ARTÍCULO

Puzzle brutal

RBA, Barcelona
298 pp. 20 €
 

A estas alturas del siglo XXI, personajes como la coruñesa María Pita y el británico Francis Drake pueden considerarse más simbólicos, literarios, que históricos. Ambos entran ya en la categoría híbrida de lo legendario, donde se sitúa a quienes más que conocidos con precisión –y por ahí escapan de la Historia– son reconocidos con amplitud –por ahí entran en las historias–, gracias a una fama que se impone a los hechos y permite su catalogación más o menos genérica, más o menos falsa: la heroína y el corsario, en este caso, dos tipos casi condenados al tópico desde el romanticismo.
Tratar por escrito con gente así no es fácil. Su doble carácter de seres imaginados y sujetos históricos es una dificultad considerable en el ajuste necesario que requieren los datos imprescindibles de la documentación previa y su manejo posterior, donde el juego entre la reconstrucción fidedigna y la más arbitraria invención permite resultados muy diversos, desde el documento historiográfico a la ficción absoluta. Y por aquí podría volverse a recordar la distinción aristotélica entre historiadores y poetas, los primeros ocupados de lo que ha ocurrido, y los segundos de lo que podría o debería haber ocurrido.
Quizá por todo esto, en su «Acotación de gratitudes debidas, reconocimientos expresos y aclaraciones pertinentes» previa a esta última novela suya, Alfredo Conde se refiere a su trabajo como un puzzle brutal. Las piezas que maneja para su construcción proceden principalmente de las vidas de esos dos personajes (María Pita, una mujer mítica para el imaginario coruñés, y Francis Drake, el corsario que más incordió a los barcos y puertos coloniales españoles durante la segunda mitad del siglo XVI) y de un tercer grupo de hechos proporcionados por alguien que conoce –¿y vive?– durante el tiempo en que las vidas de Pita y Drake están más cerca, aunque no lleguen a rozarse: los días del cerco de La Coruña por la flota británica enviada por Isabel I de Inglaterra en 1589, al mando de Drake y Norris, para rematar la desventaja en que había quedado España después del fracaso de la Armada Invencible. En mayo de ese año las tropas inglesas destrozaron la parte baja la ciudad, más pobre que la alta, mataron a muchos de sus hombres, pero acabaron rechazadas por la firmeza y el odio con que las mujeres suplieron la zanganería y dejadez de las autoridades. En esa lucha decisiva, a María Pita se le atribuye el papel destacado de impedir que la bandera inglesa ondeara en algún momento sobre la ciudad gallega porque, en un arranque decidido y rabioso, liquidó a quien la llevaba cuando estaba a punto de conseguirlo. Este triple bloque de materiales se distribuye alternativamente en un orden invariable iniciado por el conocedor con detalle de los días del asalto; sigue Hawkins, un primo de Drake embarcado junto a él en el Defiance, rumbo a Panamá: es el 28 de enero de 1596, durante las horas finales del corsario; y continúa la hija que María Pita tuvo con su tercer marido, Francisca de Arratia, quien habla también en un único 21 de febrero de 1643, en Sigrán, al poco de fallecer su madre.
Resultan así treinta fragmentos de distinta extensión y sucesión algo reiterativa, con el mayor número de páginas y detalles dedicado a Drake, tanto o más protagonista que Pita –el libro podía haberse llamado de otra manera, y así se lo propone el autor al lector en la primera página–, en busca de que el cambio de perspectivas permita vislumbrar de qué forma se crean memorias distintas a partir de hechos idénticos, cuestionar hasta qué punto lo que ya ha acontecido es irreversible: en ese aspecto el puzzle funciona de una manera eficaz y más bien mecánica, con el correspondiente cruce de datos que completa el marco histórico general y los detalles de las vidas en particular. Lo más destacable es la forma en que ni Drake ni Pita quedan reducidos al tópico romanticoide que otorga a piratas y heroínas cierto aire libertario, desprendido, arriesgado, sino que se muestran como gente movida, sobre todo, por sus propios intereses sin demasiados escrúpulos: el pirata haciendo coincidir los suyos, los del rey y los de Dios; María Pita mediante constantes litigios, metida en pleitos interminables, cuatro veces viuda, mujer tenaz y decidida que anticipa la figura de lo que hoy sería una empresaria-tiburón, dos personajes igualados por el afán con que intentan sobreponerse a sus circunstancias: «Un hombre empeñado en obtener de la vida todo cuanto le había negado su origen. Al precio que fuese» (p. 91); «Una mujer dispuesta a resarcirse de todas las penalidades con las que la vida la había recibido» (p.102). En este sentido, y ateniéndose a la consideración de novela que Alfredo Conde hace también al principio del libro, apelando a Torrente Ballester, como «la historia de lo que le sucede a alguien en algún sitio», los materiales están dispuestos, las piezas del puzzle están repartidas. No puede olvidarse, sin embargo, que además de hechos, personajes y lugares, hay alguien que cuenta y que es el narrador con su voz, perspectiva, distancia, conocimiento, intención, destinatario, etc. lo que determina el resultado final, una novela o un atestado. La elección del narrador –narradores en este caso–, su trabazón, su justificación, sería la imagen completa que todo puzzle necesita para ser resuelto.
Lo brutal proviene aquí de que esa imagen falta, no es nítida. Hay una creciente impresión, según se avanza en la lectura, de no estar ante un conjunto único, total, integrado, con amplitud y sentido –más allá del simple perspectivismo–, con piezas de diferentes orígenes y propósitos que congenian hacia un todo, sino que éstas van formando parte de tres puzzles diferentes que no acaban de engarzarse, que se apartan y ganan independencia en la medida que no acaba de verse a qué criterio responde la elección de los narradores, por qué éstos, cuál es la imbricación entre cada uno y su correspondiente relato con los otros y el suyo. Hay incluso algún desajuste en esas voces (el inglés que sabe de gallegos e ironiza sobre ellos mejor que cualquier gallego [p. 86], o el conocedor de los hechos diarios que habla en la época de los acontecimientos y en algún momento parece hacerlo desde ahora mismo: véase ese «todavía hoy» de la página 274) que permiten oír por detrás otra más común, uniforme y actual.
Las tres historias por separado tienen un interés indudable: basta intuir el conflicto de quien las cuenta, como el algo lioso y resentido primo de Drake, también fascinado por él; la admiración casi hagiográfica de la hija nacida tras un fulgurante encuentro de la madre con el amor y la muerte; o el que pudiera ser notario y es un opinante, casi un creador de ambientes. Pero sin esa costura que podría aportar el cuidado más preciso en la trabazón de esos narradores y su relato, queda el libro más cerca de tres novelas en germen que de otra conjunta y única; más próximo a la recreación eficaz de un tiempo y unas gentes, desde distintas perspectivas, que a la creación de un mundo complejo y conflictivo a partir de materiales bien estudiados.

01/11/2008

 
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