ARTÍCULO

En defensa de la excelencia

Acantilado, Barcelona
Trad. de Eduardo Gil Bera
464 pp 25 €
Arcadia, Barcelona
Trad. de Emilio Manzano
54 pp. 11 €
 

La lectura del libro de Fumaroli, cuya versión original apareció en francés hace ya quince años, produce dos tipos de impresiones fundamentales. Una es de liberación. El mundo de la cultura y, en particular, el de las bellas artes, se muestra desde hace ya tanto tiempo tan lleno de quincalla, de clichés y tópicos progresistas por definición, de corrección política en definitiva, que la sólida y demoledora argumentación del autor francés produce un intenso regocijo interior y ese profundo sentimiento de liberación. Ocurre esto siempre que una voz elocuente consigue decir a contracorriente lo que mucha gente llevaba tiempo deseando escuchar en vano. La otra impresión fundamental consiste en experimentar una cierta zozobra acerca de la condición y el destino de los ministros de Cultura en el mundo occidental y, en particular, en el europeo. Precisamente, uno de los atractivos del libro que comentamos es que proporciona criterios muy claros para entender lo que debería y no debería hacer el titular de un ministerio de Cultura.
Sin duda, más de un lector encontrará dogmáticas y arrogantes las razones de la crítica de Fumaroli. No en vano nos las hemos de ver con una personalidad cumbre de la universidad francesa, asiduo profesor visitante de las principales universidades norteamericanas y buen conocedor de la cultura de aquel país. Se trata, además, del sucesor del dramaturgo Ionesco en la Academia Francesa y del medievalista Georges Duby en la de Inscripciones y Buenas Letras. Doctor honoris causa por muchas universidades europeas, lo es también por la Complutense desde 2005, cuando había rebasado los setenta y tres años. Puedo anticipar, en todo caso, que aquellos a quienes repela o cree graves problemas de conciencia el adjetivo de conservador harán bien en no acercarse al libro o arrojarlo lejos. Una posible vía media puede consistir en quitarle importancia y pensar que se trata de una polémica y unos argumentos puramente franceses, de escaso valor, por tanto, fuera del hexágono. ¡Lástima que la civilización del país vecino, hoy como ayer, siga siendo una referencia para, al menos, todo Occidente!
El caso es que la crítica de Fumaroli a los efectos y consecuencias de la política cultural del Estado francés del último medio siglo no es arbitraria. Se inscribe en una tradición egregia de defensores muy sólidos, serenos y persuasivos de una cultura de calidad desde una perspectiva y unos valores propios de la civilización y el canon occidentales. Fumaroli escribe unos veinte años después de Daniel Bell y Hannah ArendtMe refiero al magnífico ensayo de Daniel Bell sobre Las contradicciones culturales del capitalismo (trad. de Néstor Míguez, Madrid, Alianza, 1977), cuyo diagnóstico sobre la crisis cultural de las sociedades desarrolladas mantiene, a mi entender, toda su vigencia. Otra referencia que anticipa y converge con la crítica de Fumaroli es la de Hannah Arendt (La crise de la culture, París, Gallimard, 1972, reed. 2001), que en un estilo más tortuoso y elíptico que el de Bell, ciertamente, desentraña los efectos de la sociedad de masas y de consumo sobre el arte y la cultura, así como las raíces en Atenas y Roma de la tensión entre el arte y la política, y el papel del humanismo como elemento regulador para una libertad intelectual sensata tanto entonces como en la actualidad. Por último, citaré la defensa siempre serena, cauta y persuasiva del canon y del legado de la civilización occidental que lleva a cabo Ernest Gombrich, concretamente en Ideales e ídolos, trad. de Esteve Riambau, Madrid, Debate, 1999.. Tiene ante sus ojos los resultados de una política que ha buscado frenar la cultura de consumo y sustituirla por otra alternativa, transgresora, tan decepcionante en sus frutos culturales como los alcanzados en el campo de la educación por su prima hermana, la denominada «escuela comprensiva».
Al tratarse de una política cultural de Estado, nuestro autor lleva a cabo un análisis político ausente en el caso de los autores anglosajones mencionados, lo que no significa que Estados Unidos o Gran Bretaña desconozcan el problema. En el caso de Francia, esa política tiene como antecedentes inmediatos la labor del ministro de Cultura del general De Gaulle en la Quinta República, André Malraux, durante la década de 1958 a 1968, y la de Jack Lang, bajo la presidencia de Mitterrand, desde 1981 a 1993, con un breve intervalo de dos años, a los que seguirían otros cinco, tampoco consecutivos, al frente de la educación nacional.
Los focos principales que nutrieron el nuevo rumbo cultural fueron el festival de teatro de Nancy, en los años sesenta del siglo pasado, donde se recibió y aclimató la contracultura norteamericana, y el teatro parisino de Chaillot, del que Jack Lang fue nombrado director en 1972, todavía bajo la presidencia de Georges Pompidou. Andy Warhol como símbolo y el teatro marxista y brechtiano constituyeron, así, la punta de lanza de la nueva cultura oficial. Hubo antecedentes más remotos en los años treinta y cuarenta. En los treinta, el Partido Comunista francés convenció a un sector sustancial de la intelectualidad francesa de que la Unión Soviética de Stalin había colocado «en un lugar de honor» a la cultura rusa y al intelectual soviético, y democratizado ejemplarmente un patrimonio cultural reservado antaño a la élite. Los comunistas franceses elaboraron su propio canon, servido por un poderoso dispositivo cultural del que, tras la crisis del comunismo en 1956 (el XX Congreso del PCUS, la invasión de Hungría), se nutrieron los cuadros del nuevo Ministerio de Cultura. Malraux puso especial empeño en captar a los elementos culturales antigaullistas, despechados con el comunismo. Se construyó así una excelente incubadora para mayo del 68, señala Fumaroli. Otro hito fundamental fue la disposición adoptada en 1946 por el último gobierno que encabezó Léon Blum, que consistió en «equilibrar» la libre importación de películas norteamericanas con un recargo de taquilla, dedicado a financiar el cine francés.
Al Ministerio de Cultura, creado por y para Malraux por el general De Gaulle en 1958, se agregaron las Maisons de la Culture, «espacios» destinados a «ofrecer la imagen de nuestro tiempo en todos los dominios de la inteligencia y presentar los elementos constitutivos de su devenir cultural» (Fumaroli, p. 196). El Ministerio de Cultura se anexionó además las direcciones generales de Archivos, Bibliotecas y Museos, arrebatados al Ministerio de Educación. Con todos estos poderosos instrumentos se emprendió la ofensiva cultural. Los especialistas de estas dependencias, discretos, muy cualificados y dotados en general de un sólido prestigio profesional, se resistieron tenazmente a dejarse involucrar en ella. Su contenido venía a unir la nueva religión laica, promovida por Malraux, de un modernismo transgresor y contestatario, con la conversión de la cultura en un espectáculo «dinámico» y «democratizador», en el que archiveros, bibliotecarios, conservadores y expertos en general debían dejar a un lado su timidez profesional para convertirse en «animadores» incansables. Al final de la presidencia de Giscard d’Estaing (1981), la resistencia de los custodios del patrimonio cultural de la nación francesa había ganado sustancialmente la batalla contra el «efecto Malraux», pero la victoria de Mitterrand en 1981 les hizo volver al punto de partida ante el nuevo «efecto Jack Lang». Se abrieron camino entonces las manifestaciones más características de esta cultura de Estado, las destinadas a asombrar a los mirones, según Fumaroli. Surgieron la pirámide del Louvre y la gran Biblioteca Nacional, entre otros atractivos para el turismo cultural de masas de la capital francesa, y para asimilar en lo posible la gloria de Mitterrand a la de Luis XIV. Los absurdos de la construcción y el funcionamiento de la nueva Biblioteca Nacional figuran entre las páginas más iluminadoras del libro. Tal y como señala Fumaroli, esta confluencia del gaullismo y el izquierdismo en el terreno de la cultura era el fruto de dos derrotas previas: el primero buscaba en la cultura una nueva grandeur para una Francia disminuida en un mundo bipolar, mientras que el socialismo trató de compensar con la apelación a la cultura su propia bancarrota ideológica, cuando aún el Muro de Berlín no había caído.
Este análisis político no anula, sin embargo, el carácter dominante de gran polémica cultural que posee el libro. Conforme a las sintonías con los autores señalados en la nota 1, nuestro autor discrepa profundamente del concepto de cultura que ha inspirado la política oficial francesa del último medio siglo. En el origen de ese concepto se suman la concepción alemana de la Kultur, identitaria y radicalmente subjetiva y romántica, y el concepto anglosajón, que la entiende como un conjunto de artificios mediante los cuales se organiza la sociedad humana y ésta se protege de una naturaleza hostil. De esa suma desaparecieron, en la versión francesa, las referencias a una naturaleza humana a la que habría de conformarse la cultura y de la que ésta sería producto, así como toda idea de conflicto entre los hombres y un medio natural hostil. Por el contrario, no ya el paisaje urbano, sino la propia naturaleza quedaron subsumidos bajo el rótulo omnívoro de «cultura». El relativismo y el multiculturalismo iban implícitos en esta concepción.
Frente a esta Kultur afrancesada, Fumaroli defiende un concepto de civilización francesa de vocación universalista, encarnado por el grand siècle y, sobre todo, la Ilustración, campos en los que es un gran especialista. Del primero dice que sus grandes nombres (Racine, Corneille y Molière, entre otros) se comparaban con los de toda Europa y no necesitaron burocracia alguna para ser reconocidos y admirados. En la actualidad, por el contrario, esos grandes escasean y sólo se comparan con ellos mismos, para lo cual necesitan la ayuda de innumerables burócratas. La Ilustración, por su parte, la entiende, ante todo, como una forma de sociabilidad: «Contagiosa y cosmopolita, aristocrática y liberal, sociable y jovial [...], carente de raíces misteriosas y de dioses indígenas, tejía con buenas maneras, buen humor y conversación enciclopédica o mordaz, un arte de estar bien juntos» (p. 216).
De este modo de entender la civilización francesa, que no una cultura nacionalista francesa, y no sólo la francesa sino también la europea, se derivan dos consideraciones de especial relieve dentro de un texto complejo y muy rico en sugerencias intelectuales, artísticas e históricas. La primera se refiere al tipo de público que buscan una y otra de las dos concepciones antedichas y sus correspondientes políticas culturales. La segunda remite al valor y el significado de la batalla aquí y ahora en defensa del humanismo. Por lo que se refiere al tipo de público, la Kultur a la francesa de Malraux y Jack Lang optó por fabricarlo, sencillamente. La administración cultural decidió en abstracto cuáles debían ser sus necesidades y se las proporcionó en forma de libros, películas y exposiciones. Lo esencial no era la calidad o el interés, sino el marchamo. Había que difundir una cultura orientada a contrarrestar el influjo norteamericano en la doble vertiente cultural y de mercado: antiimperialista y antimercantilista, por tanto. Sobre todo en la cinematografía este asunto pasó a ser obsesivo y devino en fuente de grandes errores. «Abstracta y estéril, la cultura de la política cultural –resume Fumaroli– es la máscara insinuante del poder y el espejo donde él quiere gozar de sí» (p. 221). Sobre este tipo de público prefabricado y, en el fondo, totalmente desinteresado y apático, el autor traza a partir de Las Vegas y su ambiente de ocio un paradigma cultural, que no dudo en calificar como el momento más revelador y brillante de todo el libro.
Frente a ese panorama de presuntuosa mediocridad, la política cultural debe atender, según nuestro autor, la demanda del público que ama y al que le interesa realmente la cultura, sin tratar de imponerle nada ni empeñarse en convocar a quien no quiere ser convocado. Debe también respetar y mantener en las mejores condiciones sus santuarios de trabajo y concentración, en particular las bibliotecas, los archivos y, en la medida de lo posible, los museos. Debe facilitar las iniciativas sociales de los grupos culturales de afinidad sin tocar su independencia, pero favoreciendo su institucionalización, y fomentar todo lo posible la divulgación de calidad: un deber cultural, en definitiva, de conservar con rigor y facilitar por todos los medios el acceso al patrimonio cultural de la nación y a su historia. Fumaroli considera que la política cultural de la Cuarta y la Quinta Repúblicas fracasaron por abandonar la sabia política que en este campo, y en el de la educación, había seguido la Tercera. Esta última fue consciente de la tremenda ruptura que había supuesto 1789 en todos los órdenes y que encarnaba la propia República, y procuró –sin perjuicio de la ruptura política– reconstruir y salvaguardar la continuidad de la historia cultural de Francia en su mejor perspectiva universalista. Con ese fin reforzó el conocimiento de las humanidades y acuñó el canon de la cultura francesa. Los resultados están ahí, y no hay más que evocar los nombres de Proust y Debussy para darse cuenta de su envergadura. Pero fueron resultados espontáneos, no el fruto de una política cultural deliberada. Según este precedente, por tanto, lo más importante para una democracia liberal es preservar la singularidad cultural de cada persona en toda su diversidad. Una singularidad basada en el amor al saber en general, y también a un saber específico, por muy modesto, raro o especializado que sea. Un saber que se alimente de la reflexión, de la solidez y la profundidad de los conocimientos que cada uno manifieste y no de la capacidad para el espectáculo. En esto consiste esencialmente, para Fumaroli, el contenido del humanismo que, al igual que Arendt o Gombrich, él también reivindica con buenas razones. Porque sólo merced al esfuerzo individual seremos capaces de dotarnos de un criterio con el que viajar a través de la historia. Al hacerlo nos la apropiaremos, y así conseguiremos distanciarnos de la dictadura cultural del tiempo presente. Pues el humanismo, en definitiva, es eso, cultivo de nuestra inteligencia y de nuestra sensibilidad para poder juzgar los resultados de las artes y las letras con criterio y libertad, todo lo contrario de una política cultural cuyo objetivo «no es el diálogo con el pasado, la liberación de la actualidad, sino la transformación del pasado en industria de las distracciones» (p. 265). Sin embargo, en eso ha consistido el paso del modernismo transgresor al posmodernismo consumista y multicultural.
Finalmente, lo más significativo de la acción del Estado cultural en el caso de Francia, pero lo mismo podría predicarse de otros casos del Occidente desarrollado, es, para Fumaroli, su fracaso ante la reducción de la cultura a una forma más de consumo de masas, un consumo que el propio Estado ha fomentado, en el mejor de los casos, o, en el peor, su creciente impotencia ante la pura y simple eliminación de la cultura. Esta eliminación viene alimentada por el deterioro progresivo de los saberes humanistas, pero también científicos, en el propio terreno de la educación«La auténtica educación debería enseñarnos a mirar a lo lejos, y a apreciar lo valioso de la tradición cultural en sus mejores logros», nos dice Carlos García Gual en su epílogo a la conferencia de Fumaroli La educación en libertad. Este texto de Fumaroli resume alguno de los puntos principales tratados en el libro objeto de este comentario. Pero el texto de García Gual resulta un magnífico alegato, preciso e incisivo, sobre el valor de la educación humanista y nuestra crónica pobreza –hoy agudizada– en este conocimiento esencial.. De este modo, los paladines del relativismo, en particular las cadenas de televisión, han visto en la liquidación del canon y en el empeño oficial por imponer el vanguardismo y la ruptura en el mundo de las artes, el mejor pasaporte para el todo vale. Y así, porque todo es igual y vale lo mismo, «la vida guiada por el pensamiento –nos dice Alain Finkielkraut– cede suavemente su lugar al terrible y ridículo cara a cara del fanático y del zombie»Alain Finkielkraut, La derrota del pensamiento, trad. de Joaquín Jordá, Barcelona, Anagrama, 1987, p. 139.. Es decir, las dos principales lacras que abruman el panorama de la cultura actual: la monomanía identitaria del nacionalismo y el relativismo consumista y omnívoro de la posmodernidad.

01/03/2008

 
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