ARTÍCULO

Se ejerce la magia

 

Este libro está dedicado a una serie de actividades conocidas en su tiempo con diversos nombres –brujería, hechicería, sortilegios, encantamientos, conjuros, búsqueda de tesoros, adivinación...– y que hoy englobamos bajo el término de magia. El factor común de todas estas prácticas radicaba en la pretensión de realizar cosas maravillosas en contra de las leyes naturales, lo que a su vez emparentaba a la magia con la religión. Al igual que ésta, la magia constituye una interpretación simbólica de la realidad, así como un sistema de representación dirigido a transformarla. La magia puede ser también, como la ciencia, una forma de conocer y dominar el universo. Ante todo, y como demuestra este libro excelente, es una manera de combatir la angustia frente a los monstruos que a todos nos amenazan: la pobreza, el abandono y la soledad, la frustración sexual, la enfermedad y el temor a la muerte inevitable.
La autora estudia las prácticas mágicas y las personas que se dedicaron a ellas a través de las diversas instancias judiciales (justicia seglar, episcopal, Inquisición) encargadas de su represión y enjuiciamiento. Su conocimiento y manejo de las fuentes primarias es admirable. Todo ello en el marco de una ciudad, la Zaragoza renacentista y barroca, que se nos aparece como un lugar repleto de individuos que dicen tener acceso a poderes mágicos y que hacen de ello su modo de vida. Es también una ciudad sujeta a una serie de nuevas transformaciones que enriquecen la comprensión del tema estudiado: inmigración desde el campo, atención organizada a la pobreza, fundación de un hospital para locos. En cualquier caso, una ciudad que fue testigo de un extraordinario auge de la magia o, cuando menos, de la persecución en contra de lo que se consideraba una forma de atentar contra la religión oficial. Frente a esa religión autorizada y promovida por la Iglesia contrarreformista, coexistían innumerables formas de entrar en contacto con lo sagrado que aquélla sentía como una amenaza. Magia y religión, como nos demuestra este libro, eran las dos caras de una misma moneda, hasta el punto de no poder concebirse la una sin la otra. La persecución judicial de las llamadas supersticiones nos abre sin duda una puerta al mundo de las creencias y las prácticas de un sector muy importante de la población y proporciona nueva luz al universo mental de los hombres y mujeres de la Edad Moderna.
Nos encontramos, pues, en territorio privilegiado para la historia cultural, practicada en sus ejemplos más brillantes por historiadores que derrochan, como lo hace Tausiet, esfuerzo minucioso a la par que imaginación y empatía para recrear las cosas tal y como eran vividas por las gentes del pasado, para reconstruir todo su sistema de pensamiento. Ese afán de la nueva historia social y cultural por recrear cómo pensaban su mundo las personas de entonces significa en realidad un nuevo respeto por ellas. Al mismo tiempo, aceptamos su inevitable alteridad. Muchos historiadores conciben su trabajo como una especie de etnografía retrospectiva e intentan captar el vocabulario, las categorías y la experiencia subjetiva de los actores históricos en lugar de considerar sus acciones y motivos bajo parámetros contemporáneos. Nos hacen saber cómo entendían el mundo y qué es lo que daba sentido a sus vidas. Hemos aprendido de la antropología.
Además, en común con los mejores ejemplos de la más reciente historia cultural, el libro de María Tausiet está bella y oportunamente ilustrado, desde una portada cuidadosamente elegida hasta los múltiples grabados que enriquecen los diversos capítulos. Estamos, asimismo, ante un texto muy bien escrito, ágil, vívido, accesible, con gran capacidad de evocación. Un libro que cualquier lector leerá con placer e interés; conmueve y obliga a plantearse preguntas. No puede pedirse mucho más.
En una obra anterior, Ponzoña en los ojos (2000, reed. 2004) que es hasta hoy el estudio más notable, ambicioso y complejo de la brujería en la España moderna, María Tausiet había abierto ya parte del camino que continúa en éste. Allí también se esforzaba por subrayar las diferencias en la actuación de las tres instancias judiciales encargadas de perseguir los crímenes de brujería y magia (autoridades municipales, tribunales episcopales e Inquisición), demostrando que los abordaban de forma muy diferente. Curiosamente, frente a nuestras ideas preconcebidas, la Inquisición fue bastante benévola con estas prácticas, en abierto contraste con las autoridades seglares, que mostraron una saña feroz –sobre todo en las zonas rurales– en la persecución de la brujería. Muchas mujeres, en su mayoría pobres, viudas, ancianas –víctimas propiciatorias de toda la comunidad– fueron acusadas y castigadas por delitos imposibles de probar. En la ciudad, la magia se atribuyó principalmente a ciertos individuos generalmente marginados, inmigrantes, forasteros en busca de recursos para la supervivencia, lo que nos habla del temor al desorden. Ritos clandestinos, convertidos en mágicos precisamente por estar prohibidos. Lo mágico se convertía en lo antirreligioso, lo que tenía lugar fuera de los lugares de culto organizados, una amenaza oculta contra el orden social.
Como demuestra Tausiet, en los si­glos XVI y XVII una buena parte de la magia rural se interpretó como un peligro sobrenatural al que había que hacer frente con medidas extraordinarias de gran dureza, mientras que la magia urbana se consideró un simple delito. Y es que, a diferencia de la magia rural, la magia urbana constituye en muchos casos un oficio en sí misma, un medio de subsistencia o, al menos, una forma de intentar luchar ocasionalmente con la omnipresente pobreza. Para muchos encausados por practicar la hechicería, ésta constituía un trabajo con el que intentar ganarse la vida a costa de la credulidad de sus vecinos y, muy a menudo, de su propia credulidad: individuos confiados en la idea de obtener un demonio personal a su exclusivo servicio, conjuradores de espíritus con la esperanza de obtener fórmulas para volverse invisibles, buscadores de tesoros encantados y enterrados por los moros, alquimistas convencidos de poder transformar cualquier metal en plata u oro, amantes despechados deseosos de lograr o recuperar a la persona objeto de sus deseos, astrólogos, saludadores capaces de hacer recuperar la salud a las víctimas de males indefinidos y misteriosos, sacerdotes sacrílegos... La abundancia de clérigos expertos en artes mágicas y, en especial, en la búsqueda de tesoros encantados era tal que llegó a convertirse en un lugar común dispuesto a utilizarse como arma arrojadiza cuando estaban en juego determinados intereses entre diferentes clases eclesiales. En las páginas de este libro cobran vida personajes fascinantes como mosén Joan Vicente, presbítero de la iglesia de San Pablo, incansable buscador de tesoros; el embaucador Jerónimo de Liébana, que acabó accediendo a los círculos más altos de la corte en tiempos de Olivares; Pablo Borao, cuya dedicación al exorcismo le brindaba ocasiones múltiples de saciar una sexualidad apremiante y desinhibida; o la morisca Isabel Gombal, reputada especialista en mágica erótica, capaz de hacer volver a amantes tornadizos, encandilar a esposos desinteresados, lograr la paz entre marido y mujer... Juzgada y penitenciada por la Inquisición, y quizá de algún modo prestigiada por ello, Isabel seguía teniendo una incesante clientela femenina: ¿cómo no iba a tenerla?
Pero ¿de dónde salían todas estas creencias mágicas, en qué se sustentaban? La idea básica sobre la que se fundaba la magia natural heredada de los filósofos neoplatónicos era la convicción de que todo se hallaba íntimamente relacionado entre sí mediante vínculos por los cuales unos elementos se sentían atraídos hacia otros, por similitud o por armonía especial. Otra creencia neoplatónica era que entre el más perfecto y el último de los elementos que habitan el universo, existía una escala jerarquizada de seres intermedios. El hombre era uno de ellos, pero por encima se hallaban otros más espirituales conocidos como daimones, al igual que los yinns o genios de la tradición islámica. Tales daimones o demonios venían a representar las dimensiones ocultas del mundo, con lo que invocarlos significaba, desde el punto de vista de una ciencia inminente, sacar a la luz aspectos del universo físico hasta entonces desconocidos. Que tales espíritus obedecieran a quien les convocaba, es decir, al mago, suponía alcanzar el soñado dominio sobre la naturaleza. Según santo Tomas de Aquino, este dominio sobre los demonios era imposible, porque eran ellos los que tenían el poder y, por tanto, era necesario un pacto de colaboración entre el mago y los demonios. Así se pasó de afirmar que el mago controlaba a los demonios, a decir que los adoraba. Por tanto, los procesos por brujería y magia eran, a principios del si­glo XVI, procesos por apostasía y herejía. Por eso lo que subyace en todo este libro es la obsesión, tan característica de estos siglos, por el discernimiento, por distinguir entre lo falso y lo verdadero y establecer criterios para discriminar entre lo uno y lo otro: la falsa de la verdadera profecía, el alquimista verdadero del timador, el verdadero sanador del que finge serlo, la creencia sincera de la impostura.
Por parte de los magos y hechiceros, el recurso a elementos de la tradición cristiana –oraciones, objetos sagrados, lugares de culto para realizar las prácticas– constituía uno de sus principales rasgos. Ello comportaba por parte de los practicantes de la magia la asunción de que ciertos elementos tenían una capacidad intrínseca de obrar prodigios: estaban, pues, imbuidos de sacralidad. Los defensores de la ortodoxia religiosa mante­nían que una diferencia entre los verdaderos creyentes y los considerados supersticiosos radicaba en que aquéllos acataban la voluntad de un Dios omnisciente y, en consecuencia, confiaban en la divina providencia. Aceptaban la voluntad de Dios en todas sus manifestaciones. Pero la religión oficial tenía establecido, por su parte, un buen número de rituales propiciatorios, como los conjuros contra tempestades, las frecuentes rogativas contra las sequías o las plagas de langosta, procesiones y ofrendas contra la peste e incluso utilización y veneración de elementos muy cercanos a los usados por los hechiceros: reliquias, cenizas de mártires, huesos... Discernir hasta dónde se trataba de religión o de simple superstición no era tarea fácil, y dicha discriminación quedaba encomendada al veredicto del Santo Oficio como la autoridad encargada por antonomasia de distinguir la falsa herejía de la fe verdadera. La conexión, la casi identificación entre el mundo de la magia y el de la religión continuaba viva para gran parte de la población de la España altomoderna, pese a los avances logrados en la instrucción de los fieles por los agentes de la Contrarreforma. A mediados del si­glo XVI, un elevado número de fieles apenas distinguían su fe de una colección de fórmulas o recetas contra diversas desgracias. Ambas –magia y religión– eran formas de consuelo en las que la imaginación desempeñaba un papel protagonista.
María Tausiet es sensible a esa imaginación y gusta de recogerla e interpretarla. Su empatía se hace particularmente patente en el capítulo titulado «Magia de amor y sujeción», dedicado en su mayor parte a la magia ejercida por mujeres. El éxito de la magia no radicaba en la eficacia de los conjuros: en realidad, sus practicantes fracasaban una y otra vez. En este capítulo se muestra mejor que en ningún otro cómo la función de la magia amorosa consistía principalmente en dar rienda suelta a la ansiedad, en otorgar una salida a la desesperación, en proporcionar apoyo emocional, al tiempo que una red de solidaridad entre mujeres. En la magia erótica femenina, el protagonismo de los elementos domésticos (un puñado de habas, el hogar, la cama) da fe de la voluntad por parte de las mujeres de otorgar un sentido trascendente a ese espacio reducido a ellas asignado. También es extraordinariamente sugerente el capítulo titulado «Círculos mágicos y tesoros encantados», con todos los rituales relacionados con Salomón: los círcu­los mágicos, las estrellas de seis puntas, las fórmulas con letras de otros alfabetos arcanos. Se trata de prácticas semejantes a las que se dan en los mismos si­glos XVI y XVII entre los musulmanes del norte de África, donde una cofradía sufí, la Qadiriyya, se dedicaba al culto de Salomón. Un territorio común nutrido de neoplatonismo, de historias bíblicas, sobre todo a través de los apócrifos. También en Marruecos los ulemas dedicaron mucha tinta al discernimiento del fraude y de la impostura del verdadero contacto con Dios, de la inspiración divina. Las fórmulas mágicas no eran muy diferentes de las fórmulas iniciáticas que el novicio debía repetir hasta conseguir la experiencia de Dios. Como nos muestra Tausiet en este fascinante capítulo, «el poder enigmático de las palabras, su correspondencia con las cosas y, sobre todo, su significado esencialmente indefinible, hacían de ellas algo inaprensible por muy familiares que pudieran parecer. Así también, tanto para los que creían en fórmulas capaces de resucitar riquezas dormidas como para quienes las utilizaban en su provecho, los tesoros eran el símbolo cabal de lo inalcanzable y, sin embargo, tan próximos, que en cualquier momento podrían hallarse bajo sus pies».
La penalización de la magia no sólo difería según la instancia judicial que se encargaba de ello, sino que varió con el tiempo dentro, sobre todo, de la Inquisición. A partir de los años treinta del si­glo XVI, la hechicería no es juzgada ya como herejía. Cuando la batalla de la Iglesia católica contra el protestantismo decreció en intensidad, sus energías se dirigieron hacia su interior y a luchar por la pureza de la fe de los que habían permanecido en su seno. Se hizo entonces un esfuerzo de instrucción, de difusión de las propuestas de Trento, de erradicación de creencias paganas, de supersticiones, en la convicción de que la mayor parte de la grey era profundamente ignorante. Sorprende entonces no encontrar apenas, entre los procesados por hechicería y otras formas de magia, moriscos o judeoconversos. Y es que éstos, cuando buscaban tesoros o practicaban la hechicería, eran juzgados por crímenes de islamismo y judaísmo, es decir, como herejes y apóstatas, no como cristianos supersticiosos, ignorantes o fraudulentos. En ellos, el desconocimiento de los dogmas cristianos no era sino corroboración de que se mantenían en su antigua fe. Portaban una mácula indeleble.
Un recurso para salvarse era fingir estar loco y acogerse a los cuidados del nuevo hospital instaurado en Zaragoza para el cuidado de los enajenados. La enajenación constituía una circunstancia atenuante en los juicios sustanciados por la Inquisición, pero los inquisidores no admi­tían la locura con facilidad. De su discernimiento dependía la malicia o la inocencia del acusado. Sin embargo, la locura era para muchos una muestra de los poderes sobrenaturales del «poseído», de su conexión con el mundo oculto y trascendente y, en ciertos casos, incluso de su santidad: de estar fuera de este mundo y sus preocupaciones, de estar tocado por el dedo de Dios y dotado de verdadera inocencia.
Piensa la autora que, a partir de la década de los años treinta del si­glo XVI, se produce un progresivo abandono de la interpretación de la magia como herejía. Como corolario, la identificación de magia e impostura. A principios del si­glo XVI, los inquisidores insistían en el pacto con el demonio que implicaba toda operación mágica. Sin embargo, a lo largo del XVII de lo que se trata es de intentar establecer hasta qué punto los acusados de hechicería utilizan la magia como un arma en contra de la religión o, simplemente, como un recurso más con intención de engañar y sacar provecho material.
En suma, es éste un libro muy recomendable: por cómo plasma la anchura espaciosa de todo un mundo mental y social sin hacer falsas distinciones entre una «cultura popular» y una «alta cultura», por la plenitud de su presentación, por el acierto de sus vislumbres y de sus conclusiones. 

 

01/05/2008

 
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