ARTÍCULO

Las heridas de la modernidad

 

Los familiarizados con los textos de Maquiavelo y con la literatura generada por su pensamiento saben de las dificultades que supone abordar globalmente la obra del florentino. Obra relativamente corta, pero enormemente compleja; enmarcada en un intrincado contexto histórico y literario con el que Maquiavelo mantiene una tensa relación a menudo caracterizada por el contraste, la polémica, la ironía. A la complejidad de la obra maquiaveliana debe añadírsele el ingente laberinto que representa la literatura secundaria en torno al florentino: Maquiavelo es, sin duda, uno de los autores más leídos y comentados de la historia del pensamiento. En este sentido, los últimos decenios se han caracterizado por una casi extenuante proliferación de es­tudios, algunos dotados de un rigor y minuciosidad difícilmente superables: piénsese, sobre todo, en la ingente obra de Gennaro Sasso, pero también en Claude Lefort o Felix Gilbert (por mencionar a representantes de tres escuelas diferenciadas).
Miguel E. Vatter, bien conscien­te de estas dificultades, asume el de­sa­fío de presentar una nueva interpretación de conjunto de los textos ma­quia­ve­lianos o, al menos, de arrojar nueva luz sobre algunos aspectos esenciales de la obra del florentino. Se trata, nos dice Vatter en las páginas iniciales de su trabajo, de explorar conjuntamente filosofía, texto e historia, y ello diferenciándose tanto de la mera glosa textual (unphilosophical history), como de la especulación incauta y aventurera (unhistorical philosophy). En realidad, Vatter ambiciona todavía algo más: no sólo interpretar a Maquiavelo y elucidar sus textos, sino también pensar la teoría política moderna y encauzar algunos de sus dilemas a partir de su lectura del quondam secretario florentino.
Pero entremos en materia. Bien puede empezarse por el título, porque esa invitación a indagar en «la teo­ría de la libertad política maquiaveliana», partiendo de la «forma» y el «evento», puede sonar tan sugerente como enigmático. En realidad, la contraposición entre forma y evento, de reminiscencias heideggerianas, la toma Vatter de una breve y bella obra de Carlo Diano (traducida al español recientemente [Forma y evento, Madrid, 2000].  Vatter aplica la dicotomía de Diano a la historia de la teoría política y a Maquiavelo, abriendo a partir de ella dos planos: por un lado, el plano del evento (que, como nos explica Diano en su librito, viene a ser la versión latina de la tyche griega) y que Vatter aproxima a la contingencia histórica o la particular conjuncture política(para decirlo al modo de Althusser); por otro lado, el de las «formas», que dominan el mundo clásico, pero también la teoría política hasta Maquiavelo, y que intentan substraerse u oponerse a la lógica del devenir histórico.
A partir de aquí puede vislumbrarse la tesis fundamental de nuestro autor, propuesta ya desde la introducción: el plano del acaecer y de la historia, el evento, sería prioritario en Maquiavelo respecto del plano de la forma. En otras palabras, Maquiavelo habría abandonado el debate clásico sobre el mejor tipo de gobierno, sobre quién debe gobernar o cuál es la manera más justa de gobernar. Y su desplazamiento se origina a partir del momento en que se toma en serio el problema de la historia en la política o, en otras palabras, el esclarecimiento de las coordenadas desde las que es posible transformar (para utilizar una fórmula reiterada por nuestro autor) lo necesario en contingente y lo contingente en necesario. El Estado y sus formas devienen así en realidades con­tingentes, acontecimientos hijos de la historia y de la coyuntura: instituciones que carecen de un verdadero fundamento natural (modelo griego) o ético-sobrenatural (modelo cristiano). Con Maquiavelo, nos dice Vatter, ni siquiera puede apelarse a un fundamento ético-legalista (tendencia del modelo republicano medieval y romano). El Estado, por más inevitable y necesario que se presente, es producción «contingente», es decir, facticidad sujeta al juego de la historia, al cambio de las circunstancias y a la acción humana. Maquiavelo habría fundado, permítaseme seguir expresándome antitéticamente, el antifundacionalismo político. Nada hay de preestablecido que permita fijar de antemano las pautas de la constitución del Estado, que permita escoger o decidir su forma definitiva. En resumen, Maquiavelo, atravesando con la historia y la contingencia la médula de la po­lítica y su discurso de legitimación, abre un nuevo horizonte para el pensamiento; para Vatter, un horizonte (contra una cierta tendencia actual en los intérpretes de Maquiavelo) «moderno», fecundo y, desde luego, enteramente desconocido en el ámbito clásico y medieval.
Aunque la tesis de Vatter no es enteramente original (ya Lefort, Althusser, Pocock, etc., habían abierto una cierta brecha en este sentido), sí es original (y también problemática) su radicalización, el lenguaje usado para conceptualizarla y la contundencia con la que es defendida. Como original es también su fusión con otra de las tesis que Vatter plantea: el despliegue de una concepción negativa de la libertad. La cuestión, pues, se complica. Ya Pocock, Skinner, pero en especial Philip Pettit, han caracterizado esta concepción negativa como la base del republicanismo maquiaveliano. Pettit ha dejado suficientemente claro que la libertad negativa de tradición republicana significa básicamente voluntad de «no dominación» por parte de la voluntad de otros, y ello tanto frente a las concepciones positivas de la libertad (de tradición racionalista, comunitarista, etc.), como frente al ideal de libertad negativa preconizada por el liberalismo (que se cifra esencialmente en un proyecto de «no interferencia»). Ahora bien, Vatter va más allá de Pettit, porque aprovechando una línea abierta por Arendt y Foucault, radicaliza su anhelo de «no dominación», extendiéndolo no sólo como resistencia a estar sometidos a la arbitrariedad de otros sujetos, sino también a cualquier dominación que se disfrace con vestiduras legales o estatales, resistencia a cualquier dominación, por más que se ampare en un marco institucional. Conviene aclarar, sin embargo, que tampoco es que se trate para Vatter de negar la forma (o el Estado), sino sólo de relativizarlo, de arrebatarle una preeminencia que viene transferida ahora al deseo de libertad po­lítica, al deseo de no dominación: «Maquiavelo relativiza la cuestión sobre qué forma de gobierno debe ser asumida, para pasar a plantear la cuestión de la situación o acontecer del no gobierno del cual todas las formas de gobierno y todo orden legal tienen que emerger y en nombre del cual pueden ser revocadas si se quiere preservar la libertad de la vida política» (p. 5).
Permítasenos añadir una nota crítica a lo visto hasta aquí. El planteamiento de Vatter abre diversos interrogantes. Algunos podrían referirse a la coherencia interna de su dispositivo hermenéutico «forma/evento» (y en los que por falta de espacio es imposible entrar aquí). Sí quiero señalar, sin embargo, el interrogante que nos causa la quizás excesiva unilateralidad de la tesis de Vatter. Porque, habiendo identificado y acotado persuasivamente una de las corrientes que fluyen por el texto maquiaveliano, no se ofrece, al menos en mi opinión, una explicación de la existencia de otras preocupaciones que igualmente parecen atravesar el texto maquiaveliano (por ejemplo, la orientada a identificar en la perdurabilidad y fuerza de la «forma» un valor político de primer orden). He aquí lo que caracterizaríamos como el mayor déficit de la tesis de Vatter: no dar razón de la pluralidad de fuerzas e intereses que se manifiestan en el texto maquiaveliano, algunas de las cuales parecen en contradicción con sus tesis principales.
Independientemente de este elemento, que puede contrariar un tanto al estudioso de Maquiavelo, es una obligación subrayar que las virtudes del texto de Vatter superan en cualquier caso sus potenciales defectos. Altamente estimable es, por ejemplo, su continua incursión (aunque particularmente en su introducción y conclusión) en discusiones propias de la filosofía y la teoría política modernas. De hecho, como ya hemos sugerido, a partir de su lectura de Maquiavelo, Vatter hace su propia propuesta para salir del aparente callejón al que ha conducido el legado maquiaveliano. Callejón que ha situado al hombre posmaquiaveliano ante la horribilis tríada que caracteriza la modernidad y que le cierra el paso que conduce al ideal ilustrado: relativismo, nihilismo, historicismo. Si la sa­lida de tal situación parece infranqueable y si su responsable, en buena medida, es Maquiavelo, ello se debe a que ha sido el florentino el encargado de demoler los puentes que permitían a la política crecer al amparo de una moral anclada en la natura­leza (Atenas) o en la trascendencia ética y religiosa (Jerusalén). En esta ­línea, la asunción de Vatter es la de que la modernidad se abre camino al tiempo que descubre que sus ideales son impracticables: al menos desde el momento en que no es posible la reconciliación entre política y moral, entre la autonomía de la libertad y la heteronomía de la moral, entre facticidad realista y particular e ideal normativo y universal.
Si tiene sentido esquematizar una discusión tan compleja y articulada, diremos que Vatter se orienta hacia una salida que difiere tanto de la propuesta habermasiana de reconciliación de la moral y la libertad a través de la legalidad (vía Kant y Weber), como de la reconstrucción de los puentes que nos harían recuperar los tesoros perdidos en Jerusalén y Atenas (alternativa sugerida por Leo Strauss). Para Vatter se trata de aceptar y ahondar en la veta abierta por el pensamiento del florentino, pero desde las perspectivas inauguradas por autores como Arendt y Foucault. Mediado por estos autores, el «legado maquiaveliano» vendría a ofrecer una alternativa a la salida «liberal» de los dilemas de la modernidad. Porque si la posición liberal oscilaría entre un controlar el poder positivamente (para asegurar su mantenimiento y eficacia) y negativamente (para fijar sus límites frente a la ciudadanía), la alternativa «republicana», en la lectura de Vatter, se configuraría como negatividad sin concesiones, como resistencia a toda dominación y a sus fuentes de legitimación (política, legal, tradicional...). Así, el «momento maquiaveliano» devendría en un evento intrínsecamente transgresor y revolucionario sin comprometerse con la imposición de «forma» alguna.
Conviene reiterar una vez más que con este «momento maquiaveliano» no se busca la negación sin más de toda forma política. Como ya mencionamos, se trata más bien de poner en entredicho las pretensiones totalizadoras de cualquier «forma» política y de su discurso de legitimación; se trata de tomar conciencia del carácter contingente y, por tanto, reversible, de toda forma de gobierno y de poder; y tanto más cuanto que se presenten como inexorablemente necesarios.
No es posible hacer justicia en pocas líneas a los densos y elaborados análisis de Vatter. Simplemente concluiremos diciendo que su libro contiene virtudes que lo hacen particularmente valioso y recomendable. Valioso para los especialistas, pues el libro recorre múltiples topoi de la crítica maquiaveliana discutiendo con rigor y originalidad polémicos pasajes sobre los que se han construido tantos lugares comunes. En este sentido, el trabajo de Vatter es académicamente impecable: rigor textual, erudición y discusión razonada de las tesis rivales se dan la mano. Superfluo es añadir que, como suele ocurrir cuando se trata de un enfoque radical y original, el lector y conocedor de Maquiavelo encuentra a nuestro autor no igualmente persuasivo y convincente en todos los temas abordados. Por último, insistamos en que el libro de Vatter es también valioso para aquellos cuyo interés vaya más allá de la batalla hermenéutica en torno al pensamiento del florentino y que busquen un planteamiento novedoso sobre cuestiones esenciales de la teoría política moderna y contemporánea. 

 

01/02/2007

 
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