ARTÍCULO

Chiapas

 

Gracias al rostro cubierto por un pasamontañas y a su florido discurso, barroco y sin sustancia, Rafael Guillén, alias subcomandante Marcos, se convirtió en muy poco tiempo en el personaje central de la tragedia que sacude a Chiapas. Una tragedia que se ha caracterizado por haber sido escrita desde el comienzo hasta el final en blanco y negro, con unos caracteres tan apretados que apenas dejan lugar a la matización, como prueba buena parte de la abundante literatura publicada sobre el tema. Esto le ha permitido al señor Guillén ser canonizado por unos y satanizado por otros, de modo tal que semejante personaje no pasó indiferente ni para los servicios secretos mexicanos, ni para la opinión pública nacional e internacional ni, sobre todo, para la prensa, que lo convirtió en un referente de la revolución internacional.

Debido al levantamiento de Chiapas, la utopía ha podido renacer en el viejo y aburrido primer mundo y es por ello que numerosos observadores internacionales, pertenecientes a las más variopintas ONG se desplazan periódicamente al corazón de la selva Lacandona, en giras de turismo revolucionario, con el objetivo de evitar que el Ejército Federal mexicano acabe con los indígenas de las comunidades allí establecidas. Pese a las numerosas voces levantadas en la misma dirección, lo cierto es que si el Ejército y el gobierno mexicanos hubieran tenido la voluntad política de acabar militarmente con el fenómeno zapatista, hace tiempo que esto se hubiera producido y con escasos costes materiales, que no políticos, de imagen o de coherencia ideológica, para el oficialismo y las FFAA a sus órdenes.

Pese a las víctimas que se han ido acumulando en cada uno de los diferentes bandos en lucha, más allá de la repetida salmodia de que el EZLN no tira un tiro desde el 12 de enero de 1994, fecha del alto el fuego ordenado por el gobierno mexicano, este conflicto virtual se ha convertido por obra de unos y desidia e incompetencia de otros en el territorio preferido de una serie fantástica de tópicos, generalizaciones, deseos y tergiversaciones. Como bien señalan Maite Rico y Bertrand de la Grange, corresponsales de El País y Le Monde respectivamente, la amplísima cobertura que los medios dieron al conflicto de Chiapas «creó el espejismo de que se estaba al corriente de todo cuanto allí ocurría». Sin embargo, la atención de la prensa no era, ni por asomo, proporcional a la calidad de la información. En buena parte esto sucedió porque la mayoría de los periodistas destacados en la zona, tanto daba que fueran mexicanos o extranjeros, compraron la versión que Marcos quería proporcionar. Por ello se agradece el trabajo de los autores en su intento de arrojar un poco de luz en torno a las principales claves del conflicto.

ste libro fue editado primero en México y Francia y sólo algunos meses después en España, probablemente por motivos de política editorial y para hacer coincidir su lanzamiento con la Feria del Libro. Esto hizo que durante un tiempo circularan básicamente los comentarios de los lectores mexicanos. En este sentido, era frecuente que muchos de ellos glosaran el libro basándose en su muy buena información. Este estar bien informado les servía a aquellos más próximos a las posiciones zapatistas para no adentrarse en las cuestiones que el libro deja al descubierto. La frase de está bien informado permitía pasar por encima de los hechos y centrarse en el más cómodo de las interpretaciones, allí donde los deseos y los propios prejuicios personales condicionan lo que se piensa y se escribe.

Es verdad que donde más flaquea el texto es en el campo de la interpretación, aunque en este sentido no se debe perder de vista el objeto meramente periodístico que le dio lugar. No son los autores ni historiadores ni expertos en ciencia política o en alguna otra disciplina de las ciencias sociales, pero han sabido desarrollar un trabajo con los méritos suficientes como para desnudar a la mayor parte de los actores involucrados. Pese a que en determinados pasajes abusan de las teorías conspirativas, achacadas unas veces a la maldad del PRI y otras al pasamontañas del líder guerrillero, Rico y La Grange han sido capaces de dejar al descubierto todas las inconsistencias de Marcos, la falsedad de su doble lenguaje, su deseo de protagonismo y su afán de convertirse en un nuevo Che Guevara. También han sabido ver qué es lo que se esconde detrás de la sotana del obispo de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz, para muchos el principal aliado de la guerrilla zapatista, o al menos su principal respaldo. En Marcos, la genial impostura podemos observar a un obispo aprendiz de brujo, que se quema después de haber jugado tanto tiempo con semejante cantidad de fuego. En buena parte fue la irresponsabilidad de Samuel Ruiz la que condujo a las comunidades indígenas a su situación actual. Se dirá en este punto que la explotación de los indígenas se remonta a quinientos años, que la labor expoliadora de los terratenientes y las oligarquías no ha cesado, que los campesinos no pueden acceder a los bienes y servicios en pie de igualdad con sus compatriotas. Todo eso es cierto, pero a la guerra, al enfrentamiento, a las posturas irreconciliables se llegó gracias a las soflamas de unos y otros, que en su deseo de acabar con la dictadura del PRI vendieron su alma al diablo.

Uno de los mitos que destruyen magistralmente los autores es el de la superioridad indígena en el levantamiento, una superioridad cristalizada en la brillante definición marquiana del mandar obedeciendo. Esto acaba con la difundida idea de que Marcos ostenta el grado de subcomandante porque los verdaderos comandantes son los indígenas. En realidad, quienes mandan en el EZLN son los blancos y los mestizos, los indios sólo han llegado a ser mayores de su ejército y si Marcos era sólo subcomandante se debía a que los líderes máximos de las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) durante los largos años de la clandestinidad fueron los comandantes Germán y Elisa. Los indígenas que en uno u otro momento aparecían ostentando el cargo de comandante, como Ramona, sólo lo eran esporádicamente y en función de las necesidades de Marcos. Ni un solo blanco es mandado por los indios, que fueron los únicos en poner las víctimas. Es más, mientras los indios conocían a los guerrilleros blancos únicamente por su nombre de guerra, los blancos sabían perfectamente a quiénes reclutaban y en numerosas ocasiones ellos se encargaban de darles su nombre de guerra, de bautizarlos. Sería bueno que este hecho tan paternalista fuera explicado con la florida prosa del señor Guillén, tan adecuada en otras oportunidades para hablar del neoliberalismo, de la guerra del fin del mundo, de la perfidia humana o de tantas otras cosas. Este punto está directamente vinculado a algunas cuestiones importantes, que salen a relucir en distintas partes del texto: ¿Por qué los indígenas necesitan de la voz y de las palabras de Marcos para expresarse, si según el propio Marcos son portadores de una sabiduría ancestral? ¿Quién redactaba los documentos públicos del EZLN? En este caso no estamos frente a una cuestión baladí, ya que aquí como en tantas otras cuestiones el énfasis y los matices serán puestos por el escribidor.

Y fueron los escribidores, es decir los guerrilleros de las FLN, los que denominaron a su frente chiapaneco EZLN. En realidad, el nombre está directamente relacionado con el panteón del nacionalismo mexicano y con su revolución, lo que lleva a que la liberación nacional que se reclama es la de México. Como se puede comprender fácilmente, todo esto está un poco alejado de los mitos y las reivindicaciones indígenas. La autonomía indígena ni siquiera figuró entre las consignas insertadas en los manifiestos del levantamiento de enero de 1994 y cuando la fuerza de los hechos vació de contenido las propuestas maximalistas de Marcos y los suyos conducentes a la toma del poder y a la construcción del socialismo en México, siguiendo el modelo de lo ocurrido en Cuba y Nicaragua, lo único que quedaba eran las reivindicaciones indígenas, que debían ser reelaboradas a toda prisa para incorporarse al texto marquiano, incluyendo algo tan poco democrático como los famosos usos y costumbres.

En este punto es bueno volver sobre otra de las líneas argumentales del libro: la no uniformidad de los indígenas y sus comunidades. Se plantea claramente la falsedad de la ecuación de indígenas igual zapatistas, como queda de manifiesto, aunque no solamente, con los chamulas, que nunca pudieron ser ganados por Marcos y sus seguidores para la causa zapatista, que no indígena. Las líneas de ruptura entre los indígenas, claras y evidentes unas veces, sutiles y de difícil identificación las más, no son nada fáciles de trazar. La presencia del zapatismo y sus reivindicaciones, como los famosos municipios autónomos, han provocado la fractura entre los indígenas, con indios enfrentados a otros indios en función del protagonismo del señor Guillén. Y también el rechazo de los indígenas al EZLN, cuando éstos no querían dejarse someter por los iluminados zapatistas y sus seguidores.

La imagen de la pureza indígena y su especial relación con la naturaleza, uno de los mayores mitos de las sociedades contemporáneas, queda al descubierto cuando se nos muestran los métodos intensivos de explotación de la tierra y de los recursos naturales en la selva Lacandona, lógicos en un contexto de clara presión demográfica. Lo que era posible siglos atrás, la emigración a otras tierras cuando la relación población/recursos era desfavorable, carece de sentido en la actualidad. A la hora de ver qué es lo que ocurre con la tierra, también se ponen de manifiesto los métodos gangsteriles de los zapatistas en su afán de recaudar dinero para la causa. Se nos ha dicho que los principales oponentes de los indígenas de Chiapas son los terratenientes, generalmente vinculados al PRI. Pues bien, sucede que en la zona de conflicto los terratenientes casi no existen, después de décadas de ocupación de los principales fundos y sus frecuentes subdivisiones. Por ello, la avidez recaudatoria del Estado zapatista se ha cebado en los pequeños y medianos propietarios, la mayor parte de los cuales ha perdido su tierra y sus haciendas. Su drama es terrible y es uno de los mayores problemas de esta guerra larvada, a la que no dan respuesta ni la mayoría de las ONG presentes en el área ni el obispo Ruiz y sus seguidores.

Otra pregunta que muy adecuadamente se formulan Rico y La Grange es la del costo del levantamiento. ¿Qué supuso la aventura para las comunidades indígenas directamente involucradas? ¿Cuántas vidas sacrificaron y cuánto dinero invirtieron en la adquisición de armamento en el mercado negro, en pertrechar a los combatientes, en alimentar a la guerrilla? Dicho de otra manera, ¿qué se podía haber hecho si ese dinero se hubiera invertido más productivamente? En más de un caso, las comunidades implicadas tuvieron que vender todo su ganado para poder comprar armas.

De ahí que una de las principales conclusiones de la obra sea lacerante. Los indios han sido, son, en esta triste historia, meros «instrumentos al servicio de ciertas organizaciones políticas y religiosas que han hecho de ellos una fuente de poder e influencia». De este modo, gracias a un paternalismo de lo más tradicional, aunque recubierto de un lenguaje revolucionario, dichos grupos pueden disponer de importantes cantidades de dinero, nacional e internacional, y acceder a los medios de comunicación. A esto hay que agregar el fracaso del zapatismo de convertirse en un movimiento político, pese a las presiones provenientes de la sociedad civil. Los miedos de Marcos por volver a convertirse en el señor Guillén, junto a la falta de propuestas concretas por parte del EZLN, son capaces de bloquear cualquier salida en esa dirección. Las restantes conclusiones, de un texto bastante abierto, bien escrito y, por lo tanto, de muy fácil lectura, quedan para los lectores. Al crítico sólo le queda por agradecer haber leído un texto políticamente incorrecto.

01/09/1998

 
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