ARTÍCULO

El último verano del siglo

Alianza, Madrid
404 pp. 20 €
Bruguera, Barcelona
138 pp. 16,50 €
 

Comencemos por la conclusión: «es posible recordar lo que no se ha vivido». Basta con alterar el guión de nuestro pasado, imaginando otras posibilidades en los hechos de nuestra vida. Si nuestra memoria, que es la base de nuestra identidad, es narración, entonces, ¿por qué no reconstruir nuestro pasado agregando nuevos elementos a través de la ficción? Es la pregunta que resuena en los dos últimos libros de Manuel Rico. Por una parte, en «Espejo», un relato de tonos kafkianos que inaugura el recién publicado Espejo y tinta; pero sobre todo en Verano, una novela en la que el concubinato entre la memoria y la ficción juega con la posibilidad de corregir nuestra identidad histórica.
Para leer Verano tenemos que situarnos al norte de Madrid, en una de esas urbanizaciones que sirven como segunda residencia a las clases profesionales que habitan la capital. Es 1999 y se desvanece el último verano del siglo. Un grupo de viejos amigos combate con apática nostalgia el final de la estación. Forman un conjunto homogéneo que se acerca a los cincuenta, uno o dos hijos, y algunos, como Nuria, la protagonista, ya divorciados. En otras palabras, ejemplares estereotípicos, candidatos perfectos a la crisis de la mediana edad que intercambian sus temores y deseos ante el inminente inicio de la decadencia. Podría ser la secuencia de una película de Éric Rohmer rodada en estricto castizo. Pero lo que estos personajes comparten, por encima de todo, es un pasado común: son la generación surgida de los años del franquismo, «artífices de sí mismos en un tiempo del que se sentían orgullosos». Son, pues, la descendencia premiada con la democracia que, gracias a su lucha y su carrera profesional, consiguió situarse con comodidad en el salón de una sociedad satisfecha consigo misma. De alguna forma, son los ganadores.
¿Otra novela más que vuelve a indagar en las roturas de la dictadura franquista? Sí y no. En realidad estamos ante una narración que incluye demasiadas cosas como para limitarla a un solo tema. Desde luego, el principal sustento es el juego con la historia, con sus idas y vueltas, con la posibilidad de regresar a acontecimientos del pasado a atar aquellos cabos que creímos dejar sueltos. En este caso, la historia toma cuerpo a partir del suicidio de un viejo vecino en las inmediaciones del pueblo, un anciano que pone fin a sus días por el remordimiento acumulado tras recibir una carta de otro vecino, presunta víctima de sus delaciones durante el régimen franquista. A continuación, el misterioso juego de cartas se extiende a Nuria, que recibe en ese verano postrero una serie de misivas insinuantes de un antiguo conocido de la época universitaria, el misterioso Lázaro Goitía. La intriga y los amores perdidos comienzan a brotar en la novela. Nuria, sin saber bien qué es lo que busca, inicia las averiguaciones pertinentes para encontrar a ese viejo compañero de los días de facultad. Sin embargo, pasado ya un cuarto de siglo de ausencia, ¿quién puede aparecer? ¿Un fantasma, tal vez?
Manuel Rico escribe una novela que insinúa cierto suspense al situar a Enrique, uno de los «amigos» del grupo de Nuria (amigos entre los cuales difícilmente se percibe ninguna relación amistosa) como narrador coral y promotor inesperado del encuentro entre ella y el desaparecido Lázaro. Al volver a despertar el pasado dormido, a ese verano de fin de siglo regresan los recuerdos de juventud y las preguntas sobre Lázaro, ese viejo conocido que pudo haber sido central en la vida de los integrantes de ese grupo de amigos y que, sin embargo, fue devorado por el olvido. La tesitura de Verano es nostálgica como el final del verano y de las vacaciones, y su resolución es cruel como el regreso a la rutina laboral. Sí por mediación de Enrique, el pasado recobra las deudas que habían permanecido en suspenso, también salen a la luz las distintas posibilidades, los otros destinos que pudo haber tomado la existencia individual de los protagonistas de la trama. «Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo “tal y como verdaderamente ha sido”. Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro», nos recuerda Walter Benjamin en sus Tesis de filosofía de la historia.
«El pasado no existe. Ha muerto hace tiempo», es la conclusión que se ve forzado a declarar Lázaro, el perdedor de la historia, incapaz de entrar en la realidad de estos amigos de vida burguesa. En realidad, Manuel Rico nos recuerda que el pasado puede ser una reinvención brutal para aquellos que han tenido una vida de pocas satisfacciones. ¿Cómo es la historia que deben contar los perdedores, los resentidos, los que jugaron con la vida de los demás y perdieron? En este sentido, la novela nos pone ante la «ingenuidad» de la historia, esa especie de literatura seria que cree ser fidedigna porque está basada en hechos «reales». Nada de eso, sugiere Rico: la historia es también otra forma de ficción y Verano es una novela escrita para demostrarlo a través de esta pequeña pandilla de amigos que pasa los días a unos cuantos kilómetros de la capital jugando con el pasado durante el último verano del siglo.
Ahora, si Verano demuestra habilidad e inteligencia al indagar en los mecanismos de articulación entre ficción e historia, es también una historia cuyos personajes se muestran como piezas fijas dentro de una trama estrictamente cerebral. Nuria es una mujer de reacciones erráticas que no termina de perfilarse ante los ojos del lector. La relación que sostiene con su hija adolescente, Clara, insinúa un contraste entre juventud y madurez que parece demasiado estudiado, poco espontáneo. Donde más trabajo hay es en el villano, el reaparecido Lázaro («levántate y anda»): el extraño de antaño es resucitado del anonimato en plena descomposición de la carne, gordo, fláccido y canoso. Por último, los restantes amigos de la pandilla de ese verano de 1999 aparecen como personajes «inventados [que], al no existir, no pueden defenderse, no respiran, no sufren, se someten a los deseos del autor» (p. 52). ¿Entraba también dentro de los cálculos del narrador convertirlos en meros figurantes?

01/01/2009

 
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