, o tal vez una fe, que cualquier lector no está dispuesto a suscribir. Dividida en dos partes, la primera, llamada «Diario de la beca», se extiende más de cuatrocientas cincuenta páginas y hace las veces de prólogo. La segunda, de poco más de cien páginas, constituye propiamente «La novela luminosa». El diario refiere la preparación para la «excitación psíquica» que necesita el autor con el fin de completar la novela del título, abandonada dieciséis años atrás, de la que conserva algunos capítulos. El volumen se escribe propiciado por la ayuda de una beca de la Fundación Guggenheim, y en el prefacio el autor declara que todo el libro «es el testimonio de un fracaso». Y más adelante, siguiendo con la autorreprobación: «Los hechos luminosos, al ser narrados, dejan de ser luminosos, decepcionan, suenan triviales. No son accesibles a la literatura, o por lo menos a mi literatura». Este enunciado, para quien se disponga a leer el libro, sonará demasiado radical, y no tanto por la actitud resignada sino por esa confesión de haber creído que la literatura es un espacio de refracción. Lo habitual es narrar una sucesión de hechos que provean la comprensión de una experiencia, y a esto lo llamamos novela; así que cabe entender que lo que Levrero persigue con el arte de la prosa tendrá alguna afinidad con la experiencia mística, cuya expresión se escabulle de la dominación de las palabras.
En efecto, de eso se trata, y su empeño, de lograrlo, hubiera consistido en recoger otra vez la «revelación», ya que la escritura del diario significa «sufrir un proceso psíquico que he denominado “retorno”». Para entendernos, volver a sentir una experiencia que en el acervo común llamamos paranormal, la asunción de un yo percibido en una realidad perpleja cuya explicación remite a un yo igualmente perplejo, con señales claras, no obstante, de haber experimentado una dimensión ignorada. Lo que sorprende, de entrada, es la lucidez con que Levrero afronta esta aspiración, porque lo que denomina «fracaso», es decir, la incapacidad de la literatura para expresar convincentemente los hechos luminosos, en el plano de la escritura es una hazaña colosal. Y lo es por retracción, al describir en numerosas páginas, con una enorme libertad, las manías, actitudes, sueños, agobios cotidianos del individuo Mario Levrero, donde esa iluminación debería producirse.
De modo que el diario, con sus merodeos y abordajes, legitima la experiencia luminosa, aunque ésta quede defraudada en la novela, y la novela –no la experiencia luminosa– inalcanzable. Para el lector, sin embargo, los hechos luminosos son factibles, reales, pues de algún modo son liberados a lo largo de las páginas, a través de la solicitación y apremio de la escritura. Pero se hallan mezclados con anotaciones sobre la adicción al ordenador, con afanes neuróticos, con una detallada exploración de una cotidianidad decididamente más fisiológica que espiritual. Al referirse a los derechos de autor, Levrero discute la propiedad privada, pero su reflexión se desvía del marco económico para llevarla al campo del espíritu: «La cultura, los productos de la inteligencia y la sensibilidad, es algo que debe circular libremente, gratuitamente, porque no puede ser propiedad privada de nadie, ya que la mente no es propiedad privada de nadie». Cabe ver, en esa apelación a la mente, la imposibilidad de apropiarse de una experiencia que, debido a su inefabilidad, será ajena tanto para el individuo civil como para el sujeto gramatical.
¿Qué queda, entonces? Queda únicamente el sujeto, el escritor como lugar de aprensión y complacencia, la afirmación del sentido intransferible del acto de escribir. La conclusión no es novedosa, y hay ilustres precedentes: el relato inconcluso «La obra» de Kafka o los cientos de Microgramas de Robert Walser. Levrero ha actualizado, en este milenio, el carácter inaprensible de la obra literaria. En La novela luminosa el esfuerzo y la calamidad son la misma cosa, pero el lector sólo podrá evaluarlo recorriendo ansiosamente sus vertiginosas páginas, aun a sabiendas de que se encontrará con «factores de perturbación» que le impedirán encarar la lectura misma de la novela.

 

01/04/2009

 
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